jueves 27 de enero de 2022
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Adelanto de «Filosofía on demand», de Tomás Balmaceda

Una buena serie de televisión puede estimular nuestra capacidad de cuestionar cualquier ámbito de la realidad conocida. La filosofía, a través del análisis de conceptos y de herramientas como la duda y las preguntas, apunta al mismo objetivo. Por eso, este libro conecta esta disciplina con uno de los productos culturales más consumidos en la actualidad.

Siguiendo la estructura en episodios, en esta primera temporada Tomás Balmaceda se formula preguntas a partir de distintas series (algunas clásicas, otras más recientes) y reflexiona guiado por las ideas de grandes filósofos y filósofas de todos los tiempos. Así un suceso o un personaje sirven para debatir problemas ampliamente planteados en la filosofía, como el libre albedrío o el sentido de la vida (y de la muerte), los dilemas que suscitan las nuevas tecnologías, o temas más mundanos como la acumulación de dinero o la amistad.

A continuación, un fragmento, a modo de adelanto:

 

¿Y si nuestros amigos son nuestra familia?

«Friends» y las familias que elegimos en la vida

Es, sin dudas, una de las sitcoms más populares y queridas de la historia y, quizá, una de las cinco series más importantes del siglo XX en términos de impacto en la cultura popular. Creada por David Crane y Marta Kauffman, “»Friends»” se centra en seis amigos que viven en Manhattan y que se ayudan mutuamente en una aventura por la que todos deben pasar: la adultez. La trama es sencilla pero demostró ser efectiva y universal: Rachel Green deja a su novio el día de su boda porque no lo ama y recurre a Monica Geller, una amiga de su infancia, quien la invita a vivir con ella. Así conoce a su hermano Ross, un paleontólogo recién divorciado; al actor frustrado Joey Tribbiani; al especialista en análisis estadístico Chandler Bing y a la masajista Phoebe Buffay. Los seis juntos vivirán distintas situaciones a lo largo de más de 200 episodios a lo largo de sus diez temporadas que terminaron hace casi 30 años pero siguen siendo muy populares, tal como demostró una reunión especial que fue uno de los encuentros más comentados en el año 2021.

Es posible ver a «Friends» como algo más que una serie sobre amigos sino también como una serie sobre las familias y cómo ha cambiado nuestra relación con esta estructura tradicional. Los que tienen cierta edad recordarán series como “La Familia Ingalls” o, en Argentina, “Grande, pa!” o “Los Benvenuto”. Se trataban de ficciones en donde la sangre era lo más importante y, si bien había algunos conflictos que llevaban adelante la acción, los mandatos que traía el apellido eran innegociables. Cuando uno regresa a «Friends», un hábito que tienen personas alrededor del mundo y que se incrementó en 2020 con la crisis causada por el virus del COVID-19, puede sorprenderse con la cantidad de referencias que hay a las familias de los protagonistas a pesar de que los personajes rara vez aparezcan en pantalla.

Rachel entra en la primera escena al bar Central Perk escapando literalmente de una boda que la dejaría en un matrimonio en el que ella sabía que no iba a ser feliz. Dos horas más tarde está en la cocina de la casa de su amiga de la secundaria, Monica, cortando con una tijera las tarjetas de crédito que le había dado su padre y apostando a ser una mujer independiente. “Bienvenida al mundo real: es una mierda. Te va a encantar”, le dice Monica entre risas y en la audiencia también sonreímos pero sabemos que hay mucha verdad en esas palabras.

En «Friends» las familias de los protagonistas son muchas veces obstáculos para ser feliz: los padres de Ross le perdonan todo pero son muy duros con su hermana Monica, los de Chandler anunciaron su divorcio en plena cena de Acción de Gracias y Joey descubre que su papá le es infiel a su mamá. La madre de Phoebe, por su parte, vendía droga y se suicidó cuando ella y su hermana eran adolescentes.

