Interesante

“Descorchados 2016”, de Patricio Tapia

Descorchados es hoy la más completa de las guías de vinos de la Argentina. Desde las grandes bodegas hasta los pequeños productores artesanales, todos tienen cabida en este libro, que pretende ser una gran imagen panorámica de la cada vez más dinámica escena argentina de vinos. Este año, Descorchados 2016 incluye: Más de 1200 vinos catados de unas 170 bodegas argentinas. Un resumen con mapas de todas las zonas vitivinícolas del país. Un análisis de lo que está sucediendo hoy con el vino argentino. Todas las novedades en vinos y las revelaciones por cada zona. Una sección especial de “pequeñas aventuras”, los nuevos proyectos artesanales en la Argentina. Los nuevos actores de la escena de vinos argentina y los vinos que producen. Cientos de notas de cata. Detalladas introducciones de las mejores bodegas de la Argentina.


A continuación un fragmento, a modo de adelanto:

Más allá del malbec  

Pero claro que la Argentina sólo produce malbec. De acuerdo a las cifras que entrega el Instituto Nacional de Viticultura en su web, hay unas 38.000 hectáreas de malbec, pero también unas 19.000 de bonarda, casi 16.000 de cabernet sauvignon, 13.000 de syrah y, claro, apenas 750 de cabernet franc que, sin embargo, han hecho mucho ruido en los últimos meses. Partamos por la bonarda.

No caben dudas de que los estudios sobre la adaptación de la bonarda no llevan tanta ventaja como los del malbec. Sabemos que es una cepa que le gusta el sol, que tarda en madurar y que, por lo tanto, se la asocia con los terrenos más calientes del este mendocino. Pero las mejores bonarda que yo he probado, salvo contadas excepciones, no vienen del Este, sino más bien del Valle de Uco, donde la bonarda pierde su lado goloso y se vuelve más fresca y viva, menos dulce, que es su tendencia, y más vibrante en acidez. Sigo pensando que el papel de la bonarda, en el contexto del vino argentino, es ofrecer ese lado bebible, el perfecto vino para quitar la sed.

En el último par de años he probado vinos como esos, tintos “pileteros” que no buscan parecerse al malbec ni emularlo, vía extracción y madera, sino más bien intentan encontrar una identidad propia. Eggo Bonaparte de Zorzal y el Emma Zuccardi Paraje Altamira son las mejores muestras de ese estilo. Ambos vinos son deliciosos, algo más lejos de un tinto para el verano, pero con la esencia muy puesta allí, en refrescar.

Cuando hablamos de cabernet sauvignon, sin embargo, necesariamente nos ponemos más serios. No por nada es la gran cepa de Burdeos, el gran paradigma de lo que un tinto ambicioso debe ser. Siendo chileno, y acostumbrado a los cabernet de climas frescos en el Maipo, llenos de aromas mentolados y de gran acidez, debo reconocer que me cuesta acostumbrarme a la idea de los cabernet argentinos, nacidos bajo el sol, abundantes en cuerpo, llenos de generosas frutas maduras. Reconozco también que el trabajo de Susana Balbo en Tunuyán con la cepa me ha sorprendido y ya lo verán en el pódium de los mejores cabernet del año.

La pregunta entonces es: ¿El cabernet sauvignon es el compañero de batallas del malbec en el mercado mundial? ¿El príncipe consorte? Yo creo que no. Este año probé unos 120 exponentes de la cepa, y sólo un puñado — unos siete para ser más precisos— creo que son de clase mundial. Mientras que si comparamos con el malbec, de las 330 muestras que probé creo que al menos 40 de ellas se pueden parar como grandes vinos, y en cualquier parte. A pesar de las 16.000 hectáreas plantadas, el cabernet, según lo que alcanzo a visualizar, es otra más de las cepas que ofrece la Argentina, un argumento más de su diversidad.

¿Y qué con el syrah? Yo aún me lo pregunto. Las 13.000 hectáreas plantadas en la Argentina puede que tengan mucho que ver con la moda que se impuso en el mundo en los noventa. Todos querían emular el éxito de Australia. Pero buenos syrah hay pocos, y pocos también hay en la Argentina.

Esta cepa tiene sus atributos, por cierto. El principal entre ellos es que es capaz de adaptarse a los más variados climas: desde el sol abrasador de Salta hasta los fríos del Valle de San Antonio, en Chile. El problema, creo yo, es que cuesta no caer en la tentación de buscarle esa madurez golosa que tanto les gusta a los consumidores promedio. He visto en Chile cómo se la sobremadura hasta en las condiciones más frías, para producir tintos que parecen haber sido elaborados con pasas en lugar de uvas turgentes y frescas, de esas que uno se come a racimos.

Me gustan los syrah que tienen nervio, que ofrecen esos sabores cárnicos tan propios de la cepa, pero también aquellos que refrescan como un jugo de moras, no como una mermelada de frutillas. Hay mucho camino por recorrer en el syrah en el Nuevo Mundo, y también hay muchos desafíos, el mayor entre ellos es que el mercado mundial parece no querer saber más nada con la cepa.

