Interesante

“Barón Biza”, de Christian Ferrer

BaronBiza2016


«Fue muchas cosas: escritor, playboy, millonario, izquierdista, pornógrafo, exiliado, empresario, financista de revoluciones, político, concesionario municipal, habitué de prisiones, editor de periódicos, huelguista de hambre, suicida, enamorado e infame.»

Lejos de decantar, el oscuro atractivo de Barón Biza aumenta con los años: circula su obra, antes denostada, y los artistas parodian su dandismo. Figura paradojal, construyó el monumento más alto del país y dilapidó una fortuna heredada mientras desafiaba a la opinión pública de su época con textos escandalosos. Misógino y machista, Barón Biza fue eclipsado por sus dos mujeres: la actriz de cine y aviadora Myriam Stefford -muerta en un accidente aéreo-, y la dirigente feminista de la UCR Clotilde Sabattini, a quien desfiguró con ácido.

Christian Ferrer, uno de los primeros en rastrear y discutir su leyenda,compone una biografía única y compleja donde resaltan el pasmo y las extravagancias tanto del hombre maldito como de su país, la Argentina.

A continuación un fragmento, a modo de adelanto:

El magnicida

I
En el aeropuerto de Manila, ciudad capital de la República de las Filipinas, un hombre aguardaba ansiosamente la llegada de un avión. Junto a él también esperaban una comitiva oficial, dignatarios de la Iglesia, fotógrafos de las principales agencias de noticias del mundo, curiosos y muchos creyentes. Eran tiempos en que no era tan difícil acercarse a los poderosos. El hombre, al que cabe suponer estremecido hasta el hueso y excitado por la vaga conciencia de su próxima metamorfosis en personaje famoso, o bien infame, disimulaba sus intenciones mediante un falso hábito sacerdotal y un crucifijo en la mano. Pero bajo la toga aferraba un cuchillo, un kriss malayo, cuya hoja curva de acero medía treinta y dos centímetros. Luego se comprobaría que la daga tenía una inscripción: “Balas, supersticiones, banderas, reinos, basura, ejércitos y mediocridades”. Eran las nueve de la mañana del 27 de noviembre del año 1970.

II
Había nacido un 31 de marzo de 1933 en La Paz, Bolivia. Quizás es lo más cerca del cielo que se pueda nacer. En la adolescencia descubrió que era surrealista. Descubrió también que le era posible pintar con ambas manos aunque todavía no barruntaba que la suerte no iba a ser pródiga con su vocación. Creció callado y poco dado, taciturno quizás. De estatura corta, su fisonomía exponía la viva imagen de un nacional del altiplano y nada en él anunciaba a un futuro magnicida. Ansiaba viajar: la Argentina en primer lugar, los Estados Unidos y el extremo Oriente después. Llegaría a dar la vuelta al mundo, pero su jornada quedó en suspenso al alcanzar los treinta y seis años, y el regreso sería en cadenas. Le había llevado la mitad de la vida llegar tan lejos, y tan lejos también de la gloria artística como cercano a los títulos catástrofe de primera plana de periódico.

Todavía en La Paz había trabajado para la USIS, el servicio norteamericano de información. Años después no faltarían suspicaces que le encontraran al atentado una conexión con la CIA. En 1959 abandonó Bolivia y se dirigió a Brasil, como representante de su país en la V Bienal de Arte de São Paulo. Fue por entonces que decidió instalarse en la Argentina. En Buenos Aires, al principio, pudo mostrar su obra: en 1962 expuso en una sala del Concejo Deliberante de la Ciudad de Buenos Aires, pintó también en el Hotel Llao Llao de Bariloche, y exhibió sus obras en la tradicional galería de arte Witcomb. Pero la mala época llegó, y parecía constante. Intentó vender sus cuadros en el barrio de San Telmo, vivió en locales vacíos de la calle Corrientes, y al fin no tuvo más remedio que esbozar retratos de las clientas de una peluquería de la Recoleta para vender en el acto. Y a cambio de comida pintó obras en las paredes de un restaurante aledaño al teatro Ópera.

