martes 24 de mayo de 2022
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Adelanto de «Qué es (y qué no es) la estadística», de Walter Sosa Escudero

Del clima al desempleo, del dólar al colesterol, de las elecciones al Mundial de Fútbol, las estadísticas, estimaciones y predicciones son parte de nuestra vida cotidiana pero, en contraposición a esa ubicuidad e influencia, el modo en que se producen ocupa un lugar ínfimo (si alguno) en nuestra educación general. Creemos en esos números que nos rodean, aunque no sea para nada obvio por qué deberíamos hacerlo. ¿Deberíamos hacerlo? Este libro, que es una introducción informal y a la vez rigurosa a la estadística, revisa los principales fundamentos de esta ciencia, sus contribuciones más relevantes, sus limitaciones, sus usos y también sus abusos. En un lenguaje amigable que los seguidores de Walter Sosa Escudero conocen bien, sin fórmulas complicadas ni gráficos, estas páginas dejan claro que, más que una colección de datos y algoritmos, la estadística es una forma de razonar y mirar el mundo y que, como tal, no es ni buena ni mala, sino útil o inútil. A fin de cuentas, una estadística que no usa nadie porque no se entiende o porque no es confiable no sirve para nada. En estas páginas, perfectamente aptas para quienes no sienten inclinación por los números, Sosa Escudero demuestra con elocuencia que el fenómeno de big data y su aluvión de información está volviendo a la estadística más necesaria que nunca. Muchos aspectos de la vida humana siguen siendo esquivos al uso inocente de los datos. De hecho, seguimos sin saber cuánto va a valer el dólar de acá a una semana, quién ganará las elecciones o cómo terminará un partido de nuestro deporte favorito. La relevancia personal y social de comprender cómo funciona la estadística no es menor. Finalmente, se trata de entender cómo se generan, se interpretan y se pueden manipular los datos a partir de los cuales tomamos decisiones muy relevantes (cómo vestirnos, a quién votar, cómo invertir nuestros ahorros, cómo cuidar nuestra salud). Y eso puede hacernos, por qué no, mejores ciudadanos.

A continuación, un fragmento a modo de adelanto:

El huevo y la gallina

Causalidades y casualidades

Tyson, el perro de mi vecino, corre y ladra a todos los autos que pasan por nuestra calle. Y si supiera hablar, estoy seguro de que les contaría orgulloso a los vecinos (caninos, humanos y ciertamente a sus archienemigos felinos) de la efectividad de su método. Hasta ahora, todos los autos que fueron víctimas de sus bravuconadas siguieron su ruta. Con Tyson no se embroma.

Y ya que hablamos de perros, mi amiga Elena saca a pasear a su caniche Irma, y ni bien pisan la calle le repite como loro “Dale Irmita, hacé pis, hacé pis” cada cinco pasos, tras lo cual, eventualmente, Irma hace lo suyo para beneplácito de Elena, que cree tener pleno control de su can. “Mente superior domina mente inferior.”

El gobierno de turno (y todos los gobiernos, desde el comienzo de los tiempos) atribuye a su buen manejo político todo lo bueno que sucede durante su gestión, mientras que lo malo se lo carga a la cuenta del contexto desfavorable, la mala suerte y los palos en la rueda que pone la oposición. Que oportunamente dice exactamente lo contrario: todo lo bueno es resultado del “viento de cola” y lo malo, de la impericia de los que gestionan.

Todos estos razonamientos se apoyan en la observación de que una cosa se mueve con otra: el auto con los ladridos de Tyson, el pis de Irmita con las órdenes de Elena y la performance de un país con la presencia del gobernante de turno o de la oposición.

La mala noticia es que estos co-movimientos no dicen nada acerca de la efectividad de las acciones implicadas en ellos. Este capítulo indaga una de las cuestiones más delicadas de la ciencia moderna, la que se refiere al problema de la medición de los efectos causales. Es decir, en primer lugar, si es cierto que una cosa causa la otra; por ejemplo, si efectivamente los ladridos de Tyson espantan a los autos. En segundo lugar, si es posible no solo detectar si hubo causa o no, sino también estimarla; por ejemplo, cuán efectiva es la presencia policial para reducir el crimen, medida en hechos concretos, tales como en qué porcentaje se reducen los hechos delictivos.

Nuestro periplo arranca en forma pesimista, revisando un razonamiento erróneo conocido como “falacia de la correlación”, que es lo que le hace pensar a Elena que tiene control sobre su perro, y al gobierno y a la oposición, que ambos tienen razón. Como este libro optimista intenta ser parte de la solución y no del problema, posteriormente indagaremos el rol fundamental de los experimentos controlados. Se ha puesto seria la cosa.

