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sábado 28 de noviembre de 2020
Cursos de periodismo

Adelanto de «¿Por qué el capitalismo puede soñar y nosotros no?», de Alejandro Galliano

Hoy como nunca el capitalismo controla todo el planeta y atraviesa nuestras subjetividades deshilachadas y deseantes. Y aunque los mares nos inundan, los robots nos reemplazan, el empleo asalariado disminuye y la exclusión se multiplica, el capitalismo se las ingenia una vez más para soñar y seguir vendiéndonos postales felices. Ahí están los emprendedores y freelancers en las oficinas de WeWork o de cualquier espacio de coworking, con su filosofía de espíritu comunitario y buena onda, como si el trabajo se fundiera con la diversión y la vida.

El pensamiento de izquierda, dueño y portavoz de las utopías del siglo XX, parece haber perdido la capacidad de soñar, arrinconado en posiciones defensivas o nostálgicas. Sin embargo, que no se vislumbre un gran proyecto alternativo no significa que no haya ideas y miradas empeñadas en imaginar una sociedad radicalmente distinta. Con erudición, Alejandro Galliano construye un panorama sorprendente de las corrientes y autores que definen lo más rico de la discusión actual. Así, expone seis ideas de sociedad futura y se pregunta cómo podrían funcionar en países periféricos como la Argentina. Por un lado, están las “salidas hacia atrás”: el decrecionismo, la economía social y, en el extremo, el animalismo reconocen que los recursos se agotaron, el daño ambiental es irreversible y hay que crecer menos para vivir mejor. ¿Pero cuán viable para el conjunto de la sociedad es el proyecto de volver a la naturaleza, a una vida centrada en procurarse comida y abrigo? ¿Cuánto hay allí de mistificación de la pobreza? Por el otro, están “las salidas hacia adelante”: la propuesta de una renta básica universal, el aceleracionismo y el transhumanismo suponen que, si se emplean al máximo las tecnologías, alcanzaremos un mundo de abundancia y ocio civilizatorio. ¿Pero hasta qué punto estos modelos, ligados al grado de acumulación de sociedades prósperas, pueden aplicarse en países subdesarrollados?

A continuación, un fragmento a modo de adelanto:

 

  1. Economía postescasez

Desde el  Génesis 3:19 (“ganarás el pan con el sudor de tu frente”) hasta  Paul  Samuelson (“los bienes son escasos porque no hay suficientes recursos para producir todo lo que de seamos consumir.  Toda la economía se deriva de este hecho fundamental”), la escasez signa la existencia humana.  No es raro entonces que tantas escatologías prometan un futuro de ocio y abundancia después de la muerte, el fin del mundo o la revolución.  El más atildado de esos profetas,  John  Maynard Keynes, señaló en cambio que la escasez y el trabajo habían quedado atrás porque el capitalismo ya nos había dado todo lo que tenía para dar.

 

De Keynes a Star Trek

En un año tan difícil como 1930,  Keynes escribió un pequeño ensayo sobre las “ Posibilidades económicas de nuestros nietos”.  Allí explicaba la crisis como una dolorosa transición hacia una sociedad mejor: “ Padecemos una nueva enfermedad cuyo nombre quizás aún no sea conocido por algunos lectores, pero de la que oirán mucho en los años venideros – esto es, el de sempleo tecnológico– ”.  Para atajar el pesimismo, tanto de los revolucionarios como de los reaccionarios de su época,  Keynes optó por ver más allá de la recesión, subrayando un de sarrollo tecnológico que le permitiría a la humanidad trabajar tres veces menos “en pocos años – en el plazo de nuestras vidas quiero decir– ”.  Para 2030, vaticinó que habría que repartir el poco trabajo necesario: “ Turnos de tres horas o semanas laborales de quince horas podrían resolver el problema durante un buen tiempo”.  El resto del tiempo quedaría disponible para actividades no económicas.

Claro que semejante salto existencial exigiría un cambio de código moral: “ No hay ningún país, ni ningún pueblo, creo yo, que pueda mirar hacia la era del ocio y la abundancia sin temor.  Porque hemos sido habituados durante mucho tiempo a esforzarnos y no a disfrutar”.  Keynes era particularmente crítico con la clase alta, que según él debía educar al resto de la sociedad en el ocio creativo pero seguía aferrada a la cultura del trabajo y la austeridad.

