viernes 14 de diciembre
Interesante

Adelanto de “Estrés y libertad”, de Peter Sloterdijk


En la época final de Mao, cuando le preguntaron al primer ministro chino Zhou Enlai qué pensaba de la Revolución Francesa, después de dudar un instante, respondió: “Todavía es demasiado pronto para poder decir algo al respecto”.Seguramente es demasiado pronto para poder decir algo sobre la civilización individualista de nuestros días. Pero no es demasiado pronto para hablar del estado del problema de la libertad y de su significado para el futuro del colectivo humano.Basta con observar la escena mundial contemporánea para darse cuenta de hasta qué punto siguen ejerciendo su poder las dos privaciones de libertad (Unfreiheit) fundamentales. 

A continuación un fragmento, a modo de adelanto:

 

Capítulo I

Después de haber recuperado dos escenas primigenias de la historia de la libertad europea —la de cuño romano y la helvética— queda claro que los miembros de las culturas occidentales representan, en sentido actual o potencial, dos formas de falta de libertad (Unfreiheit). La primera forma se entiende como opresión política; la segunda, como aflicción ante la realidad, término para denominar, con acierto o desatino, el exterior. (En este contexto no cabe analizar un tercer frente de la falta de libertad, en que la esclavitud del hombre pasa por la falsa imagen que este tiene de sí mismo).

Las dos formas de dominación primarias se pueden describir como variantes del estrés. La represión política construye un sistema de estrés cuyo éxito se basa en que los oprimidos prefieran encontrar formas para prevenir el estrés —hablamos de obediencia, rendición, vigilancia— antes que decantarse por la rebelión y la revolución. Según el lenguaje técnico, una revolución antitiránica es una “cooperación de estrés máxima”[1] por parte de los dominadores para eliminar una carga que se ha vuelto insoportable a través de la dominación. Las revoluciones estallan cuando los colectivos vuelven a calcular intuitivamente su nivel de estrés y llegan a la conclusión de que es más duro vivir sometidos previniendo el estrés, que el estrés que provoca rebelarse. En última instancia, el cálculo es el siguiente: antes muerto que seguir siendo esclavo. Cuando este cálculo se extiende entre los individuos, la conformidad con el poder y la creencia en la autoridad desaparecen, ya sea por un momento o de manera duradera. Desde una perspectiva teórica del estrés, se entiende que los despotismos blandos sean los más duraderos: no ofrecen motivos a los súbditos para hacer tales cálculos al compensarlos con gratificaciones agradables bajo el yugo de la subordinación. Kant añadiría que un gobierno paternalista es “el mayor despotismo imaginable”[2]. Y estaría en lo cierto, del mismo modo que la tutela benévola nunca fue prevista como un momento de la emancipación. El abandono de la minoría de edad también tiene su precio. Si los revolucionarios llegaran a triunfar, cobrarían conciencia de que una revolución siempre empuja a una segunda, no tanto porque los partidarios de la antigua situación se lanzasen a una contrarrevolución, sino porque aquellos que en la primera revolución quedaron insatisfechos con su balance del estrés volverían a hacer cálculos y se darían cuenta de que el orden mejorado de la sociedad no les sería conveniente. Sí, tendrían estrés, quizás incluso más, porque su carga se mediría con la escala de las grandes expectativas. Parece que en el ser en común moderno todos los efectos de alivio estuvieran condenados a ser apagados por una sensibilidad acrecentada. La ley de la insatisfacción, en aumento en las democracias, todavía está esperando su fundación sistemática.

