lunes 17 de diciembre
Interesante

Adelanto de “En defensa de la Ilustración”, de Steven Pinker


Si creías que el mundo estaba llegando a su fin, esto te interesará: vivimos más años y la salud nos acompaña, somos más libres y, en definitiva, más felices. Y, aunque los problemas a los que nos enfrentamos son extraordinarios, las soluciones residen en el ideal de la Ilustración: el uso de la razón y la ciencia.

En esta elegante evaluación de la condición humana en el tercer milenio, el científico cognitivo e intelectual Steven Pinker nos insta a ver con otra perspectiva los titulares alarmistas y las 
profecías apocalípticas que juegan con nuestros prejuicios psicológicos. En cambio, haciendo uso de datos empíricos, muestra que la vida, la salud, la prosperidad, la seguridad, la paz, el conocimiento y la felicidad van en aumento no solo en Occidente, sino en todo el mundo. Este progreso no es el resultado de ninguna fuerza cósmica. Es un regalo de la Ilustración: la convicción de que la razón y la ciencia pueden mejorar el florecimiento humano.

Lejos de ser una esperanza ingenua, la Ilustración, ahora lo sabemos, ha funcionado. Pero hoy más que nunca necesita que la defendamos con vigor. Con profundidad intelectual y estilo literario, En defensa de la Ilustración defiende la razón, la ciencia y el humanismo: los ideales que necesitamos para enfrentarnos a nuestros problemas y continuar nuestro progreso.

A continuación un fragmento, a modo de adelanto:

Capítulo 13 – Terrorismo

Cuando escribí en el capítulo anterior que vivimos en la época más segura de la historia, era consciente de la incredulidad que provocarían esas palabras. En los últimos años, atentados terroristas y matanzas indiscriminadas con amplia difusión han puesto nervioso al mundo y han fomentado la ilusión de que vivimos nuevamente en tiempos peligrosos. En 2016, una mayoría de estadounidenses mencionaban el terrorismo como el problema más importante al que se enfrentaba el país, declaraban estar preocupados por la posibilidad de que ellos mismos o su familia fuesen víctimas de un atentado e identificaban al ISIS como una amenaza para la existencia o la supervivencia de Estados Unidos.1 El temor no solo ha confundido a los ciudadanos ordinarios que trataban de librarse de un encuestador telefónico, sino también a los intelectuales públicos, especialmente a los pesimistas culturales perennemente ávidos de signos de que la civilización occidental se encuentra (como siempre) al borde del colapso. El filósofo político John Gray, un progresófobo confeso, ha descrito las sociedades contemporáneas de Europa Occidental como «terrenos de conflictos violentos» en los que «la paz y la guerra se confunden fatalmente».

Pero lo cierto es que todo esto es una ilusión. El terrorismo representa un peligro excepcional, puesto que combina un gran terror con un daño menor. No incluiré las tendencias en el terrorismo como un ejemplo de progreso, pues no muestran el declive a largo plazo que hemos visto en los casos de la enfermedad, el hambre, la pobreza, la guerra, los delitos violentos y los accidentes. Pero mostraré que el terrorismo supone una distracción en nuestra evaluación del progreso y, en cierto modo, un tributo ambiguo a dicho progreso.

Gray tacha los datos reales sobre violencia de «amuletos» y «brujería». La siguiente tabla muestra por qué necesitaba esta ideológica incompetencia numérica para proferir su jeremiada. La tabla muestra el número de víctimas de cuatro yt65categorías de muertes (terrorismo, guerra, homicidio y accidentes) junto con el total de muertes, en el año más reciente para el que existen datos disponibles (2015 o anterior). Es imposible trazar un gráfico, ya que la representación de las cifras del terrorismo sería menor que un píxel.

