Adelanto de «Voces de la primavera democrática», de Pipo Lernoud

Cuando se habla de “rock nacional”, la referencia son esos artistas y canciones que no hace falta ser un experto para conocer y que han conquistado buena parte de Latinoamérica, como Charly García, Soda Stereo, Miguel Mateos y Zas, Fito Páez, León Gieco, Luis Alberto Spinetta, Viuda e Hijas de Roque Enroll, Los Abuelos de la Nada, los Redonditos de Ricota, Sumo, Celeste Carballo, Juan Carlos Baglietto, G.I.T. o Virus, por nombrar solo algunos. Nadie acompañó mejor el desarrollo de esa música, la de los jóvenes en los años de la recuperación de la democracia, que la revista Canta Rock.

Lo que comenzó como un modesto cancionero de tapas con coloridas caricaturas se transformó en un fenómeno de ventas. En sus páginas, su director, el poeta y periodista del grupo pionero del rock argentino en los sesenta, Pipo Lernoud, conversaba tanto con las nuevas voces del pop como con otros que, sin ser estrictamente rockeros, compartieron el espíritu de la época, como Mercedes Sosa, Alejandro Lerner, Marilina Ross, Facundo Cabral, Sandra Mihanovich o Piero. Una foto de un momento clave cuya creatividad aún es parte de nuestro presente cultural y musical.

A continuación, un fragmento a modo de adelanto:

CHARLY GARCÍA:
TODO NOS SUENA DIFERENTE

“Este es un disco ‘up’, para adelante”, dice Charly. “A la hora de decir las cosas, me di cuenta de que tenía que superar un año negro, deprimente. Y me puse las pilas…”.

—La onda compositiva salió rápido, es verdad. Empecé a componer fuerte a partir de noviembre del año pasado. Hasta ese momento no tenía casi nada, pedacitos anotados, cosas sueltas. Y en esa época tomé la decisión de entrar en el estudio, ir al frente con lo que haiga. No importaba si no había temas, no importaba nada. Me impuse hacer un disco…

—Y hacerlo casi vos solo, porque la mano de los músicos estaba que no se definía…

Iba para atrás, para adelante, para atrás, para adelante. Entonces me dije: “Bueno, voy a hacerlo yo…”.

Me llevé los instrumentos a Panda y empecé a hacer los demos ahí. Y finalmente los demos terminaron convirtiéndose en el disco. Es la misma cinta. Con Mario (Breuer) compramos una cinta buena para tener la precaución de poder borrar y regrabar y que sonara bien.

Y entonces tomaron forma de a poco los temas, usando los pianos, los teclados, una base de batería electrónica, algunas guitarras.

—O sea que estabas vos solo en el estudio, reflejándote en el espejo…

Yo solo, y [Fernando] Samalea manejando las baterías eléctricas. El día antes de irme cayó Lebón al estudio, con su guitarra, y le hice tocar todos los temas al hilo, sin haberlos escuchado previamente. De todo eso se rescataron un par de frases bastante significativas. Pasó lo mismo con el maese Melingo, que vino y tocó un par de temas sobre el pucho.

Entonces con Mario agarramos todas las cintas de veinticuatro canales, –que son un choclo– las cargamos en el avión y nos fuimos a Río.

Ya teníamos reservado el estudio a través de una amiga, Ivonne [de Virgiliis], la representante de Paralamas y otros grupos. Y bueno, grabamos el percusionista, el famoso Chacal (no Cachaco, como pusieron ustedes detrás del póster). La sesión duró un día, porque el tipo era bárbaro; se encerró, apagó las luces, tocó todo. A los dos días cayeron los Paralamas e hicimos el Rap de las hormigas. Yo necesitaba una chica para cantar Buscando un símbolo de paz. Y me sugirieron a Paula Toller, de Kid Abelha. Vino, la adorable, y se cantó la vida.

Terminamos y nos fuimos a Nueva York, directamente del verano caliente al invierno feroz. Nos estaba esperando una limusina, enviada gentilmente por el presidente de la CBS –cosa inédita para mí–. Aterrizamos en el Washington Square Hotel, en el Village. Primer día de paseo por el Central Park, disfrutar de la Gran Ciudad… Al segundo día ya estábamos grabando con Joe Blaney al comando de las consolas de Chun King House of Metal, donde graban todos los capos del rap. Joe trabaja mucho ahí, haciendo discos de rap. El graba a Run D.M.C., por ejemplo.

Querían poner un bajista, así que me adelanté, compré un Rickenbaker. Cada vez que Joey quería poner un músico yo me le adelantaba. Así que enchufé y salí tocando.

De ahí nos fuimos a MIDI City, donde habíamos grabado Tango con Pedro. ¡Todavía tienen a Tango colgado ahí, al lado del último de Stevie Winwood! En MIDI City grabamos la parte tecladal. Ahí tienen todo ya enchufado, de manera que solo tenés que escoger los sonidos… Es un placer de locos.

