Interesante

Adelanto de «Rock and roll Islam», de Emilio Cicco

Hasta no hace mucho, Cicco era considerado uno de los periodistas más irreverentes de la Argentina. Sus artículos estaban enmarcados dentro del “periodismo border”, que implica una vivencia en carne propia de vidas ajenas. Así, se empleó como actor porno, sepulturero en un cementerio, asistente de un boxeador, y escribió sobre todas esas cosas en Revista Noticias, el diario Crítica de la Argentina, las revistas Rolling Stone y Gatopardo. Pero diez años atrás su vida cambió por completo: se inició en el sufismo, la rama mística del islam; cambió su nombre por el de Abdul Wakil, se retiró a un pueblo del interior, construyó una mezquita en su casa, aprendió a leer el Corán en árabe, y peregrinó dos veces a La Meca.

Este libro da cuenta de esa conversión pero, sobre todo, de la historia y la actualidad del sufismo en la Argentina. Mientras que en los cuentos orientales los sufís son sabios de barba blanca que visten harapos, los de este libro viven en La Boca o Colegiales, son empleados públicos, artesanos en Plaza Francia, exkaratekas o atienden puestos en el Mercado Central. Colmado de historias increíbles que suceden a la vuelta de la esquina, Rock and roll Islam desmonta todos los clichés sobre el islam, quizás el último tabú de Occidente.

A continuación un fragmento, a modo de adelanto:

 

Capítulo 2 – Sufismo chic

El sufismo en Argentina no nace en una mezquita, ni en una musalla —lugar de oración—, ni en una tekia, dergah o zagüía —distintos nombres para el lugar de reunión de los sufíes—. No nace en una cueva ni surge de la trastienda de un círculo esotérico. El sufismo en Argentina se concibe en Cerrito y Arroyo, dentro del palacio Ortiz Basualdo, sede de la Embajada de Francia. Y el pionero es un aventurero, un Indiana Jones que atraviesa el Amazonas, un antropólogo que dice ser un «agente de comunicación interchamánica». Se embarca en misiones de rescate de compatriotas en la selva, registra un inventario de 350 plantas medicinales y puede hablar con la misma intensidad y pericia de los chamanes, de los esenios y del esotérico ruso George Ivanovich Gurdjieff. Sin embargo, adhiere secretamente a un grupo sufí. Se llama Bernard Lelong y a fines de los años sesenta trabajaba de agregado cultural en la Embajada de Francia.

En Buenos Aires, Lelong, barba blanca y prolija, pronunciación encantadoramente afrancesada, era más una atracción cultural que un funcionario público. Citaba poemas de Oriente sazonados con sus relatos de andanzas por el Amazonas —había escrito a cuatro manos La cordillera mágica, un libro sobre los lamistas del Río Mayo—, amaba celebrar comilonas y decía que su maestro espiritual era un sufí afgano radicado en Inglaterra: Idries Shah.

En poco tiempo, Lelong, cara conocida en el mundo de la cultura argentina, formó un primer grupo de estudios sufíes, una sucursal del grupo de su maestro Idries Shah. Lo llamó Kalendar (a los culturosos, les decía que se trataba de la Sociedad de Ubicación Filosófica e Investigación Sufí).

Se reunían los jueves por la noche en una casa de la calle Núñez al 2530. Allí narraban el relato ancestral persa de Mushkil Gusha, que según dictaba el maestro de Lelong, Idries Shah, era tradición contar en cada encuentro. El cuento parece poca cosa: un leñador y su hija van de la fortuna al infortunio y del infortunio a la fortuna. Pero, entre líneas, enseña que, cuando uno recuerda, las cosas salen bien. Cuando uno olvida, las cosas van de mal en peor. El cuento es una sucesión de aventuras, y Lelong alentaba a memorizarlo por completo. Si uno se detenía, un compañero debía continuar. Terminado el repaso del cuento, bebían té, comían masitas y los más amigos partían a cenar a una parrilla del barrio.

