sábado 15 de diciembre
Interesante

Adelanto de “De matasanos a cirujanos”, de Lindsey Fitzharris


Tras la pista de un héroe perdido de la ciencia, este libro nos desvela el truculento mundo de la cirugía victoriana conjurando el ambiente de las primeras salas de operaciones y sus admirados «matasanos»: hombres sin miramiento elogiados por su habilidad y fuerza bruta al operar, antes de la invención de la anestesia.

En vísperas de una profunda transformación de la medicina, estos pioneros, conscientes de que las secuelas de la cirugía eran más peligrosas que las dolencias mismas, estaban desconcertados por las recurrentes infecciones que se producían tras las intervenciones y que mantenían las tasas de mortalidad obstinadamente altas. Pero, en un momento en que la cirugía no podría haber sido más peligrosa, una figura emergió inesperadamente de las sombras: un joven médico, un cuáquero de talante melancólico llamado Joseph Lister, que resolvería el mortal enigma de la causa de las infecciones y cambiaría el curso de la historia de la medicina.

A lo largo de estas páginas, Fitzharris nos retrata el siniestro período comprendido entre 1850 y 1875, presentándonos a un elenco de personajes -algunos de ellos brillantes, otros directamente criminales- que frecuentaron las sucias escuelas de medicina y lúgubres hospitales donde aprendieron su oficio, las macabras morgues donde estudiaron anatomía, y los cementerios ocasionalmente saqueados en búsqueda de cadáveres que diseccionar.

A continuación un fragmento, a modo de adelanto:

Limpieza y agua fría

El cirujano es como el labrador que, tras sembrar el campo, espera con resignación lo que la cosecha pueda traerle, y recoge sus frutos plenamente consciente de su impotencia contra las fuerzas elementales que desencadenan lluvias, huracanes y granizos.

RICHARD VON VOLKMANN

En julio de 1859, James Lawrie, de cincuenta y nueve años, profesor regio de cirugía clínica en la Universidad de Glasgow, sufrió una apoplejía con parálisis que le privó de la capacidad de moverse y de hablar. Era muy conocido en la universidad y había sido profesor del famoso misionero médico y explorador David Livingstone. El puesto de Lawrie, muy codiciado entre la comunidad de cirujanos, estaba de pronto vacante.

Lister comunicó a su padre la noticia de inmediato: «El doctor Lawrie […] se encuentra en un estado de salud que no le permitirá ocupar su puesto mucho más tiempo». Le manifestó su interés en solicitar la vacante. Con un título tan prestigioso, podría desarrollar su propia y lucrativa práctica privada en Glasgow, algo que no había podido hacer en Edimburgo. Además, Lister contaba con que sería nombrado cirujano del hospital de la ciudad por influencia de los amigos que tenía en la facultad de Medicina. Y lo que era más importante: le dijo a su padre que confiaba en que, si conseguía ese puesto, en el futuro «tendría más derecho a cualquier nombramiento en Londres».

Pero había un inconveniente. Si Lister se trasladaba a Glasgow, pondría fin a su relación de seis años con su amigo, colega y suegro. «Me dolería mucho —se lamentó a su padre— abandonar Edimburgo, y en particular al señor Syme, a quien, como usted sabe, tengo en gran aprecio.» También le preocupaba lo que ello significaría para su viejo mentor y la práctica quirúrgica que ambos habían cultivado en los últimos años: «Evidentemente, el señor Syme […] preferiría que me quedara aquí y le ayudara en el hospital […] porque no hay nadie más en esta ciudad que esté tan de acuerdo con él en la práctica de la cirugía». Pero el cirujano de treinta y dos años no podía ignorar las oportunidades que le esperaban si obtenía una cátedra en Glasgow. Así que dejó a un lado su apego a Syme y la Royal Infirmary y se postuló para aquel puesto.

Otros siete candidatos muy cualificados también lo solicitaron: cinco de Glasgow y dos de Edimburgo. Pero el hecho de que, en Gran Bretaña, todos los nombramientos para los puestos de profesores regios estuvieran en manos de un ministro de la Corona complicaba las cosas, porque era poco probable que supiera mucho acerca de los requisitos específicos de un puesto determinado y pudiese determinar qué aspirantes estarían mejor cualificados para ocuparlo. Syme recomendó amablemente a su yerno, declarando con el característico lenguaje lacónico para estos casos que Lister poseía un «estricto sentido de la exactitud, una extraordinaria capacidad de observación y un juicio sensato, todo ello unido a una destreza manual poco común y una mentalidad práctica».

