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lunes 28 de septiembre de 2020
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La vieja Hitachi

La radio me acompaña desde siempre. Recuerdo el aparato rojo a válvulas que tenía mi abuela Delia y la Hitachi, con carcaza de cuero y antena, que mi padre llevaba al estadio de Rosario Central y mantenía pegada a su oreja. En mi perspectiva de niño se asemejaba a un marciano. Por qué escuchaba con tanta atención el partido que estaba observando es un misterio. También recuerdo la primera portátil pequeña que me regalaron. La escondía bajo la almohada para domirme con la música que pasaba Juan Alberto Badía. “Curiosa noche con los libros y mi radio…”, cantaba el dúo Vivencia y yo sentía que hablaban de mí. Había empezado a escribir pero todavía la radio no estaba en mi horizonte como un ejercicio posible.

Entré por primera vez a un estudio de radio a un programa que conducía el gran Quique Pessoa en las mañanas de Radio Dos, en plena dictadura militar. Quique no sólo leía cuentos –algo que me marcó para siempre– sino que abría su espacio a manifestaciones culturales independientes y nosotros habíamos comenzado a publicar una revista. Fue una charla breve y divertida. Casi una revelación. Ese día comprendí que podía estar del otro lado de la radio y que, tal vez, solo tenía que proponérmelo.

El retorno a la democracia me encontró colaborando con un programa en Radio Nacional Rosario, en un estudio gigante con piano y todo. Estaba definitivamente infectado. Tuve unos años de abstinencia involuntaria en los que estudié periodismo y seguí publicando revistas alternativas. Luego viajé a Buenos Aires a una beca de trabajo y estudio que auspiciaba Clarín en 1988. El primer día en la redacción del diario tomé la decisión irrevocable de ser periodista. Lo recuerdo con claridad: “Tengo que lograr vivir de esto”, me dije. Yo había pasado por una metalúrgica, una imprenta y un banco. No tenía tan claro que se podía vivir del periodismo.

En Marzo del 89 la beca terminó. No tenía trabajo y debía volver a Rosario, posiblemente, a trabajar de cualquier cosa. El panorama era horrible. Hasta que me llegó un llamado salvador. Raúl Rey, entonces gerente artístico de LT8, me llamó el viernes previo a mi regreso para ofrecerme un puesto de movilero en Los Mejores, uno de los programas más escuchados de la ciudad. “¿Podés empezar el lunes? ¿Sabés manejar? (por entonces el periodista también tenía que conducir el movil) ¿tenés carné de conducir?”, me interrogó. Aunque no sabía manejar ni tenía carné, en mi desesperación le dije que sí a todo.

Puedo decir que entré a la radio por la ventana y mintiendo. En ese fin de semana tomé unas cuantas lecciones de conducción en una escuela de conductores que quedaba en la calle Cabildo y el lunes siguiente a las 7 de la mañana me presenté a retirar el vehículo. Tuve suerte pero ya lo dice Virgilio: “la suerte ayuda a los osados” y más que osado yo estaba desesperado. Las circunstancias colaboraron: en esas semanas estallaron los saqueos y protestas que precipitaron la debacle del gobierno de Raúl Alfonsín. Los móviles nos volvimos las estrellas de la radio, entrábamos al aire varias veces por hora. Teníamos prioridad absoluta. Y yo que no sabía ni estacionar, dada la dramática coyuntura, empecé a hacer buenas crónicas de la violencia que azotaba a la ciudad.

Cuando todo se calmó, ya estaba integrado a ese gran equipo que dirigía David Feldman y que tenía dos ediciones diarias. Me sentía adentro de la radio para siempre. Sin embargo, una mañana al llegar a buscar el móvil me esperaba en el garage un técnico de la empresa. “Te voy a acompañar”, me dijo. No me alarmó, habían pasado dos meses de mi ingreso y yo ya había aprendido a manejar con el auto de la radio. Cuando terminamos la jornada sin ningún incidente de conducción, sacó un grabador y me tomó una suerte de examen sobre señales y normas de tránsito. A la tercera pregunta que no pude responder le confesé que no había rendido nunca un examen pero que sabía manejar muy bien como él había podido comprobar en nuestro recorrido. Me dijo que me quedara tranquilo que se trataba de una formalidad.

Al día siguiente mi benefactor, Raúl Rey, me esperaba en la puerta de la radio para recriminarme que le había mentido y anunciarme que me querían despedir. Se me vino el mundo abajo. Su generosidad hizo que me mandaran a la edición vespertina del programa para atender los teléfonos hasta que se tomara una decisión final. Esa tira la conducía Vicente Luis Cuñado, un abogado radical, algo conservador, muy talentoso y polémico. Pasé esos días de angustia produciendo su programa, escribiendo títulos y guiones para él. Cuando anunciaron me inevitable salida, el doctor Cuñado hizo un escándalo: “una vez que me traen un productor que escribe y trabaja bien, me lo quieren sacar”. Amenazó con levantar el programa. Ese gesto y la buena voluntad de Feldman y Rey me salvaron.

Al poco tiempo Cuñado me permitió hacer micrófono. Se divertía debatiendo con “un pibe de izquierda”. Las discusiones eran picantes. El argumentaba sobre el tema del día, yo retrucaba y él hacía el remate. Funcionaba bien. En pocos meses había pasado por casi todos los puestos de la radio: móvil, producción, piso. Ya nunca dejaría de estar en un estudio.

Mi padre apagaría la Hitachi y me amonestaría. “Esa anécdota no debería enorgullecerte”, me diría severo. Es cierto: conlleva varias mentiras. No la narro para que imiten mis errores juveniles. Reivindico su marca esencial: el deseo de hacer radio. Esa pulsión que me hizo ingresar por la ventana a uno de los lugares más lindos del mundo.

 

El texto forma parte del libro «36.500 días de radio», de Carlos Ulanovsky, publicado por Editorial Octubre