jueves 19 de mayo de 2022
Cursos de periodismo

Adelanto de «Lo que no sabemos de Malvinas», de Sebastián Carassai

Un surtidor de YPF y garrafas de Gas del Estado en las Malvinas, relaciones más o menos fluidas entre isleños y argentinos, maestras que enseñan español en Puerto Stanley, vuelos semanales a Comodoro Rivadavia, isleños que viajan a Buenos Aires para hacer tratamientos médicos, a Córdoba para completar el colegio secundario, a Bariloche para pasar sus vacaciones. Hoy parece inimaginable pero eso fue lo que sucedió, aun con episodios de tensión o desconfianza, durante los diez años anteriores a la guerra. Para varias generaciones de argentinos, las Malvinas están ligadas exclusivamente a la histórica reivindicación de su soberanía y, desde 1982, al conflicto armado con Gran Bretaña. Pero mucho de lo que hace a su historia anterior y posterior, y en especial al vínculo entre isleños y argentinos, ha quedado eclipsado. Sebastián Carassaidespliega un relato de impresionante riqueza para mostrar lo que todavía no sabemos o no pudimos pensar sobre las islas. ¿Qué hay detrás de la comunidad emocional que nos hace decir que las Malvinas fueron, son y serán argentinas? ¿Cómo fue amasándose ese sentido común? ¿Cuánto incidieron en esa certidumbre las crónicas de viajeros argentinos que visitaron las islas y que construyeron una imagen de ellas que les debe tanto a la observación como al deseo? A partir de fuentes poco visitadas o inaccesibles hasta ahora, Carassai pone el foco en esa pequeña comunidad de dos mil personas. ¿Qué problemas enfrentaban antes de la guerra? ¿Estaban conformes con el trato y las oportunidades que obtenían del gobierno británico? ¿Cómo vivían los reclamos de la Argentina, las sorpresivas incursiones aéreas de civiles y las alternativas diplomáticas? En un recorrido pleno de descubrimientos, también nos cuenta cómo es la sociedad heterogénea y próspera que hoy habita las islas, y hasta qué punto la guerra fue lo peor y lo mejor que le pasó. Ha corrido mucha agua bajo el puente y es legítimo preguntarse si tiene sentido leer otro libro sobre Malvinas, ese territorio a la vez tan ajeno y familiar. En este caso, dada su originalidad y riqueza, la respuesta definitivamente es un sí.

A continuación, un fragmento a modo de adelanto:

Cantores (1941-1982)

En lo que se refiere a la relación entre la sociedad argentina y las islas Malvinas, en los capítulos precedentes me concentré, primero, en las representaciones sobre los isleños y la vida en el archipiélago que divulgaron los viajeros y, después, en las posiciones que la prensa, la política y la diplomacia asumieron durante el período inaugurado por el Acuerdo de Comunicaciones de 1971 y clausurado por la guerra de 1982. Para abordar esa relación examiné mayormente fuentes provenientes de intelectuales, políticos y diplomáticos, como así también la visión de distintos sectores del periodismo. En otras palabras, el material que hasta aquí nutrió ese vector de mi análisis provino de círculos predominantemente integrados por élites, ya sea políticas, diplomáticas o profesionales. ¿Pero qué sucedía por afuera de ellas? ¿Qué otras representaciones existían de las islas, del conflicto territorial y de los eventuales modos para superarlo? ¿Y cómo fueron modificándose en el transcurso de los años, a la luz de los principales acontecimientos que actualizaban la cuestión de las islas en la discusión pública? Con el objeto de explorar respuestas a estos interrogantes, en este capítulo analizo el rastro que las islas Malvinas dejaron en el cancionero popular argentino, desde la composición de la primera marcha dedicada a las Malvinas, en 1941, hasta la capitulación de las tropas argentinas, en junio de 1982.

