lunes 21 de mayo
Interesante

Adelanto de “Sociedad pantalla”, de Esteban Ierardo


Este libro gira en torno a los temas sobre los que la aclamada serie Black Mirror reflexiona de manera crítica: el lugar preponderante de los talent shows en la sociedad actual, la experimentación con la mente humana, la televisación del castigo como entretenimiento, el espectáculo como centro de la política, la invasión de la privacidad, la vigilancia informática, las redes sociales como espacio para la expresión del odio y la impunidad del anonimato virtual, entre otros. Black Mirror obliga a pensar en un mundo tecnodigital que absorbe y desplaza cada vez más la vieja vida “primitiva” del encuentro cara a cara o de la actividad al aire libre y la simple contemplación de la naturaleza. Este libro analiza las interacciones entre lo virtual y lo real y la angustia claustrofóbica de una sociedad prisionera de las pantallas.

A continuación un fragmento, a modo de adelanto:

Capítulo 8  – San Junípero o la inmortalidad digital

En San Junípero dos mujeres se enamoran dentro de una realidad virtual. En la realidad física, las enamoradas están envejecidas; una de ellas padece una enfermedad terminal, solo la asistencia de un respirador la mantiene viva; la otra también está deteriorada por la vejez, pero aún lúcida. La que sobrevive, pero muy cerca de fallecer, ya lo ha decidido: opta por un camino inmortal: la inmortalidad digital. Luego de morir, seguirá viviendo en un paraíso artificial sostenido por la simulación de computadoras y servidores. La otra, en principio, se resiste a que su información mental sea vertida dentro de la realidad artificial y simulada. Prefiere un acto antiguo e irreversible: la muerte. No el engaño de una vida simulada. Es mejor morir en la realidad. Pero, luego, quizá por amor, decide lo contrario…

San Junípero oscila entre dos grandes temas: por un lado, el amor entre mujeres, que nace en la realidad artificial; y, por otro, la construcción tecnológica de una forma de inmortalidad. El amor atípico entre Kelly (Gugu Mbatha-Raw) y Yorkie (Mackenzie Davis) florece en una existencia virtual que halaga a sus habitantes con un regreso nostálgico a un pasado de alegría juvenil. Mientras las personas reales padecen alguna enfermedad que las mantiene postradas, por el aditamento de un clip en la sien, e incluso luego de muertas, pueden proyectarse a la realidad simulada impregnada por la nostalgia y la juventud. En el escenario virutal la nostalgia se embebe de los años ochenta: el anuncio en una cartelera de The Lost Boys, de Joel Schumacher; un televisor que muestra a Max Hedron; el tema Heaven is a place on earth, de Belinda Carlisle. En el bar Turker confluyen seres ávidos de diversión, de noches afiebradas de música, videojuegos, copas y desinhibición. Un aparente Olimpo de la juventud recuperada. En ese ámbito se encuentran y enamoran las dos jóvenes que, en realidad, son dos ancianas. La vejez y la enfermedad en el mundo real se contraponen a la lozanía y la salud no amenazada en un trasmundo digital e imaginario. Par de opuestos al que se le suma la confrontación entre el deseo de diversión, lo que mueve a Kelly, y del amor, lo que estimula el espíritu romántico de Yorkie. El enamoramiento acontece en los brazos de una juventud simulada dentro del sistema de San Junípero. El Junípero es un árbol de las especies llamadas enebros, que conservan su follaje juvenil espinoso toda su vida. Lo joven conservado en lo vegetal traspuesto a un sistema llamado San Junípero, de realidad virtual, en el que se podría ser joven para siempre.

