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«Guerras mediáticas en la Historia Argentina», de Fernando J. Ruiz

Guerras_MediaticasEl libro «Guerras mediáticas – Las grandes batallas periodísticas desde la Revolución de Mayo hasta la actualidad», de Fernando J. Ruiz es la mejor demostración de que peleas entre los medios y el poder hubo siempre y que la actual ni siquiera está entre las más fuertes de la Historia Argentina. A modo de adelanto, presentamos completa la introducción del libro:


Teoría y práctica de las guerras mediáticas
Viva el periodismo del odio

Por guerra mediática entiendo la dimensión periodística de los conflictos políticos más estruendosos de la historia argentina. Momentos en que los bloques en pugna se polarizan y cada uno dispone de un ejército de medios de comunicación.

En este libro analizaremos los picos de esa conflictividad y recorreremos sus escarpados y peligrosos caminos para las instituciones.

La Revolución de Mayo, la década rivadaviana, la era rosista, el yrigoyenismo y el peronismo entrecruzados con la larga secuencia de golpes militares fueron los momentos extremos de nuestras guerras periodísticas. También incorporamos, por lo destacado de los personajes, la descripción de la batalla mediática personal entre dos gladiadores del debate público, como fueron Domingo Faustino Sarmiento y Juan Bautista Alberdi. Es obvio que finalmente todo gobierno ha tenido su conato de batalla mediática, pero hemos priorizado las de mayor impacto.

Cuando se analizan todas juntas, la historia muestra elementos comunes en estas batallas. La historia de una polarización puede ser muy variada, pero los ingredientes son los mismos.

¿Cómo comienzan las guerras mediáticas? El antagonismo ideológico profundo es un factor clave. Es difícil que llegue a estallar una guerra mediática si no se radicaliza el enfrentamiento de ideas. En forma clara se preanuncian dos países distintos, excluyentes, donde las palabras centrales de la vida política (“democracia”, “pueblo”, “libertad”, “derechos”, “representación”, entre otras) tienen dos significados distintos de acuerdo al campo que las enuncie.

Un sector importante de la sociedad percibe que su antago-nista ideológico ha tomado una dimensión y una actitud amena-zantes, se convence de que se acabaron las alternativas y de que llegó la hora del enfrentamiento abierto.

En ese contexto se va forjando entre los periodistas un cierto consenso acerca de que el éxito de las ideas del enemigo los encerrará en un país inaceptable. Esa tensión ideológica es la que radicaliza la tensión mediática.

En ese momento crece la conciencia en los protagonistas de que el país está en un cruce histórico de caminos, donde la duda, la moderación y el matiz son la trampa de los cobardes y los tibios, de los desorientados o, peor, de los enemigos encubiertos. Cuando los protagonistas comienzan a percibir que la batalla puede ser definitiva es cuando comienza la formación de los ejércitos. La lógica militar empieza a gestionar el debate público. Por eso cada uno de los sectores en pugna alinea, enrola o construye recursos mediáticos importantes para atacar y defender. Y ese despliegue y uso de poder de fuego no hace más que acelerar el proceso polarizador.

Los medios son eficaces para ratificar la identidad ideológica del campo propio pero cada vez tienen menos llegada al campo opuesto, que es donde radica la clave de la victoria. La máxima influencia de un medio consiste en poder influir en ambos campos. Pero finalmente se convierten en medios de comunicación interna de uno de los bloques en conflicto, y no llegan a toda la sociedad. Casi por definición, en una guerra mediática no hay medio de comunicación que resulte creíble para los dos campos.

En los casos que analizaremos, la guerra mediática tuvo la intervención central de un Estado comunicador. El Estado con toda su fuerza se volcó a desequilibrar el conflicto mediático. Desde Mariano Moreno hasta los Kirchner, hubo momentos en que el Estado decidió intervenir con toda su potencia. Esa radicalización del debate va forzando un punto crítico: la violencia del lenguaje. De a poco, las palabras se van cargando de pólvora. Hasta que explotan.

Y esas palabras cargadas nos arrastran desde la crítica hasta el agravio. La historia que cuenta este libro es también la historia de la naturalización de los insultos. Los voceros más destacados, los generales, coroneles y héroes de estos combates, van produciendo una imitación de sus actitudes en el resto de sus tropas. Se dispara y se asesinan reputaciones.

Llegados a este momento del proceso polarizador, cuando se masifica el agravio, es más fácil advertir cómo los periodistas gestionan no sólo palabras, sino sobre todo climas. Y van fabricando, fogueando y amplificando así la emoción que penetra y desborda, en un primer momento, la vida pública y luego ya politiza las relaciones sociales. El fin del recorrido llega cuando esa polarización flota y se percibe en el interior de las familias y las amistades.