El primer tango marciano. Revisando la falacia de la corrección

Aterrizo por primera vez en la ciudad de Guatemala. Alguien me había dicho que era un lugar inseguro, tal vez dejándose llevar por la noticia de la muerte del conocido cantante Facundo Cabral. Subo a un taxi, que me lleva a mi hotel, uno de esos sitios más pretenciosos que sofisticados y, pronto a llegar, le comento de mis temores al taxista, quien me responde: “Quédese tranquilo, el hotel tiene guardias armados y una tanqueta en la puerta”.

Efectivamente, apostados en la entrada veo un tanque militar y dos muchachos de no más de 18 años vestidos de fajina y con armas largas. Pensé que habría habido algún incidente, un atentado, quizás la visita de una figura internacional. Pero no. Todo eso era parte de las medidas estándar de seguridad del hotel. Mamita querida.

He aquí un problema inferencial clásico. ¿Qué debería concluir uno al ver un tanque y dos milicos armados a lo Rambo en la puerta? ¿Que estamos en el lugar más seguro del planeta? ¿O que el vandalismo local ha alcanzado tales grados de virulencia, que el clásico portero con galera tuvo que ser reemplazado por estos pichones de Van Damme?

Aquí es donde uno apela a la memoria. En los bancos hay un policía en la puerta. En los barrios peligrosos hay un puesto de gendarmería, y los multimillonarios andan rodeados de custodios privados. Por otro lado, en los cálidos pueblitos de nuestro interior (como diría Les Luthiers), la gente deja las puertas abiertas, y no hay policías apostados frente al Centro de Jubilados Rojo y Negro. Y sí, son los policías los que atraen el crimen. Un conspirativista, de esos que vieron demasiadas veces The Matrix, argumentaría así: el crimen organizado es jerárquico, se paga derecho de piso. Entonces, los criminales jóvenes y pesados “suman muchos puntos” si roban o matan donde hay más policía. Pidámosle entonces a la tanqueta que se vaya hacia otra parte, así detrás de ella irán los malhechores a hacer lo suyo a otro lugar.

Bienvenidos al mundo de la falacia de la correlación, quizás el argumento tramposo más abusado en la historia de la comunicación. En términos simples, se trata de ver que dos cosas se mueven juntas, y usar este movimiento conjunto para justificar que una de ellas causa la otra.

Practiquemos un poco. Los niños cuyos padres tienen libros en sus casas tienen mejor rendimiento en las pruebas de matemática y lengua del colegio. (“¿Viste Arnaldo? ¡Te dije que había que comprar la Enciclopedia Granda!”) Los países que invierten en tecnología son más ricos. (“¡Qué vivos que son estos suecos!”)

Aclaremos varias cosas. Es casi seguro que la tecnología conduce al desarrollo, y que tener libros en el hogar hace que los chicos mejoren su desempeño escolar. El punto fundamental de esta discusión no es la veracidad de las afirmaciones (la tecnología causa el desarrollo, los libros mejoran la performance), sino el tipo de argumento que se usa para validarlas. Que dos cosas se muevan juntas dice poco y nada acerca de que una cause la otra.

Juguemos al abogado del diablo. Que sea cierto que los países ricos invierten más en tecnología habla tanto de los posibles efectos que esta última tiene sobre el desarrollo como de que los países centrales pueden darse el lujo de invertir más en tecnología. Es decir, la correlación positiva entre tecnología y desarrollo es compatible con ambas direcciones de causalidad (tecnología a desarrollo, y viceversa). Que a los niños de hogares con muchos libros les vaya mejor en las pruebas es compatible con que los libros hacen a un mejor aprendizaje, tanto como que cualquier factor que incida en un mejor entorno para el estudio (la educación y cultura de los padres, su nivel de ingreso, etc.) sea la causa tanto de aprender mejor como de tener más libros en las casas. Llevando el asunto al extremo, un marciano que aterrizase en Rosario (la gran ciudad portuaria argentina, tres horas al norte de Buenos Aires), en la intersección de las calles Sarmiento y Santa Fe, y se sentase en el mítico bar El Cairo a mirar cómo llueve y cómo deambulan los terrícolas con sus paraguas, enfrentará el mismo dilema, y quizás sienta el impulso de escribir el primer tango marciano. ¿Es la lluvia la que induce al uso de paraguas, o son los terrícolas y su insistencia en usarlos los que hacen que llueva?

