Interesante

Adelanto de «Fue primicia», de Marcelo Figueroa


Verano de 1994. Un cronista y un camarógrafo estaban adentro de la Casa Rosada, clandestinos. Habían burlado la seguridad y entraron por una ventana. A unos metros, en la Plaza de Mayo, la marcha número 100 de los jubilados acababa de terminar en una batalla campal. Hacía pocas semanas que el canal de Héctor Ricardo García estaba al aire y esa era una de las coberturas de mayor repercusión desde la aparición de Crónica TV. Después llegarían noticias impactantes, como el crimen del soldado Omar Carrasco, el atentado a la AMIA, la muerte de Rodrigo, el suicidio del empresario Alfredo Yabrán o la tragedia de Cromañón, por citar sólo algunos de los innumerables hechos que conmocionaron al país y marcaron la historia de esta señal.

Las placas rojas, esos carteles enormes que permiten ser leídos desde el rincón de cualquier bar; Gilda, Sandro, los Pimpinela, Monzón, Messi y Maradona; Ñuls, Boca y River; el Papa y el Gauchito Gil. La defensa de la soberanía de las Islas Malvinas y la eterna cruzada contra los “Piratas”. Un “pitufo fantasmagórico” en Catamarca y un perro condenado a muerte en Neuquén. Bernardo Neustadt, el pastor Giménez, Riverito y Anabela Ascar. Todo eso ––y todos ellos–– fueron las claves del éxito de Crónica TV. A 25 años de su primera emisión, en estas páginas se cuenta el “detrás de las primicias”: los secretos del canal que revolucionó el mundo de las noticias.

A continuación un fragmento, a modo de adelanto:

 

Capítulo 9 – Verdadero o falso

Fake News

Es recurrente la duda acerca de la verosimilitud de las noticias que aparecen en Crónica TV, así como la de los títulos que se exhiben en las placas rojas. Categóricos, los periodistas, productores y camarógrafos del canal aseguran que a la hora de informar no hay mentiras.

Algunos reconocen que, por la urgencia con la que trabajan, han llegado a anunciar que los muertos en un choque eran tres cuando, en realidad, habían sido dos. Lo explican como errores involuntarios producto de la inmediatez y el trabajo en vivo. García certifica: “La gente sabe que no macaneamos”.

Sin embargo, dos redactores consultados para este libro revelaron que han magnificado y hasta inventaron titulares sin que sus superiores estuvieran al tanto de la maniobra. Citan un caso concreto: durante 2006, varias veces al día, Crónica ponía al aire un segmento que pretendía responder la ambiciosa pregunta ¿Qué pasa con el mundo?

Tras ese interrogante, ante la imagen de un globo terráqueo que se derretía, una placa enumeraba: Los desastres naturales de los últimos 12 meses mataron a cientos de miles de personas. Solo en 2005 hubo 14 huracanes, 26 tormentas tropicales y la segunda temperatura promedio más alta y más baja de la historia.

Y a esa introducción le sumaban las últimas noticias sobre las catástrofes ocurridas en el planeta: México. Temporal de frío polar dejó un saldo de 80 muertos; Confirmaron nuevo caso de la gripe aviaria en un ganso azul de Thailin; Chile. Un sismo de moderada intensidad sacudió el sur del país. Y así unas tres o cuatro veces al día con informaciones de ese tipo.

Los redactores reconocen que tenían serias dificultades para obtener la data porque no había tanto desastre a diario en el mundo como para renovarla mañana, tarde y noche. Uno de ellos se sincera: “Supimos que en China son frecuentes los derrumbes en las minas de carbón, ahí teníamos un título seguro. Asia es una región muy sensible, más de una vez ‘hice’ un terremoto en Pakistán, aunque no de gran escala y sin detallar el número de víctimas”, aclara.

Advertido de esa situación, al escuchar con atención aquel segmento, podemos concluir que esta vez los redactores no mintieron. Repasando las noticias publicadas confirmé que en varias omitían datos precisos como el lugar concreto donde ocurrió el temporal. Hablaban de un terremoto en “el norte del país”, “epidemia de gripe aviaria en el interior” o el clásico “China. Obreros muertos al desplomarse techo de una mina de carbón”, sin consignar cuántas habían sido las víctimas fatales.

