martes 23 de octubre
Interesante

Adelanto de “Malversados”, de Ezequiel Spector


La forma de debate más habitual en los medios -con réplica en las redes sociales- consagra “ganador” a quien da el mejor golpe de efecto. En el mismo gesto en que nos acostumbramos a dirimir en términos de aclamación o condena, dejamos de prestar atención a cualquier tipo de argumento y nos contentamos con subir o bajar el pulgar. Cuando el contenido de una discusión íntima o pública, privada o mediática, se plaga de trampas argumentativas -en términos técnicos, falacias lógicas-, la verdad es la primera víctima. La pérdida de la capacidad de discutir ideas, sopesar argumentos y confrontar propuestas daña seriamente la cultura política de una sociedad y deteriora la democracia.

En este libro, Ezequiel Spector pone en evidencia de modo práctico, concreto y lúcido las quince falacias más habituales en los debates políticos y presenta una guía útil para sortearlas y volver a discutir lógica, llana y, sobre todo, limpiamente. Porque sin honestidad intelectual no hay debate posible y sin debate no hay esfera pública, Malversados puede considerarse una oportuna herramienta de construcción de ciudadanía.

 A continuación un fragmento, a modo de adelanto:

 

9 – “Si lo dijo él, está mal”
La falacia ad hominem en tercera persona

En el capítulo 1 introdujimos la falacia contra la persona (en latín, ad hominem), que tiene lugar cuando alguien critica nuestras opiniones o argumentos apelando a alguna característica personal. Concluimos que este razonamiento era tramposo, dado que las cualidades de una persona son irrelevantes a la hora de evaluar el contenido de lo que dice. Analizamos cómo las opiniones y los argumentos tienen estructuras propias, que pueden ser más o menos defectuosas, pero que no dependen de cómo son los individuos que deciden usarlas.

Este capítulo se propone revelar una trampa argumentativa que, si bien es parecida, es tratada separadamente dada la frecuencia con la que aparece en el escenario político. En este caso, el interlocutor no critica nuestra opinión o argumento apelando a nuestras características, sino a que esa misma opinión ya fue previamente adoptada por algún personaje infame. El truco está en que este personaje no es infame a causa de esa opinión, sino por otros motivos. Este razonamiento tramposo, entonces, se aprovecha de que la gente tiende a confundir (a) las opiniones que hacen a alguien infame con (b) las opiniones que alguien infame puede tener, pero que también puede tener cualquier otra persona.

Ilustremos esta distinción con un ejemplo simple, para luego pasar a formas más sutiles. Supongamos que asistimos a una reunión de consorcio para discutir con los vecinos algunos temas relacionados con la seguridad, la higiene y la estética del edificio en el que vivimos. En particular, sucede que ha habido muchísimos robos en casas aledañas, y una de las cuestiones a tratar es cómo lidiar con este asunto. Durante la reunión, sin embargo, notamos que casi todos nuestros vecinos subestiman el problema de la inseguridad e insisten en discutir temas estéticos, como el aspecto de los pisos en la entrada o la pintura del contrafrente. Sólo uno de ellos coincide en que se debe tomar seriamente el problema de la inseguridad. De hecho, propone una idea con la que estamos completamente de acuerdo: contratar vigilancia nocturna Finalmente, luego de una larga discusión, tenemos éxito y convencemos a los demás de implementar esta idea. Cuando la reunión finaliza, nos acercamos al vecino y le agradecemos su contribución.

Un día, nos enteramos de que este mismo individuo tiene un trabajo muy poco digno: básicamente, manda a robar autopartes para luego venderlas a un precio menor que el del mercado. No deja de sorprendernos que alguien con opiniones tan sensatas en cuestiones relacionadas con la seguridad pueda ser tan deshonesto. De hecho, tal vez nos sintamos incómodos por haber estado de su lado en la reunión de consorcio. Pero no deberíamos confundirnos. Aquello que nos enteramos de esta persona puede ser una razón para denunciarlo, pero no para arrepentirnos de haber compartido su idea de contratar seguridad. Coincidimos con el vecino delincuente. Pero la opinión que compartimos con él no es una opinión que lo haga un delincuente. Más bien, la opinión que compartimos con el vecino es una opinión que puede tener cualquier persona preocupada por su seguridad. Aquí, entonces, es necesario distinguir entre (a) las opiniones que hacen a alguien deshonesto y (b) las opiniones que un sujeto deshonesto puede tener, pero que también puede tener cualquier otro sujeto.

“Dime con quién coincides y te diré quién eres”

La trampa argumentativa que este capítulo pretende revelar consiste precisamente en confundir (a) con (b). De esta forma, se busca hacer creer que una opinión es incorrecta porque un personaje inmoral, infame o de conductas reprensibles tuvo o tiene una opinión parecida. Supongamos que varias figuras famosas instalan en los medios de comunicación el debate sobre qué funciones debe cumplir el Estado y cuáles deberían dejarse en manos privadas. En ese contexto, una actriz y un periodista comienzan a discutir sobre el tema específico de la cultura. La actriz considera que el Estado debe prestar apoyo económico a ese tipo de actividades, mientras que el periodista rechaza tal propuesta. Imaginemos el siguiente diálogo:

—El gobierno debería subsidiar expresiones culturales, como el cine, para que los productores, guionistas y actores no queden desempleados. Ellos también tienen derecho a trabajar.

