Interesante

Adelanto de «Lo mejor del amor», de Roberto Caballero


El kirchnerismo emergió desde Santa Cruz como un fenómeno político singular en la historia argentina. Tres décadas después ha consolidado una identidad nacional de extraordinaria vitalidad. ¿Cómo se explica que haya sobrevivido, en tiempos líquidos y de vértigo constante? ¿Qué puntos de inflexión definieron los distintos momentos de su desarrollo? ¿Es el kirchnerismo patagónico idéntico al actual? ¿De qué manera logró sortear la demonización mediática y el acoso judicial contra sus principales referentes? ¿Cómo se sostuvo en un escenario geopolítico de avances de las derechas neoliberales? ¿Qué atributos lo caracterizarán en la construcción de esta nueva etapa?

Roberto Caballero recorre todas las dimensiones del kirchnerismo en un libro inteligente y atrapante. Y revela de qué modo una parte de la sociedad conquistó, y sigue conquistando, los sentidos, las libertades y los derechos que deseaba concederse para llegar a ser más plural y más feliz.

A continuación, un fragmento a modo de adelanto:

El Grupo

La “ley de medios” o “ley de medios K” o ley “anti-Clarín” fue una norma paradigmática de la nueva etapa kirchnerista. Técnicamente hablando, la Ley 26522, de Servicios de Comunicación Audiovisual, vino a sustituir el decreto-ley de radiodifusión de la dictadura cívico-militar, el 22285, y sus posteriores modificaciones —incluidas ya en democracia—, bajo una perspectiva puramente empresarial y promotora de una mayor concentración económica en el rubro.

Era una ley que reclamaba la sociedad civil desde la década de los 80, sobre todo los grupos no monopólicos de la comunicación, como la Coalición por una Radiodifusión Democrática, y que el kirchnerismo aceptó poner sobre tablas tras el enfrentamiento con las patronales agrarias, aunque es verdad que en la plataforma electoral del FPV de 2007, bajo el título “Estímulo al desarrollo de la cultura”, se prometía “una nueva ley de radiodifusión”.

Pero eso es tan cierto como lo es que la discusión sobre los monopolios comunicacionales no integraba un lugar central en el programa original del kirchnerismo. Néstor no asume su presidencia peleado con Clarín. Por el contrario, el andamiaje de intereses que lo promueve, fundamentalmente el duhaldismo, había trabajado para solucionarle al grupo dominante su astronómica deuda en dólares y blindarlo, a través de la Ley de Bienes Culturales, de cualquier compra extranjera hostil.

El que tenía cortocircuitos con Clarín era Carlos Menem, no Eduardo Duhalde. Bajo la presidencia del riojano se había constituido el CEI, una sociedad entre el Citigroup y el banquero Raúl Moneta, que le disputaría los negocios al holding de Magnetto. Menem fue preso por la causa del contrabando de armas a Ecuador y Croacia, expediente agitado por años desde las páginas de Clarín. La única detención que sufrió Ernestina Herrera de Noble, en 2002, fue ordenada por el juez Roberto Marquevich, vinculado con el menemismo, todavía poderoso, que se encargó de divulgar entre sus periodistas amigos que la intrépida decisión del magistrado era “un vuelto” por el arresto que Menem había padecido un año antes. ¿Menem tenía ese “poder residual”? Sus adeptos contestan afirmativamente a la pregunta. Un año después, todavía Menem retenía el 25 por ciento de los votos.

El 7 de diciembre de 2007, Kirchner —que venía de extenderle el uso de las licencias de radio y TV dos años antes— concedió al grupo Clarín un beneficio descomunal: autorizó la fusión de Cablevisión con Multicanal. En los hechos, el 70 por ciento del mercado, es decir, la posición dominante en el negocio de la TV por cable. Se opuso, casi en soledad institucional, en aquel momento, la fiscal general de la Cámara Comercial, Alejandra Gils Carbó, que había sido ascendida a ese puesto por el propio Kirchner.

“Sí, esa fusión estaba siendo aprobada en el momento que yo la impugno, siendo Néstor Kirchner presidente —explicó algunos años después Gils Carbó en una entrevista con el bisemanario Perfil—. Me enfrenté a Kirchner y a Clarín al mismo tiempo. Ese fue uno de los factores con los que pude acreditar mi independencia en la función, que luego motivaron mi designación como procuradora, votada por más del 90 por ciento del Senado”. Efectivamente, un lustro más tarde, cuando la batalla por la implementación de la Ley 26522 seguía judicialmente empantanada por una serie de medidas cautelares interpuestas por los abogados del grupo, Cristina le tomó juramente como procuradora general, convirtiendo a Gils Carbó en jefa de todos los fiscales del país.

