sábado 1 de octubre de 2022
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Adelanto de «La pasión y la excepción», de Beatriz Sarlo

Tres hechos únicos de la historia argentina -Eva Perón, el secuestro y la muerte del general Eugenio Aramburu, la obra de Jorge Luis Borges- son las materias de este libro notable. ¿Por qué son únicos, es decir, sucesos de excepción, y cuál es la pasión de que se alimenta cada uno de ellos? La pasión y la excepción son los temas que interroga Beatriz Sarlo al interrogarse sobre esos hechos, y nos vuelve a dar una nueva prueba de la fuerza de su imaginación crítica. En efecto, cuando parecía que todo se había dicho ya sobre Evita, el personaje histórico y el mito, Sarlo halla la manera de ofrecer otra interpretación de su excepcionalidad, de lo que la hizo diferente. La autora describe y analiza, también de modo único, las figuras, los peinados, la gestación el cuerpo público de quien ha sido emblema del Estado de bienestar justicialista y heroína del peronismo. Reclamar la devolución del cadáver de Eva Perón, sustraído y ocultado por las autoridades de la Revolución Libertadora, fue uno de las motivos invocados por el grupo que secuestró al general Aramburu en 1970. El asesinato del militar, ritualizado como un ajusticiamiento, introdujo a los Montoneros en la historia de la causa peronista e inició un ciclo diferente en la historia de la violencia política en la Argentina. Poniendo bajo el foco este episodio, Sarlo vuelve sobre las noticias y el estupor de esos días, sobre las relaciones entre Perón y los Montoneros, sobre el filón católico de la cultura radical de los setenta. Borges, cuyas ficciones entran y salen a lo largo de estas exploraciones, es la estación y cifra final de un recorrido que a menudo se bifurca o sugiere derivas (lecturas, reflexiones, excursus).

A continuación, un fragmento a modo de adelanto:

Los dos cuerpos de Eva

Mientras la traté siempre tuve una extraña sensación frente a ella. Sentía que había dos Eva Perón: la muchacha dulce y buena a quien le dibujaba sus trajes, a quien le probaba, con quien bromeaba; y otra, totalmente diferente. Siempre he pensado que esa segunda Eva Perón estaba habitada por otro espíritu. Más de una vez he pensado que el espíritu de alguien se apoderaba de su cuerpo… Yo siempre he creído que hay fuerzas del más allá muy importantes que se encarnan a veces en los seres humanos. Ahora está de moda creer en los demonios, en los exorcismos, en los espíritus y en mil cosas más. En eso he pensado toda mi vida, sobre todo cuando veía la muchacha dulce transformarse en esa segunda Eva Perón. Me parecía que cuando hablaba a las multitudes, cuando las dominaba, era porque estaba poseída por alguien, porque en ella se encarnaba el espíritu de algún político de muchos siglos atrás.

Jaumandreu vio dos Eva, un cuerpo geminado. Percibió algo central en la naturaleza del poder peronista, y trató de explicárselo por su costado más fantasioso: Eva sería una posesa, un estadio en la reencarnación de algún político. Eva misma se explicó en términos de posesión por la doctrina y las enseñanzas de un hombre. Esas dos Eva tienen, sin embargo, otras resonancias simbólicas.

E. H. Kantorowicz llamó “ficción mística” a la geminación del cuerpo del monarca. El rey tiene un cuerpo político y un cuerpo natural: “El cuerpo político no solamente es ‘más amplio y extenso’ que el cuerpo natural, sino que en él residen fuerzas realmente misteriosas que actúan sobre el cuerpo natural mitigando, e incluso eliminando, todas las imperfecciones de la frágil naturaleza humana”.68 Esos dos cuerpos, de naturaleza diferente, hacen una sola persona, en la que siempre prevalece el cuerpo político. Según Kantorowicz, la ficción de los dos cuerpos del rey “daba lugar a interpretaciones y definiciones que necesariamente tendían a configurarse a imagen de las relativas a las dos naturalezas del Dios-hombre”.

