sábado 1 de octubre de 2022
Cursos de periodismo

25 años de periodismo digital: pasado, presente y ¿futuro?

«¿Qué comportamiento humano subyace en la tecnología digital? La guía, el hilo conductor, la motivación principal del usuario ha sido una y solo una: el poder. [Y] cuanto más poder ejercita el ciudadano, más monopolios digitales. La paradoja es tremenda, porque, además, los modelos de negocios de estos gigantes están a la vista de todos»
Fernando Trías de Bes, «Una historia diferente del mundo»

«Contamelo todo / No puedo esperar / Quién dijo tal cosa / Qué se puso tal»
Cris Morena, «Chusma chisme»

Me gusta explicar que, en aquel lejano 1997, usábamos Periodismo.com como una suerte de catálogo de todo lo que se podía hacer con la incipiente web. Había que explicarle a clientes potenciales y nuevos abonados del ruidoso dial-up las posiblidades de un medio nuevo. Estaba todo por hacerse y todo lucía prometedor.

Apenas un par de años antes, algunos diarios lanzaban sus rudimentarias versiones digitales, replicando lo mismo del papel, pero gratis. Tenía sentido: era una manera de promocionar al producto, pero también al medio. Evangelización.

Pero los usuarios no entendieron que era una medida transitoria. Se acostumbraron a que el contenido debe ser gratuito. Y si acá tengo un muro, a un click de distancia puedo leer algo similar sin pagar.

La gratuidad del periodismo digital democratizó enormemente el acceso a la información, pero fue el tiro en el pie a un modelo de negocios que venía siendo sustentable durante un siglo.

Las consecuencias las seguimos pagando casi tres décadas después: reducciones gigantescas de todas las redacciones, profesiones extinguidas como los corresponsales o los correctores y un abaratamiento del periodismo en general.

A la par, para subsistir, el periodismo necesita seguir erirgiéndose en garante de la calidad de la información sin los recursos que solía tener y sin un modelo de negocios equivelente al que en el siglo XX fue la publicidad o la venta de ejemplares.

Sumar una suscripción más a la catarata de facturas de gas, luz, telefonía, cable, videostreaming y audiostreaming no es sostenible. ¿Cuántas suscripciones a medios se pueden pagar? A lo sumo apoyar a mi medio favorito o al más importante. Recordemos que una suscripción cultural (Netflix, Spotify o The New York Times), implica una inversión de dinero cada mes, pero también una inversión en tiempo dedicado en una época en la que el tiempo escasea tanto como el dinero.

Entonces, a los medios (entre ellos a este mismo) no les queda otra que torturar con banners infinitos, auspicios, posts patrocinados y publicidad oficial para sobrevivir. Siempre que el lector no decida instalarse un bloqueador de anuncios.

Adentrarse hoy en un medio digital gratuito implica participar en un concurso para cerrar banners, aceptar cookies, cancelar notificaciones y otros popups antes de llegar a la noticia. Y para los medios con muro de pago, chatarra gratuita para todos y buen contenido solo para una elite.

En Internet, el periodismo hizo mal todo lo que venía haciendo bien y no cambió todo lo malo que traía cuando llegó a la web.

Pensemos que, en sus casi tres décadas de existencia, el modelo informativo ¡sigue siendo el artículo!: volanta, título, copete y tres o cuatro párrafos. Nada lo sustituyó, pese a que no hay limites para los textos (en la gráfica de espacio; en radio y tv, de tiempo) y se pueden combinar las características de diarios, revistas, tv y radio, más la interactividad. Pero seguimos leyendo textos y a nadie se le ocurrió una unidad informativa mejor.

Aparte de las notas con clickbait y el contenido generado para los buscadores, se invirtió la «piramide invertida»: si en el periodismo clásico se ponían al principio de la nota las cinco doblevés (qué, quién, cómo, cuando, dónde y por qué), en el periodismo digital hay que recorrer pacientemente varios párrafos enigmáticos para, casi al final, llegar al corazón de la noticia.

Pese a que murieron las revistas, murieron los diarios impresos y murieron los kioscos, todavía hoy nada consiguió reemplazar el poder de la tapa de un diario impreso. Recordamos decenas de primicias de los diarios, pero ninguna (o casi ninguna) de los medios digitales.