La pelea con Clarín y todas sus implicancias ya eran una cuestión de Estado.

Del Estado administrado por el kirchnerismo.

Lo que sigue es un relato coral. La condición de anonimato está justificada: los cuatro ex funcionarios que participaron de la batalla por la Ley de Medios no hablarían de otro modo porque entienden que es prematuro exponer una síntesis sobre la experiencia que protagonizaron. Todo, a su juicio, está demasiado fresco. Acceden, entonces, a aportar los fotogramas que conservan en sus memorias, pero no quieren arriesgarse a contar el final de una película todavía en rodaje ni qué papel les terminará asignando esta historia. ¿Por qué no quieren dar sus nombres? Porque Luis D’Elía, el hombre que dijo en su momento que el grupo Clarín era “una pistola en la cabeza de la democracia”, fue preso. Porque Amado Boudou, el funcionario que le quitó el mercado de capitales de las AFJP a Clarín, corrió igual destino carcelario. Porque Víctor Hugo Morales, que califica de “mafiosos” los comportamientos del grupo empresario que dirige Magnetto, enfrenta el embargo mensual de parte de sus ingresos por haber pasado por la TV Pública los goles “privatizados” de la final Boca-Real Madrid de 2000, y además recibió por este motivo varios allanamientos judiciales a su domicilio.

La lista sigue, y al momento de estas entrevistas (fines de 2018) el temor abundaba. Aun con el cambio político operado a fines de 2019, las fuentes objetaron la publicación de sus nombres o, en todo caso, pidieron modificar sus dichos, concesión que hubiera vulnerado la autenticidad de sus testimonios originales. Casi todos coincidieron: “Clarín hoy es más poderoso que en diciembre de 2015”.

 

Comunicación concentrada

El primero que habla no tuvo responsabilidad técnica. Jugó un rol más político, de construcción de poder: “Néstor no quería la pelea. Cuando cede a la fusión, lo hizo creyendo que con eso blindaba a Cristina en la presidencia. Él pagaba el costo, ellos la dejaban gobernar en paz. Magnetto no quería que ella fuera la candidata. Eso lo cuenta la propia Cristina. No era por machismo: era la alternancia entre Néstor y ella la que prolongaba el poder político del proyecto. Menem tuvo dos mandatos, diez años. El plan de Néstor llevaba esa sobrevida a dieciséis. Era una fórmula de retención inédita que los grupos empresarios no querían convalidar. Además, y esto también lo contó Néstor, Magnetto quería Telecom. Era más fácil sacárselo a Néstor durante un segundo mandato debilitado que a Cristina empoderada. ¿Por qué Néstor cambió de opinión con Clarín? ¿Qué pasó desde la fusión a la Ley de Medios? La 125. Él ahí vio cómo se comportó Clarín. Era al revés de como lo había pensado. Fueron con todo contra Cristina, le quisieron marcar la cancha desde el vamos, tenía cuatro meses de recién asumida. Le voltearon al vicepresidente, Julio Cobos. Entró en crisis la transversalidad. Ahí reacciona él. En vez de entregarles Telecom, mandó a pedir una ley. El monopolio no era un problema teórico para él. Néstor siempre rehuyó de esas elucubraciones de laboratorio. De la noche a la mañana, Clarín se transformó en un problema político, pasó a ser una disputa de poder real”.

El segundo testimonio es de un académico que estuvo en la elaboración del proyecto que derivó en la 26522: “Hay que remontarse al gobierno de Alfonsín, que crea el Cocode, el Consejo para la Consolidación de la Democracia. Allí ya se plantea la necesidad de una nueva ley de radiodifusión para cambiar el decreto de la dictadura, basado en la Doctrina de la Seguridad Nacional. No se pudo, el gobierno radical era un tembladeral. Terminó entregándole Radio Mitre a Clarín y luego Menem les dio Canal 13. Así armaron el multimedio original. Mientras tanto, en el ámbito académico y también en el sindical, comenzó a gestarse la masa crítica de una nueva legislación necesaria para democratizar la comunicación. La Coalición por una Radiodifusión Democrática es de 2004, pero a mediados de los 90 la Utpba, el sindicato de periodistas, ya había organizado un congreso donde denunciaba la concentración de la comunicación en pocas manos. No se partía de la nada. Pero el kirchnerismo no tenía ni idea de lo que hablábamos. Venían de Santa Cruz, tenían una mirada comarcal sobre los medios, cuando no exclusivamente mercantilista. Y la política tradicional, la verdad, le tenía miedo a Clarín. Costó mucho introducir la perspectiva de la comunicación como un derecho humano, que es la que finalmente ganó en la Corte Suprema cuando se debatió la constitucionalidad de la ley. Fue una ley excelente, bien fundamentada, de vanguardia, que usó los estándares de libertad de expresión exigidos por el Sistema Interamericano, manejado por la derecha de la OEA, y los dio vuelta, convirtiéndola en una norma antimonopólica. Se querían matar… ¿Qué falló? La aplicación. Estuvo en manos de gente que de comunicación no entendía nada”.