En esos momentos se rompe el espejo: ya no nos vemos como efectivamente somos. Agraviamos y creemos que somos nosotros los agraviados. Protestamos por recibir injurias, mientras inju-riamos. Somos víctimas que se defienden. Nuestras agresiones son defensivas. La guerra mediática transforma identidades personales y profesionales. Se cruzan fronteras que nunca se pensó atravesar. Finalmente los periodistas embarcados en la contienda se convierten en semivíctimas y semivictimarios, de la misma forma que los soldados de carne y hueso en una guerra.

Domingo Faustino Sarmiento, el gran polarizador entre la civilización y la barbarie con su libro Facundo, se convirtió él mismo en un bárbaro de la pluma. “Si Facundo hubiera sabido escribir, no de otra manera hubiera escrito”, apuntó sobre Sarmiento un contemporáneo de su labor periodística, Lucio V. López.

Los periodistas dejan de reconocer al otro como un par, y comienzan a verlo como un victimario. Y por eso no se le aplican los estándares profesionales como debería ser. Sólo la gente decente merece que se le lean los derechos mediáticos, que se la escuche y se la consulte, que se transmita en forma honesta lo que dice y hace. Un periodista enrolado en la batalla diría que la ciudadanía mediática (el tratamiento profesional por parte de los medios hacia las personas) no es aplicable a todos.

La guerra mediática siempre está impulsada por la convicción de que las reglas son desiguales y que es necesario defenderse en desventaja. La justificación para saltar las reglas de la profesión periodística es que no hay que ser ingenuos y hay que darse cuenta de que el rival ya las está saltando. El correcto y equitativo ejercicio de la prensa sólo correspondería si el tablero no estuviera inclinado en contra. Si se tiene la convicción de que se está en desventaja, no queda otra que buscar una prensa propagandista y monocolor para compensar esa falencia. No podemos caer en la candidez de hacer un periodismo profesional cuando los enemigos vienen por nuestras cabezas sin respetar los códigos.

Así, un sector del periodismo define como ilegítima la posición de otro amplio sector de la profesión. El periodismo entonces deja de aplicar las reglas profesionales al bloque propio, porque sería traición: ¿por qué arriesgarnos en medio de una guerra a informar con distancia y pluralidad de fuentes sobre las debilidades del campo propio? Y tampoco se las aplica al bloque opositor, porque sería ingenuidad: ¿por qué darle al enemigo en medio de una guerra la oportunidad de que propagandice sus logros? Cuando las reglas de la profesión quedan suspendidas la conversión de un periodista a un soldado es más transparente.

Toda guerra mediática es una guerra civil interna de la profesión periodística. Es una guerra contra el concepto de periodismo en la que participan muchos periodistas, incluso hasta puede ser la mayoría de la profesión. Así como el conflicto religioso durante el período rivadaviano fue entre curas, y los golpes militares fueron también conflictos entre militares, las guerras mediáticas son, en primer lugar, intraprofesionales.

Por esto, en cada contienda la primera víctima fue el periodismo. Ha sido una catástrofe de la que tuvo que resucitar como pudo una vez que terminaron los combates. Todas excepto la primera, la Revolución de Mayo, que fue precisamente el conflicto que inició en nuestro país la construcción democrática que es, como es obvio, la única plataforma posible para el desarrollo de la profesión periodística.

También hay una fuerte correlación entre descarrilamiento me-diático y electoral. En general, en los procesos electorales siempre se viven guerras mediáticas de baja intensidad, pero hubo momentos en los que la presión sobre las instituciones fue insoportable.

El fin de la etapa rivadaviana, las elecciones durante el rosismo, la lucha de la causa contra el régimen durante el nacimiento del radicalismo, las sucesivas elecciones durante el primer peronismo, fueron momentos en los que la tensión sobre la limpieza electoral comenzó a ser central. La institucionalización del agravio puede ser un camino que nos lleve al fraude electoral. El vicio de la palabra llega finalmente a enviciar las urnas. Las votaciones ya no pueden encauzar la opinión cuando los odios se desbordan.

En otros momentos de la historia, el efecto fue inverso: la libertad de prensa pudo encarrilar y promover el fin de los vicios electorales. Durante décadas coexistió una libertad de prensa casi ilimitada con prácticas electorales estrechas o directamente fraudulentas. Esa contradicción fogueó la deslegitimación del sistema político preparando su demolición. Es lo que pasó durante el tiempo en que se construyó el radicalismo frente a las máquinas electorales de la Argentina roquista, o en la década del treinta del fraude patriótico, la que terminó drásticamente con el golpe de junio de 1943. En esos casos, la amplia libertad de prensa hizo su aporte para salir de esos regímenes políticos cerrados y excluyentes, aunque en el caso de 1943 fue sucedido por un régimen aún más cerrado.