 

La historia del pensamiento económico ha querido separar al Keynes ensayístico y casi utópico de 1930 del economista serio de la  Teoría general de la ocupación, el interés y el dinero de 1936. Robert  Chernomas, profesor de  Economía de la  Universidad de  Manitoba, en  Winnipeg, intentó unir a ambos bajo el signo de la sociedad postescasez.  El punto de partida sería, paradójicamente, el “estado estacionario”, el punto en el que la economía ya no crece más.  Ya economistas clásicos como Smith,  Ricardo o  Malthus habían previsto un punto de equilibrio entre la población y los recursos escasos que obligaría a detener el crecimiento económico.  Sin embargo, la economía del siglo  XX se entregó, con pocas excepciones, al sueño petrolífero del crecimiento ilimitado.

Keynes retoma la hipótesis del estado estacionario pero no en la concepción clásica de escasez de recursos, sino en el sentido que le dio  John  Stuart  Mill: máximo de sarrollo del capital.  La acumulación disparada en el siglo  XVI por el interés compuesto había llegado, gracias a la  Revolución  Industrial, a su punto más alto en el siglo  XX.  Keynes calcula que cada libra que  Francis  Drake llevó a  Inglaterra luego de saquear la flota española en 1580 había rendido por 100 000.  Ya no se podía esperar otro crecimiento de esa magnitud.  Y no era necesario: “ Si el capital crece, digamos, un 2% anual, el equipamiento de capital del mundo habrá crecido un 50% en veinte años, y siete veces y media en cien años.  Pensemos lo que esto significa en términos materiales”.  Para 1929, en promedio, todos los individuos habían alcanzado el ingreso absoluto a partir del cual su consumo comenzaría a decrecer, ya que una parte de ese ingreso se destinaría al ahorro, y la demanda agregada caería por debajo de su nivel óptimo.  El problema de la escasez estaba técnicamente resuelto, solo hacía falta mejorar la tecnología y la teoría económica para distribuir sus beneficios. “El problema económico no es demasiado difícil de resolver”, le confió  Keynes, arrogante, a  George  Bernard Shaw en 1934, “debes saber que estoy escribiendo un libro que creo que a la larga revolucionará la teoría económica”.

El problema que se propone solucionar la  Teoría general es, como ya sabemos, el margen entre la producción y el consumo como factor de la tasa de acumulación.  En promedio, ninguna persona consume todo lo que gana.  Ese rezago de la demanda es la causa de la disminución precoz de la inversión y del consiguiente de sempleo.  Piedras en el camino hacia el estado estacionario óptimo.  En el corto plazo, la misión es sostener el potencial productivo al máximo, priorizando el consumo sobre la acumulación, que ya es suficiente y que alimenta de sigualdades ineficaces: magnates que al dudar en invertir paralizan la economía entera.

En el largo plazo, la meta es la inversión total del capital ya acumulado, “aumentar el stock de capital hasta que deje de ser escaso”.  Semejante volumen de inversión solo podría ser gestionado por el  Estado.  La consiguiente abundancia de capital reduciría su costo y su retorno, fuera interés o beneficios.  Llegado este punto, es inevitable preguntarse qué rol otorga  Keynes a los capitalistas en su sociedad postescasez.

El último capítulo de la  Teoría general reafirma el axioma ortodoxo sobre el empresario como el mejor asignador de recursos.  Pero  Chernomas considera que se trata de una concesión de clase de  Keynes a sus compañeros de  Eton y el  King’s College, y se aboca a rastrillar otras afirmaciones a contrario sensu, como la siguiente:

Sin embargo, nada de esto sucederá por sí solo.  El sistema no se ajusta a sí mismo y, sin una dirección intencional, es incapaz de traducir nuestra pobreza real en nuestra abundancia potencial […].  Espero ver al Estado, que está en condiciones de calcular la eficiencia marginal de los bienes de capital a largo plazo y sobre la base de la ventaja social general, asumiendo una responsabilidad cada vez mayor de organizar directamente la inversión.

