sábado 15 de junio de 2024
Lo mejor de los medios

Adelanto de «Tiempo de leer», de Marina Elberger y Jimena Dib

¿Por qué dedicar un tiempo específico a la lectura? ¿Es necesario anticiparlo, organizarlo? ¿Es época de evitar distracciones y leer con el celular en modo avión o silenciado? ¿Qué es lo que nos distrae?

La lectura reclama nuestra paciencia. Se despliega en un tiempo particular que no se puede controlar; lleva el tiempo que lleva, aunque, a veces, como sucede en otros órdenes de esta vida vertiginosa, se desee que se resuelva más rápido. Y suele presentarse de maneras contradictorias: puede ser gratificante, una forma de evasión; puede resultar una tarea trabajosa o inaccesible.

A su vez, para muchas sociedades y culturas, leer es vital porque permite conectar con el contenido de lo que se lee y compartirlo con otros. Volvamos a apropiarnos de nuestro tiempo y, por ende, de un tiempo de leer. Solo basta descubrir la forma, encontrar la oportunidad en un mundo totalmente hipermediatizado. Ojalá esta lectura nos lleve de nuevo al tiempo de leer, al de cada uno, al propio.

A continuación, un fragmento a modo de adelanto:

Territorios digitales de lectura: ¿dónde están hoy los lectores?

Vanina Estévez

 Vivimos nuestras propias vidas a través de textos. Pueden ser textos leídos, cantados, experimentados electrónicamente, o pueden venir a nosotros, como los murmullos de nuestra madre, diciéndonos lo que las convenciones exigen. Cualquiera que sea su forma o su medio, esas historias nos han formado a todos nosotros y son las que debemos usar para fabricar nuevas historias, nuevas narrativas.
(Heilbrun, 1988, como se citó en Connelly y Clandinin, 1995)

Interpretar el mundo actual pasa por saber leer e interpretar mensajes producidos con diversidad de códigos (texto, imagen, sonido, hipertexto…) y las interacciones vía Internet cada vez más se producen sin necesidad de la palabra escrita. En este contexto, la riqueza interpretativa que aporta la digitalidad integrada en la obra literaria pone de relieve la urgencia de “educar” a los ciudadanos en la interpretación de los diferentes códigos que colaboran a la construcción estética del producto.
(Protony, 2014, p. 23)

 

¿Qué más da si un texto es videolúdico o literario si nos eriza la piel con sus versos? El verdadero y único problema sería pasarlo por alto.
(Prieto, 2018, p. 13)

 

¿Dónde están hoy los lectores? A fines del siglo XX y comienzos de este, algunas respuestas posibles hubieran sido: en un sillón leyendo una novela impresa, en un aula estudiando, en un bar leyendo un diario. Con menor frecuencia se hubiera nombrado a alguien leyendo un fascículo sobre cocina, a un empleado leyendo expedientes en una oficina o una profesora leyendo tesis de estudiantes.

El territorio impreso, y en particular el soporte libro, es un entorno ineludible en la evocación de la lectura. Ciertos ámbitos, autores y estéticas son reconocidos como lecturas legítimas. Ya lo advertía la antropóloga francesa J. Bahloul (2002) en su estudio sociológico sobre los denominados “poco lectores”. Uno de los hallazgos de su trabajo de investigación da cuenta de que un buen número de lectores no se reconocen como tales porque leen textos que, por estar en otros soportes, resultan subestimados. Así, determinados libros son espacios privilegiados de lectura.

En cualquier caso, con sus variantes más o menos legitimadas y sus jerarquías, habitar la lectura en papel requiere un espacio y un tiempo detenido, y una experiencia física, sensorial, que involucra cierta concentración, silencio. A lo largo de la historia, desde los rollos de la antigüedad griega y romana, pasando por los códices manuscritos, hasta la impresión digital, se presentaron superficies que permitieron desplegar ciertas acciones. Así, se reconocen como gestos de lectura el leer de manera secuenciada (de arriba abajo, de izquierda a derecha) o realizar lecturas exploratorias, a veces subestimadas como prácticas lectoras, que involucran, por ejemplo, recorrer índices, tapas, contratapas para anticipar el contenido de un impreso, hojear páginas para localizar información, etcétera.

