domingo 27 de noviembre de 2022
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Adelanto de «¿Hola?», de Martín Kohan

El teléfono es hoy (o parece ser) un objeto caído en desuso. Si en algún momento era el principal medio por el cual una persona podía comunicarse con otra y esa era su única función, hoy ha mutado (de “teléfono de línea” a “celular”), y ha dejado de cumplir esa única función para ser un dispositivo que sirve para muchas otras cosas: sacar fotos, enviar mensajes de audio, filmar, navegar por Internet. Pero no para hablar.

«El dato es que las conversaciones telefónicas empiezan ritualmente así, diciendo “¿Hola?”, deteniéndose antes que nada en el propio canal de la comunicación, constatando una y otra vez, y antes de empezar la conversación propiamente dicha, que el canal efectivamente está y que anda perfectamente bien. Como si un resto de asombro ante el hecho mismo de que el teléfono exista no pudiese sino aflorar ante cada llamado y ante cada respuesta, como si cada conversación telefónica no pudiese sino verse antecedida por una especie de homenaje implícito ante el prodigio, nunca asimilado del todo, de poder hablar con otro aunque el otro no esté ahí», dice Martín Kohan.

A continuación, un fragmento a modo de adelanto:

HOLA, SUSANA

Susana Giménez, la diva de los teléfonos en la televisión, instauró con sus concursos una modalidad telefónica inédita: ella atendía pero no decía nada, porque eran los que llamaban los que tenían que hablar primero; la frase que debían pronunciar era exactamente esa: “Hola, Susana”, para dar fe de la certeza de que no hablarían sin con ella. Muchos, sin embargo, decían cualquier otra cosa, en parte porque lo establecido es que primero diga algo el que atiende, en parte porque les resultaba inconcebible el acceder tan francamente a una estrella semejante. Todos esos, los que decían otra cosa, perdían y que-daban eliminados.

HABLAR CON CUALQUIERA

Hablar con uno, hablar con otro, tener que hablar prime-ro con otro para después pasar a hablar con uno, con uno en particular. Y combinar, en consecuencia, distintos ni-veles de conocimiento personal. Pero existe también esta otra variante: la de hablar con alguien, con cualquiera, con el que sea, con el que toque. Hablar por pura necesidad de hablar. Se precisa conversar, no importa con quién; se precisa un interlocutor, no importa quién sea. La barra de un bar en la noche o la vecindad contingente de un camarote de tren o dos asientos de avión suelen propiciar esta clase de conversaciones de desahogo o confidencia, de confesión o descarga. El teléfono puede servir a este propósito aún con más eficacia. El tango “Charlemos”, de1940, con letra y música de Luis Rubinstein, lo grafica a la perfección: “¿Belgrano sesenta once? / Quisiera hablar con Renée… ¿No vive allí?… No, no corte. / ¿Podría hablar con usted? / No cuelgue… La tarde es triste / Me siento sentimental. / Renée ya sé que no existe… / Charlemos… Usted es igual”. Después de cerciorarse del número, viene el error intencional y sobre todo el pedido o el ruego de mantener como sea el contacto: “No corte”, “No cuelgue”. “Charlemos”: no importa con quién. Se puede prescindir del golpe bajo del final (resulta que el que llama es ciego) y quedarse con la alternativa única que ofrece la conversación telefónica: hablar sin verse (“¿Qué dice? ¿Tratar de vernos? / Sigamos con la ilusión”) y sin conocerse (“Hablemos sin conocernos / corazón a corazón”). El teléfono hace posible el grado cero de la interlocución: el hecho en sí de que haya alguien del otro lado. Que no corte, que no cuelgue: alcanza con que permanezca ahí.

En la versión de Luis Cardei de este tango, el canto se impregna con las formas de lo charlado.

Manuel Puig lo cita en su novela Boquitas pintadas.

