domingo 16 de diciembre
Interesante

“100% cerebro”, de Pedro Bekinschtein

Tapa Cerebro (2)


Pedro Bekinschtein es biólogo, doctor de la Universidad de Buenos Aires, columnista de neurociencia y además autor del libro 100% cerebro, que explica con términos sencillos cómo funciona, según sus propias palabras,  “el órgano rockstar”. Todas las decisiones se deben a un patrón específico de circulación de información eléctrica en las neuronas. Es por eso que el especialista propone entender cómo es que se organiza y de dónde salen todos nuestros pensamientos y acciones. Además, sostiene: “Lo maravilloso está en lo real, en transformar lo que no es evidente aún en algo evidente, en ver el mundo con los ojos del cerebro y descubrir este neurouniverso”.

A continuación, un fragmento a modo de adelanto:

Izquierda, derecha, arriba, abajo,

al centro y adentro

La competencia para ver quién tiene el niño más inteligen­te y capaz es feroz. No sé a cuántas personas por día mis pa­dres le refregarán en la cara mi título de doctor o mis fotos en los diarios. Pero no siempre fue así, de hecho, cuando yo y mi hermano éramos muy pequeños, mi hermana mayor estaba bastante preocupada porque no hablábamos. Así que además de usarnos de pilares para saltar al elástico, nos sentaba en unas sillitas frente al pizarrón y nos daba clases de castellano. Finalmente aprendimos a hablar y puedo estar orgulloso de que no nos comemos las eses y no decimos “imprimido”.

Es frecuente que los niños varones tarden un poco más en aprender el lenguaje y se piensa que esta observación tiene que ver con una asimetría en el desarrollo de los hemisferios cerebrales. De hecho, se han observado diferencias entre varo­nes y mujeres, favorables hacia las mujeres en la performance de tareas verbales y a los hombres en tareas espaciales. Si tu nena tiene 2 años y no camina siempre podés decir “está bien, no aprendió a caminar, pero usa perfectamente el condicional y el subjuntivo” o si tu nene no empezó a hablar siempre po­dés retrucar “ok, no habla, pero si lo dejás solo en Sarmiento y Uruguay, llega a casa en Belgrano perfectamente”.

Durante los años ‘80 se pensaba que estas diferencias te­nían que ver con la acción de la testosterona prenatal, ya que esta hormona se supone retarda el desarrollo del hemisferio izquierdo, y podría ser causa de que en los hombres el hemis­ferio derecho sea el dominante. Dado que el procesamiento del lenguaje está más ligado al hemisferio izquierdo y las tareas espaciales dependen más del derecho, habría una posibilidad de que las hormonas prenatales sean las que determinan las diferencias cognitivas en los individuos adultos, al menos en lo que se refiere a procesamiento verbal y espacial. Las inves­tigaciones de los últimos cinco años no dan mucho respaldo a esta hipótesis, aunque un reciente trabajo reavivó la polémica.

A principios de 2014, científicos de la Universidad de Pennsylvania en Philadelphia analizaron cuán fuerte era la co­nexión entre los hemisferios cerebrales en una muestra 428 hombres y 521 mujeres de diferentes franjas etarias entre 8 y 22 años, observando los patrones de materia blanca que está formada por los cables que conectan la materia gris, constitui­da por los cuerpos de las neuronas. Según este estudio, los he­misferios de los hombres estarían menos interconectados que los de las mujeres, pero más conectados dentro de sí mismos, lo que podría explicar una mayor lateralización de ciertas fun­ciones cerebrales. Es decir, algo se hace de un lado o del otro, pero no en los dos. Sin embargo, los investigadores no evalua­ron cognitivamente a los sujetos experimentales, así que no es posible relacionar la conectividad entre los hemisferios con la efectividad en la resolución de tareas verbales o espaciales. Este trabajo causó revuelo en los medios y moderado furor en las redes sociales. Muchos de los titulares decían cosas como “La ciencia descubre por qué los hombres y las mujeres son tan diferentes” o quizás iban más allá y titulaban “La neuro­ciencia por fin puede explicar por qué a los hombres le gustan los culos y a las mujeres los zapatos”. Lo cierto es que, otra vez, estas son medidas promedio, no dicen nada acerca de tu cerebro en particular, sino de grupos formados por individuos en los que la conectividad entre los hemisferios puede variar considerablemente. Hasta ahora parecería que los cerebros de hombres y mujeres son más similares que diferentes. Es pro­bable que la información se procese de manera diferente, pero eso no quiere decir que ambos géneros no puedan lograr las mismas cosas.