Pero la distracción y el amor no se combinan. Por eso, Kelly escapa, quiere solo la vida feliz; mientras que Yorkie viaja por distintas épocas (1996, 2002, con sus respectivas vestimentas y señales de época), para rastrear su amor fugitivo. Saltos entre niveles temporales, una primera señal de que todo ocurre dentro de una simulación computacional con aires de Matrix. La irrealidad de lo simulado se hace más evidente con una Kelly que golpea un espejo por su enojo de ser descubierta sin que los cristales se rompan, o sin que sus nudillos sangren. Manifestaciones de la virtualidad en San Junípero. Un sistema de realidad virtual con fines terapéuticos. San Junípero se ofrece como una “terapia de nostalgia de inmersión” para sumergirse en los recuerdos o para ayudar a los enfermos de Alzheimer. La realidad (o irrealidad) virtual se convierte en una vida paralela; en una experiencia incrementada que es posible recordar luego de salir del sistema virtual; de modo que se genere una interacción con los seres reales aún vivos. El sistema San Junípero diversifica el destino personal. Aunque dos personas no se hayan conocido en la vida real, pueden hacerlo dentro de la existencia virtual, por lo que sus vidas, antes separadas, se unen. Incluso, la persona que muere puede optar por una “luna de miel perpetua” en “el más allá” virtual. La eternidad puede alcanzarse por la mediación tecnológica. Una inmortalidad digital. Pero la continuación artificial del tiempo natural de vida despierta demonios. El hombre diseñado para nacer y morir, supera en la inmortalidad virtual la angustia ancestral por la muerte, pero dentro de un cielo que, por ser artificial, quizá solo ofrezca una pálida inmortalidad irreal (o solo real dentro de una simulación informática).

Dentro de la simulación, Kelly es la inconformista; sospecha que la vida sin fin de la conciencia es un juego vacío. Dentro del sistema San Junípero pueden desglosarse niveles simbólicos: el Quagnire, una fábrica abandonada y aislada en la que los duplicados dentro de la existencia artificial intentan infructuosamente alcanzar la dicha entre excesos desesperados; el bar Tucker como sitio de la felicidad más inmediata, pero más efímera; la casa de la playa en que se reúnen las amantes, bajo un cielo amplio, y cerca de las melodías del mar. Pero la vida prolongada por una tecnología de la supervivencia de la conciencia siempre está viciada por la precariedad. Kelly lo siente al fumar en la playa unos cigarrillos y descubrir que “no saben a nada”; también unos sensores reducen o “apagan” el dolor, empobrecen o alteran las sensaciones. Antes de la muerte de las dos amantes, su período de proyección en la realidad virtual es limitado. Pasar mucho tiempo en San junípero puede disociar el alma del cuerpo. De hecho, dentro del sistema, la conciencia olvida e ignora la conexión con un cuerpo que envejece o muere lentamente postrado en un hospital.

Kelly se resiste a la inmortalidad digital. Conoció un amor real con un hombre que no optó por la continuación imaginaria de la vida. Por eso prefiere la muerte final antes que el aparente paraíso. Pero al final, la hábil complejidad de la ficción deja abierta la duda sobre si Kelly, por amor, acepta eludir la muerte y compartir con Yorkie, sin tormentas ni abismos, la sensación de una inmortalidad dichosa. Inmortalidad que se alimenta de los sueños y carencias de personas insatisfechas, pero que no deja de depender de la realidad de una tecnología de maravilla futurista, de TCKR Systems, la empresa en que brazos robóticos y servidores mantienen la conciencia transferida en la simulación de una vida sin fin. Inmortalidad que se sostendrá siempre y cuando la tecnología futura, como un dios oculto, siga construyendo ese dudoso más allá.

Entonces, en el capítulo de San Junípero la construcción tecnológica de la inmortalidad por un soporte informático reemplaza la arcaica inmortalidad inmaterial del alma. Esta idea, por mucho, trasciende la dimensión amorosa de Kelly y Yorkie. La inmortalidad digital en San Junípero se corresponde con muchas investigaciones actuales. Pero la aspiración futurista de la vida inmortal por medios digitales se mezcla con los orígenes mismos de la humanidad. Entre los hombres de las cavernas y el de los cascos de la realidad virtual, late el mismo deseo de superar la muerte física. Al igual que el deseo de volar, la desesperación por sobrevivir al entierro del cuerpo es una misma obsesión ancestral tatuada en la piel del Homo sapiens.