En la historia de las vanguardias estéticas del siglo XIX también hay capítulos reservados para la penuria y la mala nutrición, pero aquellos pintores estaban seguros de lo que estaban forjando en sus telas y la esperanza del reconocimiento público, incluso póstumo, nunca los abandonó. En Buenos Aires nadie se interesó por el pintor surrealista del altiplano. Apenas un crítico de arte se ocupó de él, y para desestimarlo de un plumazo. En mayo de 1963 dejó la Argentina. Algunos amigos tendría, pues por entonces un retrato suyo fue publicado en la revista satírico-política Tía Vicenta. Junto a la foto se lee: “Parte sin dolor hacia New York el pintor surrealista boliviano Benjamín Mendoza y Amor. Buen viaje, demonio, y que vendas muchos cuadros”. De allí en adelante vivió en los Estados Unidos, Japón, Hong Kong y Taiwán. Antes de instalarse en el archipiélago de las islas Filipinas llegó a exponer en la Unión Soviética y en Hawai, vaya uno a saber cómo. Casi diez años antes, en febrero de 1961, Benjamín Mendoza y Amor había pasado un mes en Mar del Plata pintando un par de murales para pagar el hotel en que se alojó. El hotel se llamaba “Manila”.

III
El avión aterrizado en Manila venía desde Dacca, capital de Bangla Desh, última etapa de una gira iniciada una semana antes. Cuando el pasajero principal se asomó por la escalerilla vio a tres mil personas vitoreándolo y escuchó repicar las campanas de todas las iglesias de la ciudad. Estaban doblando por él. El hombre disfrazado de sacerdote se le aproximó lentamente, aprovechando descuidos, fervores ajenos y un deficiente servicio de seguridad, hasta ubicarse en la vecindad de la máxima encarnación del poder temporal. Luego, lanzó el brazo a modo de zarpa pero el cuchillazo apenas pudo hendir el aire, dejando sorprendida a la presa y desacomodado al victimario, consciente de haber fallado apenas por centímetros. Había tratado de asesinar al papa Paulo VI. Aun así, logró golpear levemente al pontífice en el pecho antes de que un prelado se interpusiera en su camino. No habría segunda oportunidad: en un instante decenas de hombres lo sepultaron bajo un túmulo de músculos y amenazas, algunas dichas en su propio lenguaje, el castellano, que también se habla en las islas Filipinas. Benjamín Mendoza y Amor, artista sin suerte, recorrió un largo trecho desde las alturas bolivianas hasta el Océano Pacífico con el fin de cometer un magnicidio, el primer intento de su tipo en cien años, contra el representante de Dios en la Tierra. Al día siguiente los diarios de todo el mundo dedicaron la primera plana al atentado fallido y también al frustrado asesino, un oscuro pintor repentinamente elevado desde la intrascendencia hasta esa celebridad que sólo perdura en tanto y en cuanto la noticia no se oxide en la letra de molde. Por cierto, sus cuadros también llegaron a la primera plana, al menos durante un par de días.

IV
En 1962 y en Buenos Aires, Benjamín Mendoza y Amor había pintado un cuadro con imágenes terribles y lo había llamado El alba de los tiranos. Guerra, destrucción, muerte, esclavitud, miseria, y el poder, que tenía un bloque de hielo por corazón. Había sido preparado a pedido de un comprador al que ya antes había vendido otras obras suyas y a quien le prepararía las ilustraciones de su último libro. Era Barón Biza. Es probable, casi seguro, que el pintor supiera o se enterara de que su cliente era o había sido millonario y que arrastraba tras de sí una fama oscura de hombre violento y ateo, y que en otros tiempos había publicado dos novelas que, una vez llevadas a juicio, le valieron el mote de “pornógrafo” y ahora tenía lista una nueva titulada Todo estaba sucio, que fue publicada un año antes de su fallecimiento por mano propia. En la portadilla del libro se informa “Ilustró Benjamín Mendoza”, y en el epígrafe, “Que mi tumba no tenga nombre, ni # ores, ni cruz”. Tal voluntad sería cumplida. Son diez dibujos en blanco y negro, alegóricos algunos y otros ilustrativos de frases tomadas del argumento del libro y transcriptas bajo cada uno de los dibujos, componiendo un diálogo entre escritor y artista. Se ven precipicios, árboles y seres sufridos; un hombre atravesando una alambrada de púas para alcanzar un libro; una mujer quitándose un cinturón de castidad; unos zapatos de taco alto sobre una silla; otra mujer, desnuda, haciendo el gesto de silencio con el dedo índice; un hombre y una mujer expulsados del paraíso; y al fin un martillo tosco, una # echa indígena y un cáliz sobre el que levita una hostia. La temática religiosa, matizada de anticlericalismo, abunda. Y fue entre 1962 y 1963 cuando Benjamín Mendoza y Amor visitaba las oficinas de Barón Biza, ubicadas en un piso quince y cercanas a los pasillos subterráneos que atraviesan la Avenida 9 de Julio, para tomar café y ofrecer sus cuadros.