El estacionamiento es un estado mental

Se suele decir que el auto es como una extensión del miembro masculino, aunque la evidencia es contradictoria al respecto, porque a la mayoría no le gusta que se lo toquen ni que jueguen con él. En cambio, una mujer al lado de un auto es considerada un accesorio de dicha máquina. A un hombre que mira el motor no se le pide nada, pero a una mujer, se le exige que use pantaloncillos cortos y ajustados, quizás con algún tajo, y que mantenga sus posaderas bien elevadas. Los estereotipos de las mujeres y los autos son probablemente de los más difundidos y utilizados para ejercer algún tipo de desigualdad de género y desautorizar cualquier tipo de opinión. A veces se pueden escuchar frases como: “¡De qué vas a opinar vos, si en el tiempo que tardás en estacionar murieron varios obispos y desapareció el dedo chiquito del pie en la especie humana!”

Cualquiera de las diferencias en cognición halladas hasta el momento puede ser utilizada para oprimir o desautorizar los dichos o reclamos de una minoría. No obstante no son muchas las diferencias que atraviesan la diversidad de cultu­ras y países. Hasta ahora, el arma cognitiva más efectiva para discriminar a una mujer es un mapa. Cuando te vayas de viaje tratá de observar a los turistas que están parados mirando un mapa, girándolo, volviendo a girarlo, dándolo vuelta, mirando alrededor y girando el mapa una vez más. Es probable que un alto porcentaje sean mujeres.

Al estacionar el auto, uno debe prestar atención a muchas cosas como la distancia entre los dos coches que limitan el espacio –si los hay-, las dimensiones del propio vehículo y el cálculo de cuánto hay que moverlo. Es extremadamente im­portante imaginar cómo se está moviendo el coche a pesar de no poder verlo desde afuera. Casualmente, uno de los pocos dominios cognitivos en los que se observa una diferencia clara entre hombres y mujeres en diferentes culturas y edades es el que conocemos como rotación mental. Como su nombre lo indica, esta capacidad nos permite observar un objeto en 2 o 3 dimensiones y predecir cuál sería su forma si lo rotáramos en el espacio. Esta habilidad es muy útil para jugar al tetris, sobre todo en los últimos niveles en los que los objetos caen a gran velocidad, y los hombres en promedio son más rápidos y más precisos a la hora de rotar mentalmente los objetos. Teniendo en cuenta este dato, científicos alemanes liderados por el psi­cólogo Onur Güntürkun decidieron evaluar si efectivamente las mujeres son peores a la hora de estacionar el coche y si la rotación mental tiene algo que ver con eso. Reclutaron indivi­duos del sexo masculino y femenino con diferentes grados de experiencia en lo que se refiere a las habilidades conductoras de automóviles. Tanto expertos como principiantes tuvieron que estacionar el auto de diferentes maneras, de cola, o en forma paralela. Además, realizaron una evaluación de rotación men­tal y un test de autoevaluación de las maniobras de estaciona­miento. Los resultados indicaron que tanto en individuos ex­perimentados como en principiantes, los hombres fueron más precisos, pero sobre todo bastante más rápidos al momento de realizar las maniobras y completar la tarea de aparcar el auto. Los investigadores encontraron una fuerte asociación entre la duración del estacionamiento y el resultado del test de rotación mental, pero solo en conductores principiantes. A pesar de que no existe una relación causal, es posible que en individuos inexpertos las diferencias entre hombres y mujeres existan, al menos en parte, porque los hombres superan a las mujeres en este aspecto cognitivo. Sin embargo, la capacidad de rotación mental no explica las diferencias en conductores experimentados, ya que, a pesar de que algunas de las muje­res igualaron o fueron mejores que los hombres en esta tarea, igualmente estacionaron peor.