La forma digital de inmortalidad que el sistema San Junípero sugiere desde la ficción de Black Mirror se vincula con el transhumanismo antes mencionado. Un movimiento que aspira a la reinvención del hombre, a la superación del cuerpo orgánico a través de un posthumano u hombre postorgánico. El término transhumanismo fue propuesto por uno de los pioneros de la futurología, Fereidoun M. Esfandiary, que ya en la década de los sesenta empezó a identificar “nuevos conceptos del humano”, provenientes de los entusiastas por el cambio tecnológico, y receptivos a las visiones “posthumanas” o “transhumanas”. El filósofo británico Max More le inyectó brío a esta tendencia al postular un transhumanismo desde una perspectiva futurista en la década final del siglo XX. Así, catalizó la emergencia en California del movimiento internacional transhumanista. La idea directriz del movimiento es que el irrefrenable avance tecnológico provoca el rediseño de lo humano mediante el mejoramiento artificial de sus capacidades físicas e intelectuales. El desarrollo de las tecnologías emergentes como la biónica, la nanotecnológica, la robótica o la ingeniería genética, se enhebran en un proceso de evolución acelerada del posthumano: el hombre mejorado que en su primera fase multiplicará su tiempo de vida posible, aumentará su longevidad para, luego, beber el elixir de la vida inmortal. Primero, el círculo de las tecnologías mejorará el cuerpo, lo hará longevo, libre de enfermedades, casi se emancipará de los procesos degenerativos celulares. Pero luego, en una fase de mayor optimismo, tocará el cielo de la inmortalidad mediante la acumulación de la información cerebral en soportes informáticos libres del envejecimiento o la muerte; lo cual supondría un proceso de mapeo o codificación de la información cerebral, para su posterior digitalización y traspasamiento al soporte informático76. Todo esto implicaría una nueva subjetividad: ya no la de la conciencia mortal sino la de una conciencia digitalizada e inmortal. La idea de que la conciencia puede ser traspasada del cerebro a otro soporte oculta el supuesto de que la conciencia es bit o información procesable, no una cualidad espiritual intransferible. ¿Pero qué pasaría si la conciencia es una dimensión de espiritualidad que no puede convertirse en paquetes de información que puedan descargarse como un archivo? En la idea de la transferencia de la mente desde el cerebro a otra unidad de almacenamiento, se cobija la creencia de que la conciencia de un individuo puede convertirse en un patrón computarizado de datos. ¿Pero la conciencia es solo información a computarizar? Si en la conciencia vive algo intangible, algo diferente a los datos y los bits, que se relaciona con la introspección, o la emoción estética en un momento de contemplación de la belleza, ¿estas cualidades podrían, entonces, ser transferidas a un ordenador? ¿Alguna vez realmente las conciencias de las Kelly y Yorkie reales podrán ser transferidas a un soporte informático indestructible? La pregunta que subyace a todo esto es si la ciencia ficción está destinada a hacerse real en un momento futuro, siempre y necesariamente.

En la perspectiva futurista que abre Black Mirror, el romanticismo de las mujeres enamoradas en su limbo digital necesita de códigos, ordenadores, chips y anclajes informáticos de última generación. Lo inmortal depende de soportes materiales. Es una inmortalidad materialista y atea. Una posibilidad de ser inmortal que no necesita de la garantía de uno o muchos dioses.

Para el 2045, según Ray Kurzweil, vocero de Sillicon Valley y de la doctrina transhumanista, acontecerá la singularidad tecnológica, un momento de gran salto exponencial de la inteligencia artificial.