HABLAR CON ALGUIEN

Lo sabe cualquiera que tenga que gestionar alguna cosa por vía telefónica ante alguna empresa o entidad oficial: se pasa de interno a interno, de grabación a grabación, en una realización perversa del jardín de senderos que se bifurcan (o trifurcan, o cuatrifurcan), sin poder hablar con alguien.

Ya habitamos esa atopía: las máquinas hablan entre sí, en un esquema de opciones digitadas. La utopía de esa atopía se ha vuelto hablar con alguien. No con uno o con otro, no con este o con aquel, sino sencillamente con alguien; que en algún momento dado, en el ahogo de derivas logarítmicas, aparezca del otro lado una persona y diga “hola” en el teléfono. “Hola”, y que le podamos hablar por fin.

ALGUIEN MÁS

El acertijo del suicida que se arroja al vacío pero se arrepiente en el último instante porque escucha, mientras cae, que en alguna parte suena un teléfono. Y es que se suicidaba porque, al cabo de cierta hecatombe mundial, había llegado a suponer que era el único sobreviviente en la Tierra, que había quedado solo en el planeta, que ya no había nadie más. Decide entonces suicidarse saltando al vacío.

El sonido de un teléfono (oído demasiado tarde) indica que, pese a todo, había todavía alguien más.

En esta historia, la situación es extrema. Pero acaso admita que se la generalice: para los que se quedan solos, un teléfono ha de significar siempre la posibilidad de que alguien más exista.

AGENDA

La guía telefónica tenía su versión reducida, en la módica escala personal: las agendas telefónicas. En ellas, el listado, manuscrito con letra menuda, reunía a los familiares, los amigos, los afectos, los conocidos de cada cual. Existían por separado o bien integradas a la agenda general, la de las anotaciones del día a día. Perduran pero declinan, están en vías de extinción.

Se empleaban para consultar un número antes de hacer un llamado. Traspasadas a la memoria electrónica de los teléfonos celulares, cumplen ahora la función inversa: alertar quién es el que llama, cuando algún llamado entra. Se emplean también al hacer uno mismo un llamado, es cierto, pero en tales casos sirven para no tener que marcar el número: se diría que el teléfono hace casi el llamado por sí mismo.

De este modo, tiende a desaparecer el llamado equivocado, ese que se producía (hay que decir que bastante a menudo) porque uno marcaba mal. Se puede tener mal el número, pero no marcarlo mal, porque de hecho ya no se marca el número para hacer un llamado (el que marca es el teléfono). Y si ese número se agenda, como se suele, a partir de una llamada recibida, tampoco hay manera de registrarlo de manera equivocada. Es el teléfono, y no uno, el que recibe el llamado y el número, el que registra el número, el que lo memoriza, el que lo marca si uno quiere llamar.

Se tiende así a eliminar del teléfono tanto las sorpresas (se nos anticipa quién llama, no lo descubrimos al atender) como los errores (llamar equivocado: tener mal el número o marcar mal el número). Es un proceso semejante al que parece buscarse en algunas ciudades, a fuerza de control urbano y cultivo de la ajenidad personal: que nada inesperado suceda y nunca hablar con un desconocido.

OCUPADO

Junto con la conversación que se liga y el llamado equivocado (dos formas de encontrarse hablando con quien no se pretendía hacerlo), desaparece, a la par del viejo teléfono de línea, la señal del ocupado. Ya hay dos o tres generaciones para las cuales ese sonido (tu-tu-tu-tu) no significa nada, o es apenas el resto arcaico de un mundo ya perdido. Llamar y que diera ocupado: comprobar que había alguien ahí (ahí en la casa o en el lugar de trabajo, pues solo se llamaba a las casas o a los lugares de trabajo) pero que estaba hablando con otra persona. Y, si el ocupado se prolongaba, comprobar que estaba hablando con otra persona durante mucho tiempo. A menos que, de vivir más personas en la casa, se quisiera suponer que era otro el que estaba ocupando la línea (así la mortificación de los celos telefónicos daba eventualmente paso al rencor contra el intruso que se interponía y nos obstruía el paso).