La práctica probablemente hizo que las mujeres pusieran al problemita de la rotación mental en un segundo plano. Pero entonces, ¿por qué siguen estacionando peor? Una clave para responder a esta pregunta vino de las autoevaluaciones en las que se les hicieron preguntas del tipo ¿cuán bien pensás que manejás?, ¿cuán bien pensás que estacionás generalmente?, y ¿cuán bien pensás que estacionaste durante el experimento? Resulta que una autoevaluación no tan buena estuvo muy aso­ciada a un estacionamiento no tan decente, pero solo en los individuos del sexo femenino. Vivimos luchando contra los estereotipos, queremos ser distintos y originales, por eso nos hacemos tatuajes y buscamos modelos de ropa y accesorios exclusivos. La ansiedad que nos provoca la posibilidad de caer en el estereotipo se conoce como “la amenaza del estereotipo” y resulta ser peor para el cerebro que la amenaza del Ébola, ISIS y la de las plagas de Egipto que le cayeron al Faraón al no querer liberar a los judíos de la esclavitud. Así que la próxima vez que veas a una chica estacionar el coche en 20 maniobras, pensá cómo estacionarías vos si alguien te estuviera susurran­do constantemente “esto no es para vos, no lo vas a lograr, mejor quedate en tu casa a preparar la comida”.

 

Mejor no hablar de más

Soy de los partidarios de que la gente debería tener un nú­mero limitado de palabras o caracteres que puede usar por día y que si quisiera usar más, debería pagarle a su interlocutor. Existe un límite en el número de palabras que uno puede escu­char en un determinado intervalo de tiempo, pero hay perso­nas a las que esto poco les importa. A veces cuando me hablan por mucho tiempo, mi mirada se torna vacuna y en mi cabeza el lenguaje solo admite una sola palabra que se repite insis­tentemente: “callate”. Como se imaginarán, también detesto hablar por teléfono y a los escasos tres minutos de conversa­ción, mi frondoso y diverso lenguaje se reduce a unos pocos monosílabos como “sí”, “ajá” y “uf”, esperando que el ser hu­mano del otro lado de la línea reciba cada vez menos feedback y decida terminar el agonizante monólogo.

Existe la creencia de que el mayor volumen del espacio so­noro mundial es ocupado por voces femeninas. El sustantivo colectivo de voces, en general de frecuencias más altas y perte­necientes a este género, se conoce como “cotorreo”. La teoría no científica más aceptada es que el cotorreo es exclusivo de las mujeres, pero hasta el año 2007, esta no-teoría no había sido puesta a prueba de una manera controlada y sistemática. De hecho existían algunos autores que sostenían que mientras que el hombre utiliza unas siete mil palabras por día, la mujer utilizaría unas veinte mil. Estos datos circularon por los me­dios, ávidos por confirmar este estereotipo para reírse de las mujeres y poder hacerlas callar con la autoridad que brinda la ciencia. No obstante, la ciencia no tuvo nada que ver con esos números, pero sí con los ajustes necesarios que hubo que realizarles.