El problema de la guerra mediática es que refuerza y amplifica la división de la sociedad. Las sociedades siempre tienen líneas divisorias, fisuras en los distintos sectores e instituciones, y la fertilidad de la guerra mediática está en ahondar esa división preexistente.

Esa división se ahonda cuando entra en crisis la capacidad de los medios de comunicación de llegar a todos los sectores. Los medios no sólo no llegan al campo opuesto sino que finalmente tampoco lo conocen. En el proceso de polarización, el periodismo pierde la capacidad de aprender sobre esos sectores sociales a los que no se llega, ahondando así una crisis cognitiva que refuerza la fractura social.

Así nace el periodismo del odio. Y si es el odio el tintero donde se carga la pluma de los medios masivos, es difícil para la democracia soportarlo. Es verdad que en todas las sociedades posiblemente existen dosis de odio entre algunos grupos sociales o políticos. La democracia puede vivir con eso. Pero la convivencia se hace difícil si ese odio penetra en los medios de comunicación de mayor alcance nacional, cuando la polarización puede hacer que la gran prensa se convierta en prensa partisana. Esto hace al odio un odio visible y un odio de masas y, por lo tanto, lo puede convertir en un veneno mortal para la democracia.

En varias de las guerras, el país estuvo al filo de la violencia, con algunos tropezones peligrosos, y en otras las armas entraron de lleno hasta que una victoria militar terminó con la contienda. De hecho, la mayoría de las guerras mediáticas aquí analizadas terminaron con una drástica intervención militar, como ocurrió con el Regimiento de Patricios de Cornelio Saavedra el 25 de mayo de 1810, el levantamiento del general Juan Lavalle en 1828, la batalla de Caseros en 1852, o los sucesivos golpes militares del siglo XX.

La guerra total

En su clásico libro Sobre la guerra, Carl von Clausewitz no dice nada respecto del periodismo. Pero su obra es un tratado sobre comunicación. Para él, la guerra es un duelo amplificado, donde la intención de hostilidad (la decisión razonada de combatir) es superada por el sentimiento de hostilidad (la pasión guerrera).

A partir de la intención de hostilidad se construye una maquinaria de propaganda que articula y amplifica el sentimiento de hostilidad, el que muchas veces guía las acciones de la guerra.

Así se produce una escalada hacia los extremos. “Cada uno de los adversarios fuerza la mano del otro y esto redunda en acciones recíprocas que teóricamente llegarán a los extremos”, dice Clausewitz.2 En esa ley de los extremos, asegura, desaparece el objetivo político que sólo retornaría si la intención de hostilidad volviera a prevalecer sobre el sentimiento de hostilidad.

Una vez que los bloques enemigos están construidos como tales, los proyectos pierden importancia real. El verdadero proyecto a partir de ese momento es la derrota y la humillación del otro, y no una determinada visión del país. Sólo la dificultad de la victoria final hace recapacitar a los actores en conflicto y les muestra los caminos intermedios. Recién frente al bloqueo de los extremos es posible que los actores moderados vuelvan a tener espacio en el escenario polarizado para sugerir alternativas matizadas.

Los medios han sido siempre los grandes fabricantes del sentimiento de hostilidad. Y esto está reforzado porque en cada guerra hay una burbuja mediática por la creación masiva de medios con fines bélicos. Es una burbuja porque cuando termina el conflicto esos medios suelen desaparecer y el campo de batalla queda cubierto de cadáveres y periodistas errantes. Es un periodismo que nace incitado por la oferta y no tanto por la demanda. La exacerbación de la política produce nuevos medios que luego el mercado no puede sostener.

En la mayoría de las guerras de verdad ocurren pocas cosas, y la mayor parte del tiempo se pasa en esperar algo. En las me-diáticas pasa al revés, la actividad es permanente. La rutina periodística, al ser precisamente periódica, renueva en forma constante ese sentimiento hostil. Por supuesto, en especial los medios construidos a partir de la guerra foguean la guerra, pues es en el combate donde encuentran su legitimación para existir. Si sobre-viene la paz, su continuidad como medio está en riesgo. Siempre ha ocurrido que las fechas de creación de los medios combatientes son hitos principales en el crecimiento de la guerra mediática.

