lunes 23 de mayo de 2022
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Adelanto de «Una historia diferente del mundo», de Fernando Trías de Bes

¿Sabía que el trueque apareció para evitar las sangrientas venganzas de los saqueos entre tribus y que las primeras monedas surgieron por falta de memoria? ¿Sabía que la propiedad privada la inventaron los monarcas corruptos para recaudar más o que las sociedades anónimas se crearon para ocultar la identidad de los nobles agraciados por los reyes? ¿Qué conducta hizo que el pan no cambiara de precio en tres siglos? ¿Por qué un falsificador es el ladrón más justo de todos o por qué, gracias a la productividad industrial, ya no hay apenas dictaduras? ¿Sabía que debemos los seguros a las personas insolidarias, o que el nuevo capitalismo es un capitalismo de emociones?

Normalmente ahondamos en la historia a través de los sucesos, los acontecimientos, las guerras, los descubrimientos… Pero cada invento social ha sido resultado de nuestros impulsos, instintos y emociones: desde el miedo hasta el perdón, pasando por la ambición, la envidia, la insatisfacción, el sometimiento, la corrupción, la vulnerabilidad, la especulación, la compasión, el afán de poder, el deseo de justicia, el sufrimiento, el disfrute… Estos y tantos otros instintos y emociones explican cómo nos organizamos, cómo trabajamos y cómo se han forjado nuestras aspiraciones, derechos y libertades actuales.

En esta Historia diferente del mundo, Fernando Trías de Bes revisa la evolución de las civilizaciones a través de los comportamientos que las condicionan y determinan el devenir de la humanidad. El resultado, una lectura sorprendente, entretenida y rompedora, que descubre las arquitecturas psicológicas y descarnadamente humanas que sostienen nuestro sistema social.

A continuación, un fragmento, a modo de adelanto:

GORBACHOV DISCUTE CON ARISTÓTELES
El afán de superación acaba con Marx

2 de diciembre de 1990.

El último de los diputados parlamentarios rusos emite su voto, en breve va a empezar el recuento. Los políticos llevan cuatro días de encarnizadas discusiones y subidas de tono. Hay muchos nervios.

Gorbachov, presidente de la Unión Soviética, ha agotado sus reformas, pero aun así discute acaloradamente con el presidente de la Federación Rusa, Boris Yeltsin:

—Estoy en contra de la propiedad privada. Esto no es algo aceptable para nosotros.

—Rusia necesita avanzar —replica Yeltsin—. Los diferentes tipos de propiedad tendrán que luchar entre sí para afirmar su existencia bajo el amparo de la ley. El Sóviet Supremo debe aprobar una ley especial de privatización de la tierra.

Gorbachov frunce el ceño. La tensión entre los políticos casi puede palparse.

¿Por qué?

No es para menos. La gran Rusia lleva desde 1917, año de la Revolución rusa, sin reconocer el derecho a la propiedad privada de las tierras. Desde entonces, las tierras no pertenecen a nadie, sino que pertenecen a todos los rusos, al pueblo. Las tierras no tienen propietario porque son indivisibles y, a lo sumo, se asigna el derecho de su explotación, pero no su titularidad: «La tierra, para los campesinos».

Así es. El Decreto sobre la Tierra promulgado en noviembre de 1917, setenta y tres años antes de aquella discusión entre líderes rusos, estableció que la tierra era propiedad del pueblo. Es la lógica comunista y estalinista: los medios de producción y las tierras pertenecen al Estado, al Partido.

Los comunistas consideran este asunto una cuestión moral: la propiedad privada de los medios de producción conduce a la explotación del hombre por el hombre. La propiedad de fábricas y tierras convierte en privadas las plusvalías, y la multiplicación del capital en manos de unos pocos deviene en la explotación obrera, cuyo sometimiento los aboca a la miseria. Por el contrario, si se colectivizan los medios de producción, el Estado y el Partido garantizan la justicia social, la equidad y la igualdad de riqueza. A cada uno según sus necesidades y cada uno según sus posibilidades.

Esa es la teoría marxista.

Pero, por algún motivo, siete décadas después, esto está bajo duda. Algo no ha funcionado bien.

Año 360 a. C.

Dos griegos discuten en los mismos términos. No importa que sea dos mil trescientos cincuenta años antes: el debate es exactamente el mismo. Sin embargo, quienes debaten son… Platón y Aristóteles.

—La propiedad privada es una fuente de problemas —afirma Platón—. ¿Acaso no te das cuenta de que en aquellas regiones y lugares donde las personas quieren poseer elementos naturales como la tierra hay guerras, sangre y dolor?

