Periodismo Justo

Chicanas y derrapes

Como si se tratara de una suerte de toma y daca macabro. A quien pide por la aparición con vida de Santiago Maldonado en las redes sociales le tiran con Julio López, Luciano Arruga, María Cash o hasta Alberto Nisman. Basta un ejemplo: “Los que no percibieron nada raro con la muerte de Nisman y se cansaron de difamarlo preguntan dónde está Santiago Maldonado”, dijo en un tuit el periodista Pablo Sirvén. La frase no resiste el menor análisis. Otra vez la doble vara. Hay piquetes buenos y malos, protestas buenas y malas, muertos mejores que otros, desaparecidos de distinta calidad. Todo depende del cristal con que se mira. Si el hecho que se cuenta afecta más o menos al “gobierno de mis amores”. En la web la mano suele ser más rápida que el pensamiento.


Hasta Hebe de Bonafini cayó en ese juego patético. La presidenta de Madres de Plaza de Mayo, que dedicó su vida a procurar verdad y justicia sobre las víctimas de la dictadura, hizo una insólita diferencia entre dos desaparecidos: “Maldonado era un militante y Julio López era un guardiacárcel”, sorprendió a un periodista de Radio del Plata. Luego intentó morigerar los dichos pero era tarde: “igualmente no tiene que estar desaparecido pero no es lo mismo que un militante comprometido”. Rubén, el hijo del hombre que testificó contra el represor Miguel Etchecolatz en 2006 y luego desapareció, la desmintió de manera categórica. López se desempeñó como albañil toda su vida.

Como si participaran de un duelo de hinchadas, los defensores de Cambiemos perciben los pedidos masivos por el paradero de Maldonado como una “campaña del kichnerismo”. En el fragor de la pelea mediática no se permiten la menor crítica a las afirmaciones temerarias de la Ministra de Seguridad, Patricia Bulrich, que defiende lo actuado por Gendamería como si fuese una verdad revelada. Mirtha Legrand, admiradora declarada de Mauricio Macri, fue la encargada de exhibir con sus planteos las contradicciones de la funcionaria. Cada vez que a Mirta le toca interrogar, en su mesa televisiva, a un miembro del gobierno, deja expuestos con sus preguntas el nivel de sumisión al gobierno nacional de gran parte del periodismo argentino.

No todos los Mapuches pertenecen al beligerante grupo RAM. Ese grupo minúsculo no está a punto de lograr la independencia de la Patagonia. No son un desprendimiento del ISIS. La campaña para presentarlos como terroristas peligrosos provoca vergüenza ajena. En general, como casi todos los pueblos originarios “están en el último peldaño de la pobreza”. No sólo en el sur sino en todos los rincones del continente. Esa fue la frase que, alguna vez, utilizó el obispo Samuel Ruiz para explicar la situación de las comunidades de Chiapas en México.

Los pueblos originarios, no sólo los Mapuches, representan un desafío para la democracia. El Estado debe protegerlos no perseguirlos. La deuda con ellos no está saldada más allá del amparo que les otorga la Constitución Nacional. Siguen sufriendo discriminación, abandono y desamparo como hace siglos sufrieron la expropiación de sus tierras y el exterminio. El año pasado Amnistía Internacional, el Servicio de Paz y Justicia (Serpaj) y la Asamblea Permanente de Derechos Humanos (APDH) emitieron “un comunicado para alertar sobre la “estigmatización y persecución al Pueblo Mapuche”.  El obispo de Chiapas me lo explicó en una nota hace más de dos décadas: “Nadie ve a los indios. Son invisibles”. Nadie los ve salvo cuando reaccionan, cuando se defienden.

Sobre un hecho se pueden tener distintas interpretaciones. Diferentes lecturas subjetivas que surgen de acuerdo al posicionamiento político o empresario de quien lea lo que pasó. Lo único cierto es el hecho. Los hechos son objetivos. Un joven desapareció en medio de una refriega con una fuerza de seguridad. La principal responsabilidad de la búsqueda pesa sobre el gobierno. Mientras tanto pueden decir lo que quieran. Más allá de las batallas discursivas en la web o la tele, los derrapes y las chicanas, lo único trascendente es que Santiago Maldonado aparezca con vida.