«Europa Occidental» se define como en la Base de Datos Global sobre Terrorismo, comprendiendo 24 países y una población en 2014 de 418.245.997 habitantes (Statistics Times, 2015). Omito Andorra, Córcega, Gibraltar, Luxemburgo y la Isla de Man.
Fuentes: Terrorismo (2015): Consorcio Nacional para el Estudio del Terrorismo y las Respuestas al Terrorismo, 2016. Guerra, EE. UU. y Europa Occidental (RU y OTAN) (2015): icasualties.org <icasualties.org&gt;, Guerra, Mundo (2015): UCDP Battle-Related Deaths Dataset, Programa de Datos sobre Conflictos de Uppsala, 2017. Homicidio, EE. UU. (2015): Oficina Federal de Investigación, 2016a. Homicidio, Europa Occidental y Mundo (2012 o más reciente): Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito, 2013. Los datos de Noruega excluyen el atentado terrorista de Utøya. Accidentes de tráfico, Total de accidentes y Total de muertes, EE. UU. (2014): Kochanek y otros 2016, tabla 10. Accidentes de tráfico, Europa Occidental (2013): Organización Mundial de la Salud, 2015a. Accidentes de tráfico y Total de accidentes, Mundo (2012): Organización Mundial de la Salud, 2014. Total de muertes, Europa Occidental (2012 o más reciente): Organización Mundial de la Salud, 2017a. Total de muertes, Mundo (2015): Organización Mundial de la Salud, 2017c.

Empecemos con Estados Unidos. Lo que salta a la vista en la tabla es la cifra insignificante de muertes en 2015 causadas por el terrorismo en comparación con las de peligros que provocan mucha menos o ninguna angustia. (En 2014 el número de muertos por el terrorismo fue aún menor: diecinueve.) Incluso la estimación de cuarenta y cuatro es generosa: proviene de la Base de Datos Global sobre Terrorismo, que incluye los crímenes de odio y la mayoría de las matanzas indiscriminadas como ejemplos de «terrorismo». La cifra es comparable al número de víctimas militares en Afganistán e Irak (veintiocho en 2015, cincuenta y ocho en 2014), que, consecuentemente con la devaluación multisecular de las vidas de los soldados, recibieron una fracción de la cobertura informativa. Las filas siguientes revelan que en 2015 un estadounidense tenía una probabilidad 350 veces superior de morir en un homicidio registrado en los ficheros policiales que en un atentado terrorista, 800 veces superior de morir en un accidente de tráfico y 3.000 veces superior de morir en un accidente de cualquier clase. (Entre las categorías de accidentes que suelen matar a más de cuarenta y cuatro personas en un año determinado figuran «Rayos», «Contacto con agua caliente del grifo», «Contacto con avispones, avispas y abejas», «Muerte o ataque de mamíferos distintos de los perros», «Ahogamiento y sumergimiento en la bañera» e «Ignición o derretimiento de prendas de vestir distintas de la ropa de dormir».)

En Europa Occidental, el peligro relativo de terrorismo era superior al de Estados Unidos. Esto obedece en parte al hecho de que 2015 fue un annus horribilis para el terrorismo en esa región, con ataques en el Aeropuerto de Bruselas, varios clubs nocturnos de París y una celebración pública en Niza. (En 2014 solo murieron cinco personas.) Pero el riesgo relativamente más alto de terrorismo es también un signo de cuánto más segura es Europa en cualquier otro ámbito. Los europeos occidentales son menos asesinos que los estadounidenses (con una tasa de homicidios de una cuarta parte aproximadamente) y también menos locos del volante, por lo que hay menos muertos en la carretera. Incluso con estos factores que inclinan la balanza hacia el terrorismo, un europeo occidental en 2015 tenía una probabilidad veinte veces superior de morir en uno de sus (relativamente raros) homicidios que en un atentado terrorista, más de cien veces mayor de morir en un accidente de tráfico y más de setecientas veces mayor de morir aplastado, envenenado, quemado, asfixiado o de sufrir cualquier otro accidente mortal.