¿Qué nos enseña sobre la amistad «Friends»? Quizá que la familia puede ser más que simplemente un lazo sanguíneo y que puede ser una comunidad que uno elige. Muchas personas atraviesan su segunda década de vida y entran a la tercera sin tener una pareja estable o eligiendo no tener hijos. Y cada vez más ese escenario se extiende hasta los 40 años, cuando ya comenzamos a ocuparnos del bienestar de nuestros padres. Pero nos parecen lejanos los arquetipos de los Ingalls, “las chancles” o los Benvenutos: ni siquiera el eufemismo “familia ensamblada” sirve para describir correctamente el escenario en que muchos vivimos. Hay una generación que sabe que su comunidad, su tribu, no está determinada rígidamente por el ADN o una libreta matrimonial. Nuestro círculo de confianza son nuestros amigos y son aquellos por los que estamos dispuestos a hacer muchos sacrificios.

A lo largo de las diez temporadas de «Friends» vemos esta evolución de los personales: Monica y Chandler deciden abandonar su preciado departamento en Nueva York para poder darle a sus hijos más comodidad, Phoebe se casa con Mike y Rachel sacrifica su carrera para regresar con Ross y criar a su hija juntos. Joey es el único que parece seguir siendo el mismo de hace diez años pero quienes vieron la sitcom saben que también tuvo su proceso de cambio y madurez. En todas estas decisiones, la amistad que los unía fue lo que les permitió seguir adelante, incluso cuando en las dos parejas esa amistad se terminó transformando en amor. Y tal vez sea porque los límites entre esos dos conceptos no sean tan claros.

En la Antigua Grecia, por ejemplo, se usaban tres términos distintos para hablar de las relaciones entre personas que se querían: ágape, eros y philia. El ágape es un tipo muy especial de amor que está lejos de cualquier cálculo: se ama algo no por su valor actual sino por lo que se puede conseguir juntos. Es lo que en la tradición cristiana diríamos que es el amor que Dios tiene con nosotros, los hombres y mujeres. Eros y philia, en cambio, son palabras usadas para los vínculos más terrenales que sentimos entre nosotros. Hay mucho escrito sobre ese par, y muchas e interesantes discusiones entre los especialistas, pero en general para que haya eros y philia tiene que haber deseo y belleza. Mientras que eros es un deseo vinculado con la pasión y los estímulos sexuales, la philia es una suerte de sentimiento amistoso que tenemos con aquellas personas con las que nos llevamos bien y que pueden ser familiares, compañeros de trabajo y compatriotas.

La philia es, entonces, una buena manera de llamar al vínculo que tienen los seis amigos de «Friends». Si bien, como mencioné, en dos parejas esa philia se volvió en algo más parecido al eros (aquí prefiero olvidar que Joey y Rachel estuvieron juntos alguna vez), es algo diferente del amor aunque no está muy alejado. Esta distinción es difícil incluso para los filósofos que han escrito sobre el tema, como Laurence Thomas o Neera K. Badhwar. Las amistades suelen diferenciarse de los amores en tanto no involucran ni exclusividad ni relaciones sexuales… ¡pero hay muchos amores que no piden ser monogamia y hay muchos amigos que se divierten entre sábadas! La amistad implica intimidad pero no parece tener el deseo de unión física o de pasión tal como sí pide el amor, al menos como se ha establecido de manera canónica entre personas heterosexuales en Occidente en el siglo XX.

En la amistad uno se siente cercano a otra persona y preocupado por ella. Un requisito parece ser la correspondencia: podemos enamorarnos de alguien que no nos ama pero no decimos que somos amigos de alguien que no nos demuestra reciprocidad. No existe la “amistad no correspondida” y podemos tener muchas amistades, muy diferentes y con distintas intensidades de una manera en la que el amor no parece tener. De hecho, es posible que no todas las personas consideren que sus parejas son sus amigos, así como no siempre lo pensamos de nuestros padres o hermanos.