—Confundes la ausencia de leyes con la conveniencia de las cosas en base a la naturaleza humana —responde Aristóteles—. Una cosa es que las personas disputen y otra distinta que sea más conveniente que cada elemento, cada bien, cada palmo de tierra, cada buey, cada asno y cada cosecha tenga un único responsable. Si nadie es responsable de algo, ese algo se pudre, se pervierte, se deja de lado. Y se deteriora.

—¿Crees en la justicia, buen Aristóteles?

—Creo en la justicia, maestro, pero también creo en que en el ser humano cohabitan dos fuerzas antagónicas: la de la superación y la de la comodidad. Tendemos a lo cómodo y, al mismo tiempo, procuramos el esfuerzo. En muchas personas gana la segunda fuerza. Pero en muchas otras o en determinadas situaciones, gana la primera: la comodidad. «Otro lo hará», así pensamos todos alguna vez. Ahora bien, si solo uno es responsable de algo, entonces la fuerza de la superación y el sentido de la obligación vence al impulso de la comodidad. Incluso el mayor de los holgazanes se ve obligado a trabajar.

—Nadie puede determinar en función de qué criterios una tierra ha de pertenecer a uno y no a otro. ¿Cómo pueden los humanos adjudicar lo que la Naturaleza ha puesto a disposición de todos? Puede que sea más productivo asignar propiedad a las cosas y las tierras, pero va contra la Naturaleza. Y al no haber una vara de medir, al no poder encontrar una forma de repartir la tierra que sea justa, sino arbitraria, el conflicto y la guerra están servidos —afirma Platón.

—Va contra la Naturaleza. Pero no contra la naturaleza del hombre, maestro, no contra la esencia del ser humano. Y es más importante que la Naturaleza se adapte al Hombre porque el destino del ser humano es dominar el mundo.

Como vemos, la discusión podía haber sido entre Gorbachov y Aristóteles. Solo el tiempo los separa.

¿Cómo es posible que, tras dos mil años, el ser humano no haya llegado a una conclusión? ¿Es la propiedad privada conveniente para la sociedad, o es una fuente de odio y conflictos, como argumenta Marx?

La mejor forma de responder es a través de los hechos, los datos, las frías cifras.

En el momento en que escribo estas líneas, año 2021, apenas quedan cinco regímenes comunistas en el mundo: Venezuela, Cuba, Vietnam, Laos y Corea del Norte. Y conviene aclarar que, de los cinco, en Cuba lleva un tiempo en marcha la apertura a ciertos mecanismos de mercado.

En Corea del Norte, por su parte, no existe el derecho a la propiedad privada. Bueno, corrijo: todas las tierras pertenecen a una sola familia. La de Kim Jong-un.

Platón tenía razón: desde que todo pertenece a los Kim, en Corea no hay peleas ni discusiones. Si no te parece bien y te rebelas, te condenan a muerte o a trabajos forzados de por vida. Fin de la discusión. Paz absoluta.

Ahora bien, Corea del Norte tiene una riqueza por habitante que la sitúa en el número 209 del mundo (para un total de 223 países), mientras que su vecina Corea del Sur, en la misma latitud y con los mismos recursos naturales, paradigma del liberalismo, ocupa el número 45 del mundo en dicho ranking. 5 El hecho irrefutable es que los ciudadanos de Corea del Sur son veinte veces más ricos que sus vecinos comunistas.

A pesar de lo demoledor de las cifras, quienes abogan por la supresión de la propiedad privada podrían decir que, si todo pertenece a todos, entonces todos tenemos lo mismo y la distribución de la riqueza es homogénea, no hay ganadores ni perdedores. Pero la cuestión no es únicamente si todos somos iguales, sino cuánta riqueza (o más bien cuánta pobreza) nos repartimos.

La historia demuestra que los sistemas comunistas son más justos en cuanto a distribución de la renta, pero también demuestra que lo único que se repartirán a la postre es la miseria. Todos los trabajadores seremos iguales, pero igual de pobres.

Al abordar los motivos, entra en juego una de las pocas características universales de los seres humanos: que siempre respondemos a los incentivos.

Uno de los principales hallazgos de la psicología social y posiblemente el primer instrumento de movilización de las masas es la llamada «expectativa».

