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«Orígenes ideológicos de la ‘guerra sucia'», de Federico Finchelstein

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El fascismo proporcionó la base para los principios y prácticas de la violencia que el Estado argentino desató contra sus ciudadanos en la década de 1970. Desde una perspectiva histórica, la Guerra Sucia no tenía como protagonistas a dos combatientes, sino a víctimas y victimarios. El Estado hizo la «guerra» contra sus ciudadanos. Este terror autorizado por el Estado tenía sus raíces en los movimientos fascistas de los años de entreguerras; raíces que llegan hasta sus campos de concentración. 

La Argentina fue el lugar de nacimiento de una de las dictaduras más criminales de América latina de la década de 1970 y comienzos de la de 1980: la junta militar. ¿De qué manera esta dictadura militar se relaciona con el legado del fascismo? ¿Cómo y por qué aparece en un país que había «nacido liberal»? ¿Por qué estos influyentes rasgos autoritarios latinoamericanos aparecieron primero en la Argentina a la sombra del fascismo?

La vía de la Argentina hacia el fascismo fue construida en las décadas de 1920 y 1930 y desde entonces continuó para ir adquiriendo muchas reformulaciones y personificaciones políticas e ideológicas, desde el peronismo (1943-1955) que rechazo al fascismo pero que surge de él hasta las organizaciones terroristas de derecha en las décadas de 1960 y 1970 especialmente Tacuara y la Triple A del gobierno de Isabel Perón y la última dictadura militar (1976-1983). Éstos son, en suma, los caminos históricos del totalitarismo global en la Argentina que este libro cuenta y explica.

A continuación un fragmento, a modo de adelanto:

 

Ficciones fascistas
Los fascistas argentinos, siguiendo la línea de Filippo, Meinvielle y Franceschi, compartían el discurso biológico sobre este “temible fermento destructivo” que sólo podía motivar una reacción antisemita en la población, entendida como una “inevitable reacción del país contra un elemento extraño y perturbador”. El fascismo argentino, al menos discursivamente, entendía la acción antisemita como un saneamiento científico y planificado contra “la infiltración hebrea” en la sociedad y el Estado argentinos y era diferente del antisemitismo tradicional: “Nuestro nacionalismo no persigue a los semitas ni sueña con organizar sangrientos ‘pogroms’. Lo único que hace es despreciarlos por razones de anafilaxia racial”. Una deshumanización discursiva de la víctima acompañaba a esta nueva forma de antisemitismo racial: “Hay personas a las que las ptomaínas del pescado les hacen mal: a nosotros nos hacen mal las ptomaínas de la raza judía”. La animalidad de los “microbios barbudos” era definida en un dudoso poema como una característica de “una sórdida especie zoológica” que tenía que ser eliminada porque representaba una “plaga racial” para Buenos Aires:

Buenos Aires mi tierra querida
a una peste racial sometida
se ahogaba en Lavalle y Junín.
Y los buenos porteños de otrora
maldecían la C. de la lora
palpitando su próximo fin.

En publicaciones recomendadas por Filippo, los judíos aparecían en caricaturas pornográficas, ahorcados o empalados por el abdomen por una bandera argentina.

En Clarinada, las imágenes tradicionales católicas de judíos como asesinos de Dios se fusionaban con representaciones de ellos desnudos, enfermos y listos para transmitir sexualmente su contagio. La publicación fue citada por los nazis de Der Stürmer como un ejemplo ideal de antisemitismo porque se había propuesto enterrar vivos a los judíos. A diferencia del nazismo alemán, estas imágenes se combinaban en un marco ideológico cléricofascista. Así pues, la acusación de deicidio y el estereotipo del traidor tipo Judas se fusionaban con el racismo al estilo nazi: “Con un beso, los judíos vendieron y traicionaron a Cristo; por eso hoy no tienen empacho en besar la bandera de la Patria para venderla y traicionarla mientras en sus bolsillos manosean los dólares de la traición”.

