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martes 24 de noviembre de 2020
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El nirvana de Kurt Cobain

Biografía del ícono del movimiento grunge

La música de los 90 no sería la misma si no hubiera existido Nirvana. “El Nirvana de Kurt Cobain” relata con espíritu grunge la historia del líder de la banda que cambió el rumbo de la música moderna.

Referente de toda una generación, la corta pero intensa vida de Kurt Cobain estuvo llena de pasiones, miedos, problemas con las drogas y una tormentosa relación con Courtney Love.
Esta biografía no solo sigue los pasos del ícono de la música desde su infancia hasta su trágico final, sino también su obra: los comienzos de Nirvana como parte de la movida de Seattle, el suceso de Nevermind y los viajes por el mundo.

Publicado originalmente en 1996 por Editorial Distal de Argentina, el libro está agotado desde hace más de 20 años y por eso ahora volvemos a editarlo como parte del Contenido Premium de Periodismo.com

Somos una familia muy normal

El 20 de febrero de 1967 el matrimonio formado por Donald Cobain y Wendy Fradenburg tuvo su primer hijo. Donald, de familia irlandesa, era mecánico en una estación de servicio y Wendy, descendiente de inmigrantes alemanes, ama de casa. La pareja alquilaba una casa en los alrededores de Hoquiam, una localidad situada en el noroeste de los Estados Unidos, a la orilla del Océano Pacífico. Allí, recibieron a Kurt Donald Cobain.

Kurt, hijo de Wendy y Donald, nació en Hoquiam, al noroeste de los Estados Unidos. Al poco tiempo, la familia se mudó a Aberdeen, cerca de Seattle.

Seis meses después, la joven familia se mudó a Aberdeen, a unos pocos kilómetros de allí y a 109 millas de Seattle, la mayor metrópolis y puerto del estado de Washington, conocida como “la puerta al Oriente” o “la puerta a Alaska”.

“No hay nada como tu primer hijo, nada”, dice. “Ningún chico nunca se le parece. Él me hacía sentir completa.”

Tres años después que Kurt, nacería la primera hija mujer de la pareja, Kim. Para esa época, Wendy ya gozaba de una espléndida relación y de una fuerte unión con su primogénito. “Mi madre fue siempre físicamente afectiva conmigo”, recordaría Kurt. “Siempre nos despedíamos con un beso y nos abrazábamos. Era realmente bueno. Me sorprendo de encontrarme que tantas familias no sean de esa manera. Esa fue una época bastante dichosa.” La explicación de su madre es más que lógica: “No hay nada como tu primer hijo, nada”, dice. “Ningún chico nunca se le parece. Él me hacía sentir completa.”

Kurt creció entonces como un chico alegre, vivaz y despierto. Wendy recuerda incluso haber llegado a sentirse un poco asustada “porque él tenía percepciones que yo nunca había visto que ningún niño tan chico tuviera.” No sólo ya había comenzado a mostrar cierto gusto por la música desde los dos años, sino que resultaba imposible mantenerlo quieto. Las preocupaciones de su madre tuvieron, como se vería, cierta justificación: para cuando tuvo siete años Kurt ya había sido diagnosticado como hiperactivo.

“Yo era un chico extremadamente alegre”, dice Kurt. “Estaba constantemente gritando y cantando. No sabía parar”.

“Él era tan entusiasta”, recuerda Wendy, “solía venir corriendo de su cuarto totalmente excitado de tener una nueva jomada por delante y no podía esperar a averiguar qué le iría a traer el nuevo día.”

“No hay nada como tu primer hijo, nada”, expresó Wendy, la madre de Kurt, quien también confesó que se asustó al notar en él percepciones que nunca había visto en otro niño.

“Yo era un chico extremadamente alegre”, dice Kurt. “Estaba constantemente gritando y cantando. No sabía parar. A veces incluso los otros chicos terminaban pegándome porque me excitaba tanto por querer jugar. Yo me tomaba el juego muy en serio. Simplemente era muy feliz”.

Para contrarrestar su hiperactividad a Kurt le dieron lo que se les solía dar a los chicos en esa época, una droga llamada Ritalin. Esta especie de estimulante le trajo ciertos efectos secundarios como el mantenerlo despierto hasta las cuatro de la mañana, haciéndolo tomar sedantes que lo hacían quedarse dormido en la escuela. La situación fue finalmente solucionada con una, nada agradable para un chico de su edad, dieta sin azúcar.

Durante la mayor parte de su vida, Kurt siempre tuvo algún problema de salud. Además de su hiperactividad, siempre sufrió de bronquitis crónica. Estando en octavo grado, por ejemplo, le diagnosticaron un caso menor de escoliosis, o curvatura de la espina dorsal que, con el paso del tiempo, fue acentuada por el peso de su guitarra.

Cuando tenía ocho años, el pequeño Kurt sufrió uno de los golpes más fuertes de su infancia, que lo marcaría para toda la vida: el divorcio de sus padres. Pese a que Don no estaba demasiado de acuerdo, Wendy insistió en la separación, cansada de que su marido nunca estuviese en la casa y prefiriese jugar al básquet o al baseball con sus amigos. Sus hijos parecen ser los que más sufrieron la decisión, convirtiéndose en inocentes trofeos de guerra de las batallas entre sus padres.