Compramos batería nueva para Samalea, olimos ese aroma de cosa brillante y sin usar al sacarla de la caja, copamos el estudio grande de Electric Ladyland y grabamos la bata. En el estudio de al lado estaban los Cars.

Regrabé todas mis voces, usando mucho un micrófono del año cuarenta, de esos cuadrados que usaba Frank Sinatra, y que dan un sonido especial. También vino una chica [Cheryl Poirier] de Kid Creole and the Coconuts para cantar.

Mientras hacíamos la mezcla pintó Uberto [Sagramoso] y nos fuimos a sacar las fotos de tapa en un lugar increíble, el Taller Latinoamericano, abajo de una iglesia ortodoxa rusa. Usamos todo un día para hacer las fotos, iluminando este extraño sótano que sirve de depósito de pianos y órganos. En las fotos aparece Cheryl, una de las Coconuts.

Bueno, en total le metimos quinientas horas de estudio, la mitad en Nueva York y la mitad en un disco trabajadito con mucho corte de cinta y pegoteo de pedazos.

—¿Y las letras, cómo surgieron?

—Algunas las traía de aquí, otras las hice en Nueva York. ¡Como podés notar, es un disco totalmente internacional! (risas). Es que los temas se fueron modificando, porque yo no tenía muy clara la forma de la mayoría de las canciones, a veces se me iban de mambo y eran muy largas o muy repetitivas. Entonces lo que hicimos fue cortar directamente la cinta de veinticuatro canales –algo que Joey hace fácilmente, y yo no había visto antes–. Los temas se fueron compactando, y tuve que inventarles nuevos estribillos sobre la marcha o unir pedazos diferentes. Muy loco, muchos cortes de cinta…

LOS TEMAS

Adela en el carrousel es una canción que ya tenía armada. Otro es el Rap de las hormigas, que compuse en una casa de campo que fuimos con Fabi Cantilo, y la letra demuestra a las claras la situación problemática de ir al campo sin suficientes provisiones. ¡Profunda problemática! Ella adivinó, en cambio, la compuse en Río, en uno de esos Casios tipo Fun Machine, que recuerdan la melodía. Llevé eso al estudio, le pusimos un micrófono y grabamos todo encima de esa base, que sirvió de guía.

Parte de la religión ya venía completa desde Buenos Aires. Es como un pantallazo por casi todas las religiones. Son como todos personajes distintos con distintas religiones. Está el cristiano, está el que cree en el gurú, está el judío. Es una mirada a los distintos traumas, que al final se rompen cuando ella se desnuda y se pudre todo (risas). La conclusión, el final, es que las cosas pasan, chau, ¡quele vachaché!

No voy en tren la había estrenado en La Falda hasta que empezaron a llover los botellazos, los tetra-bric y los naranjazos. Y cuando estaba grabando las voces descubrí que le faltaba un pedazo al tema. Entonces me tomé diez minutos y escribí eso de “cuando era niño nunca fui muy listo…”.

—¿Por qué dice “Soy el que cierra y el que apaga la luz”?

—Por aquello que dicen los uruguayos (Jaime Roos): “El último que se vaya que apague la luz”. También me acordé de Melingo, que siempre se queda hasta el final. Es él en realidad el último que se va.

En La ruta del tentempié es la música la que manda, y la letra salió así, tipo éxtasis, muy fluida. Esa letra: “Nunca me animé a decirte nada…” es como un intento de romper “the wall” y ser un chico común, mezclarse entre la gente.

El karma de vivir al sur está hecha para mi hijo, pero en realidad puede servir para hablar de cualquier amor. Tiene bastante cosa tanguera, sobre todo la parte que habla del “karma de vivir al sur” y se escuchan un par de bandoneones.

Necesito tu amor ya lo habíamos estrenado en Pinar de Rocha con gran algarabía de la gente que tiró todas las sillas a la pileta y también lo tocamos en España y gustó mucho.

Rezo por vos lo grabé un poco porque me lo pidieron, ya que tuvo éxito en todas partes, incluyendo España, y porque me había quedado con las ganas de hacer mi versión. El tema es buenísimo, y yo estaba con bronca por la versión berreta que salió en aquella recopilación. El tema merecía algo más.

Al final me quedaron tres temas afuera. Y pensar que empecé el disco sin material, pensando: “Uy, no me sale nada, ¿qué voy a grabar?”. El año pasado estaba en esa: “No sé qué hacer, no sé qué grabar”. Pero siempre pasa así, a último momento, ¡bam! sale todo. Con Piano Bar pasó lo mismo, aunque ese era un disco más al mango, más desesperado. En Religión no está esa cosa media angustiada que tenía Piano. Se me fue la angustia, ¡qué problema! ¿Qué hago ahora sin angustia? (risas).

—A pesar de que “tengo prejuicios que no me puedo sacar”, y “los sueños se fueron y no volveran”. A pesar de que “no tengo teca, no tengo gas”, “no tengo a nadie a quien yo quiera ver ni alguien que quiera escuchar”.