Este capítulo busca complementar los trabajos que se han dedicado a estudiar el lugar que las islas Malvinas han ocupado en la cultura argentina. En un artículo publicado seis años después de terminada la guerra, Carlos Escudé atribuyó a las personas de más alta instrucción formal mayor sensibilidad respecto del “nacionalismo territorial” y luego otros investigadores sumaron explícita o implícitamente argumentos en ese sentido. El cambio de foco que propongo permite explorar hasta qué punto ese nacionalismo desempeñó también un papel significativo afuera de las élites, en este caso, en el terreno de la canción popular. Las composiciones dedicadas a las islas muestran, además, que las ideas en torno a cómo volverían a estar bajo dominio argentino no se subordinaron a las impulsadas oficialmente por la cancillería argentina.

A partir del marco conceptual desarrollado por la historiadora Barbara Rosenwein analizo las canciones argentinas sobre las islas como expresiones de lo que llamo una “comunidad emocional” en torno a la cuestión Malvinas. “El investigador que observa una comunidad emocional”, argumenta Rosenwein, “busca fundamentalmente descubrir sistemas de sentimiento, establecer lo que esas comunidades (y los individuos dentro de ellas) definen y evalúan como valioso o perjudicial para ellas”.En otras palabras, de lo que se trata es de pensar las emociones compartidas por un conjunto de personas como culturalmente constituidas. Una comunidad emocional no está necesariamente gobernada por élites ni determinada por el origen social. Más bien, se moviliza, fortalece y propaga por sentimientos compartidos entre grupos diversos, tanto más hondos cuanto más comunes. De allí que el concepto haya resultado útil para abordar entidades socialmente transversales como la nación, incluso más allá de las fronteras de un país.

Tres son las razones que fundamentan esta exploración. En primer lugar, en el terreno cultural, durante las décadas previas a 1982, y en contraste con lo que sucedería después, las islas Malvinas en la Argentina fueron mucho más objeto de la canción popular que del cine, la pintura, el teatro, la literatura o el ensayo. En segundo lugar, el arte de componer canciones es comparativamente más universal que otros modos de expresión artística, en virtud de que no necesariamente demanda herramientas culturales sofisticadas ni abundantes recursos económicos. Por último, una parte considerable de las letras dedicadas a las islas está disponible para su consulta en distintos soportes. Algunas han sido grabadas por los autores o por otros intérpretes; varias han sido compiladas en libros; y, más fundamental, un número importante ha sido registrado en la Sociedad Argentina de Autores y Compositores (Sadaic) –un archivo escasamente explorado hasta hoy–.

Fundada en 1936, Sadaic comenzó su registro masivo de obras musicales a fines de la década del cuarenta. En 2017, su archivo contenía 276 canciones cuyos títulos hacen referencia a las islas Malvinas, 92 de las cuales fueron registradas antes de la finalización de la guerra. A diferencia de lo que sucederá luego, cuando el rock nacional se convierta en el género musical predominante en las canciones sobre las islas, el género privilegiado en las composiciones de preguerra es el folclore (sobre todo, zamba, chacarera, chamamé, triunfo, cielito y milonga) y, en menor medida, el tango, la marcha y otros géneros (antes de junio de 1982 se registró solo una canción de rock). El proceso para registrar una canción durante el período analizado era simple, económico y descentralizado. Sadaic no exigía a los compositores proveer partituras completas; bastaba con el registro de la letra y con la notación, en clave musical de sol, de su melodía principal (no en todos los casos existente en el archivo). En la mayoría de las composiciones, los autores consignaron el género al que pertenece la obra. Sin embargo, como no cuento con todas las grabaciones ni todas las partituras, mi análisis, con alguna excepción, se circunscribe a la poesía.