La tercera columna muestra que, pese a toda la angustia reciente sobre el terrorismo en Occidente, este no es nada en comparación con otras partes del mundo. Aunque Estados Unidos y Europa Occidental suponen en torno a una décima parte de la población mundial, en 2015 sufrieron el 0,5 % de las muertes por terrorismo. No es porque el terrorismo sea una causa importante de mortalidad en otros lugares. Lo que sucede es que el terrorismo, tal como se define en la actualidad, es en buena medida un fenómeno de guerra, y las guerras ya no tienen lugar en Estados Unidos ni en Europa Occidental. A raíz de los atentados del 11 de septiembre de 2001, la violencia que solía denominarse «insurgencia» o «guerra de guerrillas» se clasifica hoy con frecuencia como «terrorismo». (La Base de Datos Global sobre Terrorismo, increíblemente, no clasifica como «terrorismo» ninguna muerte en Vietnam durante los cinco últimos años de guerra.) La mayoría de las muertes mundiales por terrorismo se producen en zonas de guerra civil (incluidas 8.831 en Irak, 6.208 en Afganistán, 5.288 en Nigeria, 3.916 en Siria, 1.606 en Pakistán y 689 en Libia) y muchas de ellas se contabilizan por duplicado como muertes de guerra, ya que el «terrorismo» durante una guerra civil es simplemente un crimen de guerra, un ataque deliberado contra civiles, cometido por un grupo distinto del Gobierno. (Excluyendo estas seis zonas de guerras civiles, el número de víctimas del terrorismo en 2015 fue de 11.884.) No obstante, incluso con el doble cómputo de terrorismo y guerra durante el peor año del siglo xxi en cuanto a víctimas de guerra, un ciudadano del mundo tenía una probabilidad once veces mayor de morir en un homicidio que en un atentado terrorista, más de treinta veces mayor de morir en un accidente de coche y más de ciento veinticinco veces mayor de morir en algún tipo de accidente.

Sea cual sea su número de víctimas, ¿ha aumentado el terrorismo a lo largo del tiempo? Las tendencias históricas son imprecisas. Dado que «terrorismo» es una categoría elástica, las líneas de tendencia parecen diferentes en función de si un conjunto de datos incluye o no los crímenes de las guerras civiles, los asesinatos múltiples (entre los que figuran robos o golpes de la mafia con varias víctimas) o las masacres suicidas en las que el asesino había pregonado de antemano alguna reivindicación política. (La Base de Datos Global sobre Terrorismo, por ejemplo, incluye la masacre en la escuela Columbine de 1999, pero no la masacre en la escuela Sandy Hook de 2012.) Además, las matanzas masivas son espectáculos mediáticos, cuya cobertura inspira a los imitadores, por lo que las cifras pueden fluctuar en la medida en que un suceso inspire a otro hasta que pase la moda durante un tiempo. En Estados Unidos, el número de «incidentes de tiradores activos» (matanzas públicas indiscriminadas con armas de fuego) ha fluctuado con una tendencia al alza a partir de 2000, aunque el número de «asesinatos masivos» (cuatro o más muertos en un incidente) no muestra ningún cambio sistemático (en todo caso, muestra un leve descenso) de 1976 a 2011. La tasa de mortalidad per cápita de los «incidentes terroristas» se muestra en la figura 13.1, junto con las confusas tendencias en Europa Occidental y en todo el mundo.

La tasa de mortalidad del terrorismo en Estados Unidos en el año 2001, que incluye las tres mil muertes de los atentados del 11-S, domina el gráfico. Por lo demás observamos un bache correspondiente al atentado de Oklahoma City de 1995 (ciento sesenta y cinco muertos) y arrugas apenas perceptibles en otros años. Exceptuando el 11-S y Oklahoma,