Esta correspondencia está vinculada con el cuidado mutuo: tiene que establecerse un afecto que nos lleva a preocuparnos por nuestro amigo. Los amigos se sienten movilizados por lo que nos sucede: se ponen contentos cuando somos felices o tenemos un gran acierto; se entristecen si no nos ven bien y nos acompañan cuando fracasamos o nos toca atravesar un dolor muy grande. Si bien todos esperamos que nuestra amistad sea retribuida de la misma manera, nadie es verdaderamente amigo de alguien más por una conveniencia explícita. Buscamos el bien del otro sólo porque queremos verlo bien, no por motivos ocultos o por dobles intenciones.

Un segundo requisito para la amistad parece ser tener un trato estrecho. No es la intimidad del amor de pareja o de padres con hijos pero tampoco es el vínculo que tenemos con nuestros vecinos o colegas: la verdadera amistad exige una profundidad especial. Poder distinguirla no es sencillo pero parece estar vinculado con una confianza que surge de intereses compartidos y de la misma vida que se ha vivido en compañía. En ocasiones nos sentimos muy cercanos a personas que tienen visiones muy distintas del mundo pero con las que hemos crecido o hemos compartido espacios como la infancia en nuestra ciudad natal, el colegio o un trabajo. Hay personas que incluso se hicieron amigas por un evento traumático que atravesaron juntas o porque se conocieron de forma accidental en momentos cruciales.

La filósofa Elizabeth Telfer, por ejemplo, cree que la intimidad de la amistad nace de los intereses compartidos que crean una ligazón que une de la misma manera en la que la solidaridad, por ejemplo, une a personas y sociedades detrás de ciertos objetivos. Este enlace que tengo con mis amigos hace que esté seguro de que buscarán siempre mi bien y que entenderán cuáles son las cosas que considero que son valiosas e importantes en la vida. Y que es por eso que si eso no sucede, me siento defraudado y sumido en una gran tristeza, ya que puse mi confianza en ellos. Pero en tanto mis amigos reflejan muchos de mis valores, aunque no todos, conocer más a mis amigos significa conocerme más a mí y a mi propia personalidad, de una manera en la que quizá no había reflexionado.

Creo esos lazos, entonces, cuando comparto tiempos y espacios con una persona. Nunca le diríamos verdaderamente amigo a alguien que apenas conocemos. Y ese conocimiento no debe ser, claro, completo pero necesita de puntos de contacto relevantes. Los amigos realizan actividades juntos, desde ir a tomar un café o asistir al estreno de la última película de Marvel a tomarse unas vacaciones juntos o ir a la cancha a ver el equipo de fútbol por el que alientan. De hecho, incluso hay actividades que sólo tendrán sentido para esos amigos si se realizan en conjunto y están motivadas por compartir ese momento juntos.

Las preguntas sobre qué es la amistad, entonces, no parecen terminar: ¿se trata de una variedad del amor o no tiene nada que ver con eso? ¿por qué durante tantos tiempo era un tema de debate si hombres y mujeres podían ser amigos? ¿acaso hay algo en el vínculo de los géneros que afecta a la amistad? ¿Es acaso una suerte de simpatía por aquellos que son semejantes a nosotros o en realidad la amistad es sobre aquellos que son distintos pero nos complementan? En ese sentido, ¿podemos eventualmente ser amigos de cualquiera? ¿se puede ser amigos para toda la vida o las personas vamos cambiando tanto a lo largo del tiempo que eso es imposible? ¿hay un número límite de amigos? ¿tiene sentido hablar de “mi mejor amigo”, por ejemplo?