El hecho de que una clara mayoría de las canciones registradas en el período analizado pertenezca a expresiones folclóricas justifica un comentario sobre cuál era el lugar del folclore en la Argentina. Su popularidad fue primero importante en las provincias y, a mediados de siglo, comenzó a serlo también en Buenos Aires, al punto de rivalizar con la del tango. En los años sesenta, la legitimidad del folclore se había ampliado a diversos sectores sociales. Fue entonces cuando la venta de discos y los programas en radio y televisión dedicados a ese género experimentaron su boom. Aunque en los años setenta el rock eclipsaría en parte ese auge, especialmente para audiencias jóvenes de centros urbanos, el folclore continuó interpelando a varias audiencias, tanto en las grandes ciudades como en el interior de las provincias. No debe perderse de vista, entonces, que el género privilegiado por los autores que les cantaron a las Malvinas entre 1941 y 1982 no solo gozó de masividad y prestigio durante buena parte de ese período sino que, además, logró ser reconocido por muchos como la expresión musical de la nacionalidad. El material que analizo fue producido por un universo heterogéneo de compositores de canciones que abarca desde personalidades famosas de la música popular hasta nombres menos conocidos y aun desconocidos. Algunos fueron músicos profesionales, otros no; algunas de sus obras fueron grabadas, otras no. Sin embargo, sigue siendo posible distinguir analíticamente este universo de compositores de las élites diplomáticas, intelectuales y políticas. Si bien este no es un estudio sobre la recepción sino sobre las letras de las canciones, puede inferirse que los cantores más famosos alcanzaron una audiencia amplia; más difícil, incluso imposible en algunos casos, resulta hacerse una idea de las audiencias para los menos conocidos. De todos modos, creo lícito conjeturar que los compositores, desde el momento en que buscaron proteger la propiedad intelectual de sus canciones registrándolas en Sadaic, tuvieron, de mínima, la intención de darles algún grado de difusión –dudosamente alguien registraría una composición si piensa preservarla de la exposición pública–. Como sea, cuando me fue posible, incluí en el texto la información que hallé disponible referida al nivel y a la forma de diseminación que alcanzaron las obras. Luego de la ocupación de las islas por las tropas argentinas, el 2 de abril de 1982, muchas de estas canciones comenzaron a pasarse regularmente en los medios de comunicación y a tocarse en vivo. Con la derrota argentina, el 14 de junio de ese año, varios de los cantantes conocidos dejaron de incluirlas en su repertorio. Mucho antes de la guerra, sin embargo, varias de ellas se pasaban en la radio, en especial cuando el tema Malvinas cobraba actualidad y, a partir de los años sesenta, también llegaron a la televisión. En el cine, algunos directores introdujeron canciones sobre las islas en sus películas.

Las letras no constituyen un solo texto sino un corpus polifónico formado por una diversidad de voces que varían en contenido e intensidad. Sin embargo, aun tomando en cuenta esas variaciones, sostengo que pueden ser leídas como diferentes modulaciones de una misma comunidad emocional cuyo denominador común y fuerza motora es la convicción, tan simple como extendida, de que “las Malvinas fueron, son y serán argentinas”. Ese denominador común es el que, a mi juicio, vuelve estas canciones objeto de un análisis conjunto. El criterio que adopté fue detenerme en las principales representaciones, ideas y anhelos que van apareciendo en las composiciones, prestando particular atención a los cambios, las permanencias y las ausencias. Como se verá, muchos autores se inspiraron en las noticias sobre las islas que aparecían en los medios. Ello permite regresar a las décadas analizadas en los capítulos precedentes, ahora haciendo foco en otras voces, buscando reconstruir un filón más popular de la “causa Malvinas” que, aunque no sea generalizable, suma una voz distinta a la de las élites. A través del currículum escolar y los medios de comunicación, esas élites ejercían influencia sobre la población. Sin embargo, los cantores no cantaron lo que ellas escribían o declaraban; ofrecieron su propia visión o, en mis términos, su propia modulación de la comunidad emocional que congregaba (y congrega) a muchos argentinos en torno a las Malvinas.