La tercera fuente, precisamente, integró el pelotón de funcionarios que tuvo por misión la ejecución práctica de la ley. Tampoco la tuvieron fácil: “Nos critican mucho porque no pudimos adecuar a Clarín. Pero cuando decimos que Clarín es poder tenemos que poner en claro lo que eso significa. El manejo de un sector del Poder Judicial, por ejemplo, que nos tendió un escenario de guerra camboyana con cautelares en varios juzgados para trabar la aplicación. ¿Cuántos años pasaron desde que se votó hasta que la Corte dijo que los artículos antimonopólicos eran constitucionales? ¡Casi cuatro años! Una ley que impulsó el Ejecutivo, que votó el Parlamento… ¡y estuvimos cuatro años esperando! Es injusto. Nadie salió igual de esa pelea, pero los que estuvimos en la primera línea de fuego la pasamos peor que otros. ¿Si se podían haber hecho otras cosas mientras tanto? Sí. Las hicimos. Las que pudimos. Pero la verdad es que cada provincia tiene su propio Clarín. Cuando quisimos avanzar, el teléfono de Cristina no paraba de sonar: nadie quería regularizarse, nadie quería adecuarse. Eran gobernadores, intendentes, también kirchneristas, exigiendo que no se avanzara con la regularización de las licencias. Y a todo el sector comunitario, el de los pueblos originarios, el sinfín de actores sin lucro, andá a pedirles que tuvieran un CUIT o los papeles en regla. A veces la realidad te despierta a cachetazos. Era una ley muy buena en los papeles, creo que hizo un gran aporte, desde entonces nadie es inocente frente a los mensajes que plantea un medio de comunicación… No quiero decir más”.

La última persona hace una lectura crítica de todo y de todos. Como les pasó a muchos funcionarios kirchneristas que se tomaron en serio la “batalla cultural”, no pudo reinsertarse laboralmente, producto del veto ideológico de Clarín, después de haber intentado que el grupo cumpliera con la ley: “A mí me parece que hubo de todo. Gente que realmente creyó que esa ley era fundamental para el avance de la sociedad democrática, gente que solo le vio un valor instrumental para socavar el poder de Clarín y otra a la que no le importaba nada. El kirchnerismo no tenía cuadros propios que visualizaran la comunicación como un derecho o la concentración como un problema. Los tomó prestados de otros espacios, generalmente de la academia o del periodismo, mucho militante peronista, mucho militante progresista, mucho militante comunitario, que siempre habían caminado por los márgenes del sistema. Creo que se da una coyuntura política específica que saca a toda esta militancia de la marginalidad y le da una centralidad nunca vista. Eso es mérito del kirchnerismo, sin duda. Pero no se puede pensar al kirchnerismo como un todo homogéneo. Había gente muy convencida de lo malo que es Clarín como grupo dominante de la comunicación para la pluralidad de ideas y voces, y otros que si Clarín se hubiera hecho súbitamente kirchnerista se habrían tranquilizado del todo. Es más, algunos sentían nostalgia de los primeros años, cuando Néstor se llevaba bien con Clarín. Eran más de Clarín que de Néstor, porque eran funcionarios sistémicos, incómodos, yo te diría incomodísimos con la novedad que impuso Cristina. Esa obligación de chocar con Clarín los descomponía. Los foros abiertos, el espíritu asambleario de la ley, las riquísimas discusiones sociales alrededor de la comunicación, las nuevas experiencias en el territorio, no les importaban. Les siguieron dando pauta publicitaria, hablando en secreto o no tanto, y muchas veces complicaron la implementación. Habría que fijarse el trato que les dispensó Clarín a los Kirchner en todos estos años y el que les prodigó a algunas de sus segundas líneas que atravesaron indemnes la tormenta”.

Lo mejor del amor
Una lectura ineludible para comprender el desarrollo del movimiento que transformó la política argentina del siglo XXI.
Publicada por: Sudamericana
Fecha de publicación: 11/01/2019
Edición: 1a
ISBN: 9789500763622
Disponible en:Libro de bolsillo