“Es un gran juez”. La definición del camarista Carlos Mahiques, sólo puede provenir de boca de su hijo, el actual Ministro de Justicia, Juan Bautista Mahiques o de los sectores del poder económico a quienes presta servicios desde hace años. Don Carlos es un pésimo magistrado, no reúne las condiciones mínimas para el cargo, ni es idóneo ni es independiente, llegó a su puesto de manera ilegal (con un decreto de Mauricio Macri), participó de operaciones políticas que incluyeron la detención de dirigentes políticos, recibió dádivas y salvó a empresarios amigos de la acción penal. Es un cabal exponente del Poder Judicial argentino, que en el fuero Penal Federal está atravesado por la venalidad y la sumisión. Hace juego con la mayoría automática mileísta conformada por los tres miembros de la Corte Suprema y está a la medida moral de los senadores que le extendieron su mandato por cinco años más.
Lo notable es que el apoyo que obtuvo a su deseo de terminar de envejecer en su despacho (debería jubilarse en noviembre cuando cumpla 75 años y le prorrogaron su dorada estancia cinco años más) tuvo el aval de catorce senadores peronistas. El acompañamiento entusiasta de la bancada del Pro a la propuesta de su hijo, flamante ministro libertario, era previsible (Mahiques es “Comodoro Pro”), las manitos alzadas de lo que queda de la UCR tampoco sorprendieron, parecen enyesados, pero los votos peronistas no dejan de sorprender y demuestran hasta qué punto la seducción de Karina Milei y los hermanos Menem puede lo más y lo menos.
Los Mahiques, padre e hijo, formaron parte de un grupo de jueces (entre los que estaban Julián Ercolini, Pablo Yadarola y Pablo Cayssials) que cometieron el delito de dádivas al participar de un viaje (¿fue sólo uno?) a la estancia del empresario Joe Lewis, en la localidad de Lago Escondido, viaje y estadía pagadas por el grupo Clarín. En la comitiva había empresarios periodísticos, lobistas y servicios de inteligencia. ¿Qué acordaron allí? Hay muchas hipótesis, pero cualquier peronista podría recordar que los Mahiques fueron claves a la hora de impulsar la causa que terminó con la detención de Cristina Kirchner. Y Don Carlos comandó el fallido intento por hacer zafar a Ángelo Calcaterra, primo de Macri, de la causa de las coimas diciendo que se trataba de aportes a la campaña electoral. Más recientemente el camarista quedó expuesto por haber organizado su cumpleaños en la quinta de Pilar que se sospecha que es propiedad de Pablo Toviggino, mano derecha del presidente de la AFA, Claudio Tapia, y que figura a nombre de testaferros.
La postergación de su jubilación generó críticas de la Asociación Civil por la Igualdad y la Justicia (ACIJ) y el Instituto de Estudios Comparados en Ciencias Penales y Sociales (Inecip), entre otras organizaciones. Los senadores peronistas de Convicción Federal (sic) que responden a los gobernadores del PJ: Raúl Jalil (Catamarca), Osvaldo Jaldo (Tucumán) y Gustavo Sáenz (Salta) no se dieron por enterados y se sumaron al oprobio. Confían en la amnesia generalizada.
En el gobierno lo celebraron como un triunfo colosal, no tanto por haber logrado la ratificación de un impresentable, sino por comprobar que una mayoría en el Congreso de la Nación, tan vilipendiado por Milei, se convirtió en un grupo dócil y obediente. Aquellos que defendían las instituciones, la independencia judicial, la libertad de prensa y la república, aceptan lo que se les pida sin chistar. Si pasó Mahiques todo es posible. Se viene un rediseño del Poder Judicial para garantizar a los libertarios la efectividad de sus medidas económicas y la impunidad en las causas de corrupción que tocan el corazón del poder como Libra y Andis. No faltarán votos peronistas para lograrlo. El objetivo es a largo plazo. Los presidentes pasan, pero los jueces quedan.