Sin ánimo de faltar, la expectativa es al hombre lo que la zanahoria al burro: algo que interesa obtener, un beneficio futuro, una próxima comodidad, una situación ventajosa, una posibilidad de medrar, una riqueza al alcance de la mano. Algo que morder para sentirnos más ricos, poderosos, saciados o felices. La expectativa es, de hecho, la columna vertebral del incentivo.

Pues bien, ¿qué expectativa tiene un trabajador ruso?

Ninguna, porque al no tener derecho a la propiedad privada de los medios de producción no puede acceder a la titularidad que de sus beneficios se deriva. De esto se dieron cuenta en la República Popular China: cuando hace varias décadas constataron que iban a perder posiciones en el liderazgo mundial, en lugar de privatizar lo comunal, como los rusos, decidieron que los medios de producción seguirían perteneciendo al Estado, pero que los beneficios empresariales y de los negocios podrían ser de quienes los explotasen.

Y, en efecto, China explotó.

Es y será potencia mundial sin necesidad de propiedad privada completa, pero sí de zanahorias. Así que lo importante no es solo la propiedad privada, sino la zanahoria que emana de una propiedad convenientemente explotada.

Esto es lo que advirtió Aristóteles. La propiedad colectiva es un desincentivo al esfuerzo y al interés por medrar y prosperar. Y fomenta el abandono y la dejadez, entre otras cosas porque no hay expectativa. Y porque se produce otro tipo de desigualdad que es tanto o más importante que la igualdad de la tenencia: la desigualdad en el premio por el esfuerzo realizado y por el rendimiento que extraemos de lo que nos pertenece.

Todo esto lo sabía el Parlamento ruso aquel 2 de diciembre de 1990. La economía soviética retrocedía y retrocedía. Antaño habían tratado de buscar soluciones a base de reformas y más reformas, pero las reformas no servían porque la ausencia de propiedad privada inhibe sistemáticamente el interés individual. El incentivo privado solo será posible si la propiedad de las tierras es legal. Toda política soviética era estéril porque la raíz del problema persistía: inexistencia de expectativas derivada de la falta de incentivos. No se estaba respetando algo intrínsecamente humano.

Aquel día de diciembre, los funcionarios rusos encargados del recuento regresaron tras un receso a la sala principal del Parlamento y el secretario se acercó al micrófono, mientras 993 diputados aguardaban en sus sillas.

El momento era histórico.

Setenta y tres años después, podía revocarse la decisión de que ninguna tierra pueda tener propietario e incluir ese nuevo derecho en la Constitución. Si la votación surgía favorable, estaríamos ante el reconocimiento de un error ideológico sin parangón en la historia. Equivaldría a decir: «Nos equivocamos, las tierras deben tener propietarios privados porque solo así podremos ver cómo crece de nuevo nuestra productividad agraria».

No se dirá explícitamente, pero eso es lo que se desprenderá. Reconocer el derecho a la propiedad privada de la tierra significa reemprender el camino hacia la privatización de los medios de producción y, por ende, también la privatización de las plusvalías. Marx puede morir en aquella votación, en aquel recuento, y todos lo saben. No se debate una ley, sino el reconocimiento de un error histórico.

El secretario ruso toma la palabra y desdobla el papel con la firma del resto de funcionarios que habían levantado acta del recuento. Alza la vista y lee con voz firme:

—El Parlamento ruso, por 863 votos a favor, 90 en contra y 40 abstenciones, aprueba la disposición para impulsar y fomentar el resurgimiento del campo ruso y el desarrollo del complejo agroindustrial.

Los eufemismos son el deporte favorito de los Estados totalitarios, pero la alambicada retórica del secretario tiene una traducción muy sencilla: Marx había muerto, y por aplastante mayoría. El punto cuarto del texto aprobado contenía la expresión «propiedad privada» de la tierra, la cual, a partir de ese instante, quedaría protegida por la ley sin ninguno de los atajos semánticos que habitualmente se venían empleando para no llegar a reconocer sin tapujos la dolorosa verdad. La disposición aprobada aquel día contemplaba el pluralismo e igualdad en las diferentes formas de propiedad de la tierra. Esta podría ser estatal, cooperativa, colectiva y, desde entonces, también privada.

De eso hace ya tres décadas y hoy día quedan muy pocos lugares en el mundo donde la propiedad privada no es posible.

Una historia diferente del mundo
Cómo las emociones y los instintos determinan el funcionamiento y el devenir de la humanidad
Publicada por: Espasa
Fecha de publicación: 09/08/2021
Edición: primera edicion
ISBN: 978-84-670-6310-3
Disponible en: Libro de bolsillo

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