V
Una derivación grotesca del atentado ocurrió cuando el presidente filipino, el dictador Ferdinando Marcos, se atribuyó haber impedido el magnicidio con un certero golpe de karate propinado al falso sacerdote boliviano. Pero no era verdad: las fotografías lo muestran muy lejos de los acontecimientos. Con moderada irritación, la cancillería vaticana envió una declaración a la prensa especificando que la persona que paró el golpe abrazándose a Mendoza y Amor había sido el coreano Sou Kwan (“Stephen”) Kim, arzobispo de Seúl y cardenal de San Felice da Cantalice a Centocelle. Curiosamente, el único en corroborar la versión de Marcos fue el propio Benjamín Mendoza y Amor.

VI
Benjamín Mendoza y Amor confesó ante Serafín Fausto, subjefe de policía de las Filipinas, motivaciones distintas: “Que hacía mucho tiempo que deseaba matar al Papa porque él alentaba la superstición por el mundo, y que luego seguiría con el presidente norteamericano Richard Nixon”; “Que nunca quiso dañar al Papa sino darle muerte, no físicamente sino de forma surrealista”. Quizás fue a causa de esta última declaración que Paulo VI lo perdonó, como suelen hacerlo sus santidades. Eso está especificado en la etiqueta del Estado Vaticano, pero no en la del tribunal filipino que lo juzgó. El juez Pedro Bautista condenó a Benjamín Mendoza y Amor a cuatro años de prisión por tentativa de asesinato, pena cumplida casi en su totalidad. El artista ingresó a la prisión con dos palomas, una en cada mano. Un año antes del atentado el pintor errante había expuesto óleos y acuarelas en el Museo Nacional de las Filipinas y también en la Biblioteca Nacional de ese país. No consiguió vender ni un solo cuadro. Pero a poco de ocurrido el frustrado intento de asesinato se vendieron cien obras suyas y por un tiempo la cotización alcanzó los cientos y los miles de dólares. Esta vez había sido reconocido: el arte-atentado disfrutó de un breve momento de gloria en el mercado.

VII
El intento de asesinato de un papa fue tapa mundial, unanimidad de la que no quedó excluida la Argentina. A los jefes de redacción de los diarios locales no se les pasó por alto la estadía de Benjamín Mendoza y Amor en la ciudad de Buenos Aires pero se les traspapeló la conexión local, el encuentro entre dos personalidades tan perturbadas como irredimibles. Quien luego quiso ser parricida en grado sumo había mantenido una relación clientelar con el millonario ateo, excéntrico e intratable. En 1962 Mendoza y Amor expuso El alba de los tiranos en la Galería Witcomb. Tuvo que solicitarlo en préstamo a Barón Biza, pues el cuadro ya no le pertenecía. Varios años después un periodista de la revista amarillista Así sería el único en vincular al pintor desconocido con el escritor maldito: “Entre las pinturas expuestas por Mendoza en esa galería figuraba El alba de los tiranos, que había sido comprado con anterioridad por el señor Barón Biza, y que ahora que Mendoza es célebre lo puso de nuevo en venta. Seguramente Barón Biza piensa recuperar con creces —por la triste fama que cubrió de golpe al artista— la suma que le costó el cuadro”. Pero eso ya no era posible: Barón Biza llevaba seis años bajo tierra.