Fuentes: Global Terrorism Database, Consorcio Nacional para el Estudio del Terrorismo y las Respuestas al Terrorismo, 2016, <www.start.umd.edu/gtd/&gt;. La tasa mundial excluye las muertes en Afganistán a partir de 2001, Irak a partir de 2003, Pakistán a partir de 2004, Nigeria a partir de 2009, Siria a partir de 2011 y Libia a partir de 2014. Los cálculos de población mundial y en Europa Occidental provienen de la Revisión de 2015 de las Perspectivas de Población Mundial de la Unión Europea (<esa.un.org/unpd/wpp/&gt;); los cálculos para Estados Unidos proceden de la Oficina del Censo de EE. UU., 2017. La flecha vertical señala 2007, el último año reflejado en las figuras 6.9, 6.10 y 6.11 de Pinker, 2011.

aproximadamente el doble de estadounidenses han sido asesinados desde 1990 por extremistas de derechas que por grupos terroristas islamistas. La línea correspondiente a Europa Occidental muestra que el aumento en 2015 llegó tras una década de relativa quiescencia, y ni siquiera es el peor momento que Europa Occidental ha conocido: el número de víctimas fue más alto en las décadas de 1970 y 1980, cuando los grupos marxistas y secesionistas (incluidos el Ejército Republicano Irlandés [IRA] y el movimiento vasco ETA) perpetraban con regularidad atentados y asesinatos. La línea correspondiente al mundo en su conjunto (exceptuando las muertes recientes en las principales zonas en guerra, que hemos examinado en el capítulo sobre la guerra) contiene una meseta puntiaguda para las décadas de 1980 y 1990, una caída tras el final de la Guerra Fría, y una subida reciente hasta un nivel que todavía cae por debajo del de las décadas precedentes. Por consiguiente, las tendencias históricas, al igual que las cifras actuales, desmienten el temor de que estemos viviendo tiempos nuevamente peligrosos, sobre todo en Occidente.

Aunque el terrorismo plantea un peligro minúsculo en comparación con otros riesgos, crea un pánico y una histeria enormes porque esa es su finalidad. El terrorismo moderno es un subproducto del alcance inmenso de los medios de comunicación actuales. Un grupo o un individuo pretende captar una porción de la atención mundial mediante un sistema garantizado: la matanza de gente inocente, especialmente en circunstancias en las que los lectores y los espectadores de las noticias pueden imaginarse a sí mismos. Los medios de comunicación muerden el anzuelo y hacen una profusa cobertura de los baños de sangre. La heurística de disponibilidad empieza a surtir efecto y la gente empieza a ser presa de un temor que no guarda relación con el grado de peligro real.

No es la prominencia de un acontecimiento horroroso la que atiza el terror. Nuestras emociones se avivan considerablemente cuando la causa de una tragedia es el propósito malévolo en lugar del infortunio accidental. (He de confesar que, como visitante frecuente de Londres, me sentí mucho más afectado cuando leí el titular AGRESIÓN «TERRORISTA» CON ARMA BLANCA DEJA MUJER MUERTA EN RUSSELL SQUARE que cuando leí CÉLEBRE COLECCIONISTA DE ARTE MUERE ATROPELLADO POR AUTOBÚS EN LA TRAGEDIA DE OXFORD STREET.) Hay algo excepcionalmente perturbador en la idea de un ser humano que quiere matarte, y es lógico que sea así por una buena razón evolutiva. Las causas accidentales de muerte no «intentan» acabar contigo y son indiferentes a tu reacción, mientras que los malhechores humanos despliegan su inteligencia para ganarte la partida, y viceversa.

Dado que los terroristas no son peligros mecánicos, sino agentes humanos con objetivos, ¿podría ser «racional» preocuparse por ellos pese al escaso daño que infligen? Después de todo, nos sentimos justamente indignados por los déspotas que ejecutan a los disidentes, aun cuando el número de sus víctimas pueda ser tan pequeño como las del terrorismo. La diferencia estriba en que la violencia despótica provoca efectos estratégicos que resultan desproporcionados para el número de muertos: elimina las amenazas más potentes al régimen y disuade al resto de la población de ocupar su lugar. La violencia terrorista, casi por definición, golpea a sus víctimas al azar. Así pues, la relevancia objetiva de la amenaza, más allá del daño inmediato, depende de lo que se pretenda lograr con las matanzas dispersas.