Otras veces, siempre haciendo foco en aquel segmento sobre catástrofes, citaban lugares tan recónditos del planeta que resultaba difícil chequear la veracidad de lo que afirmaban, incluso ubicar en el mapamundi las regiones supuestamente afectadas.

Ese espacio, que había sido ideado por Héctor Ricardo García para concientizar acerca de los efectos de la acción del hombre sobre la naturaleza, cerraba con una placa negra con la leyenda Somos todos asesinos. La frase, categórica, conmovió al cineasta Leonardo Favio, quien se molestó en llamar al Gallego y lo felicitó por la cruzada ecologista que había emprendido Crónica TV.

Esteban Boxler trabajó como generador de títulos en la señal de las placas rojas hasta mediados de 1999. Al ser entrevistado por la revista Plan V relató un episodio que lo tuvo como protagonista al “crear” una noticia inexistente. Según reveló, debía armar cinco títulos cada media hora y, ante la imposibilidad de cumplir con esa exigencia, opto por fabricar una información: La ciencia lo dice. Estudios científicos revelaron que la primera mujer feminista fue la abuela de Frankenstein, escribió.

“Cuando a mí me toca el primer día de trabajo, un viernes, llegó un punto donde ya no tenía más nada para poner y Mario Gavilán (por entonces su jefe) me estaba metiendo mucha presión. Decidí resolverlo fácil y… ¡Que me echen!”, recuerda Boxler. “Entonces armé una tanda de seis títulos inexistentes, el más alevoso era el de Frankenstein”.

Al tiempo el exredactor compartió una cena con Gavilán y en confianza le contó que aquello sobre la abuela de Frankenstein había sido inventado. “Me gusta más que sea mentira. Es como el gol de Maradona con la mano, que haya sido con la mano es más lindo todavía”, reaccionó Gavilán. Consultado sobre aquella anécdota unos años después, el exdirector no lo negó y prefirió responder que no recordaba nada.

Boxler agrega una visión polémica: “La televisión se parece a la realidad, pero no es la realidad. Quien crea que todo lo que ve en la televisión es real tiene un problema. Y no hay que pedirle a la televisión que diga la verdad o no hay que enojarse con el televisor porque no muestra la realidad tal como es. La televisión es eso: una puesta en escena. Y si bien el periodismo debe informar, ahora pasó a ser un género de ficción. Son versiones libres de la realidad. Crónica es una versión más libre todavía, es una versión bizarra de la realidad”.

¿Podrían ser tildados como poco éticos los redactores que admitieron haber creado títulos falsos? ¿Son mentirosos profesionales? ¿Atenta esto contra la credibilidad del canal? Quizá no sea para tanto. Y aunque no está bien hacerlo, hablamos aquí de picardía y hasta de ingenio para llegar a cumplir con un cupo establecido de titulares que nada tienen que ver con las noticias que realmente influyen sobre la vida de los televidentes.

No son pocos los “prestigiosos” medios periodísticos que han reconocido haber publicado noticias falsas. En mayo de 2003 el diario estadounidense The New York Times pidió perdón a sus lectores al comprobar, mediante una investigación interna, que uno de sus redactores había plagiado informaciones y fabricado declaraciones. “Se encontraron irregularidades en por lo menos 36 de los 73 artículos escritos por Jayson Blair desde que se incorporó a la sección nacional”, indicó el diario.

“Cada periódico, como cada banco o departamento de policía, confía en que sus empleados cumplirán los principios centrales”, decía un texto titulado “Un largo rastro de engaños”. La investigación comprobó que Blair “violó el aspecto central del periodismo que es la verdad. La fabricación y el plagio representan una traición profunda de la confianza y uno de los momentos más bajos en los 152 años de historia del diario”.

En Crónica TV no hubo autocrítica alguna por las mentiras publicadas. Es más, hace unos años, Héctor Ricardo García reconoció que había magnificado algunos datos sobre el asesinato de Norma Penjerek, aquel caso que ayudó a repuntar las ventas del diario Crónica, en 1963: “Y claro que inflamos, pero también exageró la policía”, admitió. Y se justificó: “Con o sin mentiras, aquello fue un bombazo”.