La humanidad es heredera de esta tradición de la cultura escrita desarrollada durante siglos con cambios y continuidades. Frente a esta tradición, la aparición de nuevos soportes y formatos fueron vistos como una amenaza para la lectura bajo el riesgo de que los lectores se convirtieran en una especie en peligro de extinción. ¿Cómo concebir al lector fuera de esa escena detenida?; ¿es acaso un lector o un usuario?

A comienzos del siglo XX, Roger Chartier invitaba a repensar ese encuentro entre los lectores y las nuevas superficies de lectura. En su clásico escrito “¿Muerte o transfiguración del lector?” (2000, p. 112) supera la idea de pérdida para plantear la “transfiguración del lector”, proponiendo pensar en una nueva relación, tanto física como intelectual y estética con el mundo de los textos.

El territorio digital expande, multiplica, transforma y complejiza las experiencias de encuentro con los textos. ¿Dónde están hoy los lectores?: en los diarios digitales leyendo y comentando noticias, en redes sociales siguiendo escritores, en los listados de los buscadores seleccionando sitios, en los videojuegos interpretando escenarios y probando jugadas, en páginas de Internet confrontando información en sitios seleccionados, en una aplicación bancaria resolviendo operaciones, en plataformas escuchando podcasts de cuentos grabados, entrevistas, informes, recomendaciones audiovisuales, en el chat de un programa de inteligencia artificial ensayando consultas y analizando las devoluciones, y en tantos otros entornos que se recorren en escenarios móviles. Los textos se llevan “puestos”; están literalmente, a mano.

Estos aspectos nos invitan a reflexionar y preguntarnos: ¿Cómo es esa nueva relación? ¿Qué otras acciones se despliegan? ¿Cómo se presentan los escenarios actuales de lectura?

Leer en territorios digitales: ¿dónde están los textos?

El cambio de soporte del impreso al digital fue conformando zonas con sus mapas, laberintos, comunidades, recorridos previstos y otros que genera el mismo lector al entrar y salir de enlaces, al navegar por los textos por fronteras difusas, variables y dinámicas. Perderse y encontrarse es parte de la experiencia.

Ir al encuentro de los textos digitales requiere una serie de operaciones, ya sea mediante el buscador o accediendo a aplicaciones diversas. Parte del camino de lectura consiste en explorar los distintos entornos para encontrar indicios que permitan distinguir esos textos, diferenciarlos de otros, determinar la pertinencia, la confiabilidad. La lectura en pantalla es laberíntica, empezando por los resultados del buscador y siguiendo por los caminos que vienen dados o los que el mismo lector va eligiendo por diversos motivos (título o imágenes atrayentes, temas de interés, etcétera.). Con frecuencia, en las situaciones de búsqueda de información se cae en sitios sin haberlo previsto. Así, se accede a una enorme cantidad de resultados que se presentan de manera fragmentada y descontextualizada. Explorar para poder identificar de dónde provienen esos datos, autores, fechas de publicación, resulta imprescindible para poder evaluar la confiabilidad y localizar información.

Los paratextos, como guías de lectura que permiten anticipar, entre otras cosas, el contenido y organización de un texto, resultan más complejos en los espacios digitales. En el mundo del papel las distinciones son inmediatas, visibles a simple vista; reparar, por ejemplo, en la tapa y contratapa de un impreso permite diferenciar un fascículo de una colección, una publicación de cierta editorial. Los textos en papel comparten con los digitales la presencia de marcas verbales (por ejemplo, índices o menúes) e icónicas (imágenes, tipografías, esquemas), pero en pantalla, los paratextos se complejizan en tanto presentan interfaces interactivas. De este modo, las lecturas exploratorias, si bien no son exclusivas del ámbito digital, adquieren una mayor relevancia para poder dar cuenta de una estructura bajo la cual está organizado el hipertexto; contenidos no lineales que ofrecen conexiones a otros textos/imágenes/sonidos, que pueden estar dentro del mismo sitio o fuera de ellos. Entrar y salir de los menúes, recorrer las secciones, son prácticas físicas que se despliegan privilegiadamente en las pantallas. Esa exploración, errante, en apariencia, va permitiendo empezar a construir alguna hipótesis respecto a dónde se está, qué se puede encontrar.