Entre 1998 y 2004, Matthias Mehl y sus colaboradores de la Universidad de Arizona decidieron poner a prueba la hipótesis de que las mujeres usan más palabras por día que los hombres y publicaron sus conclusiones en un artículo de la revista Science en el año 2007. Para eso utilizaron un gra­bador electrónico que se activa automáticamente y grabaron los sonidos de 396 participantes. De ellos 210 eran mujeres y 186 eran hombres. El dispositivo estaba programado para grabar durante 30 segundos cada 12 minutos y medio du­rante varios días, pero ninguno de los participantes lo sabía. Aunque la creencia popular es que se puede hablar hasta por los codos, esto es anatómicamente improbable debido a la carencia de cuerdas vocales o cosas que vibren en los codos. Hay gente capaz de emitir sonidos con las axilas, pero solo se conoce una persona en Rusia capaz de hablar con la axila y solo sabe decir la palabra “kaláshnikov”. Claro que hay que escuchar con la mente abierta y dejar volar la imaginación. Todo esto para decir que los únicos sonidos importantes fueron los producidos por el lenguaje. La mayoría de los su­jetos de la investigación fueron estudiantes de universidades de los Estados Unidos, salvo un grupo de una universidad de México. ¿Qué descubrieron cuando analizaron los datos? Lamentablemente confirmaron lo que yo más temía: la gen­te habla mucho y no hay escapatoria para los que amamos el silencio y no queremos ser sacerdotes o monjes budistas. Los resultados indicaron que las mujeres pronunciaron en promedio 16.215 palabras por día, mientras que los hombres dijeron 15.669 palabras por día. Para ambos sexos la variabi­lidad fue enorme, con extremos de mujeres y hombres que usaron unas 8.000 palabras, con probabilidad de convertirse en amigos míos, y otros con altas chances de ser imbanca­bles que usaron unas 24.000 palabras por día. En definitiva, los científicos no encontraron diferencias significativas entre sexos, sino que tanto hombres como mujeres pueden ser co­torras o monjes tibetanos.

 

Neuro-manfloros

Sos un putazo, y vos un tortón. Aunque tu sonrisa siga ahí, yo sé que por dentro el prejuicio te hizo contraer durante medio segundo tus intestinos, demostrando que por más mo­derno que seas, los estereotipos y prejuicios se metieron ahí cuando eras tan chico que ni te diste cuenta de que por más distinto que quieras ser, la idea de normalidad es más fuer­te que todo tu progresismo. Resulta que un comportamiento humano que genera algo de polémica es el que se evidencia cuando a un hombre le gustar estar con otros hombres y a una mujer, con otras mujeres. Seguramente vos pensás que no tenés ningún problema con esto, y te felicito, porque sos del pequeño porcentaje de humanos heterosexuales a los que este tema no les hace una diferencia. A muchos seguramente los convencería de que se trata de conductas normales si se encontraran representadas en la naturaleza en diversas espe­cies. De hecho es así, desde los humanos hasta los insectos, pasando por monos, jirafas, elefantes, aves, peces y moscas, entre otros engendros de la evolución, se han podido obser­var conductas homosexuales. Ponele que yo me comiera a tus hijos, es probable que no aceptes mi comportamiento como normal y sin embargo esto es muy frecuente en diversas es­pecies de mamíferos, peces e insectos. El problema no está en el comportamiento en sí sino en lo que es normal o anormal para una especie, en particular para la humana. Es decir, el te­mita es la especie humana y cómo ella genera sus estereotipos y prejuicios. Como en la mayoría de los temas de sexualidad y género, la literatura científica está teñida de prejuicios e in­tenciones ocultas, pero quizás sean los medios los que han lo­grado distorsionar la información existente de acuerdo con las opiniones y prejuicios de los que manejan dichos medios. Más allá del estatus moral de un comportamiento, desde la ciencia es importante saber si existen evidencias para determinadas creencias populares como por ejemplo que te hiciste puto porque tu padre estuvo ausente y tu madre te sobreprotegió y compartió su pasión por las telenovelas mexicanas mientras te pedía que la peinaras y le pusieras los ruleros. Eso no te hace gay, pero probablemente deje un acento latinoamericano permanente en tu manera de hablar y precises conseguirte una novia a la que le guste que le hagan los ruleros.