En el caso de muchos terroristas, el objetivo es poco más que la propia publicidad. El jurista Adam Lankford ha analizado los motivos de las categorías parcialmente superpuestas de terroristas suicidas, tiradores indiscriminados y asesinos movidos por el odio, entre los que se incluyen

tanto los lobos solitarios autorradicalizados como la carne de cañón reclutada por los cerebros terroristas. Los asesinos tienden a ser solitarios y perdedores, en muchos casos con enfermedades mentales no tratadas, que están consumidos por el resentimiento y sueñan con la venganza y el reconocimiento. Algunos funden su amargura con la ideología islamista, otros con una causa nebulosa como «empezar una guerra racial» o «una revolución contra el Gobierno federal, los impuestos y las leyes antiarmas». La matanza de muchas personas les ofrece la oportunidad de ser alguien, aunque solo sea en la anticipación, y morir con las botas puestas significa que no tienen que hacer frente a las fastidiosas secuelas de ser el autor de una masacre. La promesa del paraíso y una ideología que racionaliza cómo la masacre sirve a un bien mayor resultan tanto o más atractivas que la fama póstuma.

Otros terroristas pertenecen a grupos militantes que pretenden llamar la atención sobre su causa, extorsionar a un Gobierno para cambiar sus políticas o provocar una respuesta extrema por parte de este que podría servir para reclutar nuevos simpatizantes o crear una zona de caos para que exploten, o bien minar al Gobierno propagando la impresión de que este es incapaz de proteger a sus ciudadanos. Antes de concluir que «plantean una amenaza para la existencia o la supervivencia de Estados Unidos», deberíamos tener presente lo débil que es en realidad esta táctica. El historiador Yuval Harari observa que el terrorismo es lo contrario de la acción militar, que trata de dañar la capacidad del enemigo para contraatacar e imponerse. Cuando Japón atacó Pearl Harbor en 1941, dejó a Estados Unidos sin una flota que enviar al Sudeste Asiático como respuesta. Habría resultado disparatado que Japón hubiera optado por el terrorismo, pongamos por caso, torpedeando un buque de pasaje para provocar la respuesta de Estados Unidos con una armada intacta. Desde su posición de debilidad, comenta Harari, lo que los terroristas tratan de lograr no es «daño», sino «teatro». La imagen que la mayoría de la gente conserva del 11-S no es el ataque de Al Qaeda al Pentágono —que destruyó en realidad parte del cuartel general militar del enemigo y mató a comandantes y analistas—, sino su ataque al totémico World Trade Center, que mató a brókeres, contables y otros civiles.

Aunque los terroristas esperan lo mejor, su violencia a pequeña escala casi nunca les reporta lo que desean. Estudios independientes de los politólogos Max Abrahms, Audrey Cronin y Virginia Page Fortna de centenares de movimientos terroristas activos desde la década de 1960 muestran que todos se extinguieron o se desvanecieron sin alcanzar sus metas estratégicas.

De hecho, el aumento del terrorismo en la conciencia pública no es un signo de lo peligroso que el mundo ha llegado a ser, sino de lo contrario. El politólogo Robert Jervis observa que la ubicación del terrorismo a la cabeza de la lista de amenazas «es en parte el resultado de un ambiente de seguridad que es extraordinariamente benigno». No solo la guerra interestatal se ha vuelto infrecuente; otro tanto ha sucedido con el uso de la violencia política en el ámbito nacional. Harari señala que, en la Edad Media, todos los sectores de la sociedad conservaban una milicia privada (aristócratas, gremios, pueblos y ciudades, incluso iglesias y monasterios) y protegían sus intereses mediante la fuerza: «Si en 1150 unos cuantos extremistas musulmanes hubieran asesinado a un puñado de civiles en Jerusalén para exigir que los cruzados saliesen de Tierra Santa, la reacción habría sido de ridículo y no de terror. Si hubieras querido que te tomasen en serio, deberías haber logrado controlar al menos un par de castillos fortificados». A medida que los Estados modernos han ido reclamando con éxito el monopolio de la fuerza, reduciendo la tasa de mortalidad dentro de sus fronteras, han abierto un nicho para el terrorismo:

