Interesante

Adelanto de «Neurociencia para (nunca) cambiar de opinión», de Pedro Bekinschtein


Somos capaces de discutir por las cosas más banales y las más profundas como, por ejemplo, si son mejores los perros o los gatos, si es mejor el invierno o el verano, si la marihuana debe ser legal o no, si pinot noir o cabernet, si paridad de género o meritocracia, si es más rico el helado de agua o el de crema, si el alma existe o si es una creación de las religiones, y así podría hacer un libro entero sobre las grietas. (Y sobre cuánto nos gusta tener razón.)

Probablemente la mayoría tenga una opinión sobre muchos de esos temas. Estos juicios crecen como malezas sobre nuestro suelo fértil de creencias y van ocupando la capacidad de decidir según las evidencias. Las opiniones no se llevan muy bien con las evidencias cuando estas no coinciden.

Este libro intenta recorrer algunos de los mecanismos psicológicos y cognitivos involucrados en la resistencia al cambio de visión. Las preguntas irán desde cómo nuestras expectativas y convicciones afectan la manera en la que percibimos el mundo y recordamos las experiencias colectivas hasta si existen bases biológicas que expliquen las diferencias en las ideologías políticas.

A continuación, un fragmento a modo de adelanto:

Capítulo 7 – La película de la vida

“Cada vez que te recuerdo olvido una parte de mí. Esta vez fue mi mentón, así que ya no puedo hacerme el interesante.”

De “No hay que olvidarse de eso, vos sabés de qué hablo”, por Raquel Manzano Yanofloreció

Si pudieras hacer una película de tu vida, ¿qué actor o actriz te gustaría que la protagonizara? En mi caso, le pasaría el guión a Mark Ruffalo, porque me cae bien; aunque no creo que dé el presupuesto, porque mi vida es bastante poco interesante y da más bien para una biopic del estilo contemplativo. Digamos: una sola toma, cámara fija y en blanco y negro. Más allá de esta fantasía, es interesante hacer el ejercicio de armar la película de la propia vida. Así, sin pensarlo demasiado, creo que duraría una media hora como mucho. Probablemente si me concentrara encontraría detalles y podría alargarla, pero siento que recuerdo bastante poco para todas las experiencias que tuve a lo largo de más de 40 años de vida. Es que la información se pierde, seolvida, el cerebro es así, así evolucionó nos guste o no. Lo bueno es que si no te acordás exactamente de una experiencia, puede ser que alguien con quien la hayas compartido sí se acuerde y llene, con memoria, esos agujeros tan repletos de olvido. Las fotos también pueden ayudar a recuperar esas experiencias que carecen de detalles o no pueden colocarse en tiempo y espacio de manera precisa. Sería válido preguntarse si hay diferencias en cómo uno recuerda en el presente, comparado con el pasado en ausencia de redes sociales y fotos digitales. O si las conversaciones por grupos de Whatsapp son maneras de almacenar información grupal. Además, a veces la información no proviene de nuestra propia experiencia sino de las que han tenido otros. Si nunca hice un volcán de chocolate, puedo consultar una receta de alguien que sí lo hizo. Es más, puedo seleccionar la que más me gusta y, si a mis amigos y familiares también les agrada, se transmitirá a través de la memoria grupal. Nuestra vida en sociedad nos hace depender de la experiencia de los demás. Es preferible consultar a un oftalmólogo si tenés algo en el ojo, que a un gastroenterólogo, a menos que tengas un tercer ojo en el intestino. Es preferible contratar a un abogado antes que defenderte a vos mismo en un juicio, y leer el pronóstico del tiempo del Servicio Meteorológico Nacional y no las rodillas de la abuela. También usamos testigos para muchas funciones sociales, personas que puedan certificar que ciertos eventos ocurrieron como uno dice; si más gente recuerda lo mismo, quizás la memoria sea más confiable, o al menos eso creemos.

Muchos piensan en la memoria en relación a las contraseñas que tienen que acordarse o dónde se dejaron las llaves o los anteojos. Las llaves están en la cartera, quizás debajo del forro porque hay un agujero, o en el bolsillo del saco. Los anteojos están sobre la frente, dejá de buscarlos. De nada. Pero la memoria es mucho más que eso. Toda la información de nuestras experiencias es adquirida en un contexto social, es evocada en un contexto social y es olvidada en sociedad. Cada recuerdo tiene una historia social. La memoria es producto de nuestras interacciones con los demás mediante conversaciones, medios, libros, etcétera.