Dos formas de la frustración telefónica: llamar y que no contestara nadie (el timbre sonaba y sonaba, hasta darse por vencido y pasar por defección al ocupado); llamar y que diera ocupado. Sin respuesta: el otro no estaba. Ocupado: estaba pero con otro, estaba pero para otro, nos dejaba relegados, teníamos que esperar (pero en verdad no sabía que, mientras hablaba, nosotros estábamos llamando. De saberlo, ¿nos preferiría? Al saberlo después, ¿se reprocharía haber ocupado la línea?).

La existencia del ocupado empezó a transformarse con la aparición del contestador automático (no el de la máquina manual con minicassette incorporado, que lo dejó intacto, sino el que se implementó después como servicio incorporado a la línea). En vez de rebotar en el tono impasible e intransigente del ocupado, se nos derivaba de forma automática (tan automática como el contestador) a esa especie de plan B de la llamada telefónica que consistía en conformarse con dejar un mensaje grabado (ese plan B ha pasado a ser el plan A, con el WhatsApp). Uno llamaba para hablar con alguien y se encontraba de pronto teniendo que grabarle un mensaje (los géneros discursivos eran evidentemente distintos, por eso uno podía tener algo para hablar con otro pero nada para dejarle dicho, y entonces cortaba. También cortaban quienes se resistían a hablar “con un aparato”). El pasaje no era directo si nadie respondía el llamado (en ese caso, sonaba unas cuantas veces antes de que se activara el contestador), por lo que el pasaje directo equivalía de hecho al ocupado. Equivalía, y hasta lo significaba. Pero no era exactamente el ocupado. Tampoco lo era el sistema de aviso de llamada (mientras se mantenía una conversación, un sonido avisaba que estaba entrando otra), que para el que llamaba no se distinguía de un llamado sin atender.

El ocupado no dejaba huella, nos dejaba en punto cero, teníamos que volver a llamar, era igual que no haber llamado. El ocupado nos forzaba a insistir o a desistir, no había aviso en la línea ni opción de grabar un mensaje. El ocupado era pura refracción y hasta podía llegar a cobrar, por qué no, cierto aire de rechazo. El ocupado solo atinaba a decir que no, o que no por ahora; y no dejaba que del otro lado se supiera de nosotros. El ocupado se limitaba a bloquear, no hacía más que cerrar el paso. No informaba de nuestra presencia en la línea ni se ofrecía a recoger recados. Ignoro por qué la convención estableció la onomatopeya de tu-tu-tu-tu; más exacto habría sido escucharlo como un no-no-no-no.

BULLRICH

Silvina Bullrich publicó Teléfono ocupado en 1956. La historia que cuenta es la de un chantaje telefónico (el teléfono no estaba ocupado, más bien se ocupó con eso), planteado a partir de unas inconfesables cartas de amor (otra forma de comunicación ya fechada). La importancia que cobra el teléfono (no ya en la novela, sino en la vida) queda declarada apenas el relato empieza: “Entre nosotros constituye el vínculo más sólido, a menudo el único, entre seres humanos”. No obstante esa importancia, o en todo caso por ella misma, detenta también un carácter maléfico (“quizá seas la hidra de los tiempos modernos y para domarla haya que ensayar todo menos la fuerza”). Algo tiene de diabólico (“aparato infernal”, dice Bullrich) y algo tiene de espiritualidad y divinidad (“en el teléfono ocurren fenómenos inexplicables, semejantes a los que ocurren entre nosotros y los muertos, o nosotros y Dios”).

