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«Exploradores del futuro», de Juan Scaliter

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El nuevo libro de Juan Scaliter le da voz a investigadores y científicos pioneros del planeta para explicarle al lector los adelantos del presente que configurarán la vida cotidiana del futuro. En la obra se hablan de progresos tecnológicos, medicos y científicos. A continuación un capitulo de «Exploradores del futuro»:

 

Neurociencia

 

La función del cerebro es disipar el calor del corazón.

Aristóteles

 

Si la mente fuera tan simple de entender, nosotros seríamos demasiado simples para comprenderla.

Doctor Peter Kramer

 

No me toques los axones

 

Mi cerebro ya había visto ese edificio miles de veces. Por eso, cuando pasé por delante del College Hall de la Universidad de Pensilvania, tuve que surfear entre recuerdos para dar con la página de mi memoria que tuviera esa etiqueta. Cada vez que me sentaba a ver La familia Addams, una serie de la década de 1970 en blanco y negro (cromática, humorística y estéticamente hablando), y se abría la puerta de la tétrica mansión de la mano del mayordomo, Largo, lo que en realidad estaba viendo era este edificio. Y es que Charles Addams, el dibujante y ex alumno de Penn (como se conoce a esta universidad en Estados Unidos, una de las diez mejores del mundo), se inspiró en él para construir el hogar de este híbrido entre The Walking Dead y El príncipe de Bel Air, cuyo protagonista era originario, coincidentemente, también de Filadelfia.

Aquí tengo que encontrarme con Douglas Smith, uno de los neurocientíficos más importantes del mundo, autor de un trabajo que sería el sueño del hipotético hijo nacido de Morticia (la madre de la familia Addams) y James Cameron: una rata avatar.

Douglas parece un actor más que un científico: le calculo cuarenta y cinco años bien llevados, y luce un peinado californiano con un bigote fi no que enmarca sus rasgos de serie. Su especialidad es detectar daños en neuronas producidos por explosivos o impactos, de ahí que sus «objetos de estudio» dores de fútbol americano.

La repercusión que tienen estas dos acciones (explosiones e impactos) en nuestro cuerpo afecta a los axones, las autopistas del cerebro. «Si rompes las vías, el tren no puede llevar su carga —me cuenta Douglas—. Y la carga de estos trenes es la información.» A menudo se dice que las neuronas son los átomos del pensamiento; en ese caso los axones serían los enlaces que construyen los elementos de la mente. El neurocientífico continúa: «Los traumas que causan las explosiones y los golpes en ciertos deportes dañan estos caminos y a la larga producen lesiones en regiones del cerebro. Durante años pueden ser imperceptibles, pero llega un momento en el cual todo el sistema falla debido a la desconexión y en un instante el cerebro cortocircuita por completo. Ocurre lo mismo que cuando se abre un socavón en una calle, la ruta por ese camino se vuelve impracticable y hay que buscar alternativas, el cerebro las busca, las encuentra y sigue funcionando, hasta que los parches son demasiados. Lo que pretendía encontrar era un modo de resolver esto. Una noche imaginé un dispositivo, como un potro de torturas, que permitiera estirar axones para restablecer los caminos dañados. Sabía que el crecimiento de los axones es posible en términos fisiológicos. Un ejemplo de esto es la ballena azul, pues este animal necesita axones que transmitan la información desde el cerebro hasta la cola, una distancia que puede alcanzar los treinta metros».

Esto significa que, durante el desarrollo de este mamífero marino, sus axones crecen unos tres centímetros por día, un ritmo más agresivo que el peor de los tumores. Smith sigue explicándome: «Entonces desarrollamos una pequeña caja en la que dos neuronas se comunicaban por medio de un axón a una distancia equivalente a un cabello humano. Y comenzamos a estirar el axón un centímetro por día, hasta alcanzar los diez centímetros. Lo sorprendente es que estos axones torturados funcionaban mejor que sus hermanos que no habían sido sometidos al tratamiento. Así descubrimos que la tensión es buena para tus neuronas.»

Aunque Douglas Smith se refiere al estiramiento al que son sometidas las neuronas, las experiencias que provocan tensión o estrés puede que sean mejores para nuestro cerebro de lo que pensamos. Nuestra mente recuerda con mucha mayor fiabilidad las experiencias ingratas o dolorosas que las más felices. Aparentemente esto sería un mecanismo evolutivo: las vivencias traumáticas pueden enseñarnos mucho más, por lo pronto a no repetirlas o al menos a evitarlas, y por ello se afianzan con mayor «rigor» en nuestra memoria.

Estos axones se pueden trasplantar para reparar lesiones medulares, algo similar a repavimentar nuestro mapa de rutas cerebral. Aun así, el cerebro sigue siendo lo más difícil de componer en el cuerpo.