Todos nos sorprendemos con los avances tecnológicos que nos permiten “aumentar” la realidad. Podemos cazar pokemones en cualquier lado, pero también visitar un museo, matar zombies y probablemente tener sexo de manera virtual. La tecnología permite que nuestra mente se extienda más allá de sus límites físicos. Aunque, en verdad, nuestra mente siempre estuvo extendida. Dependemos de la mente de los demás para transitar nuestra vida en sociedad. El conocimiento del plomero que nos repara el baño está presente en su cerebro, pero permite que el nuestro sea funcional al evitar que se inunde nuestra casa o el departamento del vecino. Nuestra memoria se extiende casi de manera infinita, porque juntos almacenamos mucha más información que separados. Esta memoria extendida tiene muchos beneficios relacionados con la división de labores, conocimientos y habilidades. La pregunta es si se trata de una especie de rompecabezas en la que cada uno tiene una pieza de la historia de la humanidad o si es algo más o algo menos.

Los mecanismos por los que el cerebro almacena información individualmente van a influir en la memoria colectiva creada por un grupo de personas. La memoria dista mucho de ser perfecta por diversas razones, pero en particular porque es muy sensible a la manipulación y a la desinformación. Esto se sabe desde hace muchos años por estudios pioneros como los de la psicóloga Elizabeth Loftus, que mostró que la memoria es modificable mediante prácticas muy simples. Por ejemplo, dependiendo de qué pregunta uno le hace a una persona, el recuerdo puede ser modificado. En muchos casos, simplemente con imaginar que uno realizó una tarea, esa información falsa puede ser almacenada como un recuerdo. Además, es posible implantar un recuerdo totalmente falso de una experiencia. En un trabajo de 1995, Loftus demostró cómo puede implantarse la memoria (falsa) de haberse perdido en un centro comercial a la edad de 5años. A partir de ese trabajo, decenas de estudios han encontrado resultados similares y han generado recuerdos de haber besado un sapo, haber hecho un viaje en globo por el Sahara y hasta de haber cometido un crimen en la adolescencia.

Escribí bastante sobre estos temas en mi libro anterior, 100% memoria, así que no me voy a detener en los detalles del proceso de creación de memorias falsas. Lo que sí me interesa es explorar cómo las memorias modificadas se implantan en la memoria social, porque será a partir de nuestra memoria que generaremos nuestras creencias, prejuicios, valores morales y nuestra percepción del mundo. Pensamos que somos los editores de nuestra propia película de la vida, pero en verdad, todas las personas con las que interactuamos a través de todos los medios, editan online la manera en la que recordarás y olvidarás la información que ingresa en tu cerebro. La memoria es una construcción de la que participan tanto tu mejor amigo como tu enemigo más odiado. Digamos que es una coproducción de la humanidad.

 

Decir para creer

La información que no proviene de las experiencias propias, necesariamente tiene que ser adquirida a partir de otros. Esto puede ocurrir en distintos formatos, a través de un maestro oprofesor, a través de los medios de comunicación o de conversaciones con otras personas fuera de un ámbito educativo. El problema es que muchas veces es muy difícil conocer la fuente deesa información, porque no tenemos tiempo, porque es inaccesible o simplemente porque confiamos ciegamente en lo que dice nuestro interlocutor en el video de YouTube. Antes de posar la mariposa de nuestra atención en lo que nos pasa cuando adquirimos información aportada por otros, posaré la paloma de la mirada acerca de lo que ocurre sobre el que provee la información. Pensá en el siguiente caso: una personalidad destacada se acaba de morir y alguien da un discurso en su honor durante el funeral. Es altamente probable que ese discurso gire en torno a la gran persona que fue el difunto y no a aspectos más cuestionables de su historia. Por ejemplo, se podría haber escuchado: “Pepino fue un gran hombre, siempre estuvo ahí para sus hijas y suesposa, trabajó por los pobres, cuidó los espacios verdes, recicló plástico, amó a su nieta y defendió las causas justas”. En este caso, el orador estaría obviando que Pepino estuvo allí para su esposa e hijas, pero también para sus amantes y amigos del cabarulo; que su fundación hacía pequeñas donaciones a comedores como responsabilidad social empresarial, pero fabricaba comida chatarra que causa obesidad; que no imprimía nada en papel, pero no dudó en convertir un bosque en un green de golf; que amaba a su nieta, pero no a su nieto gay, y que defendió las causas justas para él, como la de impedir el impuesto a las bebidas azucaradas. Es verdad que no da hablar mal de un muerto en un velorio, por lo que quien dio el discurso debió adaptarlo a la audiencia presente que, seguramente, pensaba que Pepino era un gran tipo.