Décadas antes, Barón Biza había publicado una carta dirigida al papa Pío XI, uno de los cercanos antecesores de Paulo VI, a manera de prefacio áspero y blasfemo de su libro El derecho de matar. Entre las muchas ilustraciones de aquel libro procesado resalta la de una mujer disfrazada de pontífice o “papisa” y otra en la que una mujer está crucificada sobre una montaña de dinero. El anticlericalismo fue una de las grandes pasiones políticas del siglo XIX. Era una de las aristas filosas del tridente laico, y luego de potenciarse por última vez por medio del tumultuoso géiser del surrealismo, se fue limando hasta transformarse inadvertidamente en la atmósfera de la vida relacional de la actualidad. Todavía en la década de 1970 la Iglesia era un actor político de primera magnitud, pero su capacidad de fiscalizar moralmente a la población había menguado drásticamente. También los últimos fulgores del surrealismo emanaban de brasas que ya no crepitaban. Pero esa mala nueva no había llegado a Bolivia. En otras obras de Mendoza y Amor se multiplican los cuchillos, los patíbulos, las plantas carnívoras y las formas oníricas, tanto como el motivo anticlerical, uno de los platos fuertes de los surrealistas, que ya habían aderezado Niki de Saint Phalle, Clovis Trouille y Luis Buñuel. En uno de sus óleos el Papa está sentado sobre el diablo y en otro, llamado “Jesucristo y la ira”, se ve al salvador junto a una mujer desnuda. No es improbable que Benjamín Mendoza y Amor haya leído El derecho de matar y ojeado las ilustraciones que precedieron a las suyas propias de Todo estaba sucio. Quizás para inspirarse.

VIII
No hay mucha información acerca de las relaciones de Benjamín Mendoza y Amor con el mundo del arte. Un hombre parco de carácter y que había residido intermitentemente en tantos lugares quizás careciera de amistades y relaciones duraderas. Una de sus pocas amigas en Manila se llamaba, curiosamente, Caroline Kennedy. En Buenos Aires, al correr la noticia, la mayoría de quienes lo habían conocido se llamó a silencio aunque dos o tres entrometidos que lo trataron brevemente se prodigaron en anécdotas insignificantes. Luego, silencio. No obstante, hubo vindicadores de Benjamín Mendoza y Amor, una defensoría natural y de oficio asumida por los surrealistas, anticlericales por convicción e incendiarios por vocación. En 1973 la revista Arsenal, del grupo surrealista de Chicago, defendió al pintor boliviano en un artículo titulado “Guerra contra el Papa” y en el cual se celebraba el “gesto gracioso” de Mendoza y Amor como “el acto más puro de audacia individual”. Dos años antes el mismo grupo había editado un panfleto intransigente, “Hacia el Segundo Incendio de Chicago”, que el filósofo Herbert Marcuse consideró “uno de los raros ejemplos de cómo el humor demente puede transformarse en una verdad política radical”. Pero ni en las cumbres más empinadas de sus sueños podría haber imaginado aquel ser del altiplano que alguien postularía la necesidad de un monumento para su persona, lo que puede tomarse como llamamiento blasfemante o como santa carcajada.