Cada neurona tiene cerca de un millón de axones que le permiten comunicarse con las otras, y esta comunicación ocurre en ambos sentidos. Por ello le pregunto a Douglas si estirar axones, es decir, reconectar las vías, es suficiente para reparar un cerebro. Me pregunta: «¿Has visto Avatar? Pues tenemos ratas avatares aquí mismo. Eso que los Na’vi tenían para comunicarse con flores, animales u otros de su especie eran axones. Y es lo que estamos estudiando. Ahora mismo investigamos la transferencia de memorias. Queremos ver qué ocurre cuando conectamos un cerebro a una interfaz, qué ondas se transmiten. Estamos pensando en una forma viable de conectar cerebro y máquina. Pero para ello es necesario tener la interfaz dentro del cerebro, ya que las ondas que emite este órgano son muy débiles y se pierden. Eventualmente tus nietos te preguntarán: «¿Abuelo, tú usabas teclado?». Ellos tendrán una interfaz para conectarse directamente al ordenador que será como un teclado, ya que los dedos lo sentirán así. Buscar en internet, por ejemplo, será solo cuestión de pensar. Imagina que te presentan a alguien. En un instante podrás disponer de todos sus datos personales, información sobre sus estudios, amigos en común, etc. No quiero decir que internet estará en nuestro cerebro, pero nos podremos conectar solo con el pensamiento,a través de unas gafas, por ejemplo.»

Le confieso que estos avances me dan un poco de miedo, o al menos respeto. ¿Qué pasará cuando tengamos acceso a toda la información? ¿Cómo se reconfi gurará nuestro cerebro al estar conectado a internet permanentemente? ¿De qué modo cambiará esto la sociedad? Y otra pregunta clave: si tenemos acceso a todo el conocimiento humano, ¿dejaremos de hacernos preguntas?

«Mira hacia atrás —me responde Douglas—: todas las innovaciones propiciaron cambios en nuestro conocimiento: los mapas, la imprenta, internet mismo. La creatividad se compartirá de un modo nunca visto.» Esto es algo que más tarde me confirmarán otros expertos como Vint Cerf o Woodie Flowers (con este último realicé una de las entrevistas más emotivas de mi vida: ambos terminamos llorando, algo que tampoco debería extrañarme: yo lloro hasta cuando veo Viernes 13, pobrecito Jason, tan solo y con esa hacha tan vieja y oxidada). Como si fuera algo habitual sacarte los axones de la sesera, Douglas continúa: «En pocas palabras, lo que hemos hecho ha sido conectar al cerebro de un ratón los axones que habíamos estirado en la caja, y dejarlos sueltos para ver cómo reaccionan. Los vinculamos a otros tejidos nerviosos, enviamos impulsos eléctricos y en todos los casos responden adecuadamente. Imagina que en el futuro, cuando tengas implantados los axones para este tipo de tareas (conectarse a internet, al cajero de un banco, al escaparate de una tienda virtual, etc.), le dirás a tu hijo: «Si sales, no dejes que nadie te toque los axones». O le preguntarás si ha bebido y si te dice que no, pero sus ojos están vidriosos y tiene un aliento inequívoco, puedes conectarte a sus axones y ver lo que ocurrió realmente.»

Si hay algún niño o puritano en la sala, le ruego que no lea lo siguiente: gran parte de la imaginación humana se basa en la mentira. De pequeños inventamos excusas para justificar qué le ocurrió a un jarrón roto, por qué no entregamos los deberes o qué nos retrasó en la cita que teníamos prevista (tan cierto es esto que la región del cerebro que se activa cuando mentimos y cuando imaginamos es la misma, y no tiene que ver con la memoria). Esta práctica es lo que nos permitió como especie soñar un viaje a la Luna, anticipar la existencia de criaturas abisales o recrear viajes en el tiempo. Imaginar es mentir con el permiso del otro. Por ello la mentira es la abuelita pecadora de la imaginación. Cada vez que un científico imagina un futuro, una nueva tecnología o una novedosa explicación del universo, le miente a la verdad conocida para ver si encuentra un nuevo hueco de realidad. Y si las leyes del universo se creen la mentira, esta pasa de sapo a príncipe, de fantasía a verdad.

Más o menos esto es lo que le digo a Douglas para justificar mi pregunta: ¿implican estos avances la muerte de la mentira? Él responde: «No sabemos qué ocurrirá cuando no podamos mentir. Probablemente continuaremos mintiéndonos a nosotros mismos, lo que seguirá ejercitando nuestra imaginación. Pero, como te decía antes, no sabemos aún cómo estos avances reconfigurarán nuestro cerebro y nuestra sociedad. Quizá no estemos preparados o quizá sí. Pero estamos obligados a seguir avanzando. De todos modos aún falta mucho para convertirnos en Na’vis, aunque espero que en cinco años tengamos noticias nuevas. Un lustro, solo cinco años para que quizá seamos avatares de nosotros mismos y nos conectemos a dispositivos y personas a través de nuestros axones.»

Pienso en ello mientras salgo de mi entrevista y recorro las distintas facultades de la Universidad de Pensilvania. Un pequeño cartel, indudablemente puesto por un alumno, asegura que uno de los edificios donde duermen los alumnos ha servido de inspiración para la escenografía del claustro de Hogwarts, el mágico castillo de Harry Potter. Viéndolo desde afuera, con sus gárgolas, su gótico gris y sus terrazas en diferentes niveles, me lo puedo llegar a creer. Lo que no sé si creerme es que en menos de una década llevaré mis axones al aire libre, no creo que la estética hippy combine con mi calva.