En el otro frente de la falta de libertad, los hombres tienen que luchar contra el peso del carácter de la realidad como tal. La aflicción que esta genera en el ser no se pasa por alto. Sin embargo, Lotario di Segni, que más adelante se convertiría en el papa Inocencio III, dejó constancia de un verdadero compendio de la vida insoportable en su Tratado sobre la miseria humana (De humanae conditionis miseria, 1195). En la modernidad temprana, un clásico del realismo sintetizó aún más las miserias humanas. Thomas Hobbes resumió en cinco predicados fatales el modo en que suele desarrollarse la vida de los hombres: solitary, poor, nasty, brutish and short[3]. La presión de la realidad sobre el ser convencional a menudo muestra los rasgos personificados de un dictador, en un ambiente de necesidades y crueldades anónimas, de los que en general sus miembros no pueden escapar. Cuando el salmo del Antiguo Testamento dice que incluso una larga vida es “trabajo y pesar”[4] se está refiriendo a la ley de la gravitación existencial, conocida por todos los mortales. Cuando el lenguaje popular dice “no es fácil”, se expresa en pocas palabras, pero bien claras, sobre el despotismo sin rostro de lo real. Y cuando Heidegger habla de la estructura de cuidado del Ser está traduciendo la antigua ontología popular a un registro contemporáneo y académico. Aun más: ni el salmista ni el lenguaje popular, ni tampoco Heidegger estaban dispuestos, ni podían tener en cuenta, que en nuestro mundo se dio una rebelión contra la tiranía de lo real, una rebelión que se presenta en una serie de nombres más o menos pulidos: Revolución Industrial, Ilustración, modernización, servicios sociales, técnica, democracia. Cuando uno emplea estas expresiones no se da cuenta de que cobran sentido en tanto parte de una revolución ontológica. Nombran el aspecto de la época de la sublevación contra el carácter aplastante de la carga de la realidad de otrora. Quien aspira a ser moderno se esmera en convertir la realidad actual en una realidad anterior: una pesada, en una ligera; una implacable, en una adaptable. El movimiento ontológico de libertad, al que denominamos “modernidad”, cumple con la necesidad fundamental de “escapar por completo del yugo de las circunstancias”[5]. Puede ser que esta necesidad haya estado ahí desde tiempos inmemoriales, pero solo el mundo moderno, con la técnica y la cultura del estado de bienestar, le dio métodos efectivos para su satisfacción: de ahí la osadía que supuso que los padres de la Ilustración americana contemplaran un derecho a la felicidad cuando escribieron la constitución del nuevo ser en común que fundaban políticamente. El secreto de la modernidad se esconde en su capacidad de reclutar gente de todo origen y confesión para las grandes campañas, la campaña por la progresiva descarga del estrés anónimo de la opresión por medio de lo real.

Llegados a este punto, vale la pena recuperar una vez más el episodio en ese rincón de ensueño en el lago Bieler donde a Rousseau se le revela la subjetividad. Ese luminoso día de otoño de 1765, Rousseau emprendió una maniobra de evasión por la cual accedió a este descubrimiento. En la huida de sus hostiles contemporáneos, su descentramiento lo empujó a un estado de sutil desconexión. Para poder apreciar este proceso, deberíamos tener en cuenta que el hombre a quien le sucedió todo esto —el soñador en el bote— a quien se le brinda el dulce sentimiento de la existencia, no era un estudiante de secundaria que se estuviera debatiendo entre suicidarse o seguir con vida. Tenía más de cincuenta años, era el hombre más conocido de su época, autor de El contrato social, el escrito político con más repercusión del siglo, el mismo hombre que, poco menos de tres años atrás, había dejado plasmada la frase más provocadora y aparentemente comprensible, pero en realidad de lo más confusa, de la antropología política: “El hombre nació libre y está encadenado por todas partes”. Había alcanzado una claridad a la que solo da acceso una profunda serenidad. Sin duda, esta fue una recompensa por el miedo, después de que el estado de ánimo del autor pasara de estar sometido a un estrés extremo bajo las presiones de sus enemigos a un relajamiento radical. El hecho de que Rousseau pronto volvería a ser presa del malhumor, como muestran sus ataques paranoides contra su benefactor David Hume, no tiene ninguna importancia para el asunto que nos ocupa. Volvía a ser otra vez —después de haber dejado de serlo durante un instante feliz—, el Rousseau de siempre: el mísero, el ofendido, el angustiado. Aunque el lago Bieler no esté a la altura del lago de Silvaplana, a orillas del cual se le presentaría a Nietzsche la idea del Zaratustra cien años después, las mejores intuiciones de Rousseau también se situaron a unos cientos de metros alejados de la gente y el tiempo. Su mayor deseo, contemplado en la Declaración de la Independencia como pursuit of happiness, se hizo realidad en suelo helvético por un breve lapso. Si tenemos todo esto en cuenta, podemos entender que Suiza despierte tanta desconfianza en el mundo entero: a orillas de sus lagos se alcanzaron experiencias de la libertad lo bastante subversivas como para suministrar provocaciones suficientes para los siguientes mil años.