Ninguna de estas historias que resultan de la imaginación y la inventiva de los redactores podrá empañar una larga trayectoria de aciertos periodísticos y de verdades inobjetables difundidas por el canal de las primicias. El staff de cronistas, productores, redactores, técnicos y camarógrafos de Crónica TV es uno de los más profesionales del país. Y no se deben confundir las fake news con aquellos episodios, en apariencia increíbles, respaldados con el testimonio de testigos y protagonistas, que se describen a continuación.

 

Los comandantes

Federico Storani interrumpió la actividad oficial en el Ministerio del Interior y se instaló frente al televisor de su oficina. Hizo zapping hasta que logró sintonizar Crónica TV y pidió que lo comunicaran urgente con la Policía Federal y con las autoridades de Gendarmería. En la pantalla una placa alarmaba: Entre Ríos. Grupo Comando “Sabino Navarro” quiere enfrentarse con las armas.

El dato inquietó al gobierno de Fernando De la Rúa. Hacía unos meses, la posible presencia de varias células de las FARC en la provincia de Salta había causado un revuelo político y diplomático. ¿Tenía aquello algo que ver con la nueva noticia? Están armados hasta los dientes, advertía el canal mientras mostraba las imágenes de una reducida tropa de encapuchados que corría por un monte.

“Fue un impacto terrible”, dice Storani al recordar el mal rato que vivió la mañana del 5 de abril de 2000. Un equipo de Crónica TV había viajado a Concordia a cubrir los cortes de ruta que hacían los grupos de desocupados para reclamar trabajo y alimentos; también había ido un cronista de Radio 10. Por esos días, en el interior, se vivía un clima de protesta social creciente.

En Entre Ríos sabían que la prensa nacional estaba en la provincia. Un hombre en bicicleta llegó hasta el hotel que funcionaba como base de operaciones de los medios porteños y se cruzó con Javier Díaz, el periodista de Crónica TV. El lugareño le informó sobre la existencia de un “grupo militarizado que se estaba entrenando en un monte cercano” y se ofreció a llevarlo hasta allí para que pudiera hacer una entrevista. Facundo Pastor, el enviado de la radio de Daniel Hadad, escuchó el relato y se interesó en el tema.

El “comando Sabino Navarro”, que tomaba el nombre de un exjefe montonero, ponía como única exigencia que no se hicieran entrevistas en vivo. Tampoco que se dieran referencias del lugar desde donde estaban transmitiendo para resguardar la seguridad de los hombres y mujeres que integraban el “grupo insurgente”.

Tres vehículos (el de Crónica TV, otro del diario Crónica y el tercero de Radio 10) partieron en caravana detrás del mensajero que los guió hasta llegar a un descampado con frondosa vegetación y un edificio en aparente estado de abandono. No estaban lejos del centro de Concordia.

Los periodistas fueron recibidos por dos hombres con los rostros cubiertos con pasamontañas; estaban armados. Esa recepción intimidó a Díaz y a sus colegas. Los encapuchados explicaron que por seguridad debían revisar el móvil del canal y repitieron la acción con el resto de los autos. Avanzaron hasta una casona en ruinas y contactaron al resto de los “rebeldes”.

El movilero de Crónica TV acordó con el enviado de Radio 10 que pondrían al aire simultáneamente las entrevistas grabadas. En Buenos Aires, nada de lo que pasaba a orillas del río Uruguay se conocía todavía. El hombre que parecía liderar a los novatos guerrilleros se identificó como “subcomandante Carlos” y se dispuso a responder las preguntas de la prensa.

Unos pocos minutos de observación le bastaron a Javier Díaz para desconfiar. Sospechó que algo raro había en ese grupo de mujeres y hombres que lanzaban críticas a la política neoliberal y amenazaban con iniciar la lucha armada. ¿Quiénes eran aquellas personas? ¿Había que tomar en serio lo que decían? Díaz dudaba. Tenían movimientos torpes, las camisas verdes que usaban como uniforme lucían impecables, el resto de sus ropas no tenía signos de haber estado mucho tiempo entre los árboles y no parecían duchos en el manejo de los revólveres y las pistolas que portaban.