Los judíos también eran descriptos como dedicados a la “corrupción de la juventud”. En otra caricatura, un “judío” trataba de violar a una mujer con la palabra “Argentina” escrita en su vestido, que exclamaba que no era posible que no apareciera ningún argentino de verdad para “liberarla de esta porquería”. En opinión del nacionalista, los hombres argentinos de verdad tenían que estar con la auténtica expresión femenina del país. La “mujer argentina” era profundamente religiosa, la “mujer de la casa” típica que era “madre, empleada, trabajadora”. Para ellos, la mujer nacionalista tenía que estar “a la par con los hombres”, pero sin abandonar su “natural” posición subordinada. Las mujeres que pensaban como hombres eran descalificadas como “marimachos” y los hombres que estaban de acuerdo con ellas eran presentados como “los feministas” y “maricones”.

En pocas palabras, el enemigo también se construía en términos de los muy tradicionales roles de género y las ideas fascistas de la llamada “sexualidad anormal”. La imagen construida del enemigo racial, que se mostraba “femenino”, además de estar desnudo, envejecido, nervioso y sexualmente degenerado, expresaba, según la ideología católica nacionalista, tanto un desorden moral, como un desorden físico. Central en esta ideología era la idea de que el aspecto físico es un reflejo del ser interior y de las emociones. Para los fascistas argentinos: “La democracia liberal llegada a la plenitud senil, nos lega como corolario, su fruto legítimo, el caos, el desorden, la desocupación y el comunismo judaico”.

La idea de la democracia como senil y también como un sujeto femenino hipersexualizado operaba junto a la conexión fascista entre homosexualidad y antifascismo. El padre Gabriel Riesco presentaba la “falta de virilidad” y “feminización” como características derivadas de una falta general de conciencia argentina que impide “el autocontrol”.31 Si la “feminización” era la marca del enemigo, la hipermasculinidad era la principal característica del yo. Para el padre Meinvielle, los efectos de fragmentación, tanto del judaísmo como del comunismo, tenían que ser combatidos con “intrepidez de varones”.32 Del mismo modo, para los fascistas argentinos, la patria estaba infectada con un virus que había que combatir: “¡Joven argentino que estudias y trabajas!

El fascismo te ofrece un hacha y debes empuñarla virilmente para cortar de raíz las malezas que infestan nuestra patria”. El miedo al futuro era infundido por la idea paranoica de la infección social. En 1928, Juan Carulla escribió como una ficción de futurología en La Nueva República una “historia escrita en 1940 por orden del inspector de América del Norte”. En esta versión, Carulla hace al político radical Leopoldo Bard “ministro de relaciones exteriores”. Según el futuro imaginario de Carulla, Bard “logró en dos años traer medio millón de judíos y se había pensado en agregar a la bandera nacional una estrella de David que figuraría en la bandera junto al sol”. La idea de que el judaísmo llegaría al poder tenía características de crisis terminal. Como un Nostradamus fascista, Carulla prometía a sus lectores que en un futuro próximo, con los judíos en el gobierno “la depreciación de la moneda era alarmante” y después de los “grandes saqueos de octubre y noviembre de 1928, la ciudad de Buenos Aires había quedado semidestruida”.

La ficción de la futura dominación judía por medio de la destrucción total tenía claramente sus raíces en una visión religiosa, que se basaba en la existencia de un conflicto de todo o nada con el mundo secular liberal. En el fascismo argentino, la idea de la nación católica era presentada como la antítesis del enemigo: “La estrella de Sion contra la Cruz del Sur”.

En la historia real, Bard, el primer presidente del prestigioso club de fútbol River Plate, fue torturado por el hijo de Lugones, quien comentó, con evidente sadismo, la supuesta falta de virilidad de Bard cuando sucumbió durante los interrogatorios. 36 Las sesiones de tortura intentaban actualizar las ficciones raciales sobre el “otro”. Los fascistas, en última instancia, no distinguían entre la literatura y la realidad en sus obras de ficción. Entre las ficciones raciales del fascismo argentino, los escritos del director de la Biblioteca Nacional, Hugo Wast, fueron especialmente influyentes en la demarcación de las fronteras entre la sexualidad normal y anormal.