 

Para  Keynes el fin de la escasez implicaba necesariamente una eutanasia del capitalismo.  Al final nos esperaría un sistema híbrido y estancado, en el cual una “ Junta de  Inversión  Nacional” conviviría con una ciudadanía ociosa abocada a las artes y las letras, empresarios reducidos a empleados calificados, e incluso algunos especuladores que jugarían codiciosamente a la  Bolsa, reliquias de otro tiempo como los aristócratas monegascos de la revista  Hola.

* * *

El futuro llegó pero no como  Keynes lo esperaba.  En 1984, año en que  Chernomas publicó su artícu lo sobre  Keynes y la postescasez, primaban la austeridad, el de sempleo y un récord de acumulación.  Por su parte, el “estado estacionario” había vuelto a su sentido clásico de escasez de la mano del economista ecológico  Herman  Daly, miembro del  Club de Roma y crítico del crecimiento económico.  El sueño de la abundancia, en tanto, se escondió en la ciencia ficción, último reducto del pensamiento utópico. Muchas especulaciones sci fi fueron más realistas que el propio  Keynes en medir las consecuencias sociales de la abundancia.  George  O.  Smith, por ejemplo, en  Venus  Equilateral (1947) imagina que un replicador de materia provoca tal distorsión económica al multiplicar infinitamente los bienes que es necesario crear una materia no replicable para usar como moneda.  Otros especularon con posibles “economías de reputación” en las que la abundancia material desplazaría la competencia por los bienes hacia la competencia por el prestigio, como el “whuffie” que concibió  Cory  Doctorow en  Tocando fondo (2003), una suerte de versión monetaria del like de las redes sociales.  Pero la ficción que mejor capturó la fantasía de la postescasez fue  Star  Trek.  La serie fue creada en 1966 por  Gene  Roddenberry, un humanista que quiso imaginar un futuro sin dinero en el cual una tecnocracia racionalista hiciera posible la convivencia multirracial.  Sin bien Roddenberry terminó por perder el control sobre la franquicia, los 733 capítulos y 13 largometrajes de  Star  Trek brindan material suficiente para teorizar sobre su economía.

Es lo que hizo  Rick  Webb, consultor económico y startuper preocupado por la concentración de la riqueza y el futuro del trabajo ante la automatización.  Webb buscó en la economía de  Star  Trek un posible sistema poscapitalista más allá del comunismo y la economía social.  Y encontró que la  Federación “es, esencialmente, el capitalismo socialista europeo expandido hasta el punto de que nadie tiene que trabajar a menos que quiera”: una economía democrática que prescinde del dinero pero preserva la libertad individual de comprar y vender.  En  Star  Trek no hay planificación centralizada (aunque Webb admite la posibilidad de que la asignación la realicen algoritmos), existen las jerarquías sociales y la propiedad privada: los personajes poseen objetos, incluso casas;  Sisko, un restaurante;  Picard, un chateau con viñedos.  La eficiencia productiva de los replicadores permite de sacoplar el trabajo del salario y la extensión de la asistencia social hace redundante el dinero.  La contabilidad se hace en unidades energéticas y el comercio exterior se realiza mediante trueque.  El individuo puede tener dinero y comprar cosas, pero la presión social inhibe a los ciudadanos de que se extralimiten en el uso de recursos: el gobierno no permite que nadie compre, por ejemplo, cien naves espaciales.  Quien quiera puede trabajar en tareas no automatizadas a cambio de un salario para incrementar su consumo o por prestigio (otra vez, la presión social).  Quien tenga el vicio incluso puede buscar ser “rico”. Las trekonomics de  Webb son sugestivamente keynesianas, y no solo por la referencia al Estado de bienestar europeo.

Como  Keynes, concibe una economía de alta productividad gestionada por la autoridad pública sin abolición de la propiedad privada, en la que las prácticas y los sujetos capitalistas perviven residualmente y en libertad.  Incluso  Webb explicita un rasgo que  Keynes apenas insinuaba en su “nuevo código moral”: la necesidad de una fuerte presión social para que el individuo no malgaste la riqueza pública.