En un momento Facundo Pastor rompió el pacto con el enviado de Crónica TV y comenzó a relatar por la radio lo que sucedía delante de sus ojos. A las 11.24 salió al aire en el programa de Oscar González Oro diciendo que se encontraba junto a encapuchados que lo tenían caminando por un monte. “Realmente no sabemos dónde estamos, Oscar”, relataba agitado. Segundos después Eduardo Feinmann le agregó su habitual cuota de exageración al confuso episodio y dijo que Pastor había sido “secuestrado”.

El “subcomandante Carlos” aseguraba en sus declaraciones a la radio que había entrenado a setenta personas “en esta zona del litoral” y justificaba la lucha armada “contra los políticos que se habían enriquecido con la plata del pueblo”. “¿Cuál es el objetivo de ustedes?”, preguntó Feinmann. “Matar o morir”, respondió el presunto jefe guerrillero y cortó la comunicación telefónica.

El caso ya era público y la información, planteada en esos términos, generaba pánico. El celular de Javier Díaz sonó ni bien se escucharon por radio las primeras palabras de Carlos. Félix Molina lo llamaba desde el canal para pedirle que saliera al aire urgente con la noticia. El periodista le manifestó al director sus dudas sobre la veracidad de lo que estaba viendo, pero Molina lo presionó para que apurara el informe desde el móvil. Mientras tanto, le dictaba al redactor los textos para las placas rojas.

A esa altura Federico Storani respiraba más aliviado. Ya sabía que no se trataba de ningún comando insurgente, sino de un minúsculo conjunto de desocupados, los mismos que desde hacía unos cuatro años organizaban cortes de ruta en la provincia para exigir a las autoridades la entrega de planes sociales.

El ministro del Interior de la Alianza se había tranquilizado después de hablar con el jefe de la Gendarmería de Concordia, comandante mayor Eduardo Fieni. Pese a las máscaras, Fieni había reconocido al líder de los encapuchados: era el “Chelo” Lima. Storani se comunicó al rato con el intendente de la ciudad, Hernán Orduna, y este le confirmó el dato: “¡Pero, Federico, dejate de joder, hombre. Es otra locura del ‘Chelo’!”.

El misterioso “subcomandante Carlos” no había terminado de dar su proclama cuando ya estaba identificado por las autoridades nacionales y de la provincia. Y ahora sí, en vivo, Crónica TV mostraba una entrevista a Lima, todavía con el rostro cubierto.

–¿Usted es Carlos? –preguntó Javier Díaz.

–Sí, subcomandante Carlos –respondió convencido el “Chelo”–: Yo estuve hace ocho meses en México, con el subcomandante Marcos –aseguró.

–¿Ustedes entrenan con armas?

–Sí.

–¿Para qué?

–Para el combate. Se viene la lucha armada. Esto es en contra de este modelo neoliberal que ajusta a los que menos tienen, mientras los Samid, empresarios de la carne, mientras un montón de gente… –interrumpe la respuesta, le hace un gesto a un compañero que estaba a su izquierda, grita algo indescifrable, parecía un código de guerra que únicamente ellos entendían, y dice por último–: Te dejo, por un problema de seguridad. ¡Vámonos, vámonos! –ordenó. Y salieron corriendo.

Entre ellos huía una mujer corpulenta con una pistolita y un pasamontañas desencajado. Tenía los agujeros corridos y como solo veía por un ojo, porque en el otro agujero se le había acomodado la nariz, al salir al ataque se llevó por delante la raíz de un árbol y se tropezó. Un papelón. Storani recordaría después que esa mujer se hacía llamar “sargento Pato”; era robusta y claramente no tenía ningún tipo de entrenamiento.

Tienen fusiles, ametralladoras y escopetas recortadas, insistía Crónica TV cuando ya quedaba claro, hasta para los televidentes más desprevenidos, que todo era una farsa. Tragicómico. El “monte” del que habían hablado todo el tiempo, estaba a la vera del río Uruguay, a quince cuadras del centro de Concordia, en una casa ruinosa que había conocido tiempos mejores, y de espaldas a las instalaciones del Complejo Polideportivo Municipal de la ciudad.

