Periodismo Justo

Malvinas: política y sentimiento

Las Islas Malvinas son una pasión argentina. La idea de recuperar esa parte del territorio nacional, ocupado por el Reino Unido hace casi doscientos años, está inscripta en el inconsciente colectivo de la gran mayoría de los ciudadanos. La convicción popular del saqueo histórico le permitió a la última dictadura militar cosechar cierto apoyo al irracional conflicto que desató en 1982 con la invasión al archipiélago austral. La previsible derrota apuró la fuga de los tiranos pero generó un gran retroceso en el reclamo diplomático. La tragedia no modificó en nada la aspiración colectiva. Recuperar la soberanía sobre las Islas es un mandato incorporado a la Constitución Nacional. La Ministra de Relaciones Exteriores, Susana Malcorra, anunció hace una semana un acuerdo con Gran Bretaña para establecer vuelos desde el continente y avanzar en convenios para la explotación pesquera y de combustibles. Nada dijo de la soberanía. El anuncio sorprendió a propios y extraños y abrió el primer capítulo de una novela de desatinos del gobierno de Cambiemos en el plano internacional.


En términos políticos, más grave que soslayar la letra de la Carta Magna es omitir la existencia de un sentimiento nacional en relación a Malvinas. El paso en falso del gobierno se completó con el anuncio de Mauricio Macri sobre un supuesto aval a conversaciones sobre la soberanía de Teresa May, la premier británica, en un breve encuentro que mantuvieron en una cena. Horas antes el Presidente de la Nación había pedido ante la Asamblea General de la ONU una solución amigable para la disputa. “Nunca se habló del tema de la soberanía de las islas Malvinas en la breve reunión informal que May y Macri mantuvieron en Nueva York, por lo que no pudo haber existido una expresión de gran Bretaña en ese sentido”, confesó el miércoles pasado una fuente diplomática del Foreign Office a los colegas de La Nación. Para quienes siguen la política internacional la aclaración sonó a obviedad. Después salió en forma de comunicado oficial.

Sin embargo, el propio Mauricio Macri ratificó el tenor de la conversación momentos antes en una entrevista radial. “En el almuerzo que compartimos todos los mandatarios, Theresa May se arrimó un instante a la mesa a saludarme y decirme que esperaba que en el futuro nos pudiésemos sentar a dialogar. Yo le dije que Argentina estaba lista para tener un diálogo abierto que incluya todos los temas, incluyendo la soberanía”, dijo el Presidente. A esa altura nadie entendía nada.

Todo empezó el 14 de septiembre pasado en el marco del Foro de Inversiones y Negocios que el Gobierno organizó en el CCK de Buenos Aires, Susana Malcorra y el vicecanciller inglés, Alan Duncan, acordaron el regreso de los vuelos argentinos a las Malvinas y la posibilidad de la explotación conjunta de hidrocarburos y pesca en el mar austral. Ahí empezaron los cortocircuitos. El documento no solo fue cuestionado desde la oposición. También lo criticaron los centros de ex combatientes y varios de los socios políticos del gobierno. Radicales y dirigentes de Coalición Cívica le pidieron a Malcorra que dé explicaciones en el Congreso. La presidenta de la Comisión de Relaciones Exteriores es, nada menos, Elisa Carrió.

Pero hubo más. Consultado por el periodismo sobre lo hablado con la premier británica, el Presidente insistió con el contenido de la charla. Aseguró que May le dijo “que bueno, que sí, que habría que empezar a conversar, las cosas llevarán años, pero lo importante es que comencemos. Y ella estuvo de acuerdo”. Acto seguido Malcorra tuvo que volver a aclarar lo que estaba definitivamente oscurecido. Un retroceso evidente en una estrategia válida: abrir instancias de diálogo con los ingleses.

Sí pero no. Sí pero no es para tanto. No pero bueno será más adelante. Macri ratificando, Malcorra relativizando, el Foreign Office negando todo. El patinazo internacional es fruto de la impericia diplomática, la necesidad política y el entusiasmo por captar inversiones. La necesidad de diferenciarse con el gobierno anterior -en todos los aspectos y en todos los ámbitos- se convirtió en una obsesión presidencial y puede parir otros errores. El alineamiento ciego con Estados Unidos e Inglaterra acarrear perjuicios impredecibles. El reclamo soberano por Malvinas no tiene ideología, tiene historia. Y es triste y dolorosa. La política nunca debe omitir los sentimientos.