Así culminaba el libelo: “La destrucción de la Iglesia de San Pedro debería comenzar en Navidad, acompañada de fuegos artificiales eróticos, la puesta en escena de Ernestina, del Marqués de Sade, y la proyección de Animal Crackers, de los Hermanos Marx. Le será enviada una invitación a Charles Mingus, quien, esperamos, ejecutará su Pithecantropus Erectus contra un fondo de llamas crepitantes. En las cercanías, una selección de obras surrealistas violentamente antirreligiosas girará lenta302 mente sobre una calesita construida especialmente para la ocasión. Entre la multitud de celebrantes quizás se divisen los meandros caprichosos de un avestruz, algunos canguros, un rinoceronte, numerosos búhos y quizás un oso perezoso gigante de la Patagonia. Una abundancia de granadas, mangos, naranjas, bifes de solomillo y los vinos más finos estarán disponibles para cualquiera. Sobre las ruinas y cenizas de esta iglesia ridícula el Grupo Surrealista propone erigir un enorme monumento en honor de nuestro camarada Benjamín Mendoza y Amor. Este monumento, imposible de describir salvo en su bosquejo general, será construido a partir de ladrillos fabricados con crucifijos derretidos y otros artefactos cristianos (biblias, rosarios, reliquias, iconos, medallones, etcétera), rociados todos ellos con la pintura roja más brillante. Contendrá muchas y muy diferentes habitaciones, cada cual dedicada a una figura ejemplar (tales como Sade, Flora Tristán, Melville, Swinburne, Nietzsche, Sandor Ferenczi, Peetie Wheatstraw, Rosa Luxemburgo, Benjamin Péret). La habitación de Melville, por ejemplo, incluirá un vasto acuario, dentro del cual La Última Cena, de Leonardo da Vinci, suspendida al revés, proveerá de un inmejorable telón de fondo para la navegación del pez diablo y de la mantarraya. Este monumento, para su función simbólica específica, exigirá del sistemático desenraizamiento de todo vestigio de superstición religiosa y del reenforzamiento concurrente de las capacidades imaginativas concretas. Arriba de su entrada habrá una larga placa, cubierta en pieles, en donde letras fosforescentes expondrán el santo y seña inmortal enunciado por André Breton: Dios es un cerdo”.

IX
En 1974 Benjamín Mendoza y Amor puso los pies fuera de la prisión filipina de Quezón City y de inmediato fue deportado a su país natal. El avión en que regresó a Bolivia hizo escala en Tahití y fue justamente en ese brote del paraíso donde Mendoza y Amor se encontró casualmente con un argentino famoso, o infame, según se mire, que también había estado en las Filipinas días antes. Este hombre viajaba por Oriente acompañado de una mujer despampanante que veinte años antes había sido elegida “Miss Argentina”. A mediados de la década de 1970 no era muy probable que dos personas relacionadas con la Argentina coincidieran sin cita previa en el aeropuerto de Papeete, capital de Tahití, menos aún que una de ellas fuera un malogrado magnicida y el otro un pornógrafo asediado por la censura. Ya en Buenos Aires, este último daría una entrevista y contaría lo siguiente: “¿Sabés a quién conocí cuando tomé el avión que me trajo de Tahití a Lima? A Mendoza y Amor, ese pintor que hace unos años atentó contra la vida de Paulo VI en Manila. Estaba herido, le chorreaba sangre de la barriga y me preguntó si no tenía algún calmante. Hurgué en todos los bolsillos pero ni una aspirina encontré. Mendoza viajaba custodiado por policías de civil. En tono confidencial le pregunté por qué había cometido aquella barbaridad, y me respondió que fue un arranque de locura. Traté de comprenderlo, sin juzgarlo. Yo soy cristiano. Y sé que como ser humano ese hombre merece castigo y también respeto. Pero te juro que me sentí mal, muy mal. Mal por él, mal por la incomprensión que de pronto nos envuelve y contagia; me sentí mal, enojado conmigo mismo”. El hombre que salía en defensa de Benjamín Mendoza y Amor había tenido un padre afiliado al radicalismo yrigoyenista y él mismo había sido sucesivamente jugador profesional de básquet, actor de cierta fama, director de cine después, y siempre, siempre, siempre, el que había llenado la pantalla de cine con carne de hembra. Se llamaba Armando Bo y hubo un tiempo en que él y los 90 centímetros de busto, 58 de cintura y 90 de caderas de su musa Isabel Sarli eran innombrables.

Barón Biza
Vida, apogeo y muerte de uno de los personajes más misteriosos y malditos de la historia argentina.
Publicada por: Sudamericana
Fecha de publicación: 02/01/2016
Edición: 1a
ISBN: 9789500754583
Disponible en:Libro de bolsillo