Cuando la preocupación política y el impacto inicial dieron paso a la comedia, Storani convocó a una conferencia de prensa. Quería olvidar rápido la disparatada historia y el show mediático. “Se trata de guerrilleros truchos”, arrancó el ministro. “Estos grupos carecen de ideología. No pueden ser siquiera un émulo cercano del zapatismo mexicano ni de los movimientos que en su momento tuvieron vigencia en la Argentina de las décadas pasadas, vinculada con la lucha armada. Estos le dan a la petaca», aseguró.

Storani hablaba ante una decena de cámaras y grabadores y a sus espaldas, en el televisor de la sala de periodistas de la Casa de Gobierno, aparecía la imagen de Lima. Discretamente, una de las colaboradoras del funcionario le acercó una nota avisándole que compartía la pantalla de Crónica TV con el “subcomandante”.

El titular de Interior no solo no se inmutó y ni miró el televisor, sino que comentó: “Desde luego que nosotros sabemos en qué lugar se encuentran y sabemos también que puede haber algunos periodistas que los estén acompañando en este mismo momento. Estamos esperando las órdenes del juez para actuar en consecuencia”.

Cada crítica del ministro tuvo una respuesta gestual de Lima, mientras una placa destacaba: José María “Chelo” Lima mira a Storani por Crónica TV. Tras el dúplex, el canal de las noticias continuó entrevistando a los “revolucionarios”. Lima adelantó que querellaría a Storani y admitió durante la nota que había votado a “esa porquería de la Alianza”.

El día terminó con un grupo de vecinos de Concordia tomando mate en la puerta de la casa del “Chelo”, mientras la Gendarmería se llevaba preso al subcomandante que pedía a los gritos que le leyeran sus derechos. Varias horas en vivo y en directo para una historia que no se sostenía y que mantuvo en vilo a todo el país.

Unos días después del sainete, la revista entrerriana Análisis publicó una nota en la que detallaba que “Chelo” era uno de los fundadores del movimiento de desocupados de Salto Grande, agru155

pación con la que en los meses previos a las elecciones de 1997 había concretado innumerables cortes de la ruta 14, el principal camino del Mercosur.

Los medios locales comenzaron a referirse a los líderes del grupo como los “comandantes”. Después armaron su propio partido, que usaba como lema una crítica a los políticos tradicionales: “Cansao ’e vagos”. Con la presión que ejercían en la calle se hicieron un perfil de extorsionadores y le exigían al entonces gobernador Jorge Busti que les diera planes Trabajar que ellos distribuían a su antojo, previo cobro de un peaje.

Busti admitió públicamente que le había dado a Lima ochenta planes sociales, aunque el intendente de Concordia indicó que fueron “muchos más”. Según Análisis, la última extorsión había consistido en canjear un corte de ruta por cuatro mil pesos.

El juez federal de Entre Ríos Juan José Papetti procesó finalmente a Lima y a sus secuaces, entre ellos a Patricia Rivero –la “sargento Pato”–, por “incitación pública a la violencia, atentado al orden constitucional y a la vida democrática y pertenencia a una agrupación permanente cuyo objeto es imponer sus ideas o combatir las ajenas por la fuerza o el temor”.

Según la causa judicial, la tierra de los borceguíes de Lima, secuestrados en el allanamiento esa misma tarde, coincidía con la del “monte” donde “se entrenaban”. La pericia acústica entre las voces del encapuchado y la de Lima coincidieron en un 75 por ciento y existían semejanzas morfológicas y fisonómicas evidentes del rostro de Lima con la imagen del encapuchado.

Así y todo, con semejante acumulación de pruebas en su contra, José María Lima siguió la pelea con Storani en los Tribunales y se atrevió a querellar al ministro, tal como había dicho aquel 5 de abril de 2000. Casi un año después, “Chelo” demandó al funcionario porque insistía en que él no era la persona que había aparecido con la máscara. Exigía un resarcimiento de un millón setecientos mil pesos en concepto de daños y perjuicios.

