martes 24 de mayo de 2022
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Adelanto de «Desembarco en las Georgias», de Felipe Celesia

En marzo de 1982, una serie de hechos generados por un negocio millonario se mezcló con el recalentamiento de la disputa histórica entre Gran Bretaña y la Argentina por las islas Malvinas. Pudo haber sido una película algo absurda, una aventura imaginaria repleta de misterio. Pero fue real. Y quedó inscripta en los libros como una de las causas de la guerra que se desató pocos días después.

Se trata de una historia cierta y trascendental y, sin embargo, disparatada, que en este libro se cuenta como nunca antes. El periodista y escritor Felipe Celesia, quien ya dio repetidas muestras de saber investigar con profundidad y contar con la destreza de pocos, relata en este libro el viaje de un grupo de obreros y técnicos metalúrgicos a las islas Georgias, a mil quinientos kilómetros de Malvinas, para desguazar instalaciones balleneras abandonadas. Y sobre cómo el izamiento de una bandera precipita el conflicto bélico.

En el territorio de la maravilla, lo inhóspito y lo desconocido, las acciones se despliegan: la Armada británica envía varios buques y marines, la Argentina a los “Alfa”, un grupo de elite comandado por el teniente Alfredo Astiz, y por si fuera poco tres aventureros franceses llegan a las islas en un velero, arrastrados por una tormenta. Justo ahí, donde comenzó la guerra, mientras transcurre, se desarrolla la acción que por momentos da terror, en otros casos causa asombro y se desenvuelve con la potencia de un cañonazo en el hielo.

A continuación, un fragmento, a modo de adelanto:

BUEN SUCESO

El puente gris del Bahía Buen Suceso se confundía con el granito del muelle y el viejo buque parecía incrustado en la dársena C, dique dos, de Puerto Madero, en el mismo lugar en el que años después instalarían un casino. En cualquier momento se rompería el efecto y los cien metros de la embarcación saldrían del muelle llevando toneladas de equipo y a cuarenta y un hombres rumbo a la isla San Pedro, en las Georgias.

Los trabajadores habían sido convocados a las 11 en las oficinas de Montelmec, en El Palomar, para una charla final sobre la partida y para un almuerzo en un restaurante cercano, el primero que haría todo el grupo. Después de la comida se irían al puerto para una despedida final de las familias y para, por fin, zarpar hacia esos parajes lejanos.

La emoción de lo desconocido era apenas un complemento para la mayoría de los hombres que aguardaban en el muelle aquel 11 de marzo de 1982. Estaban ahí, asumiendo el compromiso de permanecer cuatro meses en una isla que desconocían por completo, por la paga. No todos iban a cobrar lo mismo, ni en la misma proporción, pero el salario era muy superior al promedio en la industria. Los ayudantes, la escala más baja que abarcaba a poco menos de veinte hombres, cobrarían unos 300 dólares mensuales de la época, mientras que un oficial o un técnico calificado recibiría entre 1000 y 2500, dependiendo de sus funciones. La mitad de esos salarios se abonarían a las familias y el saldo al regresar de la primera campaña, con posibilidad de bonos y premios por productividad. Para el mercado laboral argentino de principios de los años ochenta, que pagaba un salario mínimo de 80 dólares, la propuesta era atractiva aunque el esfuerzo sería importante. Ciento veinte días de dedicación exclusiva, muy lejos de casa y los afectos, conviviendo con otras cuarenta personas y trabajando en condiciones que se preveían difíciles.

Ricardo Cacace tenía muy analizado este balance cuando se decidió a participar de la expedición. Con 33 años, hacía unos cuantos que venía dedicándose desde Lanús al material ferroso con buenos resultados como proveedor de Aceros Bragado. El asunto Georgias lo seguía de cerca por su relación cotidiana con los colegas del rubro, Frin y Checa. Al comienzo le pareció un delirio comprar esas instalaciones sin verlas, pero a medida que Davidoff fue avanzando, y la rentabilidad de su pyme se iba desmoronando por la crisis económica, se fue interesando en el proyecto. Incluso estuvo cerca de acompañarlo a Davidoff en el viaje en el Irízar, pero se bajó porque no lo convencía la plata que le ofrecieron. Él fue quien gestionó la participación del Banco Juncal y luego se fue perfilando como el candidato natural para velar por los intereses de la entidad y definir qué se llevaba primero al continente para que cada carga rindiera. La oferta era tentadora. Su esposa cobraría por cada mes de ausencia 1200 dólares y él se encontraría a la vuelta con una participación en las ganancias que oscilaría entre los 100 mil y los 120 mil billetes verdes. Eso si lograban cumplir el objetivo de traerse entre 10 mil y 12 mil toneladas de material en tres barcos.