Una buena pregunta es qué retiene en la memoria el orador cuando habla de algo o de alguien y el discurso está adaptado a la audiencia. Como ciertos aspectos serán incluidos mientras que otros serán excluidos, es posible que ese “tuneo” modifique la memoria de la misma persona que está comunicando esa información. En el año 1978, los investigadores Edward Tory Higginsy William Rholes, de la Universidad de Princeton, publicaron un trabajo en el cual exploraron justamente esta pregunta51. Lo titularon “Decir es creer” y se preguntaron si la modificación de un mensaje que describe a un individuo en particular, al adaptarlo para un determinado oyente tendría un efecto de largo plazo en la memoria del comunicador acerca de ese individuo sobre el que se redactó el mensaje. Para eso realizaron una serie de experimentos en los que cada sujeto experimental debía leer un ensayo acerca de un individuo seleccionado por los investigadores, porque lo venían estudiando hacía tiempo en el contexto de un proyecto sobre relaciones interpersonales. Esos individuos, según los investigadores, pertenecían a grupos caracterizados por sus personalidades. Claro que eso era mentira, pero no querían que los participantes adivinaran el verdadero objetivo del experimento. El individuo sobre quien debían hacer el ensayo fue denominado “persona estímulo” y, un tiempo después de escribir el ensayo sintetizando las características del individuo en cuestión, los participantes debían hacerle un resumen a un colega que, supuestamente, debía luego adivinar a qué grupo de estudiantes investigados pertenecía (cosa que también era mentira).

El ensayo contenía 12 descripciones de la persona estímulo, de las que 4 de eran positivas, 4 negativas y 4 ambiguas. Los rasgos ambiguos consistían en una igual proporción de características positivas y negativas. Por ejemplo, los rasgos de persistencia (positivo) y terquedad (negativo), podían leerse en una frase como “Una vez que Donald se decide acerca de algo, es como si estuviera hecho, sin importar cuánto tiempo lleve o cuán dificultoso sea. Es muy infrecuente que cambie de idea, a pesar de que eso pudiera ser una mejor opción”. Los otros eran positivos o negativos sin ambigüedad. Además, los investigadores les dieron algo de background a los participantes al decirles que al colega que recibiría el resumen podía agradarle (condición del receptor positiva) o desagradarle (condición del receptor negativa) la persona estímulo. Luego, la mitad de los participantes tuvo que escribir un mensaje para su colega describiendo a la persona estímulo. Una vez finalizada la redacción, el mensaje fue retirado. A la otra mitad de los sujetos se les dijo que se había producido un error y estaban colocados en el grupo incorrecto y que no debían redactar el resumen (condición de no mensaje). Ambos grupos (mensaje y no mensaje) tuvieron que leer dos ensayos acerca de otras dos personas redactados por otros y compararlos con las características de su persona estímulo. De esta forma, se los obligó a recordar las características de la persona estímulo. Luego de 20 minutos, se los evaluó en dos aspectos. El primero es cuánto les agradó o no la persona estímulo. El segundo estuvo relacionado con la memoria y debieron reproducir palabra por palabra la información de su persona estímulo. Así, los científicos evaluaron la memoria de los participantes acerca del ensayo original y compararon entre los que había redactado un mensaje y los que no. La hipótesis era que los que habían escrito un mensaje lo adaptarían (positivamente o negativamente) a lo que el receptor quería escuchar, y esto modificaría su memoria acerca de las características de la persona estímulo. Esto no ocurriría en el grupo que no había escrito el mensaje.

Lo primero que encontraron fue que, en general, los mensajes escritos por los participantes fueron consistentes con la actitud del receptor hacia la persona estímulo. O sea: a pesar de que no hubo una instrucción de adaptar el mensaje a la audiencia, los sujetos experimentales lo hicieron de todas formas. Los mensajes contenían omisiones, distorsiones positivas o distorsiones negativas consistentes con las actitudes del receptor. Además, los que escribieron mensajes para colegas a los que les agradaba la persona estímulo, reportaron que esa persona les resultaba más agradable, mientras que lo opuesto ocurrió cuando se trataba de un receptor al que no le agradaba la persona estímulo. No encontraron diferencias entre los que no escribieron mensaje. Al evaluar la reproducción del ensayo, o sea la memoria, encontraron que los sujetos que escribieron un mensaje también distorsionaron las reproducciones que realizaron de memoria de manera consistente con la actitud del receptor, pero que esto no ocurrió con los que no escribieron un mensaje. La mayor cantidad de distorsiones se concentró en los rasgos ambiguos de la persona estímulo. Por ejemplo, una distorsión positiva podía ser “Una vez que Donald se decide acerca de algo, es como si estuviera hecho, sin importar cuánto tiempo lleve o cuán dificultoso sea”, omitiendo la parte de “Es muy infrecuente que cambie de idea, a pesar de que eso pudiera ser una mejor opción”.