Cada diez días, se organizaban sesiones más profundas de activación de centros energéticos. Ponían un casete con música sagrada sufí de Turquía y coordinaban el ritmo respiratorio con movimientos amartillados de la cabeza y la repetición de los nombres divinos de Dios —en el islam, son 99 y cada uno define sus atributos—.

En el sufismo, los maestros señalan que, si uno recuerda a Dios, Dios lo recuerda a uno. Si el sufí menciona Su nombre en una reunión, Dios menciona el nombre del sufí en una reunión con ángeles. Si el sufí da un paso para acercarse a Dios, Dios corre a acercarse al sufí.

En una reunión donde se recuerda a Dios, el mundo y el demonio se apartan. Basta una sola reunión para que se limpien dos mil pecados y se genere más virtud que la que se genera acompañando mil funerales, visitando mil enfermos y postrándose mil veces ante Dios. Los ángeles cierran sus alas sobre los allí reunidos, y desde el cielo las asambleas se ven como puntos de luz.

En el corazón del hombre, Dios colocó un secreto. La meta del sufí es abrir ese secreto. Una vez que el sufí vacía su corazón del apego por el mundo, el telón de la obra se corre, el Creador sale a escena y el secreto queda en evidencia.

En esas reuniones, junto a Lelong estaban los primeros sufíes de Argentina: Horacio Gibellatto, que tenía un taller de laca, formado en arquitectura en la Universidad de Buenos Aires y con estudios en Francia e Italia, apodado Zepe (al terminar las reuniones, tiempo más tarde, empezaron a ir a una pizzería en Belgrano llamada Zeppelin, de ahí le quedó el mote); Horacio Montanari, con bar frente a plaza Armenia, Café de la Seda, con onda oriental y diseñador de ropa para Caro Cuore; el actor Lito Cruz, que más tarde sumaría  a actores y estudiantes de teatro, y, cada tanto, el baterista de Manal, Javier Martínez, arrastrado desde el Café La Paz por dos mendocinos —los hermanos Romero— que le hablaron de una cofradía de sufíes que atesoraban conocimiento secreto desde antes de Cristo.

A pesar de que hoy todo se cuenta y expone, el grupo de Shah, a cincuenta años de su irrupción, sigue misterioso, subterráneo. Pero siempre hay un modo, y el modo para contar los secretos es encontrar a la gente que ya no participa más de esos secretos.

Tras un año de hacer listas de nombres y tachar y volver a tachar, un exmiembro del grupo de Shah me consultó vía Messenger.

—Perdón, hermano, ¿tiene idea de dónde puedo conseguir esos chalecos que usan los sufíes?

Algunos de los exmiembros estaban enojados con el grupo de Shah. Uno de ellos se hizo musulmán, y cuando le contó a un viejo compañero del grupo, este lo reprendió:

—Te das cuenta de que te traicionaste a vos mismo, ¿no?

Luego, dejaron de responder sus llamados. Lo mismo sucedió con otro que, ya con un pie afuera del grupo, se cruzó con un antiguo hermano sufí en un bar. Lo saludó y le tendió la mano. El sufí le dijo:

—¿Y vos quién sos?

El origen del sufismo es obra y gracia de un acto de espionaje. El primer hombre en ser considerado sufí —aun cuando el término no existía— se llamaba Hudhayfa Ibn Al Yaman y vivió en el siglo VII. Era contemporáneo y compañero del profeta Muhammad. Hudhayfa dormía junto a otros emigrados sin techo, a un costado de la mezquita en Medina, en Arabia Saudita: eran unos noventa hombres y sus familias que vivían de limosnas y changas y dormían en el piso. —Estamos hechos de tierra —decían— y volveremos a la tierra.

Sin ataduras de trabajo, Hudhayfa seguía al Profeta a toda hora y a todas partes. Y él le tenía tanta confianza que fue el único a quien le reveló un secreto: la lista de los hipócritas que convivían junto a ellos en Medina, la ciudad que los había albergado a él y a los suyos tras el exilio de Meca.