—Claro, como Hitler, que en la Alemania nazi también financiaba la industria cinematográfica. ¿Ése es el tipo de régimen que querés?

Como podemos notar, la trampa argumentativa se encuentra en la réplica. El periodista asume que, como Hitler financió la industria cinematográfica, subsidiar el cine es una mala idea. Puede ser una mala idea, o puede no serlo. Pero, si lo es, no es porque lo haya hecho Hitler. Tiene que usar otro argumento. La razón por la cual Hitler fue un personaje perverso no es que haya establecido subsidios para el cine; por ende, la opinión de que hay que subvencionar esta industria no hace a alguien un nazi. Es una opinión que un nazi puede tener, pero que también puede tener cualquier otra persona. Por supuesto, en la Alemania nazi el gobierno financiaba películas que principalmente le hacían propaganda al modelo totalitario instaurado. Pero, en todo caso, era el tipo de producciones que financiaba lo que era nazi. El solo hecho de financiar la industria cinematográfica, sin ninguna especificación al respecto, no es exclusivo del nazismo. Allí se encuentra la trampa argumentativa. Parece obvia, pero en la vorágine de las discusiones políticas suele ser efectiva.

Consideremos ahora otro ejemplo, bastante más sutil, de esta trampa argumentativa. En contextos de alta inflación, uno de los temas centrales en los debates políticos suele ser el gasto público, dada la relación existente entre ambos fenómenos. En este tipo de situaciones, es frecuente que muchos economistas adviertan acerca de la importancia de reducir dicho gasto. Sin embargo, nunca falta alguien que intenta desacreditar ese razonamiento de forma falaz.

Un caso del estilo sucedió hace algunos años, cuando en un programa de televisión se sugirió que un economista simpatizaba con la última dictadura militar por haber propuesto una disminución del gasto. Al escuchar su propuesta, un participante le contestó irónicamente: “Claro, querés hacer como en los 70”. Básicamente, el mensaje implícito era que, como en aquella época el gobierno dictatorial redujo el gasto público (o al menos se presentó con esa retórica), recomendar esta medida suponía congeniar con todo lo hecho por aquel gobierno, incluidas las violaciones a los derechos humanos. Aquí, la trampa argumentativa se encuentra menos explícita que en los ejemplos anteriores, lo que explica su mayor efectividad. El truco, sumamente común, consiste en adjudicar un cierto modelo económico a las violaciones sistemáticas de derechos humanos. El razonamiento falaz es el siguiente: si un dictador que perpetró crímenes de lesa humanidad e infringió los derechos de la población decidió disminuir el gasto público, esta medida debe ser una mala idea. Es falaz porque ella no hace a alguien un torturador o un asesino. La opinión de que hay que reducir el gasto público es, en los términos que usamos anteriormente, una opinión que un violador de derechos humanos puede tener, pero que cualquier otra persona también puede tener. Por otra parte, estos derechos han sido también vulnerados por líderes políticos que no tuvieron la más mínima preocupación por el gasto público. Dicho mal y pronto, “una cosa no tiene demasiado que ver con la otra”.

Malas compañías

Muchas veces, esta trampa argumentativa se usa no para criticar opiniones sino para descalificar cursos de acción, mediante la apelación a que ciertas personas cuestionables también se involucraron en ellos. Sucede a veces con reclamos populares. Hace algunos años, por ejemplo, se organizaron a través de las redes sociales varias manifestaciones en contra de la corrupción gubernamental. No podemos negar que fueron reclamos legítimos. Sin embargo, al haber sido manifestaciones realmente masivas, concurrieron ciudadanos con perfiles muy diferentes. Aprovechándose de eso, quienes buscaban quitarles legitimidad a esas expresiones populares pusieron el foco en grupos diminutos que asistieron con consignas “poco republicanas”, por llamarlas de alguna manera. Las expresiones que más se utilizaron para deslegitimar los reclamos fueron “¡mirá quién fue a la manifestación!”, “yo nunca marcharía con esas personas” y “si fue esa gente, yo prefiero estar en el bando contrario”. ¿Hay algún truco en este razonamiento? Como podemos apreciar, se trata de la misma trampa argumentativa, que se disuelve si se aclara la diferencia, en este caso, entre acciones que hacen a alguien poco republicano, y acciones que una persona poco republicana puede realizar, pero que cualquier otra persona también puede realizar. En otras palabras, la razón por la cual algunos individuos son antirrepublicanos no es que asisten a manifestaciones contra la corrupción. Esto último puede hacerlo prácticamente cualquiera.

Por otro lado, un caso interesante se presenta en relación con los llamados “escraches”, que actualmente suelen realizar muchos ciudadanos en contra de personalidades públicas sospechadas de haber cometido delitos graves. Si bien éstos no son actos necesariamente violentos, sí pueden causarles una gran incomodidad y malestar a los escrachados.