Antes del almuerzo en El Palomar, la tropa dejó sus bolsos marineros —obsequio de la Armada— en un colectivo alquilado para el traslado. Cuando llegaron a la dársena se encontraron con sus seres queridos y abordaron el Buen Suceso para recorrerlo. Se notaba desde la planchada que el buque canadiense había navegado muchas millas en sus más de treinta años de servicio en el Atlántico Sur. El casco tenía unos cuantos bollos y la pintura, descascarada en algunas zonas, mostraba incontables manos superpuestas. Las líneas de diseño ya se veían antiguas, pero sus bronces lustrosos, la cubierta de listones gruesos y los muchos ojos de buey le daban un carácter atractivo. Los camarotes eran amplios, con luces funcionales por todos lados, sus propios lavabos antiguos y camas cucheta de hierro. El comedor y los espacios comunes estaban alfombrados y bien equipados con sillas y sillones de cuero y madera. Los mamparos tenían empapelado y unas cortinas sobrias y elegantes que aportaban al estilo general.

Quien más, quien menos, todos apreciaron la majestuosidad sin estridencias de la nave, pero a Carlos Patané, treintañero, aro en la oreja, hermano del director técnico de la obra Jorge, lo que más lo emocionó fue el piano de cola del comedor. Tenía su guitarra, pero aquel hallazgo al menos prometía que las noches a bordo se podrían amenizar con más cuerpo. Carlos se había sumado al proyecto hacía cuatro meses, invitado por Jorge, y acuciado por las deudas. Venía de adquirir un crédito para abrir una librería bajo la circular 1050 del Banco Central, que permitía ofrecer préstamos sin fijar las tasas de interés. Cuando las cuotas comenzaron a actualizarse a valores de mercado, Carlos, como muchos argentinos, se empezó a fundir. Con el trabajo en la isla podría salvar sus bienes, cancelar el pasivo y hasta, quizá, mejorar su economía. Su tarea consistiría en asistir como enfermero al médico del grupo y analizar el contenido de los tanques en las Georgias para evitar explosiones cuando los cortaran con sopletes. Al puerto había llegado sobre las 15, acompañado de un viejo amigo de La Paternal, que en un gesto que Carlos valoró enormemente, antes del abrazo de la despedida, le puso en la mano un vaso plástico con tapa lleno de cannabis y algunos papeles para armar. «Para que te relajes», lo convidó.

A las 17, los familiares se fueron y quedó todo el grupo reunido en el comedor del barco. La partida se demoraría porque quedaban cosas por cargar y había problemas con una de las cámaras frigoríficas. A nadie le preocupó el detalle. El grupo estaba de buen ánimo, un tanto excitado, y conociéndose. «Soy Ricardo, de Lanús City», se presentó Cacace a Carlos e inmediatamente se hicieron amigos. Enseguida se sumó un barbudo morochón y taciturno con un humor filoso que era marino mercante y llegaba para ocuparse del manejo de las lanchas: Gastón Briatore. El grupete se cerró con el uruguayo Walter Pereyra, médico laboralista que había llegado a la expedición hacía apenas un mes por un aviso clasificado.

Otros grupos de afinidad se iban conformando mientras esperaban la partida. Carlos Mileti, 26 años, mecánico de mantenimiento en Montelmec, dos hijos, rápidamente se hizo amigo del electricista Manuel Pérez, y compartió el camarote con su compañero en la empresa, Alberto Gauna. Por ahí andaban también los hermanos Cicerone, que eran idénticos —César y José— y el conductor de grúas, Luis Kruger; los mecánicos de motores Ecar Poggi y Héctor Cavallucci y el cocinero René Assmuss, que había llevado como ayudante a su sobrino Pablo, uno de los más jóvenes junto con el hijo del ingeniero Costa, Fabián. Como la partida se demoraba, se preparó la cena y cuando estaban en los postres, se abrió la puerta y entraron unos efectivos de Prefectura y la Armada que les pidieron que bajaran del barco y se alejaran al menos trescientos metros. Un par de llamados anónimos habían alertado sobre una bomba que no existió. Los uniformados fueron haciendo subir a los trabajadores para que mostraran el documento y los acompañaran al camarote asignado para una requisa del equipaje. Carlitos Patané se intranquilizó un poco, no tanto por el cannabis sino por la carabina calibre 22 que su hermano le había encargado que comprara para llevar a la isla. Carlos mostró el arma y con la mayor seriedad posible les dijo que tenía los papeles y que la llevaba para obtener «proteína fresca».

Cerca de la medianoche, los remolcadores sacaron del puerto al Buen Suceso. Había luna llena, soplaba una brisa agradable y el río estaba tranquilo. Carlos Patané se quedó en cubierta, tumbado, mirando cómo las luces de Buenos Aires se alejaban y sin darse cuenta, hamacado por las aguas marrones del Río de la Plata, se quedó dormido.