Insisto, no estoy argumentando en contra de la tecnología, de los libros o de los paraguas. El punto es que si vamos a recomendar que a fin de desarrollarse un país debe invertir en tecnología, o que los padres tengan libros en su casa para que sus hijos mejoren su performance, o que se prohíba el uso de paraguas para que deje de llover, vamos a tener que hacerlo apoyándonos en otro argumento que va mucho más allá de ver que ambas cosas se mueven en la dirección que nos conviene.

La falacia de la correlación consiste, justamente, en pensar erróneamente que del hecho de que dos cosas se muevan juntas es posible validar que una de ellas causa la otra.


Saber inglés conduce al éxito (otro ejemplo de la misma falacia)

La obsesión de muchas familias por que sus hijos aprendan inglés es otro ejemplo de esta falacia. Las personas exitosas (en los términos mercantilistas en los que esas familias pretenciosas miden el éxito) saben inglés. Las no exitosas no. Entonces, dediquemos la mitad de la escolarización de nuestros hijos a que aprendan inglés como un nativo de Londres u Oklahoma City. Sin embargo, por lo menos a mí no me da la cuenta. Momento. No estoy en contra de que los chicos aprendan inglés. Soy ciento por ciento bilingüe (castellano-inglés) y creo haberme beneficiado de  esta  cualidad.  Pero,  francamente, si en alguna cosa me ha ido bien, no creo estar dispuesto a darle todo el  crédito  a  mi  naturaleza  bicultural  (como  está de moda decir ahora). Es probable que haya condiciones iniciales (talentos, esfuerzos) que sean conducentes al éxito: instintos, inteligencias, culturas, entre otras. Y que sean estas condiciones las que predispongan a un individuo a  involucrarse en emprendimientos exitosos. Así, la matemática les resulta simple, tocan la guitarra o la flauta traversa, terminan una carrera universitaria, se rodean de amigos también talentosos y esforzados, y escalan posiciones en alguna empresa, o ponen un hotel boutique en Palermo Soho y son la envidia de las mamás de sus compañeros de la secundaria.

Y además, aprenden inglés.

¿Qué cosa causa qué cosa? ¿Es el inglés lo que conduce al éxito? ¿O es que las otras razones que inducen al éxito arrastran también una parva de acciones conducentes, incluyendo hablar una segunda lengua? Habría que sacar la cuenta, pero el inglés solo y solito no me parece que rinda tanto. En todo caso, si lo hace, la cuenta basada en comparar el éxito del primo Norberto, que fue toda la vida a la Cultural Inglesa y ahora es gerente de una multinacional, con nuestro propio éxito, que la capeamos como podemos y que dormíamos como lirones mientras Norberto preparaba los exámenes de Cambridge, no es el camino correcto para justificar semejante inversión en una segunda lengua. Es la falacia de la correlación en su máximo esplendor.


Borges, Michael Fox y la estadística

De lo anterior se desprende  que  del  hecho  de  que  dos  cosas se presenten juntas es imposible  verificar  o  refutar  que una sea causa de la otra. ¿Y entonces? ¿Cómo procedemos? Bienvenidos a una de las cuestiones más delicadas de la ciencia moderna: la verificación y  medición  de  en  qué  sentido una cosa causa otra. ¿Es cierto que tomar aspirinas previene infartos? ¿Cuál es el efecto sobre la tasa de criminalidad de aumentarles el sueldo a los policías? ¿Es verdad que jugar al ajedrez es bueno en general para la vida? ¿Es irrefutable que jugar al básquet hace crecer a la gente, o es simplemente que la gente alta lo juega y los petisos se autoexcluyen? Las cuestiones referidas al problema de la causalidad son complejas y ocupan un espacio  considerable  en  disciplinas  aparentemente disímiles entre sí como la filosofía, la ciencia de la computación, la estadística, la psicología y los estudios culturales.

Con el fin de percibir las dificultades a enfrentar en el proceso de establecer y medir efectos causales, pensemos en un problema concreto: ¿qué impacto sobre el bienestar provoca el estudio? Esta es una pregunta amplia y quizás un poco obvia para mucha gente (estudiar siempre es bueno), pero intentemos focalizar en un punto concreto: ¿qué impacto tiene estudiar sobre los salarios de las personas?