Crónica TV nunca explicó de manera convincente el motivo por el cual coincidió el viaje de su equipo con el de un movilero de Radio 10. El dato no es menor porque el 2 de abril, o sea tres días antes, ambos medios habían hecho la cobertura conjunta de un acto en el Campo Argentino de Polo para recordar el décimo octavo aniversario de la guerra de Malvinas.

Exfuncionarios de la Alianza están convencidos de que se trató de una sociedad que buscaba debilitar al gobierno de Fernando De la Rúa. Los periodistas enviados a Entre Ríos descartan esa hipótesis y aseguran que habían viajado a cubrir una protesta, una más de las tantas que había en el interior en aquella época.

El “Chelo” Lima reapareció en 2006 durante los cortes de ruta en Entre Ríos. Se sumó a los reclamos contra la instalación de la planta de celulosa Botnia en Fray Bentos, en la costa uruguaya. Pero el “exguerrillero”, ya sin cámaras alrededor, había cambiado de discurso y ahora coreaba consignas en favor del medioambiente.

 

Enrique

Como un pequeño demonio. Así describían los catamarqueños a un ser extraño, enano, de una fealdad inhumana, de color verde, con ojos rojos brillosos, el cuerpo peludo y un sombrero negro sobre su cabeza. Tuvo unas pocas apariciones que bastaron para atemorizar a media provincia y divertir al resto.

Catamarca. Cierran subcomisaría. Policía asegura haber visto a Satanás, alarmó una placa roja de Crónica en los primeros días de julio de 2000. La policía había cerrado transitoriamente la seccional de la localidad de Banda de Varela, ubicada a cinco kilómetros de la capital, después de que un cabo sufriera un shock nervioso por la aparición de “un duende” que había ido a buscarlo “de parte de Satanás”. Preventivamente la dependencia sería custodiada durante las noches por dos agentes, aunque desde la Jefatura se aclaró que serían rotativos, ya que algunos tenían miedo de que “el pitufo” pudiera aparecer otra vez.

El parte oficial de la fuerza de seguridad dejó constancia del insólito hecho. A la 1.30 del miércoles 5 de julio, luego de que se intentara en tres oportunidades establecer comunicación con el suboficial de consigna en la subcomisaría, se envió un móvil para verificar lo que ocurría. El cabo Miguel Ángel Agüero fue encontrado desmayado, sentado en una silla con los ojos abiertos y mirando al techo. En cuanto lograron volverlo en sí, el policía, de 37 años, empezó a gritar “¡Ahí está, ahí está. Me viene a buscar!”, mientras señalaba al vacío. Al rato, ya más tranquilo, contó que había ido a la cocina y al regresar, cuando pasaba por la zona oscura de los calabozos vacíos hacia el escritorio, sintió que alguien entraba por la puerta principal. “¿Qué busca?”, preguntó Agüero desde el pasillo. “Te vengo a buscar a vos, de parte de Satanás”, le respondió el “duende”.

El policía describió a esa criatura como un sujeto “con los ojos rojos –muy rojos–, con la cara deformada, horrible. No me llegaba a la cintura”, graficó aterrado. Sus compañeros no lo podían creer y estaban sorprendidos ante la reacción del hombre que llevaba diez años de servicio en la fuerza y había sido campeón juvenil de maratón en la provincia.

Tres semanas antes de desmayarse, Agüero le había advertido a sus jefes que por las noches escuchaba ruidos extraños y máquinas de escribir que funcionaban solas en un cuarto que permanecía cerrado. Se le permitió entonces dejar la puerta de esa habitación abierta y la luz encendida, pero los ruidos se trasladaron a la cocina.

Moisés Córdoba, comisario de la Regional Primera, ordenó la internación del cabo y en los análisis que se le hicieron en el hospital no se hallaron rastros de sustancia alguna que lo pudiera haber hecho alucinar; ni alcohol ni drogas.