Y es que no solamente la extorsión va a producirse en el teléfono en la novela de Silvina Bullrich, sino también la resolución (un llamado aprieta al principio, otro llamado libera al final). En el teléfono está todo: la aflicción y el alivio, lo que preocupa y lo que distrae. Para evadirse del agobio de los llamados extorsivos, nada mejor que llamar a una amiga y ponerse a conversar de otras cosas. De lo que no parece posible evadirse es del propio teléfono. Se está pendiente del teléfono en la secuencia del chantaje (“ahora solo me quedaba esperar estoicamente el nuevo llamado de la desconocida”); se es dependiente del teléfono en procura de distracción (“todo esto me distrajo del problema que debía preocuparme, a tal punto es poderoso el dominio del teléfono sobre mi espíritu”); se apela al teléfono para zafar de la amenaza (“de pronto lúcida ante la insignificancia de un prejuicio cuando se opone a la felicidad, marqué sin vacilar el número de Pedro”).

El poder del teléfono: es el nudo de la novela de Bullrich. El teléfono crea adicción: “Cuando me quitaban el teléfono sentía una sensación de desgarramiento y de soledad como si se tratara de un ser vivo. Lo mismo ha de sentir el toxicómano a quien le quitan la droga”. Imposible desprenderse de él, imposible deshacerse de él; funciona como una posesión: “Como si fuera posible cortar —pensé—, como si fuera posible evadirse del teléfono cuando se ha apoderado de nosotros como un hechizo”, pero una posesión sin un exorcismo conocido al que se pueda recurrir.

DESCOLGADO

Dos modos de la dependencia telefónica: una pasiva (que darse esperando el llamado) y una activa, incluso frenética (no poder dejar de llamar). Dos modos de quedar a merced del teléfono: el ansia (de que nos llamen) y la pulsión (de llamar y llamar y llamar).

La contrafigura (desesperante para el telefómano) la constituyen los que, sin esfuerzo ni sacrificio, pueden sencillamente prescindir del teléfono. No los que no lo tienen, sino los que lo tienen y pueden abstenerse de él sin esa “sensación de desgarramiento” de la que hablaba Silvina Bullrich.

No llamar. Para el adicto, una proeza de renuncia miento. Sobre todo con el teléfono tan al alcance de la mano, situación agravada por cierto con la existencia de los celulares. Antes, con el teléfono fijo, cabía la alternativa de salir uno de su casa para no tentarse con el teléfono, así como Luca Prodan se vino a vivir a la Argentina porque no había heroína al alcance.

Pero llamar, dentro de todo, y aunque le quepa la modalidad del impulso, no deja de involucrar cierto grado de mediación: hay que marcar, hay que esperar. Más difícil, por cierto, es dejar de atender un llamado, que el teléfono suene y no atenderlo. Eso sí que es una proeza de renunciamiento. Porque el otro, el que llama, ya está ahí: llamando.

Literalmente al alcance de la mano. Están los que no atienden, claro: son la cifra misma de la desesperación para los llamadores compulsivos, que no tienen manera de saber si no los atienden porque no hay nadie (circunstancia eliminada con el teléfono portátil: no hay manera de no estar) o si no los atienden porque no quieren atender. Es la peor combinación posible: la del que no puede dejar de llamar con el que puede perfectamente dejar de atender. Tanto que al primero le cuesta suponer que el otro no está; da en pensar que sí está y que no lo atiende. Y entonces hace lo único que puede hacer: insistir, insistir, insistir. Que el teléfono suene, por horas.

Pero el que era capaz de desistir del teléfono (¡envidiable libertad!) y no quería verse asediado por el sonido constante del llamado que no cesaba, contaba antaño con otro recurso: desenchufar. El teléfono desenchufado sonaba para el que llamaba, en su teléfono, pero no sonaba para el que estaba siendo llamado, en su casa. Un giro ciertamente perverso: el que llamaba creía que estaba llamando al otro, pero ese llamado existía solamente para él, existía solamente de su lado, como ilusión de llamada, como engaño; del otro lado, esa llamada no se producía, no ocurría, no existía más. Se podía entonces desenchufar el teléfono (existían quienes podían desenchufar el teléfono, así como existen ahora los que pueden apagarlo), pero también se podía, y esta opción era más terrible, dejarlo descolgado. Con el teléfono descolgado, al que llamaba le daba ocupado. Ocupado y ocupado y ocupado. No le daba la sensación de que el otro no estaba, como con el teléfono desenchufado, sino la sensación de que estaba y de que estaba justamente en el teléfono. Lo que resultaba infinitamente peor para el que, ya sin eso, no iba a poder dejar de llamar.