En muchos casos la prensa ha llegado a entusiasmarse más con la lógica guerrera que con la periodística. Los periódicos populares de Nueva York fogonearon la guerra contra España en defensa de Cuba a fines del siglo XIX, y los periódicos populares europeos fueron artífices centrales del cruel estallido de la Primera Guerra Mundial en 1914.

En Argentina, en el siglo XIX, el estallido de la guerra contra el Paraguay en 1864 estuvo impulsado por la prensa porteña que sentía que el honor nacional había sido humillado y debía repararse. E inmediatamente después de la guerra de Malvinas, en 1982, el Informe Rattenbach —comisión investigadora creada durante la dictadura para analizar lo ocurrido— criticó a la conducción militar por no haber censurado la euforia guerrera que promovían algunos medios. Según los militares investigadores eso provocó un “ambiente excesivamente permisivo en cuanto al manejo de la información durante la guerra, que permitió algunos desbordes periodísticos con efectos triunfalistas multiplicadores en el público interno”. Lo más notable de este informe es que afirma que los generales mediáticos pudieron imponer a los generales reales la gestión de la guerra.

De acuerdo al informe, editores periodísticos indujeron a los generales reales a tener una actitud menos negociadora:

Las expresiones triunfalistas exageradas que los medios de difusión propios hicieron de ciertas acciones bélicas confundieron a los conductores argentinos respecto de la verdadera situación militar de las fuerzas en oposición, induciéndoles a adoptar posturas excesivamente inflexibles y contradictorias que fueron cerrando, progresivamente, los caminos de la negociación.

Y agregaron los juzgadores de la conducta militar:

El pueblo acompañó sin retaceos la decisión de la Junta Militar, mientras que los medios de comunicación, por su efecto multiplicador y por la calidad de la evaluación realizada sobre las posibles consecuencias de la medida adoptada, contribuyeron a una pérdida generalizada de la objetividad. Ante esta euforia nacional, el gobierno vio disminuida su capacidad de analizar reflexivamente la realidad, lo cual habría de tener, más adelante, un peso considerable en el desarrollo de las negociaciones.

La relación de la gran prensa con la dictadura militar de 1976 no fue de sumisión sino de alianza, donde aquélla conservaba gran parte de su autonomía. También incluso en el momento de hacer la guerra.

Desde siempre, Juan Domingo Perón entendió la importancia de los medios tanto en la guerra como en la política. En su libro Apuntes de historia militar, donde recopila las clases que dio en la Escuela Superior de Guerra durante la década del treinta, explica el rol crucial que tenían los medios en la doctrina de la guerra total que reinaba en ese momento. La totalidad de las fuerzas vivas del país debían estar enroladas y dentro de ellas se destacaban “la prensa y la propaganda, desarrollando una acción dinámica y apropiada a las conveniencias políticas y sociales, y buscando efectos contrarios en el campo enemigo”.3

Siguiendo las enseñanzas de la guerra, en las batallas aquí descriptas se usaron todo tipo de medios. Las guerras más intensas son aquellas en las que lo escrito se potencia con la oralidad y la comunicación visual. El rosismo, el yrigoyenismo y el primer peronismo fueron ejemplos de eso. Ésas son batallas que llegan a la médula de las sociedades y penetran todos los estratos sociales.Es la batalla de la calle, donde reinan lo oral y lo visual. A eso se refería Perón el 16 de febrero de 1973 cuando dio las instrucciones para los últimos días de la campaña electoral: “Si ganamos la calle, le podemos regalar a la dictadura todas las televisiones, radios y revistas. Seguro que con todo eso no harán nada”.

Las publicaciones impresas desde el comienzo de nuestra vida republicana, la radio desde la década del treinta, la televisión después de 1960, y las redes sociales en el nuevo siglo, fueron los avances de magnitud fundamentales. Con internet, las personas se convirtieron en armas individuales de comunicación. Cualquier persona con vocación guerrera puede desde la red encontrar su lugar en la contienda sin pedir permiso a nadie. Ya no es tanto una guerra de generales, aunque siguen siendo fundamentales, o los generalatos son más fluidos, o su selección puede ser finalmente más abierta.

En general, las guerras mediáticas han sido guerras de las clases medias. Los sectores populares han sido movilizados por la comunicación oral, pero no por la escrita. Muy pocos, si acaso alguno, de los medios mencionados aquí llegaron a los sectores populares.

Pero hubo dos momentos históricos en los que las guerras mediáticas ganaron en ampliación popular. El periodismo popular creció durante la época de Rosas, “el primer gaucho argentino”, y de Perón, “el primer trabajador argentino”. Fueron los dos momentos estelares de la participación popular en la política y eso se reflejó en una mayor universalidad del sistema mediático. Hubo entonces medios nuevos que se dirigieron específicamente y con éxito a los sectores populares.