La historia de David Reimer indica que, al menos empe­zando a los 2 años de edad con la remoción de los genitales y el uso de vestiditos rosados, los factores ambientales no son sufi­cientes para que una persona sea homosexual. Si bien se trata de un solo caso, las evidencias sostienen fuertemente que existen componentes innatos en la determinación de la identidad sexual de un individuo. El problema es cuáles son esos componentes innatos y por qué parece ser tan difícil encontrarlos.

¿Sos hombre y te encontraste alguna vez moviendo el tra­sero o simplemente el piecito al ritmo de “Dancing Queen” del grupo ABBA? ¿Tomaste un Cosmopolitan y te gustó? ¿Sabés lo que es una ganache de chocolate? ¿Te gusta cuidar de tu jardín, pero después te agarran unas ganas tremendas de jugar al fútbol, tomar cerveza y eructar? Cuidado, podrías tener más pequeño el núcleo intersticial del hipotálamo an­terior (INAH3). Si te parece que estoy siendo exagerado, es verdad, pero algo así es lo que los medios publicaron luego de la aparición de un trabajo científico del autor Simon Le Vay en un número de la revista Science del año 1991. Le Vay desa­tó una vorágine de noticias exageradas a partir de un estudio en el que analizó los cerebros post-mortem de 19 hombres homosexuales, 16 hombres supuestamente heterosexuales y 6 mujeres también reportadas como heterosexuales. Los babo­sos cerebros de estos otrora cuerpos con humanidad de los que no sabemos nada, lucían bastante similares salvo por el tamaño de un pequeño núcleo del hipotálamo conocido como INAH3. En los individuos homosexuales y en las mujeres este cúmulo de células cerebrales era más pequeño que en los hombres reportados como heterosexuales. Muchos diarios y medios de información estuvieron tentados de decir que los científicos habían encontrado la causa de la homosexualidad. Bueno, no solo estuvieron tentados, sino que por supuesto, lo hicieron. Más allá del hecho de que este fue simplemen­te el primer estudio y que faltarían muchos años de intentos por replicar este resultado, un problema fundamental es que si bien el volumen de este núcleo está asociado a la preferen­cia sexual, esto no determina que sea la causa. De hecho, no podemos saber si el tamaño del INAH3 es una causa o una consecuencia del comportamiento durante la vida.

Muchos medios son expertos en la milagrosa transforma­ción de la correlación en causalidad y una vez que el daño al pensamiento racional está hecho, es difícil volver atrás. Por ejemplo, un detalle del estudio de Le Vay es que los hombres homosexuales habían muerto de SIDA y no se podía descar­tar que el tamaño del núcleo hipotalámico fuera consecuen­cia, aunque sea en parte, de la enfermedad. Durante los si­guientes años, varios grupos de investigación observaron este núcleo y otras estructuras en cerebros de muertos. Mientras que algunos encontraron las mismas diferencias, otros no las hallaron. No obstante, el consenso general es que algunos núcleos del hipotálamo como el INAH3 son más grandes en hombres heterosexuales que en mujeres heterosexuales y que las evidencias indican que los hombres homosexuales poseen un núcleo de similar tamaño que el de las mujeres. También se han encontrado diferencias en la comisura anterior que en promedio es más grande en mujeres heterosexuales y varones homosexuales que en varones heterosexuales. Esta estructura comunica la corteza del hemisferio derecho con la del izquier­do y por lo tanto podría tener que ver con la mayor simetría en el procesamiento cognitivo que se ha observado en las mu­jeres. Así que ya sabés, tu hijo o hija no se va a volver homo­sexual por jugar con su tío gay, pero con suerte, su experien­cia de vida será diferente de la tuya y vivirá en una sociedad más informada y menos discriminatoria. Espero que te hayas convencido de que la orientación sexual de tu hijo nada tuvo que ver con ese compilado de Cher, Madonna, Bette Midler, Lady Gaga, Barbra Streisand y Beyoncé que escuchaste hasta el hartazgo a todo volumen durante su primera infancia. Eso sí, ahora te tenés que joder si le gusta Celine Dion.

