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martes 27 de julio de 2021
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Lo que muestra L-Gante

Elián Valenzuela ya era inmensamente popular cuando la vicepresidenta Cristina Fernández lo mencionó como ejemplo de lo que puede hacer un pibe con una computadora de las que entregaba el Estado durante su gestión en el marco del Plan Conectar Igualdad. A L-Gante lo conocían esencialmente los adolescentes y los jóvenes que consumen cumbia 420 (donde Elián se siente más cómodo), trap, rap, reguetón y cualquiera de sus variantes. Incluso sus seguidores conocían la anécdota de sus primeras grabaciones con una compu de la escuela y un micrófono de mil pesos. Pero la mención de la ex presidenta, que estuvo destinada a reivindicar una política educativa después de las críticas que recibió el oficialismo por la extensa suspensión de clases presenciales, lo visibilizó ante un amplio sector de la población que ignoraba el fenómeno. El artista contaba con millones de reproducciones en sus videos musicales mucho antes de este entredicho que, probablemente, le sume algunos millones de vistas más, pero para una parte de la sociedad era un desconocido.         

Lo novedoso para Elián es que nunca había estado en medio de la batalla política argentina. En pocos días pasó de ser ídolo K por la mención de Cristina y un sinónimo de la droga y la violencia para los odiadores de la ex presidenta. Más tarde, luego de brindarle entrevistas a Eduardo Feinmann y Viviana Canosa, que suelen ubicarse ideológicamente a la derecha de Patricia Bullrich a la hora de analizar la realidad, la dirección de los cuestionamientos y los aplausos cambió: «le hizo el juego a la derecha».

Algo quedó en evidencia: L-Gante tiene una inteligencia y un desenfado que explican, en parte, su éxito. Le bastaron unos minutos para meterse en el bolsillo al conductor de La Nación+, quien el día anterior lo había presentado como una suerte de apóstol del mal (muchos de los temas de este género musical hablan de lo que se vive en los barrios pobres y eso es: narcotráfico y violencia). Pero también, en sus declaraciones, logró despegarse de la visión idílica que se había construido desde el oficialismo alrededor de su historia de superación gracias a la herramienta que le entregó el gobierno.

“Una cosa que voy a corregir es que la notebook, yo no la obtuve en la escuela porque tenía complicaciones y vivía solo con mi mamá y preferí trabajar a temprana edad. Entonces la obtuve de mi parte. No me acuerdo si fue porque la cambié por mi teléfono móvil o si vendí el celular y la compré con eso. Sirve igual. Lo logré con lo que ella (CFK) brindó”, le explicó a la conductora de América 24 y agregó: “Quizá algo se pueda corregir… sirve tener una computadora, pero hay que saber bien a quién se le obsequia esto. No hay que recibir cosas así porque sí. La gente que me vendió la computadora así es porque no le dio uso. A mí me gustaría que la persona que recibió eso, lo use”. Basta revisar los números de la deserción escolar para entender la razonabilidad de este planteo.

El episodio en torno a Elián pide más reflexión que consignas o chicanas. Que el Estado llegue con herramientas que ayuden a igualar las condiciones para el aprendizaje es justo y necesario. Que esas medidas se conviertan en acciones que trasciendan a los gobiernos debería estar fuera de cualquier discusión política. Porque la grieta más profunda que existe en el país no es la que separa a kirchneristas de antikirchneristas, a peronistas de gorilas, sino la que compromete el futuro de miles de pibes según el lugar de nacimiento. En hogares con las necesidades básicas satisfechas, en casas con los servicios sanitarios adecuados y con padres que tienen trabajo y están presentes, es más fácil salir adelante.

En un país donde seis de cada diez chicos son pobres y a muchos les cuesta completar la escuela, la vida se parece a una lotería donde sólo pueden zafar los poquísimos que la pegan con la música o el fútbol. La violencia no está en las canciones. Lo que asusta es la realidad.