Muchos de los que se pronuncian en contra de estas prácticas afirman que es una “modalidad fascista”, dado que fue implementada por el movimiento del dictador italiano Benito Mussolini y otros regímenes de naturaleza similar. Aunque es un tema discutible, podríamos plausiblemente afirmar que quienes razonan de esta forma están incurriendo en la misma falacia. Un escrache en abstracto, sin ninguna especificación sobre cómo o en qué contexto se hace, no vuelve fascistas a quienes lo llevan a cabo. Como muchas otras formas de expresión, pueden servir para una variedad de usos, justificados o no dependiendo de la forma, el contenido y otras características de la situación particular. Seguramente los escraches estén lejos de ser la práctica ideal, y es posible que la mayoría de ellos merezcan ser criticados. Lo correcto es que el acusado atraviese un proceso justo e imparcial para establecer si es culpable o no, y que los ciudadanos se limiten a confiar en las instituciones.

Pero es dudoso que los escraches sean en sí mismos fascistas, como sí lo es, por ejemplo, la represión estatal a dirigentes o a medios de comunicación opositores. En otras palabras, no es claro que los escraches sean inherentemente fascistas, dado que podríamos imaginarlos en cualquier tipo de régimen en el que los ciudadanos sientan que hay delitos graves que están quedando impunes, ya sea éste un sistema fascista, liberal o socialista.

Finalmente, debemos destacar que esta trampa argumentativa se usa también, aunque con menor frecuencia, de forma inversa. Es decir, se trata no de desacreditar sino de reivindicar un curso de acción o una opinión apelando a cómo actuaron personas que gozan de buena reputación. No será necesario analizar este truco en detalle porque la estructura del razonamiento es la misma, y es tramposa por la misma razón. Bastará con un solo ejemplo para ilustrarlo. Consideremos el caso de Arturo Illia, presidente argentino desde 1963 hasta 1966, año en que fue depuesto por un golpe de Estado. Illia es para muchos un ejemplo de político por su honradez, transparencia, austeridad e idealismo, entre otras características elogiables. Probablemente sea, incluso, uno de los personajes más respetados de la historia argentina. No obstante, un hecho interesante es que su gobierno no llegó a anular totalmente la “proscripción al peronismo”, es decir, la prohibición de presentarse a elecciones que pesaba sobre este movimiento, y de la cual, algunos sostienen, Illia se benefició cuando ganó las elecciones. Imaginemos, entonces, que alguien defendiera la proscripción al peronismo basándose en que estuvo vigente durante la gestión de quien fue posiblemente el presidente más probo de la historia nacional. Se trataría, efectivamente, de una trampa argumentativa. En efecto, la razón por la cual Illia es generalmente considerado un ejemplo de político no es que haya omitido levantar tal proscripción. Reivindicar una opinión o un curso de acción apelando a lo que hizo un personaje respetado es también falaz.

Consideraciones finales: una falacia difícil de identificar

Como pudimos ver, la trampa argumentativa que tratamos en este capítulo sirve principalmente para criticar opiniones o cursos de acción, y, menos comúnmente, para elogiarlos. Es un engaño que debería salir a la luz una vez que advertimos que muchas de las opiniones que tenemos y de las acciones que realizamos pueden ser compartidas con gente poco íntegra, o peor. Este hecho, en sí mismo, no dice demasiado. Es posible que muchas veces, en ciertos temas o contextos, hayamos opinado o actuado de la misma forma que gente que no nos agrada. Incluso puede ser que hasta hayamos votado a los mismos candidatos que ellos, sobre todo en escenarios de polarización. La pregunta que debemos hacernos es si son esas opiniones o actitudes las que convierten a esas personas en los individuos que no nos gustaría ser. Si la respuesta es negativa, entonces, por más que compartamos algunas características, seguiremos siendo muy diferentes.

Finalmente, debe advertirse que este truco usualmente se presenta de maneras muy sutiles, lo que lo torna una artimaña sumamente eficaz. En estos casos, se requiere un esfuerzo mental considerable para identificarla. Si la discusión se lleva a cabo en un entorno más o menos informal, con el desorden propio de este tipo de contexto, la dificultad se incrementa. Sin embargo, estudiar los ejemplos anteriores es un buen comienzo. Partiendo de esta base, podemos empezar a descubrir formas más discretas, volviéndonos así cada vez más duchos y menos vulnerables. Es cuestión de práctica. De todos modos, al internalizar la información dada en este capítulo, ya avanzamos algunos casilleros.

Malversados
Un libro que pone en evidencia cuáles son las quince trampas argumentativas más habituales en los debates políticos y nos da las herramientas para recuperar la lógica de la argumentación racional, base de la democracia deliberativa.
Publicada por: SUDAMERICANA
Fecha de publicación: 02/01/2018
Edición: 1a
ISBN: 9789500760133
Disponible en:Libro de bolsillo

 

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