Los sujetos fueron evaluados nuevamente dos semanas más tarde y no sólo las distorsiones seguían allí, sino que se habían incrementado para el lado consistente con la actitud del receptor. Este experimento muestra que “tunear” un discurso para que sea consistente con las actitudes de la audiencia, no sólo tendrá efecto en la memoria de los que reciben el mensaje, sino también en la del que lo produce. Nuestras opiniones acerca de personas o hechos se construyen a partir de la información que tenemos en la memoria y, si la información se modifica porque adaptamos su reproducción según quién nos escuche, es probable que esa opinión se vaya radicalizando cada vez más, endiosando o satanizando a un personaje o a una serie de hechos de la historia. Claro que estos resultados generan más preguntas que respuestas. ¿Por qué al adaptar el discurso modificamos nuestra memoria? ¿Queremos agradar al público o existe una función mejor?

Experimentos un poco más recientes realizados por investigadores alemanes analizaron las posibles razones por las que podía ocurrir este fenómeno de “tuneo” de la memoria52. La idea era que, dependiendo del objetivo de la comunicación, la memoria se modificaría más o menos. El diseño de los experimentos fue muy parecido al del trabajo de 1978, con la excepción de que, en este caso, en diferentes experimentos se modificaron los objetivos de la comunicación. Por ejemplo, en el primer experimento, para un grupo de sujetos la audiencia correspondía a receptores alemanes (de la misma nacionalidad que los participantes) y para otro grupo, los receptores eran turcos. Los turcos son una minoría en Alemania y se encuentran estigmatizados por estereotipos acerca de su personalidad y actitudes sociales. Los investigadores hipotetizaron que al comunicar el ensayo a un turco el objetivo sería en gran parte ser amable con el interlocutor por estar dirigiéndose a una audiencia estigmatizada, mientras que al comunicarse con un alemán el objetivo sería el de construir una realidad compartida con personas del propio grupo social. De hecho, lo que encontraron fue que, a pesar de que en ambos casos el mensaje fue adaptado a la audiencia (de manera positiva o negativa), sólo en el caso en el que el receptor era alemán se observó el efecto de distorsión de la memoria en el comunicador.

En otras pruebas, encontraron que objetivos relacionados a incentivos económicos, ser entretenido o cumplir con una orden acerca de cómo comunicar, no tuvieron efecto sobre la memoria, a pesar de que el mensaje fue adaptado a las actitudes de los oyentes. Los científicos concluyeron que el mecanismo que opera sobre la memoria del comunicador tiene que ver con el objetivo de generar una realidad compartida con su audiencia al construir una memoria colectiva homogénea entre el orador y el oyente. En resumen, sólo cuando uno quiere realmente establecer una relación con su audiencia como parte de un mismo grupo la memoria se distorsiona, pero no cuando el interés no está puesto en la generación de una realidad compartida. Nuestra vida en sociedad promueve el desarrollo de una realidad compartida, pero cada vez más se observa que, dentro de una misma sociedad, distintos grupos parecen sostener diversas realidades compartidas, como si la historia hubiera sido diferente a pesar de haber experimentado realidades efectivas similares. Quizás uno de los factores divisorios sea la memoria colectiva, esa lente a través de la que vemos la realidad compartida entre todos.

Neurociencia para (nunca) cambiar de opinión
Este libro intenta recorrer algunos de los mecanismos psicológicos y cognitivos involucrados en la resistencia al cambio de visión. Las preguntas irán desde cómo nuestras expectativas y creencias afectan la manera en la que percibimos el mundo hasta si existen bases biológicas que expliquen las diferencias en ideología política.
Publicada por: EDICIONES B
Fecha de publicación: 08/01/2019
Edición: 1a
ISBN: 9789877800616
Disponible en:Libro de bolsillo