El que desenchufaba el teléfono o lo descolgaba prescindía del teléfono mismo, y no solamente de una llamada en particular (como podría hacer, más adelante, gracias al identificador de llamadas, con el celular). Se sustraía de todas las llamadas, incluso de las que podían ser urgentes (de esos escribe Sara Gallardo en Pantalones azules: “Al volver a su casa telefoneó a Elisa desde una farmacia pero nadie contestó a sus llamadas”. Y a continuación: “Imbéciles —dijo a media voz—. Inconscientes. Lo mismo puede haber alguien muriéndose. Pero ellos desconectan”. José María Gómez, por su parte, escribe en Paraísos perdidos: “Sonó el teléfono de línea. Por esos días yo tenía la costumbre de atender siempre que llamaban. Hoy ya no. El invento genial de los celulares es precisamente eso: la posibilidad de no atender porque es posible saber de antemano quién está llamando. Son artefactos inventados para no comunicarse (de ahí el éxito fenomenal que tienen), pues resulta muy fácil ignorar la llamada”). Se verificaba así el contraste máximo, la máxima distancia posible, entre uno que no podía renunciar, no ya al teléfono en sí, sino a una determinada llamada, y otro que podía renunciar sin ningún problema, no ya a una determinada llamada, sino al teléfono en sí.

Quedarse sin teléfono. La historia de Teléfono ocupado empezaba de hecho con una pesadilla: levantar el teléfono y que no hubiera tono, golpear la horquilla con fuerza, conectar y desconectar para nada, tirar en vano del cable; encontrarse, en fin, sin teléfono. Ninguna mudez se compara con esta, la del silencio del tubo en el teléfono que se había descompuesto. Para la narradora de Bullrich, era una pesadilla cabal. Para otros, no lo es y pueden soñarla sin disgusto. Pueden incluso hacerla realidad.

0303456

0303456 es uno de los teléfonos más recordados de la cultura popular argentina, a pesar de que, como número telefónico, no existe ni nunca existió. Ni falta que hacía: cantada por Raffaella Carrá (en esa zona particular de la cultura popular argentina habitada por cantantes italianos: de Iva Zanicchi a Nicola Di Bari, pasando por Franco Simone), la canción tuvo tal repercusión en el país a fines de los años setenta que irradió su presencia en el tiempo hasta llegar incluso a la actualidad (su estreno fue en un disco de 1976; en el año 2000, en la rai , Raffaella Carrá la cantó en un dueto con Natalia Oreiro; en octubre de 2005, fue el tema que sonó de fondo para recibir a Raffaella Carrá en La noche del diez, el programa que en canal 13 hacía Diego Maradona).

¿De qué trata la canción? De un llamado telefónico. Tanto como para que el número en cuestión fuese nada menos que su título. Pero existe más de una versión del tema, y de hecho dos títulos (dos números) distintos. Porque en su versión original italiana la canción se llamaba “5353456”, y fue preciso modificarlo para su estreno en Argentina, porque se advirtió que en Argentina ese número imaginario existía de verdad (es obvio que el motivo del cambio fue impedir que a alguien se lo enloqueciera a golpe de llamados y estribillos cantados por sorpresa, pero no deja de ser interesante que hubiese que intervenir para impedir que algo imaginario coincidiese con algo real, para evitar que una referencia supuesta encontrase un referente concreto).