La publicación en 1930 de Kahal y Oro marcó la consagración definitiva del compromiso de Hugo Wast como nacionalista e intelectual católico.38 Adaptación de la teoría de la conspiración judía universal al contexto argentino, la novela de Wast giraba en torno de inmigrantes judíos del siglo XIX en Argentina, que forman una logia secreta o “Kahal”. Dominan gradualmente las finanzas del país y casan a sus descendientes con las hijas de bien conocidas familias aristocráticas y católicas con la intención de, al final, dominar el Estado. La novela incluye personajes judíos que, con sospechosa lascivia, se sienten atraídos sexualmente por los católicos, junto con personajes católicos que exploran los límites de la concepción nacionalista de la sexualidad. Por ejemplo, el héroe de la novela, el futuro presidente Fernando Adalid, mira con ambivalencia a su sobrina judía convertida y se sorprende al ver en sus posibles rasgos corporales asexuales, que no corresponden al estereotipo fascista de los judíos: “Adalid descubrió en ese instante algo que le pareció una novedad: los ojos de Marta no eran crueles, ni felinos, sino dulces y profundos y visiblemente tristes”.

En la novela, Wast sigue las intersecciones entre el racismo moderno y las ideas cristianas más tradicionales acerca de la conversión. Wast, el escritor antisemita más famoso de Argentina, y por ese entonces director de la Biblioteca Nacional nombrado por el presidente y dictador general Uriburu, está particularmente interesado en saber si un cuerpo judío como el de Marta puede adquirir un apropiado molde católico argentino. La narrativa evalúa los dañinos y, potencialmente, anticristianos atributos sexuales de Marta, reduciéndolos hasta el punto de que su cuerpo adquiere para Adalid, tío y receptor de los encuentros eróticos de Marta, una “nueva gracia” sólo cuando ella “permaneció callada, con el pensamiento lejos”. La atracción perversa y ambivalente que la figura de Marta, judía y cristiana a la vez, ejerce en Adalid le presenta la oportunidad de afirmar su masculinidad argentina, cuando se compara con los dudosos y numerosos “muchachos de Buenos Aires” incapaces de conquistarla.

La posición de Adalid, hombre de “derechas”, con respecto al personaje de Mauricio Cohen es más clara. Cohen es presentado como un miembro judío de la conspiración global. Como un relato de ficción de los Protocolos de los Sabios de Sion, la novela aparece como la ficción de una ficción. En Cohen, Adalid reconoce al mal personificado: “Mauricio Cohen, circuncidado en la Sinagoga, bautizado en la Catedral, enemigo tenaz del catolicismo”. El “miserable Cohen”, como lo llama el narrador, también se convierte al catolicismo. Pero Adalid valora esta conversión sólo en términos ambivalentes: “No eran amigos, pero se veían con frecuencia, y se apreciaban mutuamente”. Esto es así aún después de que el converso Cohen, un flamante nuevo antisemita, sostiene ante su interlocutor que el judaísmo ha muerto.

El antisemitismo del judío converso que pone fin a la novela parloteando sobre las Escrituras con su novia, la conversa Marta Blumen, tiene una fuerte apariencia, casi sacrificial, en el sentido de que la regeneración del ajeno al país, visto como una amenaza para la comunidad y el individuo, sólo es posible a través de la disolución o la eliminación de la identidad constituyente de este forastero. La fascinación con la victimización del forastero, como propone el historiador Dominick LaCapra, combina atracción y repulsión. El antisemitismo, sostiene, era una forma crucial de un discurso y una práctica que estaba llena de dimensiones sacrificiales.43 En el caso de la novela de Wast, el sacrificio de la identidad de los personajes y su odio a sí mismos implica una marcada degradación ambivalente de la “solución cristiana” a la “cuestión judía”, propuesta por sacerdotes como Franceschi, Castellani, Meinvielle y, sobre todo, Filippo. Todos ellos, al menos parcialmente continuaron percibiendo a los judíos, incluso los conversos, en términos raciales asignados por el degenerado carácter biológico de la “raza judía”. Esta evaluación no era ajena a las imágenes anteriores de la tradición antisemita cristiana, en particular la experiencia de la Inquisición Española en relación con los llamados “nuevos cristianos”.