—A pesar de todo, este es un disco “up”, “Up-esar”. A pesar de eso… Es para mí el resumen de todo un año medio negro. Y cuando me puse a hacer el disco decidí superarlo, superar mi estado de ánimo deprimido.

—Pero si la onda de la “depresión” recién está llegando a la Argentina…

—Pero una cosa es ser depresivo y otra ser deprimente. A veces creo que hay una sutil línea que separa la “estética de la depresión” del tipo realmente deprimido. Porque de todas maneras hay que, vivir, hay que ir al frente… “¿Será porque nos queremos sentir bien / que ahora todo nos suena diferente?” (Buscando un símbolo de paz). Hacer un disco quejoso, que comprometa al que escucha en una especie de melancolía, me parecía que no tenía sentido para mí en ese momento.

Lo que yo quería era un disco polenta, que te pusiera bien, que te interesara. Cuando me sumergí en el estudio necesitaba sonidos polentosos, voces fuertes, cantar al mango. Este disco tiene la voz adelante y está muy gritado. Tal vez eso es lo más novedoso de Parte de la religión. Antes yo mezclaba mi voz entre los instrumentos, cantaba más tímidamente. Esta vez los temas están cantados para afuera, hay más grito.

Es un disco post depresión, renacentista. Está asomando algo, en todo el disco. Hay algo que está naciendo, y me gusta.

¿CUANDO VEREMOS EL BEBÉ?

—El disco sale en estos días. Hubo un problema con el corte, que estaba bien pero le faltaba volumen. Lo llamé a Joe y le dije: “¿Qué pasó, Cacho?”. Hay que volver a cortar.

—¿Tenés una banda armada para presentarlo?

—Tengo algunas ideas. En vivo quiero tocar la viola más que nada. Unas voces femeninas… Seguro que Samalea va a estar en la bata, tal vez Quintiero en teclados. Estoy conversando con gente. Aparecen muchos percusionistas, que yo no sabía que existían, y que me van a hacer falta.

¡Hay muchos buenos músicos libres en Buenos Aires, sumándole además las separaciones de Fricción y Metrópoli!

Viajaríamos a Río a comenzar las presentaciones, en junio. El disco sale simultáneo en toda Latinoamérica. Entonces en Brasil haríamos una gira junto con los Paralamas, y después partimos por Latinoamérica.

En Buenos Aires lo presentaríamos el 5 de septiembre en el Luna, a justos doce años del Adiós Sui Generis (7 de septiembre 1975). Tal vez se dé esa “casualidad”. Quiero que la presentación venga con todo, que sea una fiesta.

—¿Qué te pareció el fin de semana de los milicos sublevados y la gente en la plaza?

—El jueves yo ya estaba en la plaza. Pero no sé, después me agarró un ataque de sarcasmo y me pareció todo una payasada. Pensándolo de nuevo me di cuenta que era en serio, que había que estar…

—A lo mejor tenía algo de payasada, pero igual había que ir, había que poner la trucha…

—Eso. Igual había que estar. En momentos así hay que pelar, porque es mucho más grave la payasada de los otros.

El domingo fui a tocar a Barrancas. Nadie me avisó nada, pero vi en Badía que me anunciaban, decían que iba estar en las plazas. Y más tarde me llamó la mujer de Tarragó Ros. Ahí mismo lo llamé a Samalea y nos juntamos. El trajo a Lupano y al Zorrito Von Quintiero y como estaban Gaby [Aisenson], Hilda [Lizarazu] y Laura [Casarino], ahí nomás armamos el conjunto bisexual. Nos mandamos y contamos La revolución, Los Dinosaurios y Demoliendo hoteles, con Rinaldo en el bajo. También estrenamos No voy en tren. Fue muy lindo realmente. Mató.

CHARLY ACTOR DE CINE

—Voy a actuar en una película nacional que se empieza a filmar en estos días. Es una especie de policial con un “touch” de ciencia ficción, que sucede en Buenos Aires de acá a veinte años. Es un tipo que en una manifestación o algo así es herido por un policía y va a parar al hospital medio catatónico. Yo soy su enfermero. Yo soy el que va descubriendo todo el enredo y al final… ¡Ya lo verán!

El final no lo cuento, pero es el sueño del pibe, un final muy grosso.

La dirección es de Gustavo Mosquera, que debuta en el largometraje. El otro actor principal es Hugo Soto, el de Hombre mirando al sudeste. Yo haría la música también.

El personaje se parece bastante a mí, el director busca aprovechar un poco cómo soy yo realmente, cómo me muevo y todo eso. Me graban con sonido directo, que es un riesgo, pero por lo menos no es el habitual bochorno argentino de que los labios no coinciden con lo que se oye, el típico fuera de sincro nacional.

Publicado originalmente en Canta Rock Año 4, N° 81 (5-V-1987)

Los reportajes de Canta Rock (1983-1988)
Publicada por: Gourmet Musical
ISBN: 978-631-6636-17-1

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