De no ser por aquella conclusión de los médicos, la historia del enanito verde podría haber terminado allí, como tantas otras que forman parte del folclore en las provincias del norte argentino, donde se repiten los relatos sobre apariciones misteriosas. El caso seguía abierto. Y Crónica TV volvió con la noticia: Enano fantasmagórico. Se comprobaría su existencia, indicó en placa.

A seis días de aquel episodio, un equipo del canal viajó hasta Banda de Varela y fue testigo del terror en la subcomisaría. Había novedades: dos remiseros estaban hospitalizados y debieron ser sedados después de presenciar una nueva aparición. Los choferes Luis Rodolfo Agüero (sin parentesco con el suboficial de la policía) y Walter Ortega aseguraban que el duende travieso se les había presentado mientras hacían la guardia nocturna en la remisería María del Valle.

Los canales de televisión de Buenos Aires, ávidos de noticias impactantes, se apropiaron de la historia que por momentos resultaba ya escandalosa. El noticiero de Canal 13, Telenoche, se ocupó de las andanzas del “duende sombrerudo” y América Noticias habló de “feísimos muñecos” que sembraban pánico en Catamarca. Pero, fiel a su estilo, la nota la dio Crónica TV al bautizar al enano de ojos rojos que hasta ese momento no tenía nombre propio. Y a partir de allí, el misterioso fue llamado por todos como “pitufo Enrique”.

En Crónica cuentan que fue Félix Molina quien ordenó bautizar así al duende, inspirado en Enrique Blanco Castell, un abogado que ocupaba un cargo jerárquico en la administración del canal, a quien muchos trabajadores no le tenían demasiada empatía. Por eso, explican, se tentó Claudio Orellano después de presentar una nota referida al enano y al volver del informe, en medio de un ataque de risa, exclamó: “¡Qué pitufo este, eh!”. Seguramente estaba pensando en el gerente, que a las semanas recién supo que al pitufo lo habían bautizado con ese nombre por él.

Mientras se divertían en el canal, en Catamarca el remisero Ortega daba detalles de su experiencia: “Sentí ruidos atrás de la vivienda y sonidos que provenían del techo de una de las habitaciones. Me pareció que diez o quince personas estaban zapateando. Después, una fuerza terrible me levantó y me tiró contra un árbol”. Llamaron a la policía y de inmediato llegaron al lugar tres ambulancias y veinte uniformados que tras varias horas de búsqueda se retiraron sin hallar rastros del gnomo.

Crónica informó entonces: Último momento. Catamarca. La policía busca al “pitufo Enrique”. Varios móviles en cacería del enano fantasmagórico. A la madrugada siguiente, policías, remiseros y curiosos se atrevieron a hacer una vigilia en la zona a la espera de otra visita del duende. Lo buscaban de noche, preparados con linternas y armas de calibre corto, pero tampoco tuvieron suerte en el avistaje.

Desde la Capital Federal, el padre Pedro hizo saber que viajaría a la provincia para exorcizar y “liberar” al suboficial y a los choferes que habían sido hostigados por el temible personaje. Y hubo calma durante unas semanas hasta que Enrique volvió a ser noticia por un episodio más simpático que los anteriores. Un grupo bailantero creó “El baile del duende”, una canción que lo tenía como protagonista.

La pegadiza letra narraba: “El baile, el baile, el baile del duende. El baile del duende, todos quieren bailar. Lo baila el presidente, lo baila el intendente. Lo baila el gobernador, también el senador. Lo bailan los diputados, también el concejal. El baile del duende, no lo baila la policía… ni tampoco los remiseros”, remataba.

La primicia exclusiva del lanzamiento musical, claro, fue de Crónica TV: El “pitufo Enrique” llegó a la bailanta, exclamaron en un título mientras difundían el video de la canción. Fue lo último que se conoció sobre el enigmático duende que, parece, decidió devolverle la tranquilidad a los catamarqueños.

Fue Primicia
A 25 años de su primera emisión, en estas páginas se cuenta el 'detrás de las primicias': los secretos de Crónica, el canal que revolucionó el mundo de las noticias.
Publicada por: Continente
Fecha de publicación: 01/01/2019
Edición: 1a
ISBN: 9789507546334
Disponible en:Libro de bolsillo