 

Así en el cosmos como en la web

Pero lograr el fin de la escasez, la gratuidad absoluta de los bienes, supone un de safío físico: superar la finitud de la materia.  En la ciencia ficción eso por lo general se resuelve con “replicadores”, máquinas capaces de multiplicar el mismo objeto infinitamente. ¿ Qué tecnología hará realidad los replicadores?  Para  Eric  Drexler, ingeniero del  MIT, es la nanotecnología: la fabricación de materiales y máquinas a escala y precisión molecular.  En especial los ensambladores (robots con forma de célula capaces de descifrar moléculas y átomos) y los autorreplicantes (nanobots capaces de duplicarse a sí mismos a gran velocidad).

La maquinaria autorreplicante reduciría el costo de capital a casi cero, y en caso de ser programable, también los costos laborales y de organización.  Toda la nanotecnología posible y los de sechos que genera caben en el espacio de un dedal.

Las materias primas nanotecnológicas (hidrógeno, carbono, nitrógeno, oxígeno, aluminio y silicio) se encuentran en la suciedad y en el aire, o en escombros y piedras de asteroides si queremos ahorrar tierra y usar recursos extraterrestres.  Al igual que la energía solar, infinita y desperdiciada por la humanidad en un 99,9999999%.

Drexler asume que el fin de la escasez trastornaría los principios de la economía pero no se molesta en proyectar otro sistema económico.  En 2013 dos empresas se lanzaron a la minería espacial.  Deep  Space  Industries ( DSI) y  Planetary Resources, esta última financiada en parte por  Google, se propusieron extraer metales de asteroides.  Luego del clásico espasmo financiero de toda startup, terminaron absorbidas por otras firmas en 2019.  La abundancia espacial deberá esperar a que los terrícolas pongamos nuestra tecnología en manos más confiables.

* * *

Mientras tanto, aquí abajo en la  Tierra, otra fuente de abundancia palpita en nuestro bolsillo, dentro de cada smartphone. La capacidad de digitalizar parte de la materia y convertir átomos en bits anula el principio de la escasez.  A diferencia de un objeto material, un objeto digital tiene infinitos usos simultáneos.  Cortar y pegar un archivo digital no tiene costo de oportunidad; convertir el formato tampoco.  Y en un sistema ciberfísico de producción, ese costo marginal cero se extiende a una parte creciente de la economía.  Esto llevó al gurú digital  Chris  Anderson a afirmar que “el nuevo modelo de negocios es uno en el que las empresas se enriquecen al no cobrarles nada a sus clientes”.  WhatsApp,  Gmail,  YouTube, entre otros, no nos cobran directamente por sus servicios.  Por ahora.

Anderson sabe bien que esa gratuidad es resultado de estrategias empresariales como los subsidios cruzados entre productos o usuarios, o la venta de espacio de publicidad, conocidas desde hace años.  Entre  1901 y  1903,  Gillette regaló navajas de afeitar para de sarrollar un mercado de cuchillas de sechables.  Por otro lado,  Anderson hace silencio sobre la poderosa industria de extracción de datos, que convierte a los usuarios en productores involuntarios, un destino triste para los “prosumidores”, los  productores- consumidores que vaticinó  Alvin  Toffler.

Aun así, la no escasez de los objetos digitales generó un debate entre los ortodoxos, que dicen que la deflación de los bienes digitales no perforará el piso de la venta al costo, y los entusiastas, que especulan con un nuevo tipo de economía de costo marginal cero.  Para estos últimos, vivimos un período de transición hacia la postescasez en el que los viejos principios, instituciones y modelos de negocios conviven con los nuevos.  Pero tarde o temprano este sistema de sembocará en otro.  La pregunta es cuán lejos estará ese sistema del capitalismo.  La eutanasia del capitalismo que previó  Keynes no aclara qué vida habrá después de la muerte.

 

Del costo marginal cero al poscapitalismo

Estancamiento, fin del trabajo, bienestarismo y postescasez: la trayectoria política e intelectual del consultor estadounidense  Jeremy  Rifkin parece montada sobre los grandes temas de Keynes.  Durante la crisis de los setenta el joven  Rifkin participó en los debates sobre el fin del crecimiento, muy influido por  Nicholas  Georgescu- Roegen.  En los noventa aventuró su propia profecía sobre el fin del trabajo y ya en el nuevo siglo apostó por el “tercer sector”, la economía social europea que describimos en el capítulo 4.  En la búsqueda de un sistema económico sustentable social y energéticamente, desde 2011  Rifkin intentó dar forma a su propio modelo de sociedad postescasez.