 

Como diría Gertrude Stein: un cerebro es un cerebro es un cerebro

Una de las grandes dificultades de la ciencia es el traslado de la fase de laboratorio, de la experimentación con animales, a las pruebas con éxito en humanos. Se ha conseguido detener y hasta revertir el alzhéimer y la diabetes de tipo 1 en roedores, pero no en humanos. Al menos no todavía. Y por ello me produce tantas dudas la gran inversión que se ha realizado para intentar crear un modelo del cerebro humano. De ningún modo lo veo como un gasto superfluo, pero me pregunto si los científicos lo conseguirán, y lo hago a partir de ciertos fundamentos.

En el siglo xix Jean Léopold Nicolas Frederic Cuvier, el barón de Cuvier para sus más allegados, sentó las bases de la anatomía comparada y demostró, científicamente, que en otros tiempos la Tierra había estado habitada por animales y plantas que se habían extinguido. Ha sido uno de los grandes genios de la ciencia gala, junto con Pierre Curie. El noble Cuvier tenía, entre otras, una teoría que iba en contra de la reinante por aquellos tiempos: la creencia entonces era que cuanto más grande es un cerebro, mayor la inteligencia. De acuerdo con Cuvier, lo que se debía comparar era el cerebro dentro de cada especie, pues solo de ese modo podría llegarse a un resultado ecuánime. Antes de morir dejó instrucciones para que hicieran lo propio con el suyo. Total, si no se confirmaba su teoría y apenas se hallaba una cáscara de nuez, él no sufriría el escarnio público. Pero su cerebro demostró estar de acuerdo con sus ideas: pesaba unos 1.800 gramos, un 10 por ciento más de lo habitual para alguien como él. Claro que cada teoría tiene su tiempo de evaluación hasta mostrar ser válida, y cuando se pesó el cerebro de Albert Einstein, la idea de Cuvier cayó por su propio peso. La materia gris, y también la blanca, de uno de los mayores genios de la humanidad, apenas rozaba los 1.200 gramos, un tercio menos que el de Cuvier.

Era necesario hallar otra explicación y ya que la genialidad no tenía que ver con el tamaño global, quizá fuera cuestión de las diferentes regiones que lo formaban. Einstein, por ejemplo, tenía una mayor densidad de neuronas en la corteza prefrontal. O también podían ser las circunvoluciones, los pliegues del cerebro. Estas arrugas son como nuestras huellas digitales. Al principio de la gestación no las tenemos, pero el líquido amniótico comienza a delinear nuestros dedos, arrugándolos con surcos de un modo tan único e indeleble que nos distingue para siempre del resto de los humanos. De igual manera, nuestro cerebro comienza a formarse liso como el mármol y son necesarios varios meses para que aparezcan los pliegues. De hecho, los monos más pequeños, más alejados de nosotros en términos evolutivos, tienen un cerebro más liso y, a medida que nos acercamos a nuestros parientes más próximos, el cerebro va acumulando circunvoluciones hasta alcanzar su máximo en los humanos. Parece obvio entonces que la clave, al menos en términos de inteligencia evolutiva, tiene que ver con las arrugas en el interior del cráneo. Pues no. En 1980, científicos ingleses analizaron el cerebro de un estudiante de la Universidad de Sheffield, con un coeficiente intelectual de 126 (100 es el promedio global), apenas un 10 por ciento menos que Einstein. Este joven se había alzado con numerosos premios en matemáticas y otras disciplinas, pero su cerebro no sobrepasaba los 150 gramos, menos de lo que pesa una naranja, y era tan liso como las empresas de cuchillas de afeitar nos quieren hacer creer que dejarán nuestra piel. De hecho, lo que principalmente ocupaba su caja craneal era líquido cerebroespinal, agua salada. Pero el chico era un genio.

No sabemos entonces qué nos hace inteligentes, extremadamente sensibles o asesinos en serie. Estamos comenzando a descubrirlo, pero de lo único que tenemos una certeza es de que, al igual que sucede con las huellas dactilares, cada cerebro humano es único.

 

Exploradores del futuro
Hay que atreverse a usar la ciencia y la imaginación para cambiar el futuro.» Los avances científicos y tecnológicos se suceden a una velocidad vertiginosa. Una semana de lectura de un diario aporta más conocimiento del que una persona del siglo XVIII podría haber abarcado a lo largo de toda su vida. En solo tres años una computadora equiparará la capacidad de procesamiento del cerebro humano. Las novedades sobre ciencia y tecnología que se generarán este año superarán a las de los últimos cinco mil. ¿Qué consecuencias tendrá esto en la economía? ¿Cómo afecta este progreso acelerado a la educación? ¿Por qué son importantes los clusters tecnológicos? ¿Cuáles serán las profesiones del futuro? En Exploradores del futuro, Juan Scaliter brinda las respuestas a esos interrogantes que configurarán nuestra vida en el futuro.
Publicada por: Debate
Fecha de publicación: 11/20/2014
Edición: Primera Edición
ISBN: 9789873752162
Disponible en:Libro de bolsillo