Periodismo Justo

Más papista que el Papa

Elisa Carrió es de las personas que podrían escribir “Yo y Platero”. No es la única en un país autorreferencial al extremo pero sí una de las más relevantes en esa costumbre de ponerse por delante de todo. Con sus críticas al Papa Francisco inscribió un nuevo capítulo en su manera de entender la política y la vida. Hace años que la fundadora de la Coalición Cívica se autodesignó como principal referente laica del cristianismo vernáculo. “Soy creyente absoluta”, afirma mientras exhibe una cruz gigante en el pecho. Alguna vez dijo públicamente que conversaba con la Virgen. Quizá con la autoridad que le otorga esa intermediación celestial castigó al Papa argentino porque “empodera a los violentos” y “no ayuda a pacificar al país”. En realidad el enojo de Carrió no está relacionado a la brevedad de su encuentro con Mauricio Macri, su socio político. Su malestar es el mismo que comparten los sectores más reaccionarios y conservadores de latinoamérica y los Estados Unidos. Cómo pocas veces en la historia, este Papa se manifiesta claramente a favor de los más pobres y desamparados. Lo que duele no son las fotos o los gestos sino las consignas de “techo, tierra y trabajo” para todos.


La estrecha relación de Jorge Bergoglio con los movimientos sociales y los curas villeros no nació con su llegada al Vaticano. Su preocupación por la corrupción estatal y el narcotráfico tampoco. Responden a su íntima convicción de que ambas lacras matan y envilecen, con especial saña a los más pobres. No es raro entonces que pueda tener cierta desconfianza sobre un gobierno que apuesta a desregular totalmente la economía y cree en la teoría del derrame para superar las desigualdades. No es raro que Francisco esté alerta sobre lo que le dicen los referentes barriales con los que habla desde que es un simple sacerdote. El presidente Mauricio Macri asumió prometiendo pobreza cero pero todavía no lanzó ninguna medida que apunte al corazón de las injusticias sociales.

Con todo, esa preocupación no implica que menosprecie al actual presidente de la Nación o que apoye a Cristina Kirchner o que quiera influir en el acontecer político del país. La sola mención de esas ideas descalifican a quienes las esgrimen. “No creo que Bergoglio tenga que convertirse en una unidad básica en la Argentina. No creo que tenga que empoderar a violentos. Estoy hablando de Milagro Sala y de Moreno”, dijo Carrió. Antes lo criticaron, vaya curiosidad, otras dos mujeres: la vice presidenta Gabriela Michetti y la opositora Margarita Stolbizer. El Papa tiene una agenda que no puede enmarcarse en los límites de la Argentina. Es uno de los principales referentes éticos del mundo y de ese tamaño son los desafíos sobre los que debe resolver. Pensarlo operando en la interna política nacional es cuanto menos simplista.

El doble estándar tiene cultores de todos los pelajes ideológicos. Jorge Bergoglio pasó de enemigo declarado del kirchnerismo, cuando predicaba en Buenos Aires y criticaba los abusos y la venalidad, a sujeto de todas las ponderaciones cuando llegó al principal sillón del Vaticano y sugería “cuidar a Cristina”. “El que cambió fue Bergoglio”, se excusaban Cristina y sus ministros que pasaron de insultarlo a alabarlo. Es sabido que no hay peor fe que la de los conversos. Algo similar le ocurre a los sectores que se entusiasmaban con el accionar y las palabras del Arzobispo de Buenos Aires cuando lanzaba sus advertencias desde la Catedral porteña y ahora se muestran desilusionados con el Santo Padre porque critica abiertamente al capitalismo salvaje o le manda un Rosario a una militante social detenida.