Interesante

Adelanto de «La carrera hacia ninguna parte», de Giovanni Sartori

9789877370232


Con su lucidez habitual y su extrema claridad, Sartori se enfrenta en este libro a una serie de temas determinantes de la actualidad: la crisis de la política, el choque cultural y de civilizaciones entre el islam y el cristianismo, la «guerra contra el terror», el sistema electoral perfecto, las olas de inmigración y el derecho a la ciudadanía, y la delicada cuestión de cuándo la vida biológica se convierte en verdaderamente humana.

La carrera hacia ninguna parte recoge las desengañadas palabras de un gran sabio de la cultura política en el lento declive al que Europa parece abocada por no haber sabido salvaguardar los valores fundamentales de una sociedad realmente liberal-democrática.

A continuación un fragmento, a modo de adelanto:

Capítulo 10 – El embrión y la persona  

Si, como me deseó un simpático lector tiempo atrás, me hubieran matado cuando era un embrión, no me habría dado cuenta y ni siquiera habría sufrido por ello. En cambio, como persona humana, sé que tendré que morir y quizá incluso que sufrir. Y el argumento lógico es el siguiente: si bien un embrión será una persona, un embrión todavía no lo es. Sin embargo, hace tiempo, el cardenal Scola lo formuló así: «Yo soy Angelo Scola, de sesenta y tres años, patriarca de Venecia, porque fui aquel embrión». He lamentado con frecuencia, también en el capítulo anterior, que la Iglesia no se acuerde ya del alma (del alma infundida por Dios), y ahora descubro que nuestro buen cardenal olvida incluso el libre albedrío. Y sin libre albedrío no hay culpa ni mérito: todo está ya determinado ab ovo. Pero yo sigo creyendo en el libre albedrío, me creo responsable de lo que hago, y por lo tanto le concedo poquísimos méritos, o deméritos, a mi embrión.

Admito que el embrión ha preestablecido la longitud de mi nariz, el color castaño de mis ojos y otros atributos de mi belleza física, pero no le concedo ni un miligramo más. No podría aunque quisiera. Volvamos, pues, al alma y tratemos de aclarar, de nuevo con ayuda de santo Tomás, qué distingue a sus tres «formas». La primera es el «alma vegetativa», en la cual «el embrión vive la vida de la planta»; luego «le sucede un alma más perfecta, que es a la vez nutritiva y sensitiva, y entonces el embrión vive la vida del animal», y la tercera es el «alma racional, que es infundida desde el exterior» (Summa Theologiae, I, 90, 3c). Así pues, el alma presente en el embrión sería para nuestro Doctor Angelicus únicamente vegetal (vive la vida de una planta), mientras que yo, más generosamente, le reconozco ya una vida animal; con lo cual sigue manteniéndose en pie que el alma que califica la vida humana es el alma racional, que es infundida por Dios y llega tarde, cuando el feto ya está formado. Y como el tomismo es la estructura que sostiene no solo la escolástica, sino toda la teología católica, respecto al embrión, yo me siento teológicamente tranquilo. Y como me siento tranquilo, digo, usando la razón, que la vida humana empieza con el «darse cuenta» y que no hay que caer en la confusión entre vida y vida humana. Pero entonces, ¿cuál es la diferencia entre cualquier vida y la vida humana? En el pasado la respuesta era el alma, el alma es lo que determina el ser del hombre. Pero hoy, repito, ya nadie se acuerda del alma, la Iglesia ya casi nunca habla de ella. La omisión es sorprendente. Pero da igual. En cuanto a lo que provoca la chispa de la vida en los primates y, específicamente, en el hombre (nos saltamos en aras de la brevedad todas las demás formas de vida), la respuesta ahora ya es segura: empieza en el momento de la fecundación, de la unión del espermatozoide masculino con el gameto femenino. Pero, normalmente (la pregunta es inevitable), ¿esta fecundación es ya en ese momento vida humana? La fe, si así se lo imponen sus autoridades, debe responder que sí, y el católico, si lo apuran, pondrá por delante su fe, como debe ser. Pero la razón, como veremos, debe responder que no. Pasemos a la razón, al argumento racional. En este contexto, el argumento es que la vida humana es distinta de la vida animal porque el hombre es un ser capaz de reflexionar sobre sí mismo y, por lo tanto, se caracteriza por la autoconciencia. El animal no sabe que debe morir, el hombre sí. El animal sufre físicamente porque está dotado de sistema nervioso, pero el hombre sufre también psicológica y espiritualmente. Digamos, entonces, que la vida humana empieza a ser distinta de la de cualquier otro animal superior cuando empieza a «darse cuenta». Y no, evidentemente, cuando está en el útero materno. La Iglesia afirma que la ciencia ha demostrado que el embrión es un individuo humano y, como tal, no se le puede matar. Pero no es así. La ciencia está sometida, en su argumentación, a las reglas de la lógica. Empecemos desde el principio de la identidad: a = a. Aquí lo importante es que la lógica no es diacrónica, no sigue la metamorfosis de una entidad en el tiempo. Ahora bien, es muy cierto que el proceso del desarrollo de cualquier embrión hasta cualquier ser es continuo, pero el principio de identidad afirma que a es a, no que a será a. La lógica no permite declarar que una bolita de caviar es igual que un esturión. Y, por lo tanto, debo insistir: el argumento de que un embrión es igual a un ser humano, que es un individuo-persona porque será un individuo-persona, es lógicamente inaceptable. Del mismo modo, no puedo aceptar la forma en que quien rebate mi razonamiento fuerza el principio de no contradicción, sosteniendo que yo debería afirmar (de lo contrario me contradiría) que el paciente anestesiado, el anciano demente y el lesionado cerebral deben ser tutelados «por considerarlos vida animal». Pero no es así. Como ya he explicado, el atributo de la conciencia denota una capacidad. Y si dicha capacidad se adormila o se atrofia, una persona humana que lo es sigue siéndolo.

La carrera hacia ningún lugar
El nuevo libro de Giovanni Sartori, premio Príncipe de Asturias y autor de títulos como Homo videns, La democracia en treinta lecciones y Qué es la democracia.
Publicada por: Taurus
Fecha de publicación: 09/01/2016
Edición: 1a
ISBN: 9789877370232
Disponible en:Libro de bolsillo