Comencemos por algo extremo, a fin de medir el efecto de la educación sobre los salarios. Volvamos a la época en la que terminamos el secundario. Anotémonos en la carrera de Derecho, aprobemos todas las materias, comprémonos un traje y veamos cómo nos va. Luego, hacia el fin de nuestros días, metámonos en la máquina del tiempo y programemos volver a cuando empezamos Derecho, pero decidamos quedarnos solo con el secundario. Cual Gran Hermano, repitamos nuestra vida pero sin ser abogados (¡menos mal!, diría alguno), e intentemos llevar una existencia lo más parecida posible a la otra, de modo que la principal diferencia entre ambas vidas sea que en una somos abogados y en la otra no.

Sí. Con esta idea juega la película Volver al futuro, pero ya mucho antes habían experimentado con ella Jorge Luis Borges y algunos otros autores. En su célebre cuento “El jardín de los senderos que se bifurcan”, el notable escritor argentino plantea un laberinto en donde convive una infinita “trama de tiempos que se aproximan, se bifurcan, se cortan o que secularmente se ignoran” y que “abarca todas la posibilidades”. De los cientos de veces que he leído este cuento, la lectura de la frase “El tiempo se bifurca perpetuamente hacia innumerables futuros. En uno de ellos soy su enemigo” jamás deja de ponerme la piel de gallina.

En este mundo borgeano, el experimento planteado más arriba es factible, ya que conviven, disparatadamente, todas las personas que fuimos y las que pudimos ser. En términos de alguna jerga moderna, coexistimos con nuestros contrafácticos. Estamos yo y también el que no escribe este libro, el que no es de Boca, y el que decidió estudiar Matemática en vez de Economía. ¡Qué Navidad pasaríamos juntos! Justamente esta convivencia con nuestros contrafácticos es la gracia de la película Volver al futuro.

Entonces, se trata de recorrer el laberinto borgeano y de buscar a una persona que decidió estudiar abogacía, y luego buscar a la misma persona que no lo hizo y que enfrentó circunstancias idénticas, salvo el hecho de estudiar abogacía. La comparación entre ambos senderos (aquel en el que ese alguien es abogado y el otro en el que es el mismo salvo que no es abogado) debería proporcionarnos información útil acerca del efecto de terminar la carrera de abogacía.

Caben aquí varias objeciones. En particular, no es claro que el mundo siga invariante ante el hecho de que uno estudie abogacía o no. Es decir, el que no estudió abogacía encontrará un mundo distinto del que lo hizo, porque este se habrá modificado con sus estudios.

Ciertamente, el universo borgeano es útil no solo para hacer películas taquilleras, sino también como experimento mental. ¿Y qué nos queda entonces para implementar estas ideas en la práctica? Esta noción de contrafácticos y universos borgeanos, aun cuando es inimplementable en su forma más pura, nos sugiere cómo razonar en la práctica. Si bien es imposible pensar en encontrar a una persona a quien le haya sido y no le haya sido administrada una droga al mismo tiempo, quizás sí lo sea aproximarse al problema de medir el efecto de esta droga si pudiésemos encontrar a otra persona a quien no le haya sido asignada la droga que desde un punto de vista práctico pueda ser considerada como si fuese la misma persona. Es decir, estamos intentando aproximar los contrafácticos.

Seguramente existen importantes diferencias entre mi amigo Claudio y yo, empezando porque él mide un metro ochenta y yo no supero el metro sesenta y cinco. El punto central no es si existen diferencias o no (siempre existen), sino si a los efectos de la comparación relevante estas diferencias importan. Obviamente, no podría enviar a Claudio a probarse el traje que todos los años digo que me voy a comprar (hace veintidós años que logro evitarlo, no a mi amigo Claudio, sino comprarme un traje) pero quizás, a los efectos de probar la eficacia de un remedio, Claudio y yo seamos prácticamente la misma persona.

La esencia de la experimentación científica consiste en recrear estos universos borgeanos, en donde, por ejemplo, conviven dos ratones de laboratorio (Alberto y Roccatagliata), a uno de los cuales, luego de un sorteo, se le dio una droga y al otro no, en condiciones de perfecto control, de modo que lo único que prácticamente los distingue es la medicina recibida. Quizá por esas razones del corazón que la razón no entiende uno se encariñe con Albertito (un pan de Dios). Pero desde la perspectiva experimental, Alberto es Roccatagliata: su contrafactual práctico.

¿Qué es (y qué no es) la estadística?
Cómo se construyen las predicciones y los datos que más influyen en nuestras vidas (en medio de la revolución de big data)
Publicada por: siglo veintiuno
Fecha de publicación: 03/01/2022
Edición: primera edición
ISBN: 978-987-801-134-9
Disponible en: Libro de bolsillo

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