Según su visión, la historia de la humanidad es la de las fuentes de energía y los medios de comunicación.  Luego de las antiguas civilizaciones hidráulicas que descubrieron la escritura, podemos definir el capitalismo 1.0 por el carbón y la imprenta, y el capitalismo 2.0 por el petróleo y las telecomunicaciones.  El sistema ciberfísico de sarrollado entre los capitalismos 3.0 y 4.0 sería la solución para la crisis climática y social del presente.  De hecho,  Rifkin extiende la lógica de la internet más allá de la industria, hacia la energía y la logística.

La internet energética sería una red descentralizada de captación y distribución de energías renovables.  A diferencia de las “energías élite” (carbón, petróleo, uranio), la energía solar, la eólica y el reciclaje de de sechos no solo son infinitos, sino que son accesibles para cualquier empresa, vecindario, edificio de departamentos e incluso para un hogar bien equipado con molinos y pantallas solares.  Cada consumidor podría transformarse en un prosumidor de energía.  Una vez captada, esa energía se almacenaría y transportaría mediante hidrógeno en una red inteligente que conectaría a los diferentes prosumidores y evitaría colapsos y cuellos de botella mediante algoritmos.

La internet logística es la “internet física” propuesta por Benoit  Montreuil, de la  Universidad de  Laval, en  Quebec: una reorganización del sistema de transporte de mercancías inspirada en la red de redes.  Es casi una devolución de metáfora, si tenemos en cuenta que la web se pensó en su momento como “autopista de información”.  Para montar una internet física, en primer lugar habría que de sarrollar un contenedor universal para cualquier tipo de mercadería, similar a los contenedores marítimos y ferroviarios.  Luego, establecer protocolos de transporte, similares a los de la web, entre las diferentes empresas de logística para aprovechar los viajes de vuelta y otros tiempos muertos, que representan el 90% del tiempo de un camión promedio.  Así se racionalizaría una actividad que supone el 15% del  PBI y emite la mitad del  CO2.

Por último, la vieja internet de la información cumple dos roles en la sociedad de costo marginal cero de  Rifkin.  Por un lado, abarata los bienes gracias a la reproducibilidad digital, la impresión 3D y el futuro almacenamiento de datos en  ADN sintético, que ocupa mucho menos lugar.  Por otro lado, es el germinador de ese “nuevo código moral” que cualquier economía postescasez parece requerir para funcionar de manera eficiente.  En efecto,  Linux,  Wikipedia y  CouchSurfing, entre otros, serían el espacio de prácticas colaborativas e intercambio no lucrativo de donde surgiría el “procomún colaborativo”, concepto al que ya nos referimos cuando tratamos el decrecionismo, pero que  Rifkin desarrolla más. “ Procomún” es la mala traducción de “commons”, las tierras de uso común presentes en casi todas las sociedades precapitalistas.  En la  Inglaterra del siglo  XVI se cercaron estas tierras, lo que marcó el comienzo del capitalismo, la “acumulación originaria” estudiada por  Marx en el capítulo 24 de  El capital.

Desde entonces, la privatización avanzó en todos los campos de la vida.  Para  Rifkin esta tendencia comienza a revertirse con la aparición de plataformas en las que los internautas comparten archivos, experiencias o servicios sin espíritu de lucro.  Es la nueva moral, ni individualista ni materialista, propia de los nativos digitales que se criaron con el procomún colaborativo.

Sobre el procomún,  Rifkin proyecta una nueva sociedad en la cual el “valor de compartición” desplazaría lentamente al valor de intercambio en el mercado; la reputación digital y las monedas virtuales, al dinero; el derecho al acceso, al derecho a la propiedad (pública o privada); el mecenazgo cívico vía crowdfunding o similares, al financiamiento bancario o estatal; el tercer sector solidario, al empleo asalariado y al  Estado de bienestar.  Los capitalistas podrían adaptarse a la nueva economía reconvirtiéndose en empresarios sociales, agregando servicios y soluciones en red, o sufriendo las consecuencias del costo marginal cero como las discográficas o los medios masivos de comunicación.