Osos, nutrias, lobos, gallinas, grullas y otros plumíferos, el mundo gay está repleto de alegorías al mundo animal. Las aves, en particular, han tenido gran difusión en dicha comunidad, probablemente debido a los colores brillantes y la delicadeza de sus plumas. Aunque dudo que los osos salvajes tomen cer­veza, fumen cigarros y usen camisas escocesas, la comunidad gay también ha dado rienda suelta a sus estereotipos. Nadie le escapa a estas abstracciones de cómo deben comportarse las personas, ni siquiera los que se quedan afuera de los estereo­tipos más comunes. No obstante, quién diría que la comuni­dad homosexual estaría representada en el mundo animal, no por los peludos y simpáticos osos ni por las agraciadas grullas, sino por las insulsas e inexpresivas ovejas. La oveja doméstica es un animal polígamo y desprejuiciado que no está sometido a los estereotipos humanos ni a ningún otro estereotipo ove­juno que yo sepa. Este mamífero cuadrúpedo, aparentemente siempre dispuesto a darle calor y cariño a un pastor en nece­sidad de afecto, parece a veces tener una libido relativamente baja. Si bien esto se contradice con este mito popular, en un grupo de ovejas es posible observar que alrededor de un 25% de los machos no tiene demasiado interés en copular con las hembras. Estos individuos son usualmente catalogados y es­tigmatizados como “no trabajadores” o “asexuados” compa­rándolos con sus compañeros siempre dispuestos a meterse entre las lanas de una señorita oveja. Esto resulta bastante in­justo con un 8% de estos machos, porque no se trata de que no quieren trabajar sino que prefieren realizar el trabajo en compañía de otros individuos del mismo sexo.

El grupo de investigadores liderado por Charles Rose­lli investiga el comportamiento y el cerebro de estos indivi­duos desde hace varios años. Diseñaron un test para detectar la preferencia sexual de las ovejas y analizaron los cerebros de los machos que prefieren contactarse en forma íntima con ese otro macho especial. Similar a lo que se ha observado en seres humanos y en roedores, el cerebro de las ovejas posee un núcleo hipotalámico cuyo tamaño difiere entre machos y hembras. Este núcleo sexualmente dismórfico ovino (oSDN) es más grande en ovejas machos que prefieren aparearse con hembras que en hembras y en machos que prefieren machos. Si bien en humanos se ve algo parecido con el núcleo INAH3, se desconoce si el tamaño de esta estructura varía en hom­bres que prefieren estar con ovejas o en ovejas que prefieren la compañía de su amoroso dueño. De acuerdo con la teoría de la acción de organización que tienen las hormonas durante la gestación, la administración de testosterona durante la preñez es capaz de regular el tamaño del oSDN en los fetos ovinos. La testosterona prenatal hizo que el núcleo de las hembras aumentara su volumen a un nivel aún mayor que el de los ma­chos. Así que estos ovinos, además de lana, nos han otorgado algunas evidencias fisiológicas de que estos núcleos dismór­ficos están asociados a la preferencia sexual en animales que reciben poca influencia de su ambiente psicosocial. O sea, por más que le grites “oveja tragasables” u “ovino manfloro”, no te va a entender ni se va a sentir discriminado. Lo que más me divierte de todo esto es que seguramente varios homofóbicos y sus hijos estarán usando lana que proviene de una oveja ho­mosexual. Un pequeño regalo de la naturaleza, pero espero que nadie salga a quemar pulóveres después de leer esto.

100% cerebro
Publicada por: Ediciones B
Fecha de publicación: 06/09/2015
Edición: primera
ISBN: 9789876275255

 

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