Algunos lo habían recibido como profeta y dieron su vida por él. Otros lo consideraron enemigo y dieron su vida para acabar con él. Y había un tercer grupo: se hacían llamar musulmanes, pero puertas adentro eran traidores. Eran los más peligrosos.

Muhammad le ordenó a Hudhayfa que los observara discretamente, noche y día. Hudhayfa reportaba reuniones clandestinas, conspiraciones, puñales escondidos. En poco tiempo, se volvió experto. La misión de espiar no hubiese pasado de anécdota si no fuera porque Hudhayfa empezó a aplicar ese método sobre sí mismo. Se detenía a observar si cuando rezaba era suficientemente sincero o si era, también él, un hipócrita oculto —la sinceridad, en el islam, representa un tercio del camino—. Se preguntaba si cuando daba limosnas no lo hacía solo para que vieran lo generoso de su acto. Otros compañeros apuntaban a acumular actos virtuosos; él se dedicaba a quitar la mugre de su alma. Mientras los demás preguntaban al Profeta cómo plasmar buenas obras, él preguntaba cuáles eran las malas acciones.

—Así evito caer en ellas —decía.

Hudhayfa se hizo tan respetado que, tras la muerte del Profeta, los líderes que lo sucedieron le pedían consejo, y hasta que él no estuviera presente las oraciones fúnebres no se hacían. Algunos, con cierta vergüenza, le preguntaban si su nombre figuraba o no en la lista de hipócritas del Profeta.

—Hay distintas clases de corazón —enumeraba Hudhayfa—. El corazón cerrado o atrofiado, de los desagradecidos y no creyentes.

El corazón envuelto en capas delgadas de los hipócritas. Y el corazón abierto y justo que emite luz radiante de los creyentes. La fe es un árbol que se alimenta de agua pura, mientras que la hipocresía es un grano que se alimenta de sangre y pus. Aquel que más florece gana el control.

Esta ciencia del corazón tiene tinte épico: es el duelo contra lo peor de uno mismo. Caprichos, miedos, hipocresía: estamos llenos de basura. El Profeta lo llamaba Yihad akbar: la gran batalla. El combate entre el hombre y cuatro enemigos: sus deseos, el ego, el mundo material y el demonio. Cada uno, de acuerdo a los sabios, equivale al ataque de setecientos mil soldados. El guerrero que se dispone a pelear contra ellos es un verdadero sufí.

Los sufíes hicieron del Profeta modelo de vida. Cuanto más se lo imita, más se progresa. Cuanto más se lo ama, más lo ama a uno Dios. El Profeta repetía que él había venido a este mundo para perfeccionar la personalidad de los seres humanos. «Un hombre puede obtener virtudes en todas sus acciones —advertía—, incluso en llevar comida a su boca.»

Los sufíes son maestros de cortesía.

—El sufismo busca alcanzar el estado del Profeta —dice el argentino Abdul Rahman Colombo, en una confitería de Barrio Norte frente a su casa—. Sufismo es saborear lo que él saboreó.

El Corán y la conducta profética se volvieron así métodos de limpieza interior y elevación de conciencia, semilla del sufismo.

Tal como hizo Hudhayfa, en lugar de solo observar las conductas, los sufíes colocaron el énfasis en las enfermedades espirituales del corazón —envidia, avaricia, falta de fe—, un órgano que late 100.000 veces al día, bombea por hora 300 litros de sangre e involucra un cablerío de 96.500 kilómetros de arterias y venas, dos veces y media la vuelta al mundo.

—Ni los cielos ni la tierra pueden contenerme —dice Dios, en un relato profético—. Solo Me contiene el corazón del creyente.

En el islam, se insiste en que todos nacemos musulmanes. Uno, desde el comienzo, ya conoce a Dios. A lo largo de la vida, el viaje hacia Él es, en realidad, viaje de vuelta. Descubrirlo es recordarlo.