Por su cuerpo político, el rey no puede ser considerado menor ni inhabilitado, aunque lo sea materialmente. Por su cuerpo político, el rey siempre está en pleno dominio de todas las facultades de su realeza, aunque su cuerpo físico soporte enfermedades, disminución de capacidades o minoridad. El cuerpo político del rey coloca a su persona por encima de las contingencias que afectan su cuerpo material. El régimen de la monarquía se apoya no simplemente en el cuerpo material del rey, sino fundamentalmente en su cuerpo político, que asegura la continuidad porque, a diferencia del cuerpo físico, es imperecedero.

El cuerpo de Eva se inscribe en esta línea simbólica. El régimen peronista era escasamente republicano, más plebiscitario que democrático, de bajo tenor en sus instituciones políticas representativas y sostenido en cambio por algunas corporaciones y un vasto movimiento social, intensamente personalista, cortesano en la aquiescencia y el halago a su líder, a quien se le adjudicaba cualidades literalmente provindenciales, fanático en la devoción y el culto de su esposa, y en la experiencia que tanto partidarios como opositores tenían de la forma en que se ejercía la autoridad concentrada en la cima.

En la original escena política de este régimen, Eva ocupaba el segundo lugar. Pero su lugar segundo tenía algunas particularidades que lo volvían único. El lugar de Eva incluía todos los que no podía ocupar Perón. Ella lo expuso de ese modo en La razón de mi vida: intercesora, representante, puente, intérprete y escudo de Perón. Todas estas funciones remiten, claro está, a una figura milenaria: la de la Virgen. Perón encontró en Eva, no solo una colaboradora sino alguien que, junto con él, integraba en la cúspide del poder una sociedad política de dos cabezas, hegemonizada por el hombre, en la cual la mujer tenía fueros especiales colocados por encima de las instituciones republicanas. Las imágenes de esta sociedad bipolar son un mecanismo tropológico de la hegemonía cultural implantada por el peronismo.

Eva abanderada de los humildes, Evita capitana, Eva la representante de Perón ante el pueblo (la jaculatoria fue expansiva y tan exaltada como las de Nuestra Señora) ocupa un lugar político no republicano. En su cuerpo se condensan las virtudes del régimen peronista y se personaliza su legalidad. Su cuerpo es aurático, en el sentido que tiene esta palabra en los escritos de Walter Benjamin. Produce autenticidad por su sola presencia; quienes pueden verlo sienten que su relación con el peronismo está completamente encarnada y es única.

Claude Lefort, leyendo a Kantorowicz, indicó que los regímenes democráticos son aquellos en que el poder no está consustanciado indisolublemente con el cuerpo de una persona. La democracia instituye un lugar vacío. El régimen peronista llenó culturalmente ese vacío de la democracia con una doble personalización del poder y bajo la dirección de Perón, que era el primer término de esa personalización doble, Eva fue el instrumento adecuado. Como en una monarquía, “la nación –digamos: el reino– se veía figurada como un cuerpo, como una totalidad orgánica, como una unidad sustancial. […] En otros términos, el poder, en tanto era encarnado, en tanto estaba incorporado en la persona del príncipe, daba cuerpo a la sociedad”. El cuerpo de Eva da cuerpo a la sociedad de los peronistas (y también a esa otra sociedad, la de los opositores, que la odiaban hasta la muerte). Antes que una ideología, antes que un sistema de ideas, el peronismo fue una identificación.

Millones de argentinos se reconocieron en ella, porque la vieron actuar y sintieron los efectos, reales y simbólicos, de sus actos. Fue una mujer frágil que, a partir de los años cincuenta, comenzó a mostrar los signos de la enfermedad. Pero fue, al mismo tiempo, la garantía del régimen, su representación y su fuerza. Su cuerpo material es indisoluble de su cuerpo político. Sobre la forma bella de ese cuerpo descansa una dimensión cultural del régimen peronista y su principio geminado de identificación: Perón y Evita.