Las muchas interpretaciones católicas de la novela de Wast compartían la preocupación del autor acerca de que “existe en nuestro joven país una organización secreta, ajena a la tradición argentina”, “la Kahal” que, según él, era la rama local de la “conspiración judía internacional”. El padre Franceschi definía a esta sociedad como un “bloque hebreo” en Argentina con “aspiraciones de dominación”. Para Castellani, Wast había sido “generoso con los judíos”, al mostrarles la “solución cristiana al problema judío”. El padre Ventura Chumillas, que comentó el libro en el diario El Pueblo, encontraba en la novela “la razón de que en todos los pueblos el grito de ‘¡muera el judío!’ haya sido casi siempre sinónimo de ‘¡viva la patria!’”. Para Barrantes Molina, la novela de Wast iba más allá de la grandeza de escritores como Víctor Hugo en su combinación de literatura con una formidable filosofía de la historia. El libro proporciona una “enseñanza trascendental” acerca de los judíos en la Argentina y fuera de ella. Escribiendo en el periódico católico más importante, Barrantes una vez más presentaba los principios básicos del fascismo clerical argentino. Para él, como para muchos otros nacionalistas, el fascismo antisemita y la religión eran parte de la misma preocupación mundial sobre el enemigo. Es más, Barrantes estaba seguro del “interés universal” generado por el trabajo antisemita de Wast y auguraba su éxito futuro en “los países católicos europeos en que aún interesan los problemas religiosos y en las naciones protestantes, en que el pulpo judío ha extendido sus poderosos tentáculos financieros como ocurre en Alemania, en norte América y en otros más”.

Mientras los nacionalistas apoyaban a Wast y publicitaban su libro en revistas, periódicos, libros y folletos, los antifascistas argentinos denunciaban el trabajo de Wast. Entre los críticos más notables estaban dos intelectuales antifascistas judíos argentinos, Lázaro Schallman y César Tiempo. Hacían hincapié en los vínculos entre la religión y la sexualidad, especialmente el miedo compartido por el autor y otros nacionalistas católicos a la “infiltración” de contaminación racial y sexual judía. Significativamente, para los miembros de la Acción Antijudía Argentina (AAA), la “infiltración” se relacionaba específicamente con “las estrechas vinculaciones que existen entre estos asquerosos mercachifles y los opulentos banqueros que hacen casar a sus hijos al son de bombos y platillos con las niñas de la tronada y orgullosa aristocracia porteña”.

La construcción de estereotipos antisemitas y su relación con las prácticas antisemitas que se articularon durante las décadas de 1930 y 1940 constituyeron una importante genealogía para las actividades intelectuales de neofascistas y nacionalistas argentinos después de 1945. Las acciones discursivas de sacerdotes como Franceschi, Meinvielle y sobre todo Filippo en la proyección pública del racista estereotipo judío ocuparon un papel central. Más allá de definir y emitir advertencias sobre la contaminante y constitutiva otredad del “enemigo interno”, establecieron un canon de lectura de lo social y lo cultural que era a la vez marcadamente racista y católico.

El establecimiento de una relación mimética entre el judaísmo y la cultura popular les permitió señalar la existencia de un enemigo de otra mimesis que era igualmente conceptual e imaginativa, el de la nación y la religión católica como dos unidades indisolubles. En la fantasía antisemita de estos sacerdotes y sus pares nacionalistas, los judíos, como pueblo, eran parte e incluso líderes de una conspiración antiargentina que se originaba en el mismo país.

En Clarinada se mostraba esta idea de que los judíos representaban y eran artífices de todo lo que no era deseable desde el punto de vista nacionalista. “Los enemigos del nacionalismo” se dividían en dos ramas: “judaísmo” y “conservadurismo”. La rama del judaísmo estaba compuesta por el marxismo (socialismo, comunismo, anarquismo), la masonería (liberalismo, democracia, izquierdismo, ateísmo) y el capitalismo (trusts, mercaderes e industriales, imperialismo inglés y norteamericano). La rama del conservadurismo abarcaba al liberalismo (políticos, periodistas y escritores y conferencistas profesionales), la democracia (políticos conservadores, radicales, demócratas), la masonería (partidos políticos, funcionarios públicos, magistrados), el capitalismo (trusts extranjeros y del país, terratenientes y latifundistas, explotadores comerciales e industriales, imperialismo).