En el Corán está claro: antes de venir al mundo, las almas fueron reunidas. Dios preguntó: «¿Acaso no soy su Señor?». Todos dijimos que sí. Luego llegamos a este mundo, y entre boleta de luz, corte de calle y maratón de Netflix, uno lo olvidó todo —hombre, en árabe, también significa olvido—. Aun así, Dios dejó una marca de ese episodio, un sello original en cada uno de nosotros: la fitra. Tomar contacto con esa fitra y recuperar la memoria es el mayor objetivo de los místicos: es transformarse en ser humano. El Profeta lo llamaba morir antes de morir: morir a la boludez; despertar a la verdad.

El sufismo era lenguaje nuevo, embriagador. Se cuenta de santos que, de tan absorbidos por el amor divino, no sienten nada cuando les amputan una pierna durante la oración. Hay quienes se inclinaron en la oración sin reparar en que habían sido atravesados por flechas. Y también, quienes irrumpen en afirmaciones que espantan a los musulmanes más atados a la ley que a la inspiración.

Mientras los musulmanes ortodoxos sostienen que creer en santos, visitar tumbas o seguir a un maestro es quitarle protagonismo a Dios —adjudicarle poder a otro es el peor pecado en el islam—, los sufíes llaman a los santos «amigos de Dios», rezan junto a sus tumbas y entregan su obediencia a un maestro espiritual, a quien ven como la encarnación viva del Profeta. Para los sufíes, el éxtasis, la música y el canto son instrumentos para acercarse a Dios. Para el resto de los musulmanes, esas son actividades prohibidas, y los más ortodoxos juzgan a los sufíes como volados y soñadores. Los sufíes los ven a ellos como la policía religiosa.

—Si todos los musulmanes fueran sufíes —comenta Abdul Hakim Murad, un británico converso que hoy dirige el Muslim College en Cambridge—, entonces todo el mundo se haría musulmán.

Hasan Bize, referente sufí de la orden yerrahi, en el fondo de su casa de La Tablada, donde montó biblioteca, estudio y puso alfombra para rezar, dice:

—En los países nuevos, el sufismo fue la avanzada del islam y preparaban el terreno para la irrupción de lo que iba a venir. Necesito cinco vidas para leer todo lo que guardo acá.

Bize, que se hizo musulmán en 1981, es de los grandes sabios argentinos del islam: exmatemático y exastrólogo fanático de René Guénon, traductor de clásicos, profesor de árabe y memorioso inagotable.

—A lo largo de la historia, en el islam los sufíes, con su prédica amorosa y su caballerosidad, eran los que conquistaban el corazón de la gente nueva.

Los sufíes hicieron de la experiencia mística y del amor a Dios práctica central de sus vidas. A veces, de tan amorosos y volados, el poder de turno los juzgó de herejes e innovadores —la bidat, innovación, es una de las peores acusaciones dentro del islam—. Hubo sufíes expulsados —en el siglo IX, a Bayazid al Bistami lo echaron de su ciudad siete veces—, sufíes torturados y apedreados, sufíes condenados a prisión, sufíes golpeados y arrojados al basural, sufíes sentenciados a muerte. En el año 922, Manzur Hallaj llegó al día de su ejecución bailando. No hubo, en el sufismo, mártir tan célebre.

Sin embargo, no todo fue marginalidad. Hubo sabios sufíes asesores de sultanes, reyes y emperadores. Y a pesar de que preferían la lucha contra los demonios interiores, se les atribuyen papeles decisivos en peleas de resistencia armada. Algunos sheikhs tuvieron participación activa en la resistencia de Daguestán frente al avance ruso. En India, a comienzos del siglo XIX, los sufíes de la orden muhamadiya combatieron a los ingleses. En Indonesia, en el siglo XVII, resistieron a los holandeses. Un emir de orden qadirí encabezó la oposición a la invasión de franceses en Argelia. En Somalía, el líder de la resistencia entre 1899 y 1922, Muhammad Abdallah Hassan, era un sufí de la orden salihiya y defendió las fronteras de etíopes, italianos e ingleses.

Los sufíes no hacen, sin embargo, vida monástica ni son célibes. Forman familia —en el islam, el sexo en el matrimonio se considera acto de devoción—. Tienen trabajos. Son parte del mundo, pero se esfuerzan para que este no se entrometa en su corazón.