Pasaba el tiempo y nadie sabía nada acerca de aquel puesto. En diciembre, Lister recibió una carta privada de un confidente que le informaba de que el puesto de profesor regio se lo iban a ofrecer a él. Pero, en enero, su euforia se enfrió cuando The Glasgow Herald anunció que no había nada decidido al respecto. El artículo llamaba la atención sobre una carta abierta que había circulado entre la comunidad médica y que habían escrito los dos parlamentarios de la ciudad. Estos pedían a los médicos locales que les dijeran «qué candidato es, en su opinión, el mejor cualificado para el puesto poniendo una cruz junto a su nombre». Hubo un clamor entre aquellos preocupados por la corrupción y las recomendaciones. Si un candidato era escogido por los médicos de Glasgow, seguramente mostrarían una predisposición contra forasteros como Lister.

La protesta aumentó, con William Sharpey, John Eric Erichsen y James Syme escribiendo cartas de apoyo a la candidatura de Lister. Diez días después de que apareciera el editorial, Lister fue oficialmente invitado por el ministro del Interior a ocupar el puesto de Lawrie. Al día siguiente, el hijo escribió jubiloso al padre: «Por fin han dado la esperada noticia […] de que Su Majestad ha aprobado mi nombramiento». Lister se sentía «embriagado de [una] alegría» que, «sin lugar a dudas, el largo período de suspense que la ha precedido ha duplicado o triplicado». También creía que la decisión había liberado a Glasgow de la carga de estrechez de miras y tribalismo universalmente presente. Lister pensó que él y Agnes se sentirían bien acogidos en aquella nueva ciudad.

Glasgow estaba a solo 64 kilómetros de Edimburgo. Ambas ciudades tenían una antigua universidad, pero el ambiente intelectual de Glasgow era muy diferente del que Lister había encontrado en Edimburgo, al cual se había acostumbrado cuando trabajaba junto a Syme. La comunidad médica de Glasgow era más autoritaria que especulativa, más conservadora que inconformista. No acogía con facilidad la innovación. Lister tendría dificultades para hallar su lugar entre los tradicionalistas más inflexibles de la universidad.

Cuando Lister se presentó en la ceremonia de toma de posesión, la sala estaba llena de hombres distinguidos de la institución que pronto serían sus colegas. Habían acudido en tropel para escuchar el discurso del nuevo profesor de cirugía clínica. Lister estaba nervioso. Un día antes, le habían dicho que tendría que exponer sus tesis en latín, una tradición anticuada que provenía de la creencia de que los médicos debían ser capaces de mostrar su amplitud de conocimientos. Un contemporáneo escribió: «Debemos ser primero hombres y caballeros antes de hacernos médicos u hombres de ciencia».

En las últimas horas de la víspera, Lister se esforzó por preparar su importante discurso. Al día siguiente, cuando se hallaba delante de aquella audiencia, echó mano nerviosamente de un diccionario de latín que se había llevado por consejo de Agnes. Para agravar su nerviosismo, también le preocupaba que regresara su tartamudeo, como a veces sucedía si se hallaba sometido a una gran presión. Pero en cuanto comenzó a hablar, tomó un buen ritmo. El latín salía de su boca con sorprendente facilidad. Y cuando se disponía a extenderse en sus tesis, el rector de la universidad se puso en pie y lo interrumpió. Le indicó que podía detenerse porque ya había cumplido los requisitos con los primeros párrafos. Había superado la primera prueba.