Será el gran salto en el que los computadores, dotados de una superinteligencia, serán capaces de mejorarse a sí mismos; momento de inciertas consecuencias; y todo esto, de forma paralela al proceso de trasferencia mental desde el cerebro hacia un ordenador. El ordenador no muere. Entonces, nuevamente, nos encontramos frente a una inmortalidad por la indestructibilidad de un medio material.

Pero el transhumanismo también produce a sus grandes opositores. Lo transhumano es “la idea más peligrosa del mundo” para Francis Fukuyama, porque “la amenaza más significativa planteada por la biotecnología contemporánea estriba en la posibilidad de que altere la naturaleza humana y por consiguiente, nos conduzca a un estadio posthumano de la historia”; así “una tecnología lo suficiente poderosa para transformar aquello que somos, tendrá, posiblemente, consecuencias nocivas para la democracia liberal y para la naturaleza de la propia política”.

¿Qué tipo de hombres y mujeres serían aquellos que pudieran aspirar a una inmortalidad digital, como parte de una condición posthumana? ¿Y qué pasaría si no todos pudieran acceder a esa posibilidad? ¿La idea democrática de la igualdad no se haría aún más trizas no solo por las asimetrías en la distribución de la riqueza sino también por el hecho de que algunos devendrían inmortales, y otros serían seres de segunda destinados a vivir solo menos de un siglo?

Pero ahora, como en la historia, muchos siguen pensando en la vida inmortal. La primera estrategia de superación de la muerte son las religiones que prometen al hombre vida interminable, como la que los mitos atribuyen a los dioses. Por eso Nick Bostron, otro vocero transhumanista, en un clásico manifiesto del movimiento, recuerda que el deseo de inmortalidad obsesiona al hombre desde los mitos antiguos: desde la ansiedad por descubrir el enigma de lo inmortal por Gilgamesh, hasta la creencia de la fuente de la juventud o el elixir de la vida80. Otros antecedentes filosóficos son también atractivos a la hora de legitimar el deseo de los posthumanos inmortales, desde Nietzsche y su superhombre, hasta el filósofo cosmista ruso Nikolai Fyodorovich Fyodorov.

Nietzsche pensó al último hombre y el superhombre. El primero vive cómodo dentro de la cultura dominante. No avizora un más allá superador, un quiebre de los límites. El último hombre vería con desconcierto la reinvención de lo humano. Por el contrario, el superhombre, en la versión esteticista, elitista y vitalista del filósofo alemán, es aquel capaz de liberarse de valores inmóviles, de acceder a nuevas expresiones de creatividad y de autoconstrucción de sí. El superhombre es la autosuperación artística de lo humano. Pero, entonces, el superhombre nietzscheano nada tiene que ver con el impulso transhumanista fascinado por la superación tecnológica del humano; aunque, para cierta mentalidad contemporánea, esa refundación técnica no es incompatible con un body art que incita la hibridación entre el cuerpo y los dispositivos técnicos, como el caso de Sterlac.

El cosmismo ruso, sí, es un curioso y claro antecedente de la mentalidad transhumanista, que vibra en la misma sintonía del sueño de inmortalidad que ofrece el sistema de San Junípero. El cosmismo es una tendencia filosófica del siglo XIX. Su exponente más arquetípico, el virtual fundador del movimiento cosmista, es Nikolai Fiodorovich Fiodorov. Para este “Sócrates ruso”, el hombre parece compelido a la muerte por las leyes naturales; pero una ciencia futura liberará a los hombres de la mortalidad. Las ideas de Fiodorov, inmersas en muchas creencias confusas, vinculadas al cristianismo ortodoxo ruso, fueron, sin embargo, un fortísimo impulso del programa de investigación espacial de la Rusia soviética; y, hoy, se las estima como un antecedente importante de la imaginación transhumanista. Pero en el cosmismo queda un resto de espiritualidad inmaterial, por su nexo con la religión. Por el contrario, en el trashumanismo contemporáneo, como ya observamos, el sueño de la inmortalidad es materialista o ateo, no piensa a la conciencia como ninguna intangibilidad espiritual.