El cuerpo de Eva es portador de dos aspectos indispensables al régimen. De allí la importancia de su cuerpo real como forma visible de su cuerpo político. A diferencia del rey, cuyo cuerpo material es amparado por su cuerpo político y, por consiguiente, es indisoluble pero también puede sufrir todos los padecimientos de la edad y de la enfermedad, el cuerpo material de Eva es un refuerzo, un potencial al servicio de su cuerpo político. En realidad, casi podría decirse que ese cuerpo geminado ha invertido sus funciones: el cuerpo material de Eva produce su cuerpo político.

El estilo de Eva no fue una cualidad agregada sino un dato central de su personalidad política, a la que funda en valores insólitos y excepcionales. Le daba cuerpo a un nuevo tipo de estado, lo que podría llamarse un “estado de bienestar a la criolla”; y consolidaba un ritual absolutamente necesario a ese estado que tenía el impulso fundacional y la debilidad institucional de todo régimen nuevo.

El peronismo no basaba su poder en las instituciones tradicionales de la república liberal a las que les quitó tanto poder político como relevancia simbólica, sino en los sindicatos y en un dispositivo cultural y propagandístico de una magnitud desconocida en Argentina.70 El “estado de bienestar a la criolla” tenía uno de sus pilares en la institución dirigida por la mujer del presidente: la Fundación Eva Perón, que reemplazó a todas las sociedades de caridad y, sobre todo, a la oligárquica Sociedad de Beneficencia. Formalmente era una institución pública independiente del gobierno; en los hechos era una rama del estado, financiada con sus recursos o por los obtenidos mediante presiones (incluso chantajes) sobre los empresarios, sobre todo si pertenecían a las filas de la oposición.

A la Fundación llegaban miles de cartas por día. Muchas fotos muestran a Eva, en su traje sastre de trabajo o en sencillos vestidos de verano, leyéndolas. Los pedidos venían de los lugares más remotos y eran contestados de acuerdo con un patrón de reparto que incluía máquinas de coser, colchones, dentaduras postizas, anteojos, pelotas de fútbol, pensiones a los ancianos, chapas y ladrillos, bicicletas. Muchas veces, Evita acompañaba la entrega de estos objetos, radiante en el medio del barro, junto a viejecitas agradecidas y chicos que se fotografiaban con ella como si fuera una estrella de cine, una hermana de caridad, un hada. La presencia de Eva era el plus estético de la entrega, que además quedaba adherida a quien repartía esos bienes, y reforzada por las fotos que los acompañaban como recordatorio y estampa.

Evita personalizaba el don, que no era humillante, precisamente porque siempre había un exceso, un gasto superfluo y no solo la seca respuesta a una necesidad. Los antiperonistas criticaron acerbamente este carácter personalísimo del reparto de bienes financiados por el estado; pensaron además que se trataba de un potlatch poco planificado. Eva les respondía con un clisé que se convirtió en consigna: sus pobres, sus “grasitas”, lo merecían todo. Una respuesta desafiante de agitadora. Ella, en sus visitas y viajes por el país, también era un desafío porque su cuerpo era la rúbrica del estado providencial criollo.

Eva Perón fue fundamental en la ritualización política del peronismo y en el reparto de bienes y servicios a los pobres, que utilizados al unísono produjeron una identidad fuerte. Era el anclaje material de estas dos dimensiones, social y cultural, de la política peronista. Por eso, el cuerpo presente de Eva fue tratado y revestido con el estudioso cuidado que el caso exigía. Sobre todo, debía aprovecharse ese suplemento incalculable representado por el estilo, que se convierte en belleza, y la juventud.