La causa nacional se hace canción

Como se vio en el capítulo 1, los años treinta fueron cruciales en la conformación de las islas Malvinas como causa nacional. En esos años Alfredo Palacios impulsó en el Congreso de la Nación la reivindicación de los derechos argentinos sobre las islas, se tradujo al español y se distribuyó en las escuelas una versión abreviada de la obra de Paul Groussac Les Îles Malouines, Juan Carlos Moreno fue enviado a las islas por la Comisión Nacional de Cultura a realizar la primera observación in situ de territorio y habitantes y se publicó el libro de su autoría Nuestras Malvinas, todo ello mientras cobraban voz grupos nacionalistas como la Fuerza de Orientación Radical de la Joven Argentina (Forja), que tendría fuerte predicamento en los años subsiguientes. En los cuarenta, especialmente después del ascenso del peronismo al poder (1946-1955), las demandas por la “repatriación” de las islas se intensificaron. En diciembre de 1946 la diplomacia peronista hizo una reserva en Naciones Unidas a la inclusión por parte de Gran Bretaña de las islas Falklands dentro de los 43 territorios no autónomos administrados por ella –reserva que fue reiterada en años subsiguientes–. En el frente interno, la expansión de los derechos sociales se combinó con políticas de corte nacionalista, como la nacionalización de los servicios públicos hasta entonces en manos británicas. En 1948, Perón promovió el establecimiento de bases científicas en la Antártida y algunos de sus científicos visitaron escuelas y proyectaron documentales relativos a los derechos argentinos en el Atlántico sur. Los libros de texto escolares también colaboraron para convertir la causa nacional en un sentimiento popular. Aún antes de que se tuviera mucha información respecto de lo que sucedía en las islas, las noticias que llegaban desde allí tenían algún impacto en los círculos interesados. La apertura de un consulado uruguayo en Puerto Stanley, en 1952, por ejemplo, hirió sensibilidades nacionalistas.

La causa nacional estuvo desde un comienzo unida al imperativo patriótico de recuperar el territorio, como testimonia la creación, en 1939, de la Junta de Recuperación de las Malvinas. Como mencioné en el capítulo 1, al siguiente año dicha junta organizó un concurso del que surgió ganadora la “Marcha de las Malvinas”, compuesta por el poeta Carlos Obligado y el músico José Tieri. Más tarde grabada, entre otros, por la Banda del Regimiento de Patricios y el Coro Polifónico “Juan de Dios Filiberto”, el acto público en que se anunció el resultado del concurso se realizó en el salón Augusteo, una de las principales salas de música de la ciudad de Buenos Aires, el 3 de enero de 1941, en el 108º aniversario de la ocupación británica del archipiélago. Destinada a alcanzar una profusa difusión en el futuro, su letra aborda cuatro tópicos que reaparecerán en canciones posteriores. En primer lugar, que tanto la geografía como el paisaje afirman, en sí mismos, la argentinidad del archipiélago: “¡Las Malvinas, argentinas!, clama el viento y ruge el mar […] pues su blanco está en los montes y en su azul se tiñe el mar”. En segundo lugar, que los argentinos se sienten emocionalmente unidos a él: “ningún suelo más querido de la patria en la extensión”. En tercer lugar, que el derecho de la Argentina a las islas es tan imperecedero como inolvidable, irrenunciable e imperdonable su usurpación: “¡Las Malvinas, argentinas!, en dominio ya inmortal. Quién nos habla aquí de olvido, de renuncia o de perdón”. Finalmente, que se trata de un territorio nacional perdido (“la perdida perla austral”), condición necesaria para una recuperación que, sin embargo, no anuncia.

La otra obra que se destaca en la década del cuarenta pertenece al poeta nacionalista y católico Luis Ortiz Behety. En 1946, antes de componer, junto con el mencionado Tieri, un “Himno a la Antártida”, escribió un cancionero de más de veinte canciones dedicadas a las islas Malvinas, con numerosas menciones a “nuestra señora de la Soledad”, patrona de la isla Soledad (East Falkland). Las canciones narran hitos significativos de la historia argentina de las islas: la expulsión de los británicos por los españoles en 1770, la toma de posesión en nombre del gobierno de Buenos Aires en 1829, la expulsión de los argentinos en 1833. A los fines de este capítulo, resulta pertinente resaltar dos elementos. La imagen de una tierra “cautiva”, ya presente en el siglo XIX en la poesía de Martín Coronado, reaparece cristianizada en Ortiz Behety, en la figura de una tierra “crucificada”. Dentro del credo cristiano, la crucifixión encierra la promesa de una redención. Los últimos versos de su cancionero, titulados “Destino”, podrían leerse en esa clave: “Y algún día, Señor, no muy lejano, fuerzas obsidionales argentinas tendrán que rescatar nuestras Malvinas, si nos guía la lumbre de tu mano”. En tanto “obsidional” es un término que se refiere al cerco o sitio militar de un lugar, podría decirse que el sueño de una recuperación armada, si bien supeditado al acompañamiento de la luz divina, está ya presente en estos versos escritos en los cuarenta.