En cuanto a Rousseau, debemos decir que había encontrado la manera de poner punto final a cualquier tipo de revuelta contra la tiranía de lo real. Con la liberación de las preocupaciones, el estrés y la realidad, la subjetividad sale a la luz, subversiva e inevitablemente, aun de manera momentánea y efímera. En la escena primigenia del sujeto, este se revela como un inútil ejemplar, extraño al mundo e inservible: no tanto como un superhombre sino más bien como un animal feliz; no tanto como una personalidad sino más bien como un soñador; no tanto como un idealista sino más bien como un emigrante; no tanto como un empresario sino más bien como un veraneante. La subjetividad —el sentimiento puro de la existencia ajeno a cualquier asunto—, liberada en su huida del acoso de lo real, accedió por una vez a un remanso de libertad sin estrés. Si no hay cuestiones imperiosas que atender, no hay preocupación alguna; si no hay preocupaciones, no hay realidad.

Pero si la nueva libertad llega hasta tal punto que derriba el peso de lo objetivo, la reacción de la realidad no se hace esperar. A partir de este momento, el concepto de realidad como tal adopta un tono reactivo, si no con un dejo restaurativo. La modernidad solo llega a descubrir qué es la realidad después de que su intento por derribar su peso alcanzara el éxito durante un tiempo acotado. Ahora la realidad es la objetividad que retorna después de haberse replegado con éxito en la subjetividad pura. Por realidad se entenderá aquello que regresa después de su olvido temporal y hace valer sus derechos. En el mundo de la red, habría que advertir a los usuarios que a partir de ahora deben usar mejor el programa “Realidad 2.0”.

Desde el momento en que queda demostrado que la realidad puede olvidarse, esta requiere de abogados que intercedan por ella. De hecho, en Europa, desde hace doscientos años, la historia de las ideas se presenta esencialmente como una lucha contra las consecuencias del descubrimiento de Rousseau. Este es el combate infinito que el realismo libra contra lo que desde entonces se denomina, la mayoría de las veces con desprecio o a modo de advertencia, romanticismo. Los defensores de la realidad llevan la voz cantante en esta batalla. Desde su tribuna abogan por restar toda importancia a cualquier tipo de desapego individual y a desterrar el fantasma de la realidad de la buena sociedad, que a partir de ahora se identifica con el Club de los Realistas.