Aun así,  Rifkin prevé que corporaciones como  Google o Facebook intentarán cercar el nuevo procomún, no solo con patentes, sino también con plataformas que distraigan y privaticen datos de la red común, como lo viene denunciando Tim  Berners- Lee, creador del protocolo http que dio origen a la web.  Quienes conocimos la web 2.0 de principios del siglo  XXI vivimos la versión digital del comunismo primitivo de los campesinos medievales que usaban las tierras sin dueño para talar, pastar e incluso vivir: entre el vacío legal y el efecto de red, pudimos descargar e intercambiar todo tipo de archivos sin pagar un centavo.  A partir de 2011 conocimos nuestro propio cercamiento: a la ofensiva legal por parte de los  Estados  Unidos (las leyes  SOPA y  PIPA) siguió el cierre de muchos sitios de descarga ( The  Pirate  Bay,  Megaupload, etc.) y la mercantilización de esos consumos vía plataformas de streaming como  Netflix o  Spotify.

La internet energética renovable y descentralizada de Rifkin también tiene sus enemigos.  Uno de ellos es la ganadería, que contamina tanto como el parque automotor y consume dos terceras partes del grano cultivado.  Rifkin apuesta por una dieta omnívora que incluya muy pequeñas cuotas de carne.  El otro es la energía nuclear.  Para ambientalistas como Michael  Shellenberger, la energía nuclear tiene menos costo ambiental que los combustibles fósiles y más eficiencia que las renovables, usa recursos naturales mínimos y genera el menor volumen de residuos.  Para  Rifkin los números no dan: las 439 plantas nucleares del mundo producen solo el 5% de la energía en uso.  Para lograr un cambio sustantivo, habría que levantar 2000 plantas más, tres por mes a lo largo de sesenta años, y afrontar no solo los riesgos sino una escasez de uranio para 2030.

Países como  Francia todavía basan su de sarrollo energético en plantas nucleares.  Incluso en una nación subdesarrollada como la  Argentina, la energía nuclear no solo estuvo atada a su imaginario de grandeza, desde el proyecto  Huemul hasta el Instituto  Balseiro, sino que representa una alternativa a megadesarrollos extractivistas como  Vaca  Muerta.  Aun así,  América Latina tiene una matriz energética comparativamente limpia que los países sin hidrocarburos ya están explotando: el 40% de la electricidad uruguaya proviene de la energía eólica, y el 8% de la chilena de parques solares.  Costa  Rica aspira a proveerse íntegramente con energías renovables en 2021.  En la  Argentina, incluso, ya hay una ley de  Generación  Distribuida de  Energía que conectará paneles solares y molinos de viento de tamaño y costo reducidos a una red de usuario-generadores para que sea posible inyectar eventuales excedentes.

Con todo, el peor enemigo de la sociedad postescasez de Rifkin es ella misma.  El materialismo no dialéctico de  Rifkin lo lleva a ver el motor del cambio histórico en tecnologías y fuentes energéticas sin preguntarse por las fuerzas sociales que las conducen.  La extracción de datos que  Berners- Lee denuncia y que  Rifkin menciona de pasada es la precondición de la gratuidad aparente de muchas de las plataformas por las que circula el “procomún colaborativo”.  La privatización no es un riesgo: es la tendencia propia del sistema.  Claro que puede revertirse con decisión política, pero para eso hacen falta actores más precisos que los internautas y su poco comprobable “nueva moral no individualista”.  Rifkin disuelve el  Estado en el tercer sector y espera que los empresarios se adapten a las nuevas condiciones de unas tecnologías que, por otra parte, controlan.  Hasta  Chris  Anderson asume que la gratuidad de internet es un modelo de negocios y nada hace pensar que una nueva moral vaya a aflorar espontáneamente de allí.  Es el riesgo de este tipo de planteos horizontalistas que esperan que las tendencias encuentren por sí mismas su destino cuando, en términos tenísticos, el capital siempre saca.

¿Por qué el capitalismo puede soñar y nosotros no?
Breve manual de las ideas de izquierda para pensar el futuro.
Publicada por: Siglo XXI
Fecha de publicación: 04/01/2020
Edición: 1a
ISBN: 978-987-629-995-4
Disponible en: Libro de bolsillo

 

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