El Estado ha subrayado tantas veces que no tolerará la violencia política dentro de sus fronteras, que no tiene más alternativa que tachar de intolerable cualquier acto de terrorismo. Los ciudadanos, por su parte, se han acostumbrado a la ausencia de violencia política, de suerte que el teatro del terror provoca en ellos temores viscerales a la anarquía, provocándoles la sensación de que el orden social está al borde del colapso. Tras siglos de luchas sangrientas, hemos logrado salir del agujero negro de la violencia, pero sentimos que el agujero negro sigue aún ahí, aguardando pacientemente para engullirnos de nuevo. Unas cuantas atrocidades horripilantes e imaginamos que volvemos a caer en él.

Conforme los Estados tratan de cumplir el mandato imposible de proteger a sus ciudadanos de toda violencia política en todas partes y todo el tiempo, se sienten tentados a responder con su propio «teatro». El efecto más perjudicial del terrorismo es la reacción desmesurada de los países ante él, cuyo ejemplo paradigmático son las invasiones de Afganistán e Irak dirigidas por Estados Unidos a raíz del 11-S.

En lugar de ello, los países podrían hacer frente al terrorismo desplegando su mayor ventaja: el conocimiento y el análisis, y en particular el dominio de las cifras. El objetivo primordial debería consistir en garantizar que las cifras siguen siendo bajas poniendo a buen recaudo las armas de destrucción masiva (Capítulo 19). Las ideologías que justifican la violencia contra los inocentes, como las religiones militantes, el nacionalismo y el marxismo, pueden ser contrarrestadas con mejores sistemas de valores y creencias (Capítulo 23). Los medios de comunicación pueden examinar su papel esencial en la industria del espectáculo del terrorismo calibrando su cobertura de los peligros objetivos y reflexionando más sobre los perversos incentivos que han establecido. (Lankford, junto con el sociólogo Erik Madfis, ha recomendado una política en relación con las matanzas indiscriminadas consistente en «No nombrarlas, no mostrarlas, pero informar de todo lo demás», basada en una política para los tiradores juveniles ya en vigor en Canadá y en otras estrategias de autocontrol mediático calculado.) Los Gobiernos pueden intensificar sus acciones clandestinas y de inteligencia contra las redes terroristas y sus afluentes financieros. Y podría animarse a la gente a mantener la calma y seguir adelante, como instaba aquel célebre póster británico en tiempos de guerra durante una época harto más peligrosa.

A la larga, los movimientos terroristas se desvanecen a medida que su violencia a pequeña escala no alcanza sus objetivos estratégicos, por más que cause sufrimiento y temor local. Sucedió con los movimientos anarquistas de principios del siglo xx (tras muchos atentados y asesinatos), sucedió con los grupos marxistas y secesionistas de la segunda mitad del siglo xx y sucederá casi con toda seguridad con el ISIS en el siglo xxi. Puede que nunca logremos erradicar por completo el terrorismo, que en todo caso causa ya pocas víctimas, pero podemos recordar que el terror que provoca el terrorismo no es un signo de lo peligrosa que se ha vuelto nuestra sociedad, sino de lo segura que esta ha llegado a ser.

En defensa de la Ilustración
Tras el éxito de La tabla rasa y Los ángeles que llevamos dentro, Steven Pinker, uno de los mayores especialistas mundiales en el estudio de la mente, nos propone una reveladora visión del progreso humano.
Publicada por: Planeta
Fecha de publicación: 10/01/2018
Edición: 1a
ISBN: 978-950-12-9772-0
Disponible en:Libro de bolsillo

 

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