No hay que ver la polarización como un proceso siempre perverso. Los saltos civilizatorios muchas veces se vieron favorecidos por la conformación de un bloque social y político homogéneo apoyado por un ejército mediático. Incluso ha ocurrido que las medias verdades y los olvidos parciales han sido útiles para movilizar la Historia, mientras que los matices podrían haber retrasado la construcción de los consensos necesarios. La lucha contra la esclavitud o la construcción de la democracia frente a situaciones abiertamente autoritarias fueron procesos polarizadores indudablemente positivos. De hecho, hay una racionalidad clara en el proceso polarizador. La polarización es, antes que nada, una técnica de acumulación política. Y una de las formas más rápidas para polarizar es desatar una guerra mediática.

Además, ¿qué buen medio de comunicación no ha sido alguna vez un guerrero? Con los periodistas ocurre lo mismo que con los generales. No es posible convertirse en un periodista célebre sin haber participado en alguna especie de guerra mediática. ¿Qué buen medio de comunicación no se ha plantado y generado conflictos que se fueron convirtiendo en alguna especie de guerra mediática? ¿Qué buen periodista o buen medio de comunicación no ha tensionado dramáticamente una o varias veces la agenda?

Los soldados de verdad

Nuestros ejércitos de soldados reales tuvieron su prensa. Los ejércitos libertadores del siglo XIX llevaban imprentas y te-nían siempre a mano el recurso de la impresión de papeles para desorientar a sus enemigos. También en las guerras civiles fue utilizado el recurso mediático. El mejor jefe de prensa de un ejército fue posiblemente Domingo Faustino Sarmiento, cuando acompañó a Justo José de Urquiza, tal como describe en su libro Campaña del Ejército Grande. Más de un siglo después, en la guerra de Malvinas, en 1982, los militares editaron una hoja informativa en las islas, Gaceta Argentina, para mantener alta la moral de la tropa.

A su vez, los gobiernos militares fueron modernizadores de la comunicación gubernamental. En su arsenal de armas políticas, nunca dejaron de contar con los medios de comunicación. El general José Félix Uriburu fue el primer presidente en jurar por los micrófonos de la radio para que lo escuchara todo el país. A diferencia del remiso Hipólito Yrigoyen, el general estaba dispuesto a transmitir, grabar y filmar sus discursos y actos, así como a conceder entrevistas individuales a periodistas (generalmente extranjeros) con el fin de lograr la mayor audiencia y ensayar constantemente la justificación de su gobierno.4 Es significativa también la anécdota que describe el investigador Roberto H. Iglesias, de que “el conductor del auto que llevó a Uriburu desde Campo de Mayo hasta la Casa de Gobierno fue nada menos que César Guerrico, uno de los organizadores de la primera transmisión de radiodifusión argentina”.5 El mismo general reabrió también la sala de periodistas de la Casa Rosada que había cerrado Yrigoyen y creó el concepto de periodista acreditado. Uriburu no dio conferencias de prensa pero fue su ministro del Interior, Matías Sánchez Sorondo, quien habría dado la primera conferencia de prensa formal.6 El general Pedro Pablo Ramírez, en 1943, habría sido el primer presidente en dar una conferencia de prensa abierta. En ese mismo gobierno, el entonces coronel Juan Domingo Perón diseñó una política de comunicación gubernamental inédita. Y el general Jorge Rafael Videla lanzó en 1976 —apoyado en las mejores agencias publicitarias— una campaña agresiva de publicidad a favor de los objetivos del gobierno como nunca se había hecho en el país. Los militares argentinos nunca dudaron del valor de los medios.

Otras batallas

Por supuesto, nuestra historia está plagada de escaramuzas me-diáticas menores. Hubo medios que surgieron para guerrear por causas precisas. Desde El Proletario, que surgió en 1858 para darles más presencia política a “los morenos de la ciudad”; El Puente de los Suspiros, un pionero de 1878 contra la trata de personas; La Voz de la Mujer, primer diario feminista-anarquista; El Regulador,  en 1830, contra la economía de Rosas; el diario El País  de Carlos Pellegrini que apareció en 1899 para promover la industria argentina; La Capital de Rosario, que nació para lograr que esa ciudad fuese la capital del país; y La Nueva Provincia  de Bahía Blanca, para promover la división en dos de la provincia de Buenos Aires y que una tuviera su capital en esa ciudad. Desde las diferentes izquierdas y derechas extremas surgieron publicaciones cuya guerra principal era contra la gran prensa de Buenos Aires, a la que consideraban su principal enemigo. Las ideas tienen vida pública activa en la medida en que se encarnan en medios de comunicación masivos, por lo que el periodismo vive y se reproduce sin pausa por esa necesidad de defensa o ataque.