El sufí ve la firma del Creador detrás de todo. Las enfermedades purifican el espíritu. Las pruebas fortalecen la paciencia. Y donde en apariencia hay un disgusto, un sufí ve, oculto, un remedio.

El sufí da la espalda al mundo para poner la frente en dirección a Dios.

—No hemos comprendido el sufismo gracias a las habladurías y las palabras, sino gracias al hambre y la renuncia al mundo —repetía Abul Qasim Al Junayd, maestro sufí indiscutido en el siglo X—. El sufismo es no poseer nada ni dejarse poseer por nada.

Algunos maestros decían que uno se aleja de la entrega absoluta a Dios hasta por el hecho de usar zapatos. A partir de entonces, a los sufíes se los llamó faquires: pobres de Dios.

La ciencia esotérica que se inició como misión de espionaje acabó ramificada en 41 órdenes sufíes llamadas tariqas cuyos líderes se remontan en linaje al mismo Profeta. Algunas órdenes se interrumpieron; otras continúan.

—No somos santos. Somos personas que queremos llevar una vida normal. El sufismo enseña el adab, la cortesía. Pero los porteños son gente muy díscola —dice Abdul Qadir Ocampo, sheikh de los yerrahis en Argentina, ante un grupo de cincuenta sufíes y un puñado de curiosos en su dergah de pasaje El Sereno, en Buenos Aires, una casona antigua con patio, terraza, ahora decorada con alfombras, caligrafías y espíritu oriental—. Es por eso que, a veces, a los nuevos hay que enseñarles a los cascotazos.

—¿Y qué es una tariqa, señor? —pregunta una chica recién llegada desde el fondo de la sala.

El sheikh Ocampo, jeans negros, reloj enorme y pin de la mezquita del Profeta en Medina, pide que alguien le alcance su pipa. Tiene la salud delicada —sobrevivió a dos episodios que lo pusieron en terapia intensiva y, por poco, fuera de este mundo—. A sus espaldas, un cartel dice: «Imita al Profeta en todo y no te equivocarás jamás».

—¿Vos querés saber qué es una tariqa sufí? Esto que ves acá es una tariqa.

En la sala hay sufíes que se apresuran a recibir a los recién llegados; otros corren a la cocina a supervisar el cordero; niños lloran en la habitación de al lado.

—Tariqa es una hermandad. Es una cofradía. Es una organización. Es un despelote.

Horacio Algarbe trepa las escaleras hasta un altillo en un PH al fondo, en el barrio de Villa Crespo, a cuadras del cementerio de la Chacarita.

—Vení. Subamos a mi cuarto así charlamos tranquilos.

Tiene la moto estacionada en la puerta y el pelo revuelto. Se parece más a Pappo que a la idea que se podría tener de uno de los primeros sufíes de Argentina. Acaba de cumplir 60 y su cuarto es un barullo adolescente: alfombra de oración gastada en el piso, platos con restos de comida, un cuadrito de Jimmy Hendrix junto a la cama sin hacer. Le acaban de sacar una muela, así que pide disculpas: no es un día muy pum para arriba.

—Perdón si te tiro mala onda, no es nada personal.

Este PH, en verdad, es de su madre. Desde que ella sufrió una fractura de cadera en 2017, Algarbe se instaló en el altillo y la cuida, y ella, a él, porque un día, en un impulso fatal, se perforó el pecho con un cuchillo de cocina.

—No estaba pasando un buen momento. El resto de la familia no se había hecho cargo de mamá y me sentía desolado. Sumale a eso que después de dejar el sufismo me volví alcohólico, drogón y peleador.