Desde el punto de vista telefónico, sin embargo, el juego de versiones de esta canción de Raffaella Carrá ofrece un aspecto aún más sorprendente: hay una letra en la que quien canta está llamando a alguien y otra letra en la que quien canta está esperando que alguien lo llame. Y las dos variantes, que son opuestas, corresponden siempre a 0303456 (o a 5353456, no importa). En un caso, la canción declara: “Al teléfono espero que llames tú. / Y mientras tú, y mientras tú el número lo sabes, / si quieres tú, si quieres tú te lo repetiré”. / “¿Y por qué no me llamas? ¿Qué pensarás? / Que llame yo, que llame yo, no lo haré jamás / Un poco más, un poco más y yo me marcharé”. Y en el otro, declara en cambio: “0303456 / El teléfono dice que tú no estás”, “Marco y marco y no hay nadie, no puedo más”, “Tu teléfono sigue sin contestar”, “Paso el tiempo y no puedo esperarte más”.

Se trata evidentemente de dos escenas telefónicas invertidas, de dos escenas de ansiedad telefónica contrapuestas, y es notable que las dos hayan existido como versiones alternativas de una misma canción. En una está la espera de un llamado que no llega, la consiguiente supeditación al teléfono, la declaración expresa de que no se llamará, de que es el otro el que tiene que llamar y para eso ya tiene el número; en la otra, por el contrario, se trata de un incesante llamar, de llamar y no obtener respuesta, de no poder hablar con el otro (y entonces es el propio teléfono el que habla, y habla para decir que el otro no está). El teléfono es sostén de una agencia (llamar) o una paciencia (esperar), pero en ambos casos expresa una forma de dependencia, una imposibilidad de desistir, de irse del teléfono. Se espera que suene (que entre un llamado) o que pare de sonar (que alguien atienda del otro lado); se dice: “Llamame, no voy a llamarte”; o se dice: “Te llamo, atendeme”; pero en cualquier caso el teléfono impera, en cualquiera de los dos casos no se trata sino del poder del teléfono.

Las variantes de la canción no se agotan sin embargo ahí. Hay una en la que Raffaella Carrá canta: “Mi dedoestá enrojecido de tanto marcar. / Se mueve solo sobre mi cuerpo y marca sin parar”. La alusión, aunque alusión, resultó demasiado clara, y la censura tachó esta parte por lo pronto en algunos países latinoamericanos (aunque encaja por coherencia en la versión del llamado que se hace, fue incluida alguna vez, sin tanta coherencia, en la versión del llamado que se espera). Censurada en ocasiones la parte del dedo que enrojece, tenemos entonces variantes del tema con dedo y sin dedo. Raffaella Carrá aportaba así una variante fabulosa de la hot line, además de una formidable declaración de independencia. Independencia: si no atendés, me arreglo sola. Pero se arregla, y esto es lo extraordinario, en una relación de continuidad material entre el teléfono y el cuerpo. El dedo pasa de uno a otro, marca en uno y en otro, hace lo mismo (¿aprieta?, ¿da vueltas?) en uno y en otro. De ahí la heterodoxia de esta hot line a la Carrá: la excitación no proviene de lo que se oye por teléfono, sino de la manera de tocar el teléfono mismo. El teléfono ya no es un medio de comunicación que habilita un calentarse con lo que se dice o con lo que se oye; el teléfono es una presencia física que habilita un calentarse por lo que le hace hacer al dedo. Ese dedo que, así como no puede parar de marcar en el teléfono, tampoco puede parar de marcar en el cuerpo.

¿El otro no llama? ¿El otro no atiende? Existe una solución, y es el teléfono el que la procura. El dedo que marca ahí ahora también marca acá. Sin parar. Enrojecido. Infatigable. 0303456

¿Hola?
Un réquiem para el teléfono
Publicada por: Ediciones Godot
Edición: primera
ISBN: 9789878928463
Disponible en: Libro de bolsillo

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