Hubo medios que eligieron a países como enemigos. El diario Crítica hizo una campaña feroz contra los alemanes en las dos guerras mundiales, por lo que tuvo que resistir campañas de la comunidad alemana en el país. El 18 de noviembre de 1914, apenas iniciada la Primera Guerra Mundial, Crítica les dijo a sus lectores: “Hace tiempo hicimos conocer la pequeña venganza de las casas alemanas mandando retirar los anuncios y suscripciones a este diario. Nuestra calidad de chicos traviesos, pero no mal intencionados, no nos libró de la venganza ruin de esa raza bárbara”.

La investigadora María Inés Tato describió los alineamientos mediáticos en Buenos Aires durante la Primera Guerra Mundial. Por el rompimiento con Alemania estaban La Nación, Crítica, La Mañana, Caras y Caretas, el socialista La Vanguardia y el italiano La Patria degli Italiani. A favor de la neutralidad estaban solamente el radical La Época y los diarios de la comunidad alemana Deutsche La Plata Zeitung y Argentinische Tageblatt. La Prensa y La Razón eran también críticos de Alemania pero en sus páginas había menos presión para que Argentina entrara en guerra.7

Al comenzar la Segunda Guerra Mundial, Raul Scalabrini Ortiz aseguraba que “la prensa argentina es actualmente el arma más eficaz de la dominación británica”, y citaba un editorial de La Nación que aseguraba, con respecto a la entrada en la guerra, que “la hora de una acción conjunta no puede estar lejana”.8 Otra vez se abría el debate mediático sobre la participación del país en una guerra mundial, el que no se saldó hasta que la contienda terminó.

Durante esa guerra, fondos del gobierno nazi financiaron publicaciones en Buenos Aires como el diario El Pampero, que atacaba a Inglaterra y a Rusia. Los periódicos alemanes se enfrentaron entre sí. El Argentinisches Tageblatt, fundado en Santa Fe en 1874 por Johann Alemann, fue el gran crítico del nazismo al que se le oponía el Deutsche La Plata Zeitung y, a partir de un tardío 1945, también el Freie Presse. El jefe de redacción de este último fue nada menos que Wilfred von Oven, quien huyó a la Argentina tras integrar las “tropas de información” que acompañaban a los ejércitos nazis y fue luego miembro del equipo personal del ministro de Propaganda de Hitler, Joseph Goebbels, hasta el mismo día en que éste se internó para morir en el búnker con su familia y su jefe supremo. Por su parte, el fascismo italiano estaba defendido en Buenos Aires por Il Mattino D’Italia que se peleaba con el antifascista L’Italia del Popolo.

Es inevitable que hayan ocurrido guerras mediáticas feroces, a veces de modo imperceptible para la mayoría de la población, en una ciudad en la que un viajero inglés, Derek Drabble, en 1934, podía decir que “los diarios que se venden en el Paseo Colón dan la clave de la creación de un pueblo (el canillita tiene el Correo de Galicia y L’Italia del Popolo y el Austria Presse y el JugoSlavija y el Magyarsag, el Kurjer Polsik y el Slovenski Tednik, diarios ucranianos, checoslovacos y serbios, japoneses, judíos y árabes)”.9

Al ser una sociedad de inmigración, con una fenomenal cantidad de publicaciones de las diferentes comunidades extranjeras existentes en el país, casi todos los conflictos del mundo tuvieron un rebote local.

Hubo en nuestro país periodismo de ocupación. Los ingleses crearon durante su segunda invasión en 1807 el periódico The Southern Star para conquistar la opinión porteña. En 1818 se hizo el primer diario en francés y terminó mal. Los editores de L’Indépendant du Sud, acusados de destituyentes, fueron fusilados. Ese hecho quedó en la historia como la conspiración de los franceses.