Como consecuencia de la herida, Algarbe tuvo un paro cardíaco y lo internaron de urgencia en el Hospital Alvear el mismo año, 2017, en que su madre se fracturó la cadera. Pasó un mes en coma sedado con opiáceos y atravesó, sin moverse de la cama, una alucinación de seis vidas: fue secuestrado por la mafia húngara, contratado para detonar bombas, vivió aventuras con un mago en Once, manejó locomotoras a través de las Rocallosas cargadas de marihuana, lo castraron, y una niña de 4 años le salvó la vida y le sanó el corazón. Salió del coma un día a las tres de la mañana con los ojos bañados en lágrimas, y los médicos del Alvear no lo podían creer: le besaban, literalmente, los pies.

—Esa nena que me sanó, durante mi coma, se llamaba Lily. Y, para mí, Lily era Allah. Allah me curó. Los médicos dicen que, durante el coma, gritaba su nombre. Ahora ya estoy mejor. Encontré un nuevo maestro, uno verdadero, y eso es todo lo que importa.

A lo largo de su paso por el grupo de Idries Shah, Algarbe activó centros energéticos. Conoció prácticamente a todos los sufíes que pasaron por allí. Visualizaba letras en árabe, tal como indicaba el maestro, y repetía en árabe algunos de los 99 nombres de Dios.

—Ese ejercicio se llama dhikrullah. Significa recuerdo de Dios y es maravilloso. Es jamón del medio. Es bailar con los ángeles.

Durante once años, Algarbe asistió a retiros. Participó de las sesiones de los jueves y memorizó religiosamente cuentos antiguos.

—En las reuniones, si alguien narraba una historia personal, decía que era un cuento. Podía ser verdad o no. Eso te dejaba pensando. Te rompía las estructuras, y empezabas a empaparte de lo que Idries Shah llamaba psicología sufí. Para nosotros, el cuento de Mushkil Gusha que leíamos cada jueves era como el Padre Nuestro. Yo lo leí durante años, lo memoricé, y al día de hoy puedo decirte una cosa…

Algarbe se tienta de risa.

—No entendí una mierda.

En 2008, con la excusa de escribir una columna de opinión para la revista donde trabajo, conozco a mi primer sufí: Suleyman, fotógrafo, converso. Un argentino que viajó mucho y buscó mucho hasta que, en Argentina, conoció a un sheikh sufí que lo dio vuelta como un turbante.

Llamo a Suleyman por teléfono y una tarde primaveral de ese año lo visito en su PH familiar al fondo en zona norte.

El primer sufí que conozco es cortés, comprensivo, amoroso.

Tiene esposa, dos hijos, jardincito siempre verde, mesa con té servido y pan casero: parecen fotos de aviso de obra social para musulmanes.

—Cuando era joven, lo único que me importaba era entrar a la disco New York City, y ahora mirame —Suleyman se pone de pie. Barba hasta el pecho, ojos claros. Camisa blanca, pantalones de tiro muy largo, chaleco, sandalias y gorrito—. Soy otro.

Aquella tarde, le pregunto todo lo que se me ocurre. Y lo que dice me toca.

—¿Querés lograr los estados de éxtasis del místico Rumi? Hay que hacer el trabajo que él hizo para alcanzarlos. Todo el mundo quiere el éxtasis, pero nadie quiere laburar.

Suleyman no quiere evangelizarme, no repite como loro de un libro, ni hace marketing.

—Cualquiera que llegue a una reunión sufí y nos vea va a pensar que estamos todos locos.

Le digo, en confianza, que practico budismo zen desde hace tres años, pero que el maestro no me convence.

Siento como si un empleado me derivara al jefe de área.

—¿Sabés cuál es tu problema? —me pregunta, horas después, comidas las masitas, bebido el tecito, ya en la puerta—. Estás lleno de palabras. Necesitás vaciarte.

Si este fuera un libro de autoayuda, ahora Suleyman me revelaría la fórmula para silenciar mi cabeza y encontrar el sentido de mi vida. Pero en lugar de eso dice:

—Cuidate, che. Buen viaje.

Fin de la magia.

Rock and roll Islam
La historia de cómo nació el sufismo en la Argentina.
Publicada por: Tusquets
Fecha de publicación: 02/03/2020
Edición: 1a
ISBN: 978-987-670-586-8
Disponible en:Libro de bolsillo