Otros dos caminos en pos de lo inmortal tecnomaterial son la clonación y la preservación criogénica. Tal como afirma Baudrillard:

“la cuestión concerniente a la clonación es la cuestión de la inmortalidad. Todos anhelamos la inmortalidad. Es nuestra fantasía, una fantasía activa también en nuestras ciencias y tecnologías: activa, por ejemplo, en la congelación de la suspensión criogénica y en la clonación en todas sus manifestaciones”.

La clonación, técnica de la ingeniería genética, propone un futuro de duplicación del material genético con una alta fidelidad, de manera de duplicar o copiar a los individuos biológicos. Pero en San Junípero los que sobreviven a su muerte real son copias o duplicados mentales. Una clonación mental, de la que también habla Baudrillard. Por lo que no hablaríamos ya de transferencia de un conciencia original, la de la verdadera Kelly o Yorkie, si no de su duplicación o clonación. ¿Pero la conciencia clonada no sería otro tipo de ser, en lugar de ser la conciencia real de las mujeres transferidas a la existencia virtual? ¿El duplicado no sustituye la identidad original aunque pretende ser su continuación duplicada? ¿No sería entonces que las Kelly y Yorkie, supuestamente inmortales en la virtualidad, no son ya otros seres, con la apariencia y recuerdos de dos seres reales definitivamente muertos? Lo que es como decir que lo que sobrevive no es la conciencia personal transferida, la conciencia emulada, sino un duplicado, un clon virtual, una imitación, otro ser que pretende ser quien no es. Por lo que la inmortalidad digital de la conciencia real de un individuo queda deshecha en la ilusión, el sueño, en un postulado de ciencia ficción. ¿Lo que siempre fue y que acaso siempre será?

El film El Congreso imagina otra variante para una “técnica de la inmortalidad”. Inspirada en una novela de Stanislaw Lem, a Robin Wright, actriz en la realidad y la ficción, se le propone ser escaneada, de modo que su imagen digitalizada, sus poses y gestos de su época de esplendor, puedan, por la generación de un ordenador, ser eternamente reutilizadas en nuevas producciones cinematográficas futuras. Otra posibilidad de una inmortalidad digital de un duplicado escaneado, que no es el ser original. A su vez, en Trascedence, film con Johnny Depp, el cine se hace eco de la ebullición tecnoutopista transhumanista y su idea de la trasferencia mental a un ordenador. La mente en el ordenador. De nuevo el santo grial futurista de la inmortal por alquimias digitales. Y la idea de la mente transferida a un nuevo cuerpo es centro también de la futurista Ghost in the Shell: el alma de la máquina, 2017, con escenografía ciberpunk de un Japón ultrafuturista, y basada en el manga japonés homónimo de Masamune Shirow. La conservación post mortem en la web de los datos de una persona fallecida parecería ser también, hoy, otra opción de imaginaria inmortalidad digital.

Y sería interesante no soslayar que, más allá de toda la discusión sobre la posibilidad o imposibilidad de la inmortalidad humana, en la naturaleza existen formas de inmortalidad biológica, lo que parece tan surrealista como las más osadas especulaciones futuristas. Estas formas de inmortalidad se vinculan a procesos biológicos demostrados, como el caso de ciertas especies de medusas, hydras, o las células Hela, por ejemplo.

La obsesión por la vida inmortal siempre ha fascinado al hombre. No es de sorprender entonces que hoy se quiera apelar a la tecnología más avanzada para realizar el deseo de la vida inmortal. Un sueño, quizá, irrealizable.

Sociedad pantalla
El libro analiza las interacciones entre lo virtual y lo real y la angustia claustrofóbica de una sociedad prisionera de las pantallas.
Publicada por: Continente
Fecha de publicación: 01/01/2018
ISBN: 9789507546181
Disponible en:Libro de bolsillo

 

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