A veces, los propios hombres de la prensa quisieron directamente matar a sus enemigos en el gobierno. El fraile Francisco de Paula Castañeda sugirió que alguna mujer argentina se inspirara en la girondina francesa Charlote Corday, la que había asesinado al periodista jacobino Jean-Paul Marat, para hacer lo mismo con Bernardino Rivadavia. El escudero mediático de Rivadavia, Juan Cruz Varela, sugirió al general Lavalle que fusilase a Manuel Dorrego. José Rivera Indarte instó al tiranicidio en una serie de artículos bajo un rotundo título “Es acción santa matar a Rosas”. Él mismo quiso asesinar a Rosas con una caja con pequeños cañones que pasó a la historia como la “máquina infernal”. Por su parte, el periodista Alberto Ghiraldo escribió un texto que alentaba al tiranicidio contra el presidente Miguel Juárez Celman, acción que fue cuestionada por el mismo Leandro N. Alem, figura a la que Ghiraldo seguía.10 Salvador Planas, un tipógrafo que había trabajado en el diario anarquista La Protesta, disparó en la plaza San Martín, el 11 de agosto de 1905, contra el presidente Manuel Quintana. Como era de esperar, en el siguiente congreso de la FORA (Federación Obrera Regional Anarquista) le hicieron su homenaje: “Él vio la eterna caravana de hombres sin ningún delito cruzar uno y otro día hacia lóbregos calabozos; él vio, por fin, a la prensa callar tantas infamias, a los ricos aplaudirlas y a los pobres aguantarlas, y entre tanto y tan general achatamiento, él, sólo él, se dispuso bravamente al sacrificio para salvar a una sociedad esclavizada”.

Fue mucho más frecuente lo inverso: que los gobiernos manda-ran a matar a periodistas. A Florencio Varela lo acuchillaron en una calle de Montevideo cuando lideraba la oposición mediática a Rosas. El propio defensor legal de Andrés Cabrera, el asesino de Varela, para justificar el crimen dijo en clave bélica que Varela “representaba un ejército de bayonetas”.11 Era “un cañonazo de gacetas”, como dice José Mármol en Amalia,   la primera novela argentina, escrita en 1844.

Al periodista patagónico Abel Chaneton, del diario Neuquén y corresponsal del diario La Nación en esa provincia, también lo mataron por su investigación sobre la matanza policial de ocho presos fugados en Zainuco. El periodista fue asesinado el día anterior al que iba a ver al presidente Hipólito Yrigoyen para denunciar la protección oficial del crimen. Según la investigación que hizo recientemente Julio Aguirre Chaneton, también periodista de La Nación, fue un incidente en un bar provocado por el director del diario rival El Regional, Carlos Palacios, que pasó a recibir los avisos oficiales que antes recibía Chaneton. En el incidente, Chaneton mató a Palacios, pero luego el policía de custodia, que además estaba imputado en la masacre, mató a Chaneton.12 Fue el 18 de enero de 1917. En este caso, como metáfora notable, los poderes políticos y policiales quedaron marginados de las balas mientras que murieron los dos directores de diarios. Por lo menos dos directores de diarios más fueron asesinados en el sur del país antes de terminar la primera mitad del siglo, entre ellos el cuñado de Chaneton, Martín Etcheluz, en Zapala en abril de 1942.

También hubo guerra mediática patagónica con el enfrentamiento entre diarios proestancieros y diarios protrabajadores por los sucesos de la Patagonia Trágica. En 1922, los obreros del sur tenían como vocero a La Verdad, de la Sociedad Obrera, liderada por el gallego Antonio Soto. La Sociedad Rural era representada por el diario La Unión. También en otra zona de frontera de la construcción del país moderno, como fueron las colonias agrícolas de Santa Fe, el periodismo estuvo cruzado por guerras mediáticas. En la colonia de Esperanza asesinaron en 1912 al periodista Pedro Stein, director del diario local La Unión.

En la ciudad de San Nicolás, en 1934, los directores de los dos principales diarios de la ciudad discutieron en la calle y terminaron a los tiros. El que sobrevivió fue el político conservador Vicente Solano López, entonces director de  Norte, quien casi cuarenta años después fue electo vicepresidente de la nación.

En 1973, la lucha brutal entre la publicación montonera El Descamisado, dirigida por Dardo Cabo, y la lopezreguista El Caudillo, dirigida por Felipe Romeo, fue una versión moderna del periodismo de ajusticiamiento. Los nombrados como enemigos en sus páginas sabían que tenían pocas horas para decidir su huida. Tanto Cabo como Romeo se habían forjado en la organización nacionalista Tacuara y promovían desde sus baterías enfrentadas su opción por la violencia.