Los almanaques de gran formato publicados por la Fundación Eva Perón con doce fotos de Eva, en colores, y los libros de homenaje que compilan material gráfico después de su muerte,71 muestran a Eva como pivote cultural y afectivo del régimen. La profusión iconográfica fue considerada excesiva por los opositores que, sin embargo, le daban la importancia que tenía como basamento de un culto a la personalidad que reunía en su cuerpo los atributos con que el peronismo quería presentarse ante las masas. Las imágenes de Eva abrazando, tocando, acariciando, estrechando manos, certifican (y siguieron certificando después de su muerte) su cualidad de puente, de médium, entre el régimen y su pueblo. Las imágenes que la muestran en el trabajo o en la tribuna (imágenes de “traje sastre”, aunque no todas lo sean) la presentan como el lugar donde se ancla materialmente el estado de bienestar y la política peronista.

Las imágenes en grande tenue, las de las capas de raso diseñadas por Dior, o el ajustado vestido negro que recibe de Fath, son las del boato y la ceremonia de estado (aunque, estado plebeyo al fin, tengan un aire de figurín o una exageración cinematográfica). Las joyas de Eva se exhiben sin vueltas: el almanaque de 1953 muestra una abundancia, bien visible en los primeros planos: la tapa es la foto oficial más conocida, con el collar de rubíes y brillantes; al mes de enero corresponde una Eva con mantilla negra y gran pulsera, anillos y aros; en febrero, los aros de oro destellan junto a la aigrette gris de plumas; en abril, se la ve con aros y collar de esmeraldas y oro; en junio, con aros de perlas y collar de amatistas y perlas; en agosto, con collar de rubíes y diamantes; en septiembre, con un gran anillo cuadrado. Probablemente nadie buscó este efecto fabuloso, pero las fotos están allí mostrando la abundancia real de los atuendos ceremoniales de un estado de abundancia. El doble cuerpo de Eva se cubría con las materias adecuadas a su potencial simbólico.

la recepción de la gracia

Como en un sueño premonitorio, antes que ningún otro, Jaumandreu vio los dos cuerpos de Eva. En realidad, vio también dos aspectos de ese cuerpo que no habían terminado de soldarse: una mujer con cualidades especiales y un guardarropa inapropiado. La imagen de Eva no estaba terminada; el cuerpo de la muchacha de poco más de 20 años, que lo recibió en su casa para encargarle ropa, tenía algo de inacabado. A falta de un adjetivo mejor, Jaumandreu escribe “desteñida”. Las cualidades que todos señalan, la delgadez de las piernas, la luminosidad de la piel, pertenecen al orden de lo frágil. Sin embargo, sobre ellas se armó la imagen de una mujer de hierro. La belleza de Eva es translúcida, está toda en la piel. Sin embargo, ella fue completamente sólida, indestructible, como cuerpo político. Para explicar una percepción llena de contradicciones, Jaumandreu recurre a lo que tiene más a mano, la ocupación del cuerpo de Eva por un espíritu ajeno, masculino.

Eva Perón da otra explicación en La razón de mi vida: “No se extrañe pues quien buscando en estas páginas mi retrato encuentre más bien la figura de Perón. Es que –lo reconozco– yo he dejado de existir en mí misma y es él quien vive en mi alma, dueño de todas mis palabras y de mis sentimientos, señor absoluto de mi corazón y de mi vida”. Eva dice lo mismo que su modisto, pero en su caso no se trata de una hipótesis, sino de una declaración sobre su propia identidad. Ella es ella, pero habitada por Otro. Una Idea, recibida como una Gracia que cae sobre tierra fértil, convierte a su cuerpo en cuerpo público, en cuerpo de la política.

El régimen peronista necesitaba del cuerpo material de Eva Perón. Esa necesidad cumple su designio capturando un cuerpo por una Idea, que a su vez está alojada en otro cuerpo, el de su marido y su jefe. La unión política de Eva con la Idea peronista, que representa Perón, se frasea en La razón de mi vida con una tonalidad religiosa. En la ficción del doble cuerpo del rey, Kantorowicz establece una línea de interpretación religiosa que se interseca con la política. En efecto, el cuerpo místico de Cristo y su cuerpo de hombre forman una unidad cuyos componentes son inseparables; a lo largo de las variaciones de la teología católica, esta unidad fue reforzada como principio dogmático. El doble cuerpo del rey alimentaba su potencialidad explicativa y alegórica en otro cuerpo doble, el de Cristo, Dios-hombre.