Una de las primeras canciones registradas en Sadaic sobre las islas Malvinas fue compuesta en 1952 por el músico y actor Mario Clavell, oriundo de la ciudad de Ayacucho, en la provincia de Buenos Aires. Inédita y desconocida hasta hoy, lo que la distingue de todas las demás es que ubica a la cabeza de la reivindicación territorial a un líder político argentino. “Argentinos, las almas unidas y juremos con el corazón, ¡defender nuestra soberanía, conducidos por Perón!”. Puede que la mención obedezca a que entonces gobernaba el país el general Perón, que había hecho de la soberanía política una de las tres banderas de su movimiento (junto con las de la justicia social y la independencia económica). También podría obedecer a la explícita simpatía de Clavell por las figuras de Perón y de Eva Perón, como testimonian sus memorias.  La canción apelaba a un plural que incluía al propio Clavell: “argentinos: unamos las fuerzas, hermanados por el ideal [de] ver arriar la bandera extranjera y subir la nacional”. Los otros versos que merecen destacarse son los referidos al carácter imperecedero del reclamo: “mientras nos quede una gota de sangre, mientras tengamos un hilo de voz, ¡las Malvinas, argentinas!, ante el mundo y ante Dios”. Esta pieza puede ser vista como la expresión en el cancionero popular de la inflexión que se produjo en la década del cuarenta en cuanto al nacionalismo territorial, con particular intensidad después del arribo del peronismo al poder.

Además de la marcha compuesta por Clavell, otras cuatro canciones se registraron sobre las Malvinas en la década del cincuenta. En 1954, el compositor cordobés Alfredo Luque Cabrera registró una canción en la que, a la afirmación de que las islas son argentinas, se agrega que “siempre lo fueron desde el nacer de esta patria mía”. Esta dimensión ontológica implica que las Malvinas nacieron argentinas o, más precisamente, que la Argentina nació con las Malvinas como parte de sí. Como en otras canciones, los eventos de mayo de 1810 habrían encontrado un archipiélago en el Atlántico sur tan “argentino” como el resto del territorio al que finalmente se daría ese nombre. Para Luque Cabrera, Gran Bretaña es el usurpador, la Argentina la usurpada; la primera tiene el poder, la segunda, razón: “la razón de fuerza que ellos nos brindan, es argumento pobre y sin valor, solo los que brinda la Patria [sic] mía llevan la fuerza de la razón”. Los británicos, a los que los cancionistas, cuando evitan utilizar términos descalificativos, llaman por lo general “ingleses”, son acusados de explotar las islas para la Corona: “todos los ingleses que las usufructan [sic], sin derecho alguno de uso ni ley; muy bien ellos saben que no son suyas y las usufructan [sic] para su Rey”. Quizás el aspecto más relevante para mi análisis es que aparece por primera vez el tema de una “paciencia argentina” que podría estar comenzando a agotarse. “Las Malvinas son argentinas, y siempre lo fueron desde el nacer de esta Patria [sic] mía que, noble y digna, es o era paciente sin repeler” (énfasis agregado). Como se vio en el capítulo 3, el tópico de una paciencia que está llegando a su fin se volverá recurrente, especialmente en la década del setenta, lo que hace todavía más significativa esta aparición temprana. En enero de 1955, Carlos Vassallo registró una canción en la cual el reclamo de soberanía sobre las islas emerge en el contexto de una especie de segunda independencia nacional: “Estridente clarín de la historia, avanza del recuerdo de patriotas, la legión, ostentando la enseña que [Manuel] Belgrano creara, al ejército glorioso libertador”. Más adelante, la canción también alude al general San Martín. Las alusiones a ambos refuerzan la referencia independentista, pero ella no aparece vinculada a la labor de unos pocos ni de una vanguardia. Para el autor, “es el ser del pueblo argentino, amante del suelo que nos supieron legar las figuras señeras”, el que está comprometido con ella. Esas figuras señeras “ofrecie[ron] su sangre por América viril”. Esta asociación entre masculinidad (virilidad) y lucha por la libertad (de la patria, cuando se la refiere al pasado; de las Malvinas, cuando se la refiere al futuro) volverá en composiciones venideras. Sin embargo, tanto en esta canción como en la de Luque Cabrera, la certeza de tener razón (sobre el reclamo de soberanía) prima sobre la posibilidad de utilizar la fuerza. Vassallo lo dice con toda claridad: “solo la fuerza de la razón es la que afirmará nuestros derechos sin par”.