Entonces, ¿dónde están hoy los lectores?: recorriendo enlaces, haciendo lecturas fugaces, capturando pantallas para compartir, recopilando textos, imágenes, videos, enlaces para, luego, componer un trabajo. Estos textos conectados en zonas de fronteras abiertas permiten transitar por una variedad de producciones: un texto periodístico de un diario digital puede ser el pasaje a un video de YouTube, un posteo de Instagram, un número de WhatsApp, y así se configura un espacio de convergencia. Desde la producción, el uso de hipervínculos permite explicitar relaciones, dar ejemplos, ampliar las fuentes y ofrecer recorridos previstos, pero, a su vez, para los lectores son necesarias estrategias para no perderse en el laberinto.

La lectura fugaz, inmediata, fragmentaria es un rasgo de la lectura de este tiempo de enorme expansión de superficies al alcance de la mano: celulares, tablets, libros electrónicos, pantallas de computadoras. Los soportes habilitan ese tránsito entre textos entremezclados, provenientes de una diversidad de fuentes y medios. El lector navegante surfea las superficies multiplicando sus posibilidades de acceso a la oferta textual que modificó radicalmente su circulación. Allí conviven textos digitalizados con textos de formatos hipermediales, donde el lenguaje escrito se combina con imágenes, sonidos, animaciones; enlaces que se convierten en ámbitos multisemióticos e interactivos que amplían la experiencia física: cliquear, escuchar, observar, alternar lecturas detenidas con otras más fragmentarias, elegir, saltear.

De esta manera, las prácticas de lectura actuales se expanden y diversifican por la convergencia de formatos y lenguajes que dan lugar a la hibridación de géneros y la aparición de otros que constituyen parte de las transformaciones de géneros preexistentes. Por ejemplo: los booktrailers, narrativas audiovisuales emparentadas con las recomendaciones y reseñas literarias, los blogs de antaño como versiones de los antiguos diarios de viaje, los cuentos interactivos como variantes de los populares “elige tu propia aventura”, los creepypasta[1], cuyos antecedentes los podemos encontrar en las leyendas urbanas o las historias de terror y misterio que se contaban de forma oral o que se compartían por escrito en los siglos pasados.

Las versiones audiovisuales de obras ya creadas forman parte del universo digital dentro del ámbito literario. En estas producciones resulta interesante indagar cómo se cuenta el mismo relato a través de diferentes medios, si es el mismo relato que el original, qué se pierde y qué se gana en la versión, qué queda realmente del relato original, qué recursos utiliza un medio en particular para transmitir la esencia de la historia original, qué se mantiene.

Leer hoy, entonces, involucra dialogar con lenguajes múltiples. Las narrativas audiovisuales encuentran su expresión más desplegada en la ficción digital; son producciones que necesitan del medio digital para ser construidas. Se trata de obras multimediales que no se leen linealmente y que promueven nuevas manipulaciones y estrategias por parte del lector, quien participa de la obra. Estas narrativas conforman lo que el investigador español Lucas Ramada Prieto (2017) denomina ecosistema multimedia.

Tal vez sea en este punto donde se exprese más claramente esa nueva relación “física, estética e intelectual” de la que hablaba Chartier. Leer un fragmento de texto, cliquear en un objeto, elegir un recorrido, reaccionar frente a un sonido, tomar decisiones, habitar producciones que se hibridan, en donde la experiencia de lectura asume rasgos como los escenarios de videojuegos. Una experiencia cada vez más parecida a un viaje. Un ejemplo se puede apreciar en la lectura de un artículo en cualquier plataforma y dispositivo. Se pudo haber llegado allí por una decisión y alguna hoja de ruta o haber, ocasionalmente, caído en él. Será cada lector quien vaya experimentando ese recorrido y configurando una nueva hoja de ruta que lo lleve a seguir los enlaces propuestos en ese material o a crear los propios, como modo de buscar nuevas respuestas, expandir ideas, buscar relaciones. El lector, nuevamente como viajero.

Los desafíos de la lectura hoy y la formación de lectores

Leer hoy es claramente una práctica más compleja. ¿Es necesario formar(se) en estas prácticas? ¿Se adquieren por el solo hecho de estar en contacto con dispositivos?

En la formación de lectores resulta ineludible pensar en cómo hoy sucede la lectura, lo que requiere considerar las diversas formas que adquieren los textos y las prácticas que se ejercen en torno a ellos en distintos soportes, ámbitos y formatos. Es por esto por lo que será preciso ofrecer oportunidades para desplegar prácticas de lectura en distintos ámbitos, con diversos propósitos y estrategias lectoras.