El cuerpo del rey

Eva Perón, en La razón de mi vida, relata su encuentro con Perón como una conversión y el establecimiento de un voto definitivo. Ese día, en que su “vida coincidió con la vida de Perón”, señaló el comienzo de su “verdadera vida”. Se produjo una transferencia instantánea de identidad: “En aquel momento sentí que su grito y su camino eran mi propio grito y mi propio camino”. Eva había recibido la Gracia, una iluminación que le permitiría ser y actuar más allá de sus capacidades. La situación y los protagonistas eran excepcionales independientemente de sus voluntades.

Ocupado el cuerpo de Eva por la Gracia (por la Idea política), de todas formas algo había en ella de especial que le permitía reconocer el don que había recibido: “No, no fue el azar la causa de todo esto que soy, en mi país y para mi pueblo. Creo firmemente que he sido forjada para el trabajo que realizo y la vida que llevo”. Lo que ella había llevado a la política era una excepcionalidad que no había sido reconocida en su vida anterior, cuando sus deseos estaban fijados en alcanzar el triunfo mundano de la actuación.

un aire de reina

Cuando conoció a Perón, Eva no estaba entre las más hermosas de las actrices argentinas; tampoco entre las mejores; ni entre las más famosas. Sin embargo, algo sucedió en pocos meses. Las fotografías de Evita Duarte, pocos años antes de convertirse en política, muestran una imagen convencional, excepto por algunos rasgos que le permitirían luego acentuar el look moderno y decidido de su persona pública: las largas piernas y brazos, los pechos pequeños. En ese momento, los miembros largos, que no eran considerados un rasgo indispensable de perfección física como lo son en la actualidad, le daban a Eva un aire distinguido, incluso cuando vestía las ropas más extravagantes. ¿Se puede hablar de un “aire de reina”?

Algunas anécdotas indican el efecto de una insólita superposición de imágenes: “Durante su viaje a Europa, en 1947, monseñor Roncalli, el Nuncio italiano que habría de  convertirse  en  el  papa Juan XXIII, exclamó al verla entrar a la catedral de Notre Dame: È tornata l’Imperatrice Eugenia!”. La verdad de la anécdota importa menos que su transmisión y supervivencia en la mitología evitista: Evita reina.

En ese viaje a Europa, donde Eva visitó el Vaticano, Francia y, por supuesto, el país amigo de la Argentina, la España franquista, la pompa real de la señora y su séquito sorprendió a todo el mundo. En las fotografías, sus trajes, sombreros, mantillas sujetas con flores enormes, capas y capuchas de raso, parecen grandiosamente inadecuados: en el medio del verano español, lleva una pesada carga de pieles; el escote de su vestido, en el banquete que le ofrecen Franco y su esposa, es demasiado pronunciado (escandaloso como lo fueron algunos de los de la princesa Diana); las joyas son verdaderamente descomunales. Eva está radiante, más diva de cine que enviada oficial. Su entrada al Vaticano, vestida de negro de la cabeza a los pies como lo indica el protocolo a quien va a ser recibido por el Papa, parece una puesta en escena. Las fotos evocan más una película que una visita verdaderamente realizada. En Notre Dame, la iluminación expresionista que algún fotógrafo tuvo la fortuna de lograr, convierte al documento gráfico en imagen de un film mundano, donde todo el interés de la toma es absorbido por el efecto magnífico con que la gran ala del sombrero divide en dos el rostro de Eva. Sentada a la mesa de un banquete en Italia, un gracioso sombrero de paja blanca, sin ala, que se eleva treinta centímetros conti nuando la línea perfecta de la frente, subraya por su originalidad y audacia la semisonrisa divertida de la modelo. Los condes, ministros y generales que la agasajan, tocados por la radiación juvenil de Eva, parecen salidos de una comedia de enredos; todas las mujeres, nobles o aristocráticas, que tienen el infortunio de compartir un plano con ella, parecen las azafatas de una reina cuyo reinado tiene la nobleza de la moda, la juventud y la belleza.