Antes cada medio imaginaba a su el lector/oyente/televidente. Había un contrato de lectura de lo que los periodistas esperaban que los lectores quisieran. Ahora, sabemos todo de los usuarios de los medios digitales, pero a la vez son más anónimos que nunca: no son fieles a un medio por lo que pueden llegar por click directo, pero también por los buscadores o las redes sociales. Todos somos lectores potenciales e infieles de todos los medios ¿Resultado? un contenido cada vez más lavado, generalista y para todo público.

Los medios dejaron de ser intermediarios, gatekeepers que filtraban el 90% de los noticiable y hacían un resumen de lo que valía la pena leer. Hoy entra todo para que los buscadores lo indexen. Salvo en las columnas de opinión, el resto es un commodity de lo que la gente busca ese día en Google o fue tendencia en Twitter. Gana el que tenga mejor SEO, clickbait y rapidez. La maldición de las estadisticas en tiempo real: no informar lo que la sociedad necesita sino lo que los consumidores demandan.

Los servicios que ofrecian los medios fueron sustituidos: el clima te lo da el teléfono y en tiempo real, el Wordle reemplazó a la Claringrilla, los memes a las tiras cómicas, Mercado Libre a los avisos clasificados, la cartelera de cine la ves en Google, y al horóscopo te lo cruzás en todos lados (y en cada lado te augura algo distinto). Los diarios impresos solo pudieron conservar, por ahora, los avisos fúnebres.

Las redes sociales son la nueva polis, con los políticos reemplazándolas por la histórica conferencia de prensa, las celebrities mostrando y ocultando según sus necesidades, los mismos periodistas contando sus primicias antes que en el medio para el que trabajan y los usuarios creando tendencias y memes. Y corriendo atrás, los medios.

Y cuando los medios quisieron darle lugar a sus usuarios se cayó en la propuesta fallida del periodismo ciudadano o en los comentarios a las notas, siempre radicalizados, violentos y respondidos por la misma gente.

Impulsados por la intelligentsia del periodismo digital, encabezada en muchos casos por personas que jamas trabajaron en medios, las modas se fueron sucediendo sin llegar a cuajar entre los usuarios: newsletters, news tickers, webstories, blogs, apps, podcasts, de nuevo newsletters. Casi nunca con un modelo claro detrás, con brillantes lanzamientos y tímidos cierres.

Otros vicios recurrentes: polarización y seguidismo; no dar espacio al punto de vista editorial opuesto al del medio; no reconocer las erratas; no explotar el archivo (en algunos casos, centenario) ni los buscadores internos; copiar y pegar notas y fotos de la competencia sin dar crédito, contenido viejo «fuera de contexto» ofrecido como nuevo y compartido como tal en redes; priorizar la velocidad al chequeo; contenido patrocinado sin aclarar que es patrocinado o encubierto bajo un eufemismo; ausencia de cobertura de ciertos temas para no perjudicar a los anunciantes; fake news involuntarias, pero también ex profeso.

Aunque perduran algunas virtudes: sigue siendo la via de consulta obligada ante un breaking news; ofrecen contexto; se buscan cada vez mas para opiniones fundamentadas (y polarizadas) sobre temas de actualidad; los articulos long read o de temas atemporales conservan lo mejor del buen periodismo clásico; siguen marcando agenda; sigue siendo «el primer borrador de la Historia» y siguen siendo socialmente prestigiosos, especialmente en el «circulo rojo» y con las noticias duras.

¿Hay esperanzas? En un cuarto de siglo el periodismo digital no consiguió encontrar un nuevo lenguaje ni un nuevo modelo de negocios. Si eso no se logra pronto, deberemos resignarnos a que los bots terminen siendo la nueva cara del «cuarto poder». No solo porque no hace falta talento ni oficio para una nota promedio de un portal promedio, sino porque en las nuevas generaciones ya nadie quiere ser periodista.

Diego Rottman
Diego Rottmanhttps://www.malaspalabras.com/
Diego Rottman es Licenciado en Ciencias de la Comunicación de la Universidad de Buenos Aires. Director de la agencia DataPress Multimedia y del portal argentino Periodismo.com. Es autor con Jorge Bernárdez de dos libros sobre periodismo y medios: «Ni yanquis ni marxistas, humoristas» (Editorial de Belgrano) y «La Rebeldía Pop» (Planeta). En 1997 publican la primera novela argentina en Internet, «Vida de Averchenko». Como director de la agencia DataPress Multimedia ha realizado desde 1994 trabajos periodísticos especialmente orientados a gráfica impresa e Internet.

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