En la mente nacionalista, los judíos eran incluso culpables del tráfico de drogas, una idea que más tarde se iba a repetir en los círculos nacionalistas en las décadas de 1990 y 2000. Por ejemplo, en 1938 se dibujó una caricatura de tapa en la que un “judío” tenía en una mano a la Argentina y en la otra, plata, morfina y cocaína. La caricatura decía: “Yo istá pobre judío, Gran Rabino, gran Traficante, pirsiguido pir nacionalistas di todas partes del mundo, pirqui riparto oraciones religiosas di Palestina… con un poquito de ‘hiroínas’”. La referencia a los “nacionalistas di todas partes del mundo” refuerza la idea de una teoría y una práctica transnacional del racismo en todos los fascismos, incluido el fascismo italiano. El racismo argentino, a diferencia del fascismo italiano o nazi, se basaba menos en una idea exclusivamente racista que en una combinación de racismo con el tradicional antisemitismo católico: “Clarinada no combate a los judíos porque son judíos, ni pretende agitar luchas religiosas o raciales. Clarinada combate a los judíos, porque ellos son los inventores, organizadores, directores y sostenedores del comunismo en todo el mundo. Clarinada combate a los judíos, porque los judíos, cumpliendo con las directivas de los ‘Sabios de Sion’ corrompen la moral cristiana, estimulan los vicios y los defectos humanos, para aniquilar la conquista espiritual de la humanidad hecha por Jesús, primera víctima de los JUDÍOS DEICIDAS”.

El enemigo interno, dado que era pensado como enemigo de Dios, era enemigo de la patria. Para los fascistas argentinos, la presencia de un enemigo racial, que era también un enemigo religioso, justificaba la relevancia sagrada del nacionalismo. Como Franceschi, el más moderado de los sacerdotes analizados en este capítulo, sostenía: “Nosotros nos hallamos en un caso distinto: el enemigo exterior […] no motivaría por sí solo un movimiento nacionalista argentino: las probabilidades de agresión en las fronteras son prácticamente nulas. Pero no ocurre otro tanto con el enemigo interno, y la importancia de éste justifica ampliamente en nuestro país el sobresalto del patriotismo que se llama nacionalismo”. Esta “justificación” para Franceschi se relacionaba con la bancarrota del liberalismo y el sistema argentino de gobierno al combatir a este “enemigo interno” que ponía en peligro “nuestra nacionalidad”: “Yendo hasta la raíz del mal, se ha podido ver que ni el parlamentarismo ni el liberalismo general de nuestras instituciones permitirían una defensa eficaz contra el comunismo, el espíritu judaico, la desorganización marxista y la ruina general de la economía”. Para este vocero de la jerarquía eclesiástica argentina, apuntalar y apoyar las luchas de la formación nacionalista era una tarea de desarrollo colaborativo, ya que el “futuro de la nación” dependía de ello. Para Franceschi, la definición del enemigo interno incluía la elaboración de un estereotipo antisemita religioso.

Para los nacionalistas, la “solución final” al “problema judío” en la Argentina representaba uno de los aspectos más originales de su fascismo. Este antisemitismo argentino coincidía en términos discursivos con el de los nazis, aunque su doble genealogía, católica y nacionalista, lo equipaba con una base supuestamente teológica y le daba una mayor longevidad. Después de la Segunda Guerra Mundial y el Holocausto, Filippo, más hábil que muchos de sus compañeros fascistas, reproduciría su discurso racista y antisemita durante el peronismo. Para él, los judíos ya no serían los únicos enemigos de la nación católica, sino también enemigos del régimen peronista. Los judíos representaban para el nacionalismo el arquetípico enemigo interno e irreconciliable. Su destino debía ser la eliminación total, como sostenían en 1942 los nacionalistas en Clarinada: “¡Qué homenaje más grandioso sería brindarle a la Patria el exterminio de estos pulpos!”. ¿Cómo hacerlo? ¿Qué sucedería “el día en que el nacionalismo triunfe como régimen” y en que los “buenos argentinos” sepan “dar el grito: ‘Dios, patria y familia’”? En un presagio del futuro del enemigo bajo la égida del fascismo global, la desaparición y el océano serían la respuesta: El día en que los ‘jacoibos’ desaparecen de esta tierra, barridos por la escoba que los empuja hacia el océano… Sin piedad para que en su inmensidad cristalina vomiten la baba que les dio su estirpe siniestra y repulsiva.

Publicada por: Sudamericana
Fecha de publicación: 03/01/2016
Edición: 1a
ISBN: 9789500754668
Disponible en:Libro de bolsillo