CAIMÁN

El capitán Raggio les había ganado de mano a los chatarreros y a mediados de febrero llegó, después de catorce días de navegación con buenos vientos del noreste, a la estación Príncipe Olaf, en el norte de la isla, abandonada desde principios de la década de 1930. Se encontraron con un lugar bastante verde, con matas altas y una fauna que no les tenía ningún miedo. Los lobos marinos de dos pelos salían al cruce con unos gritos símil ladrido y tenían que amenazarlos con palos para que se alejaran. Las gaviotas cocineras eran también muy osadas, se lanzaban en vuelo rasante y los golpeaban con las alas. Los únicos amables, o indiferentes, eran los renos noruegos que, sin depredadores, venían reproduciéndose sin prisa pero sin pausa desde principios de siglo.

Raggio y sus tres acompañantes encontraron la estación muy deteriorada por el tiempo y el hombre. Se notaba que la habían saqueado en oleadas sucesivas. Así fue que levantaron el ancla del Caimán y se fueron a Leith, que estaba bastante más entera. Como a los cinco días aparecieron unos ingleses que se presentaron como miembros del British Antarctic Survey y les pidieron que fueran hasta Grytviken para hacer el ingreso formal. Así lo hicieron y cuando llegaron apuntaron que había unos quince científicos y, lo más importante para sus labores de inteligencia, unos veinte militares haciendo maniobras por la isla. El terreno era amplio, unos 3500 kilómetros cuadrados, más de la mitad cubiertos por hielo, e inaccesibles sin conocimiento y equipo de montaña.

El 23 de febrero el Caimán se despidió de la delegación británica y abandonó Grytviken rumbo nuevamente a la bahía de Stromness, para seguir recorriendo los puertos unos días más. El relevamiento que le había encargado la Armada estaba cumplido. Antes de volver intentaron liberar a un reno que tenía la cornamenta atrapada en los cables de luz caídos. No pudieron y lo sacrificaron. La vuelta no fue tan cómoda ni tan rápida como la ida. Estuvieron veinticinco días batallando contra los vientos en contra del noreste. Se trajeron pocas cosas, más que nada souvenirs.

CINQ GARS POUR

Hacia el sur como el Caimán pero con otro destino e intenciones, también en la segunda quincena de febrero, partió desde San Isidro el Cinq Gars Pour, un velero francés de doce metros con tres amigos veinteañeros a bordo que pretendían alcanzar la Antártida. Serge Briez, Oliver Goun y Michel Roger se proponían rodar un documental para el programa de la televisión francesa Les carnets de l’aventure y realizar una performance artística proyectando sobre icebergs cuadros de Van Gogh con música en vivo.

Ese era el proyecto pretendido, pero en el paralelo del Cabo de Hornos, cuando ya habían recalado en Puerto Deseado y Malvinas, se desató un temporal con olas de quince metros y vientos con rachas de más de cien kilómetros que les hizo dar una vuelta campana. Con la timonera rota, un palo menos, metro y medio de agua dentro del barco y gran parte de los alimentos arruinados por el agua salada, los tres amigos quedaron sin mucha más posibilidad que aprovechar el viento del oeste con una pequeña vela en la proa.

La idea original de llegar a la Antártida estaba descartada y solo quedaba intentar llegar a tierra como fuera para reparar el barco y conseguir alimentos. Si seguían las mismas condiciones tal vez le podrían pegar a las Georgias, en las que Olivier, constructor y patrón del velero, había estado ya dos veces.

BAHÍA PARAÍSO

Tres días después de la partida del Buen Suceso, Astiz y sus hombres llegaron a Ushuaia en un avión militar para embarcarse en el transporte polar Bahía Paraíso, que recorrería las bases antárticas para abastecerlas. Los quince militares seguían sin conocer su misión real. Formalmente les habían dicho que irían a la base Esperanza, a custodiar al presidente de facto Leopoldo Galtieri, que asistiría al casamiento de un sargento de la Fuerza Aérea con una maestra. A los comandos esa explicación les resultaba ridícula, incluso bromeaban que había que tener las armas listas por si algún pingüino atacaba al general. No había órdenes claras, pero por algunos indicios estimaban que se preparaba algo relativo a las Malvinas o a las islas del sur. En la bodega del buque habían cargado seis contenedores de equipo, uno de los cuales llevaba una casa prefabricada. Tomó entonces un poco más de cuerpo la versión de que irían a instalar una base antártica. Más allá de las especulaciones, las directivas de la superioridad no se cuestionaban y les habían pagado tres meses de salarios por adelantado, eso sí, con el compromiso de devolver el dinero si la misteriosa misión se cancelaba.

Desembarco en las Georgias
La verdad sobre el misterioso incidente que desató la guerra por las islas Malvinas
Publicada por: Planeta
Fecha de publicación: 01/02/2022
Edición: primera edición
ISBN: 978-950-12-0337-0
Disponible en: Libro de bolsillo

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