El lujo desaforado de los trajes de esta primera dama de una república sudamericana desafía a una especie de juego de estilo diferencial: siempre está distinta de las diversas mujeres europeas (aristocráticas, nobles o de la alta burguesía) con las que aparece en las fotografías. Sus vestidos de reina son extravagantes y sus joyas demasiado evidentes.

Con estos vestidos y con estas joyas, Eva Perón hace un movimiento que la pone en un más allá del “buen gusto”. Las normas del “buen gusto” integran en una serie a quien las acata; el “buen gusto” es social y debe someterse, por sus elementos comunes, a una aceptación colectiva aunque no universal sino regulada por los árbitros sociales y de la moda. El “buen gusto” admite la diferenciación en la medida en que esa diferencia no separe por completo al objeto (vestido, mueble, adorno) de la serie a la cual pertenece.

Los trajes reales no son de “buen gusto” porque son excepcionales y revisten cuerpos excepcionales. Son los atuendos de un ser que encarna la representación ideal de una nación; no se trata meramente de la mujer de un presidente (que, en esos años y aún hoy, no viajan solas en misiones oficiales); Eva está representando un nuevo régimen político. Es el cuerpo del estado justicialista. La extravagancia de los vestidos solo puede ser admitida cuando quien los lleva tiene la juventud y la belleza mitigada, no provocativa, de Eva. Por eso, en ese viaje, más que nunca, sus cualidades excepcionales son indispensables a la política.

Como el cuerpo de Eva es joven, ha potenciado sus cualidades hasta volverse bello y, sobre todo, porque no tiene marcas exageradas de sensualidad, puede ser el soporte (el maniquí) sobre el cual se edifique otro cuerpo. El atuendo de la primera dama no está sometido a las reglas del buen gusto sino de la magnificencia. Eva, como alguien que viene de afuera, del exterior de la buena sociedad, no podría nunca cumplirlas del todo y siempre sería examinada con escepticismo condescendiente o con el fastidio que les produce a los ricos la pretensión de los advenedizos. Sus trajes de ceremonia pueden ser excesivos porque su lugar no tiene medida, ni se compara con ningún otro lugar institucional. El exceso queda adherido a un cuerpo donde se ha investido el poder.

Como su cuerpo visible, los vestidos de Eva Perón son cuestión de estado. Eva debe parecer una princesa plebeya: un oxímoron, figura de lo doble contradictorio, que funcionó de modo perfectamente adecuado al régimen personalizado del peronismo. Como su doble cuerpo, material y político, no obtenía su carácter de la legitimidad divina de un régimen monárquico, sino de un régimen plebiscitario y plebeyo, en un mundo secularizado, la cualidad de la belleza (indiferente en el caso del doble cuerpo del rey), era indispensable. Por su belleza Eva podía sostener una doble representación, que subsistiría incluso después de su muerte.

Por la belleza, el cuerpo de Eva proporcionaba al régimen el sostenimiento de la ficción que fundaba su misma figura doble: por un lado, la mujer humilde e ignorante, como ella lo repite decenas de veces en La razón de mi vida, que es la esposa del presidente; por el otro, la manifestación concreta del régimen peronista, como intérprete y representante del líder:

Yo no era solamente la esposa del Presidente de la República, era también la mujer del conductor de los argentinos. A la doble personalidad de Perón debía corresponder una doble per­ sonalidad en mí; una, la de Eva Perón, mujer del Presidente, cuyo trabajo es sencillo y agradable, trabajo de los días de fiesta, de recibir honores, de funciones de gala; y otra, la de Evita, mujer del Líder de un pueblo que ha depositado en él toda su fe, toda su esperanza y todo su amor.