Estas preguntas están lejos de ser ociosas sino que nos enfrentan a un verdadero problema filosófico con el que muchos pensadores y pensadoras se han involucrado a lo largo de los siglos. De hecho, la amistad está muy estrechamente ligada a la definición misma de la filosofía, ya que en la palabra filosofía anida la philia que estuvimos analizando. Para los estudiosos de los textos antiguos, el amigo y el filósofo iban siempre de la mano y para algunos, incluso, los temas verdaderamente serios para reflexionar son sólo posibles de resolver entre amigos.

Entre todos los que problematizaron la amistad y se pusieron a reflexionar sobre ella, el más conocido es Aristóteles, el discípulo destacado de Platón y responsable de algunas de las ideas más influyentes de Occidente. Para este griego que vivió en el siglo IV a.C., la amistad es la forma más ligera pero también la más sincera de ser poseídos por el dios del amor. En su visión existen tres tipos de amistades, es decir, tres formas de este amor que, según él, todos alguna vez hemos sentido.

El primero es la amistad de utilidad, en donde dos personas son amigas porque reciben algún beneficio, ya sea mutuo o unilateral, por lo que rápidamente se agota cuando ya no existe este interés. Son los amigos que nos hacemos en unas vacaciones porque compartimos habitación en un hostel y queremos sentirnos acompañados y seguros o los que se nos acercan cuando saben que podemos entrar al boliche sin hacer fila. Pero una vez que se termina el viaje o ya no conocemos a nadie en la puerta del lugar, dejamos de verlos y eventualmente recordamos su existencia porque Facebook nos avisa que es su cumpleaños.

El segundo tipo de amistad se basa en el placer y es la que predomina en la juventud, cuando nos juntamos con aquellas personas con las que disfrutamos jugar algún deporte, ver un recital o ir a una fiesta y bailar hasta que llegue la madrugada. Es una amistad que termina cuando las personas comienzan a cambiar con el tiempo y dejan de frecuentar este tipo de actividades que están vinculadas con la sensualidad y se vuelven personas mayores y más aburridas (¡no siempre pasa! Pero todos conocemos al que en el colegio secundario era el más terrible de todos y hoy se pasa día y noche de saco y corbata como gerente del banco y al que armaba partidos de Fútbol 5 tres veces por semana pero tres años más tarde su salida es ir al supermercado con su mujer y sus dos hijos).

Para Aristóteles es el tercer tipo de amistad el que realmente debemos buscar: la amistad de lo bueno, en donde dos personas comparten la misma apreciación de lo que es virtuoso, sin que haya mayor provecho que disfrutar la compañía y las ideas del otro. Se basa en la bondad y el amor al otro: es un vínculo distinto del que mantenemos con nuestra pareja y que es incluso más profundo, porque podemos tener muchos amigos pero pocas amistades en este tercer sentido. Son los que están con nosotros en todo momento, más allá de qué pueden usar de nosotros o cuánto placer les damos. Son relaciones profundas e íntimas, que no necesitan un contacto diario pero que cuando pasa mucho tiempo sin vernos no hay reproches ni rencores, sino las genuinas ganas de vernos y compartir con ellos un momento. Es una relación en la que no falta el placer de compartir un recital o una película ni de, por supuesto, ir a tomar una birra juntos.

Esta amistad es la que vemos en «Friends» y la que, creo, forma lazos que van más allá de lo superficialmente amistoso y que nos permite pensar en que existe verdadera una familia elegida: las personas por las que nos preocupamos, con las que queremos estar no importa si estamos felices, tristes, ocupados o aburridos… ¿qué mejor que sentirse cerca de alguien que nos conoce y se preocupa por nosotros, alguien cuya opinión esperamos y valoramos y que decide estar junto a nosotros?. Eso, sin dudas, es algo para ponerse a filosofar.

Filosofía on demand
Un libro que invita a filosofar desde la experiencia de los contenidos de una serie de televisión, dejando de lado prejuicios y viejas creencias.
Publicada por: Galerna
Fecha de publicación: 12/01/2021
Edición: 1a
ISBN: 978-950-556-845-1
Disponible en: Libro de bolsillo

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