A pesar de las tendencias conservadoras de la Universidad de Glasgow, se producirían algunos cambios. Los recientes nombramientos en el cuerpo docente atrajeron a nuevas figuras y contribuyeron a corregir la deslucida reputación de la institución. En 1846, William Thomson (conocido como lord Kelvin, quien más tarde formularía la primera y la segunda leyes de la termodinámica) se unió a la facultad como profesor de filosofía natural, llevando consigo al aula su énfasis en el laboratorio y el trabajo experimental. Dos años después, Allen Thomson fue nombrado profesor de anatomía. Sus lecciones de anatomía microscópica fueron una novedad en el anquilosado plan de estudios de la universidad. Como resultado de estos cambios, la institución empezó observar un continuo incremento en las matriculaciones de estudiantes de medicina. Cuando Lister ingresó en el cuerpo docente de la facultad, había 311 estudiantes matriculados, casi tres veces más que los matriculados veinte años antes. Más de la mitad se habían inscrito en el nuevo curso de cirugía sistemática de Lister, llegando a ser el más solicitado de su tipo en toda Gran Bretaña.

La universidad no estaba preparada para este repentino aluvión de estudiantes. Mientras que la Universidad de Edimburgo había destinado cientos de libras a la renovación de las aulas y los aparatos de enseñanza, la de Glasgow no hizo casi ninguna inversión.Lister, cuyos métodos de enseñanza práctica requerían el uso de muestras, modelos y dibujos anatómicos, consideró que el aula que se le había asignado era inadecuada. Decidió invertir su propio dinero en la renovación de su espacio, que entre otras cosas incluía la construcción de un «cuarto reservado» anexo a la sala de operaciones donde podría almacenar su extraordinaria colección de muestras. También cambió mesas y sillas, y dejó el aula limpia y finalmente pintada.Agnes ayudó en la redecoración. En una carta que escribió en mayo a la madre de Lister, Isabella, observaba: «Qué bonito ha quedado […] el revestimiento verde en las tres puertas, el marco del diagrama de color roble, los pequeños pomos de brillante latón en las puertas y la magnífica pizarra enmarcada a un lado y el esqueleto bien montado al otro. Unas láminas cuelgan del marco de un diagrama, y algunas preparaciones están sobre la bonita mesa de roble». Las reformas produjeron un efecto instantáneo en los estudiantes de Lister, que se quitaron el sombrero al entrar en el aula y esperaron en reverente silencio después de sentarse. Aquel renovado escenario les indicaba que podían esperar un enfoque igualmente nuevo en su educación.

A pesar de que todavía le preocupaba no poder hablar con naturalidad delante de una multitud, la primera lección de Lister fue todo un éxito. Empezó con una cita del cirujano del siglo XVI Ambroise Paré, que decía: «Yo lo vendé, Dios lo curó», para luego pasar a una disertación sobre la importancia de la anatomía y la fisiología en la cirugía. Las disertaciones de Lister informaban y entretenían. Su sobrino decía que los estudiantes «se reían también en los momentos justos» en que el normalmente reservado cuáquero «tranquila y educadamente atizaba a la homeopatía», que condenaba desde sus días de estudiante en el University College.

Uno de los temas principales de su enseñanza era la necesidad de dejar muñones útiles cuando había que amputar extremidades con el fin de que los amputados pudieran conservar tantas funciones como fuese posible y no resultaran una carga para sus familias o la sociedad. Una vez más hizo que la clase estallara en carcajadas al contar el caso de un estoico joven de Escocia que era capaz de bailar un highland fling después de que Lister le amputara las dos piernas. Tras aquella clase, Lister escribió a su madre: «Ahora veo que con la ayuda de esta cordialidad puedo hacer cualquier cosa. […] Era curiosa la completa ausencia de toda sombra de nerviosismo durante la clase».

Los estudiantes se entusiasmaron con el nuevo profesor, que a su vez se sentía cada vez más cómodo en el papel de docente. Incluso parecían estarle agradecidos por su tendencia a tartamudear, porque ello lo obligaba a hablar con lentitud y les permitía tomar apuntes con más facilidad. Uno de sus licenciados escribiría más tarde que Lister era de hecho adorado por los estudiantes. Syme también oyó hablar en Edimburgo de los progresos de su protegido. Y escribió a su yerno: «Está claro que dominas el juego. —Añadiendo, como por si acaso—: Te deseo que termine bien para ti».

De matasanos a cirujanos
Impresionante e iluminador, De matasanos a cirujanos celebra el triunfo de Joseph Lister, un personaje visionario cuyo propósito de unir ciencia y medicina nos catapultó al mundo moderno.
Publicada por: Debate
Fecha de publicación: 09/01/2018
Edición: 1a
ISBN: 9788499928593
Disponible en:Libro de bolsillo

 

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