Y para terminar con las tintas, vamos con el cabernet franc. Los consumidores aventajados ya sabrán del boom que hemos armado los periodistas de vinos al respecto. Este año he probado en Descorchados unas 39 muestras, lo que es bastante teniendo en cuenta las escasas viñas plantadas. Entre ellas, al menos un tercio me pareció sobresaliente.

Si el malbec, por genética, carece de los tonos verdes y vegetales de las pirazinas, el cabernet franc es todo lo contrario. “Como el malbec es dulce y carece de notas herbales, encontrar aromas así en el cabernet franc fue magnífico”. El que habla es Alejandro Vigil, enólogo de la bodega Catena, a propósito de una entrevista que le hice para la revista Decanter, de Londres. La primera vez que Vigil se vio cara a cara con el franc fue en el año 2001 para la línea Angélica Zapata. “En esos años, lo que buscaba era fuerza y madurez. Pero incluso así, sobre todo en el viñedo Adrianna, en Gualtallary, la cepa me daba frescor”.

Mi teoría es la siguiente: como los enólogos argentinos están buscando como locos el frescor en sus vinos, y también como han probado mucho vino extranjero, especialmente del Loire, lo del cabernet franc les cayó como anillo al dedo. Como dice Vigil, los aromas frescos del cabernet franc fueron todo un descubrimiento. Y se dedicaron con pasión y foco —características del productor argentino— a extraer lo máximo posible de la uva.

Y si a eso le sumamos las brisas frescas de los Andes y los suelos calcáreos de zonas como Altamira o Gualtallary, el resultado es que los ejemplos de Mendoza son una suerte de cruza un poco extraña entre un franc de año cálido en Saint Emilion y un Loire. Mutantes deliciosos.

Me entusiasman los cabernet franc del Valle de Uco. Y me entusiasman por su frescor y sus notas herbales y su garra en la boca, pero también me gustan las versiones ya derechamente más bordelesas de zonas más bajas como Agrelo o incluso Maipú, tintos más untuosos, pero que aún saben conservar el lado herbal de la cepa.

En blancos, el asunto es cada vez más auspicioso. Cuando Matías Michelini hizo los primeros sauvignon blanc para Doña Paula —la primera cosecha de Doña Paula Estate sauvignon fue en 2001—, no compartí los aplausos de la prensa argentina. Blancos cansados, sin la energía que da la acidez. Pero Michelini ha aprendido mucho, tal como otros productores que se han puesto la meta de hacer buenos sauvignon blanc de montaña.

Hoy, Michelini hace algunos de los mejores sauvignon de Sudamérica, y los hace en las alturas de Gualtallary, sobre suelos calcáreos, forzando la madurez para obtener vinos tremendamente refrescantes, dignos contendientes de los mejores sauvignon al otro lado de la Cordillera, en Chile, pero sobre todo blancos de montaña. Y no es el único. El italiano Giuseppe Franceschini produce algunos ejemplos impresionantes en cuerpo y profundidad para su proyecto personal, La Giostra del Vino, mientras que Zorzal también hace lo propio con uvas de Gualtallary. La comunidad de excelentes sauvignon blanc argentinos crece y crece.

En chardonnay el asunto también entusiasma. Pero esta vez son menos manos las involucradas. El principal actor en el chardonnay argentino hoy es Alejandro Vigil para Catena y Bodegas Aleanna, donde ha entregado al mercado chardonnay impresionantes que, más que elaborados de frutas, parecen haber sido hechos con las piedras blancas bañadas de cal que inundan los suelos de Gualtallary. No son chardonnay, son blancos de lugar. Y si hay que hacer una apuesta por el próximo gran blanco argentino, yo voto por el chardonnay.

Antes de terminar con los blancos, me gustaría subrayar un par de rescates que hoy se hacen en la Argentina. El primero es el semillón, una cepa que fue olvidada casi por completo tras el auge del sauvignon o el chardonnay, pero que por décadas fue la gran estrella en los vinos blancos sudamericanos. Hoy, bodegas como Riccitelli Wines, Nieto Senetiner, López o Mendel están trabajando para rescatar esta cepa del olvido.

Y el segundo rescate es más incipiente. El chenin blanc es otra de las uvas blancas que han sido relegadas para el vino de calidad y hoy se destinan a vinos masivos, sin gracia. Sin embargo, yo apostaría por esta cepa. La bodega Gen del Alma acaba de lanzar un ejemplo. Y promete.

Para terminar con esta sección, un par de palabras sobre el pinot noir. Sí, es cierto, Chacra, en Río Negro, en el comienzo de la Patagonia, ha sido consistentemente la fuente más segura de buenos, y muchas veces excelentes, pinot noir en la Argentina. Pero todo este tema de buscar más frescor y de los suelos calcáreos —mis borgoña favoritos, en Chambolle, nacen de suelos blancos de cal— se ha reflejado en que en otras zonas, especialmente en el Valle de Uco, los ejemplos de la cepa estén cada vez mejor. Echen un vistazo a lo que hace Zorzal, Passionate Wines y el pequeño productor Paul Andsnes y vean si están de acuerdo.

Descorchados 2016
La guía de vinos más completa de la Argentina.
Publicada por: Planeta
Fecha de publicación: 02/01/2016
Edición: 1a
ISBN: 9789504949589
Disponible en:Libro de bolsillo