Como mujer del presidente, la belleza hubiera sido un atributo importante pero no esencial. Pero como mujer del líder, la belleza representaba el suplemento de felicidad, de “vida buena” que el peronismo decía asegurar al pueblo y, sobre todo, a aquellos que se sentían o estaban más lejos de lo bello (de los vestidos hermosos, de las joyas, de la vida donde la necesidad no expulse fuera de límites alcanzables el plus representado por la belleza).80 Eva tuvo una función doble y también, para llenar esa función, un cuerpo que pudo sostenerla verosímilmente.

Eva encontró su belleza casi después de concluida su carrera como actriz. Curiosamente, antes de 1945, ella no parecía indisputablemente hermosa y, en verdad, no lo era. Los esfuerzos por asimilarse al mainstream de las actrices argentinas eran demasiado evidentes e iban en contra de sus propias cualidades, sin que le permitieran alcanzar las cualidades que no poseía. Cuando las invierte en la política, sus cualidades se potencian, apoyadas en la novedad absoluta. También se sostienen en una libertad que Evita Duarte no tenía. Como Eva Perón, la espontaneidad de sus gestos no tiene que contorsionarse en la imitación de otros gestos parecidos a los de otras actrices. La Eva política no tiene ni rastros del amaneramiento forzado que todavía registran las últimas fotografías de Evita Duarte. Sus fotos de la etapa política muestran una gestualidad original (lo era también porque Eva era la primera que ocupaba un lugar que, por otra parte, había sido inventado especialmente para ella): tensa y cortante, en las escenas de trabajo; distendida y amistosa cuando acaricia niños y ancianos; despampanante, cuando viste los trajes de ceremonial de la corte peronista. Algunos rasgos que no eran singularmente bellos en la actriz, como la nitidez del cráneo con el pelo aplastado y recogido, o la continuidad austera entre la frente y la nariz recta y fina, son perfectos para la construcción iconográfica: un camafeo donde la fuerza es tan importante como la delicadeza, un perfil adecuado para estamparse en los sellos postales con que el régimen homenajeó a la pareja presidencial.

La brillantez de Eva, cuando viste los trajes de ceremonia, que le llegan de las mejores casas francesas y se fotografía antes de ir al Colón, contra los gobelinos y las chimeneas de la residencia presidencial, encontró en un curioso retrato oficial de 1948 (es oficial porque Perón lleva la banda presidencial) su punto de máxima exageración. Numa Ayrinhac, un retratista de sociedad, representó a la pareja presidencial en traje de gala. Eva está en la cima de la juventud y Ayrinhac eligió exagerar en ella lo que muestra una fotografía del mismo año y con el mismo traje. Eva está más estilizada que en la foto; de la cabeza a la cola del vestido su cuerpo tiene una curvatura de dibujo de figurín; el collar y la pulsera de perlas, con tres hileras colgantes, organizan una diagonal que tiene al brazo desnudo como línea dinámica; el cuerpo está virado hacia la izquierda del cuadro y la cabeza volcada hacia la derecha: se completa así un juego de líneas en movimiento que se apoyan sobre el plano oscuro y sólido de Perón. El brillo del vestido de Eva trabaja los pliegues del satén blanco con reflejos plateados que desciende hacia la masa reluciente de la cola que ocupa todo el bajo primer plano del retrato. Alambicado y efectista, el cuadro da una opinión sobre la importancia de esa figura femenina retratada en la mezcla exacta de apariencia gran burguesa y estrellato cinematográfico. La obra es excepcional también porque es el único “retrato presidencial” que incluye, junto al presidente, a la primera dama. Todo un juicio sobre la geminada cúspide del régimen.

La pasión y la excepción
Eva, Borges y el asesinato de Aramburu
Publicada por: Siglo XXI Editores
Fecha de publicación: 08/01/2022
Edición: reimpresión
ISBN: 978-987-1105-39-7
Disponible en: Libro de bolsillo

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