Podríamos expresarlo con una imagen dramática: el sujeto del Quinto paseo es como un reactor nuclear que de pronto irradia en el mundo una subjetividad pura y anárquica. A diferencia de la radioactividad física, para la cual no disponemos de ningún sensor, la radioactividad del sujeto es percibida al instante por sus pares. La ensoñación de uno provoca la ensoñación del resto. La libertad manifiesta de uno se dirige involuntariamente al potencial de libertad del resto: sobre todo, cuando el atractivo de la situación se ilustra eficazmente en los medios literarios. A partir del momento en que un individuo ejemplar se libera por completo del estrés, su capacidad infecciosa a través de la literatura hace que mucha otra gente se pregunte por tal liberación en su propio caso. En última instancia, la modernidad siempre apunta al relajamiento. Por este motivo, la lectura de la literatura moderna no puede ser inofensiva. Cuando ejerce su influencia sin obstáculos, se desata una cadena que con el tiempo puede llegar a irradiar a toda la sociedad si no se ataja con medidas para disminuir la subjetividad. Estas solo pueden ser medidas que reduzcan la libertad y aseguren el estrés. Entendemos muy bien por qué el drama solo puede desarrollarse en esta dirección. Si el sujeto primario de la nueva libertad es el sujeto ensoñador, aquel desligado del estrés social, que deambula sin rumbo ni centro fijo, ajeno a todas las opiniones, y está sumido en una absoluta despreocupación hasta lo más profundo de su ser, se hace evidente que la liberación en masa de una subjetividad de este tipo puede conducir a una catástrofe de lo social. Amenaza a la síntesis social con una reacción individual en cadena, que acaba en la huida en masa de los individuos despreocupados de la carga del colectivo. Esta minaría los campos de estrés sociógenos[6] que, como se demostró, constituyen el vínculo entre los miembros de la sociedad. De hecho, el gran cuerpo psicopolítico al que denominamos sociedad no es otra cosa que una comunidad de preocupaciones que oscila entre los temas de estrés inducidos por los medios.

Llegados a este punto me gustaría retomar mis consideraciones sobre la falta de asombro en las ciencias sociales. A lo largo de estas reflexiones debería quedar claro por qué no hay nada más asombroso que la existencia real de sociedades de masas individualistas de tipo occidental, tal y como hoy en día tenemos ante nosotros. Son asombrosas porque alojan a una innumerable cantidad de individuos con una experiencia subjetiva; casi podríamos llegar a decir con una experiencia de la disolución, con una experiencia de la asociabilidad, con una experiencia de la inutilidad feliz. No todos los miembros de una sociedad muestran de por sí el mismo grado de irradiación subjetiva. Una mayoría escasa necesita ser levemente afectada, de ahí que sus momentos peligrosos se reduzcan a los días de vacaciones despreocupados y al enturbiamiento de lo real inducido por el alcohol. Por otro lado, hay grupos con una gran capacidad de radiación, principalmente artistas, que se presentan como la vanguardia de la inutilidad, pero también miembros de oficios terapéuticos, que ofrecen técnicas para relajarse y retiros de meditación, así como representantes de nuevas religiones reconfortantes fundadas a lo largo del siglo xx y que se instauran entre los jóvenes cada vez de un modo más ofensivo. Hace tiempo que convirtieron la desfasada rêverie en una verdadera cultura de características desarticuladas, de la que surgen palabras como pasota, gandul, colgado, relajado y recientemente otras como procastinar y chill, signos de una activa inactividad de diversos matices al margen de las zonas de realidad establecidas. Durante el siglo xx, crecieron al abrigo de estos terrenos una infinidad de individuos, que adquirieron una gran cantidad de preocupantes experiencias de disolución de la realidad a través de la relajación, y de disolución social a través de la libertad del estrés. Pero lo más digno de asombro es la existencia de sociedades que logran integrar una infinidad de extranjeros, como nosotros mismos, después de haber sido tocados por la irradiación subjetiva. No hay que dejarse engañar por la integración tal y como la plantean los sociólogos: en el individualismo cada uno es una sociedad paralela. Todos nosotros tenemos una historia de migración, alguna vez estuvimos muy lejos aunque ahora nos sintamos en nuestro lugar.

Estrés y libertad
No es demasiado pronto para hablar del estado del problema de la libertad y de su significado para el futuro del colectivo humano.Basta con observar la escena mundial contemporánea para darse cuenta de hasta qué punto siguen ejerciendo su poder las dos privaciones de libertad (Unfreiheit) fundamentales.
Publicada por: Godot
Fecha de publicación: 09/03/2018
Edición: 1a
ISBN: 9789874086181
Disponible en:Libro de bolsillo

 

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