En la formación literaria, por ejemplo, será propicio experimentar con producciones multimediales en tanto producciones artísticas. Promover la exploración y el disfrute de una experiencia estética que combina texto, voz, ilustraciones animadas, y habilitar momentos para detener la acción y formar comunidades de lectores que puedan conversar para compartir lo leído y que puedan, así, profundizar sus interpretaciones. Imágenes, sonidos y efectos también son recursos para la producción de sentido. En la formación de lectores será necesario reparar en cómo se construye la ficción, ver los mecanismos que se ponen en juego, tanto desde el texto como también desde la producción audiovisual, reparar en la belleza de las construcciones, en los juegos sonoros, visuales, textuales, o todo eso junto; interrogarse sobre qué logra estremecer, asombrar, conmover e interpelar el concepto de autor (de un autor individual o dos autores a una autoría colectiva en la ficción digital).

La formación de lectores en otro ámbito, como el del estudio, exige también poder diseñar y ofrecer situaciones que permitan detener la acción, favorecer el intercambio de modos de resolver búsquedas en Internet en pequeños grupos y, colectivamente, interrogarse sobre los resultados obtenidos en el buscador o en un chat de inteligencia artificial, discutir criterios de pertinencia y de confiabilidad, contrastar sitios de diversos orígenes, explorarlos, generar hipótesis, detectar indicadores de confiabilidad (autor(es), puntos de vista adoptados, niveles de complejidad). La intervención docente aquí resultará clave para poder generar instancias en donde las y los estudiantes puedan conversar e interrogarse sobre prácticas que, en general, resuelven de manera solitaria y, de esa manera, puedan posicionarse críticamente frente a los materiales hallados.

Del mismo modo, la formación de lectores en el ámbito de la formación ciudadana supone el considerar el entorno digital como ámbitos de ejercicio de ciudadanía. Así, resultará necesario ofrecer situaciones que promuevan una lectura crítica y reflexiva de cómo la información circula en un ecosistema de medios que no solo propagan, sino también transforman los discursos; habilitar la exploración, la búsqueda de pistas para detectar los múltiples sentidos que pueden otorgar las marcas que aparecen en los medios (noticieros, noticias impresas), mediante indicios en los textos, imágenes, y voces que se incluyen; y habilitar el intercambio sobre los diversos sentidos que se otorgan a esas marcas.

Leer críticamente es un derecho y la formación de ciudadanos implica garantizar ese derecho que permita interpretar los mensajes de los medios, encontrar indicios que den cuenta de sus perspectivas e intereses, visibilizar la maquinaria mediática.

Un factor común para todos estos ámbitos es detener la acción, abrir espacios para pensar y conversar sobre lo que se lee; ofrecer tiempo (suficiente) de lectura y relectura.

Leer hoy supone, finalmente, transitar por experiencias que se despliegan en diversos soportes, por lecturas que conviven y que, no necesariamente, amenazan o reemplazan a las tradicionales. La lectura hoy involucra explorar territorios estáticos y dinámicos, silenciosos y bulliciosos, y también se concreta en tiempos fugaces y tiempos detenidos. Hay lugar y tiempos para todas estas lecturas.

Como habitantes del tercer milenio, sentimos que todo avanza cada día más rápido. Las últimas tecnologías ya están arrinconando a las novedades que triunfaban anteayer (…). Cuando comparamos algo viejo y algo nuevo ―como un libro y una tablet, o un violinista sentado junto a un adolescente que chatea en el metro―, creemos que lo nuevo tiene más futuro. Pero los historiadores y antropólogos nos recuerdan que sucede lo contrario. Cuantos más años lleva un objeto entre nosotros, más porvenir tiene. (Vallejos, 2022)

 

[1]  Creepypasta es un término que resulta de la combinación de creepy (espeluznante) y copypasta (copiar y pegar texto en línea), que se utiliza para describir historias de terror cortas que se comparten en línea con un estilo coloquial para generar cierto efecto de verosimilitud.

 

La lectura reclama nuestra paciencia. Se despliega en un tiempo particular que no se puede controlar; lleva el tiempo que lleva, aunque, a veces, como sucede en otros órdenes de esta vida vertiginosa, se desee que se resuelva más rápido.
Publicada por: La Crujía
Fecha de publicación: 01/04/2024
Edición: primera edición
ISBN: 978-987-601-348-2
Disponible en: Libro de bolsillo

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