Kurt tomó muy duramente el divorcio y sus consecuencias. “Simplemente destruyó su vida”, dice Wendy. “Cambió completamente. Pienso que estaba avergonzado. Se volvió muy introspectivo, se lo guardaba todo. Se volvió realmente tímido”. Según ella, Kurt siguió sufriéndolo toda su vida.

Tres años después del nacimiento de Kurt, llegó Kim, su hermana, la segunda hija de Wendy y Donald.

En lugar del chico alegre que había sido hasta entonces, Kurt “se tornó realmente hosco y malhumorado”, dice Wendy. En la pared de su dormitorio, Kurt escribió, “Odio a mamá, odio a papá, papá odia a mamá, mamá odia a papá, eso simplemente te hace querer estar triste”. Un poco más arriba dibujó unas caricaturas de sus padres, que aun hoy continúan en la pared de la casa en la que Wendy sigue viviendo, que decían “papá apesta” y “mamá apesta”. Abajo dibujó un cerebro con un gran signo de interrogación.

 

Cobain y la música

La música parece haber ingresado a la vida de Kurt Cobain desde sus primeros años de vida. La familia de su madre era la que manifestaba una mayor inclinación musical. El tío de Wendy había grabado algunos discos a finales de los ’40 bajo el seudónimo de Dale Arden y su hermano Chuck tocaba en una banda de rock ‘n roll. Mary, su otra hermana, tocaba la guitarra y se presentó en los bares de Aberdeen durante años, llegando incluso a grabar un sencillo de música country. También por parte de madre, Kurt tenía siete tíos y tías que se peleaban por cuidarlo. Estaba acostumbrado a ser el centro de la atención y le encantaba entretener a cualquiera que le prestase atención. Uno de sus discos favoritos era Alice’s restaurant de Arlo Guthrie y solía cantar su “Motorcycle song”: “I dont want a pickle /I just want to ride on my motorcycle / and I don’t want to die! (No quiero un pickle/ Sólo quiero andar en mi moto/ y no me quiero morir!).”

Su tía Mary le regaló unos discos de los Beatles y de los Monkees cuando Kurt tenía siete años. Ella solía invitarlo a su casa para ver los ensayos de su banda. Luego, trató incluso de enseñarle a tocar la guitarra, pero la hiperactividad de su sobrino y lo difícil que resultaba hacer que se quedara sentado y quieto, terminó por acabar con su paciencia. Poco tiempo después optó por cambiar de instrumento y regalarle un pequeño redoblante. Kurt solía colgárselo y salir por el barrio con un gorro de cazador y las zapatillas de su padre pegándole al tambor y cantando temas de los Beatles como Hey Jude o Revolution.

Kurt Cobain se definía a sí mismo como un chico «extremadamente alegre». Durante su infancia fue diagnosticado como «hiperactivo» y llegaron a tratarlo con una droga llamada Ritalin.

De todas maneras, hasta el tercer grado Kurt lo que quería era ser una estrella de rock. Solía poner los discos de los Beatles y hacer la mímica con una guitarra de plástico. Después, y por un largo tiempo, quiso ser doble de cine. “Me gustaba jugar afuera, atrapar víboras y saltar con mi bicicleta”, explicaba, “Evel Knievel era mi único ídolo”.

“Desde que tengo memoria, desde que era un chico”, dice Kurt, “Yo quería ser Ringo Starr. Quería ser John Lennon tocando la batería”.

A veces, Kurt solía visitar a su tío Chuck, que tocaba en una banda. Él había armado unos parlantes para un estudio que tenía en el sótano que eran tan grandes que no podía sacarlos del cuarto. Solía poner a Kurt en el sótano, darle un micrófono y dejar correr algo de cinta. Wendy todavía tiene un cassette que Kurt hizo cuando tenía cuatro años en el que canta y, cuando piensa que ya nadie lo está escuchando, empieza a decir malas palabras.

Ya que desde muy chico Kurt había tenido la manía de golpear las ollas y la vajilla de su casa en general, ese año sus padres le compraron una batería de juguete con la imagen de Mickey Mouse y le pagaron algunas lecciones. “Yo lo empujé un poco a la batería porque yo quise ser baterista”, admite Wendy, “pero mi madre pensó que era muy poco femenino y nunca me dejó tocar”. Todas las tardes, después de la escuela se dedicaba a su pequeña batería hasta que ésta terminó por romperse.

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Esteban Rottman
Periodista desde 1992, pasó por las redacciones de las revistas 13/20, Pelo, Generación X y AZ Diez y fue colaborador en publicaciones de diversos temas (Zona Educativa, Metal, Jazz, Game Over, Texturas, entre otras). Durante seis años fue corresponsal en Argentina de la revista italiana Colors. Fue Editor Jefe de los portales MSN de latinoamérica y cofundador, en 1997, del sitio web Periodismo.com.