Hacia fines de los años cincuenta, la convicción de que la única solución aceptable era la restitución del archipiélago comienza a aparecer ligada al imperativo patriótico de comprometerse a luchar por ello. El letrista Manuel Wilkinson, acompañado por el joven músico Jorge Calandrelli, en una marcha militar que posteriormente será adoptada por la Junta de Recuperación de las Malvinas, planteó la exigencia de la restitución. Escribió que “el toque de clarín suena a lo lejos […] afirmando marcial nuestros derechos” y que “el honor argentino exige ya que cubra nuestras islas la enseña nacional”. En los sesenta, esta marcha será grabada por la Banda Sinfónica Nacional y editada como simple en un disco que se comercializará con el escudo argentino y la leyenda “Comandancia de Malvinas y Adyacencias” en la portada. De acuerdo con uno de sus compositores, una vez grabada, la pieza musical se reprodujo en escuelas, instituciones públicas y en la radio nacional. En los ochenta, Calandrelli conquistaría reconocimiento internacional como compositor de música.

Otra canción de los cincuenta también hace alusión a la restitución. En 1957, Gabino Coria Peñaloza, autor de letras de tangos célebres como “El clavel del aire” y “Caminito”, se unió al flautista Luis Teisseire para componer una canción en la que “el clamor de la patria” en torno a las Malvinas demanda que “jure[n] todos los argentinos un día darles su redención”. Aquí la usurpación originaria toma la forma de un acto oprobioso e inolvidable que exige una reparación. “Fueron violadas las islas nuestras, frente a las costas del patrio mar. Y tal ultraje, ni un solo día, los argentinos han de olvidar. La patria manda, la patria quiere, la patria exige su redención”. En tanto la violación lesionó la dignidad nacional, la responsabilidad de hacer justicia corresponde a toda la nación. En esta obra se afirma por primera vez que la Argentina “rescatará” las islas: “Los argentinos rescataremos nuestras Malvinas por dignidad”, y así las islas “oirán un día nuestro himno patrio, con sus tres gritos de libertad”, en alusión al verso del himno nacional que tres veces reitera ese grito.

En los años cincuenta, en síntesis, en sintonía con el discurso antiimperialista revigorizado por el peronismo, algunos cantores comenzaron a proveer una imagen descalificatoria, y en algunos casos siniestra, no de los isleños, sino de Gran Bretaña, la nación de la cual las islas dependen en los hechos. Pero además, el hecho de que la usurpación se equipare ahora a una violación introduce de plano el tema que los poetas desarrollarán con más profundidad en los años siguientes: el de las aptitudes que los argentinos deberían cultivar para reparar el daño ocasionado por el violador.

Lo que no sabemos de Malvinas
Las islas, su gente y nosotros antes de la guerra
Publicada por: Siglo veintiuno
Fecha de publicación: 04/01/2022
Edición: primera edición
ISBN: 978-987-801-143-1
Disponible en: Libro electrónico

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