Cuando la experiencia democrática de 1973 empezó a ser blo-queada por esta violencia cruzada, muchos periodistas cayeron bajo las balas. Otra vez en San Nicolás, José Colombo, director de Norte, fue asesinado a quemarropa en su despacho el 3 de octubre de 1973 por la derecha sindical peronista. Según su viuda, el crimen fue una de las tantas represalias por el asesinato montonero del líder de la CGT, José Ignacio Rucci. La Triple A firmó con orgullo los asesinatos en octubre de 1974 del periodista Pedro Leopoldo Barraza y del fotógrafo Carlos Laham. Barraza había investigado a los asesinos de Felipe Vallese, obrero metalúrgico y dirigente de la Juventud Peronista, desaparecido en 1962, lo que contribuyó seguramente a su condena. Maurice Jaeger, de La Gaceta de Tucumán, desapareció en medio del Operativo Independencia contra la guerrilla en esa provincia. Jorge Money, periodista de la sección económica de La Opinión y militante montonero, fue asesinado el 18 de mayo de 1975, posiblemente también por la Triple A, cuando ese diario había iniciado una valiente ofensiva pública contra el superministro José López Rega, mentor de esa organización parapolicial.

Las dictaduras torturaron y asesinaron a periodistas. En una repetición poco frecuente de hechos, tanto los directores de Crítica, Natalio Botana, como de La Opinión, Jacobo Timerman, más de cuarenta años después terminaron encarcelados y torturados por las dictaduras militares que contribuyeron a forjar. En este déjà vu en la relación entre un diario y una dictadura, sendos interrogadores se sintieron justificados ante la historia por el contenido de los interrogatorios y por eso los publicaron extensamente. El policía Leopoldo Lugones hijo lo hizo en la publicación periódica Bandera Argentina y el coronel Ramón Camps en su libro  Caso Timerman. Punto final. Durante la última dictadura militar hubo casi ciento veinte periodistas desaparecidos, más los detenidos y exiliados.

Varias veces fueron los medios de comunicación las víctimas. Eran el símbolo más visible del enemigo, o el enemigo mismo. Hubo innumerables casos en los que partidos políticos, organizaciones sociales u otros grupos de interés agredieron o boicotearon a medios. Ocurrió con el diario popular Crítica, la revista infantil Billiken, la revista femenina Para Ti o el diario Clarín. Los grandes diarios, identificados como símbolos del establishment, fueron durante muchos años una parada obligada para atacar durante las grandes manifestaciones.

En la primera marcha de desocupados realizada en el país, en 1897,quisieron incendiar La Prensa y La Nación.13 Cuando se produjo un debate ardoroso sobre la negociación de la deuda externa en julio de 1901, los manifestantes fueron a agredir las sedes de los diarios El País, de Pellegrini, y La Tribuna, del presidente Roca, quienes habían sido los negociadores. Y en los días de mucha agitación social era muy probable que las manifestaciones se dirigieran hacia los diarios que eran tomados como símbolo de lo que se quería repudiar. Así ocurrió con los diarios radicales La Época  y La Calle  con la caída de Yrigoyen en 1930, o los diarios anarquistas y socialistas en la Semana Trágica, en 1918. Al diario anarquista La Protesta le destruyeron las máquinas tras el asesinato del jefe de Policía por parte de un periodista anarquista. Al socialista La Vanguardia le pegaban doble. Por un lado lo agredían los anarquistas, y por otro, cuando la Policía y los manifestantes reprimían a los anarquistas incluían a La Vanguardia en su camino. Eso pasó en 1910 cuando desde La Vanguardia se oponían a la campaña anarquista por la huelga general que querían caracterizar como revolucionaria y el 14 de mayo el gobierno decretó el estado de sitio. Allí comenzaron una serie de agresiones contra anarquistas y socialistas. Esa misma noche destruyeron los talleres de La Vanguardia, por lo que estuvo tres meses sin reaparecer.

A la conservadora La Fronda le tiraban piedrazos o la balea-ban cuando manifestaban los socialistas, al diario Crítica durante las marchas radicales y peronistas, y a La Nación y La Prensa en casi todas. En los setenta posiblemente el atentado más grande fue la bomba puesta por la Triple A que destruyó la rotativa del diario más importante de Córdoba, La Voz del Interior, el 23 de enero de 1975.

Guerras personales

Por supuesto que los periodistas llegaron al duelo, que durante mucho tiempo fue una práctica muy habitual de resolución de conflictos. En 1880 murió en un duelo el primer director del periódico de la comunidad española en Buenos Aires, El Correo Español, Enrique Romero Jiménez, frente al editor del periódico España Moderna, José Paul y Angulo. Pantaleón Gómez, director de El Nacional, terminó su vida en un duelo con pistolas en 1880 contra Lucio V. Mansilla, a quien cuestionaba desde su diario. En 1894 el periodista Lucio Vicente López murió en un duelo contra un militar al que había acusado de corrupto. En su estudio sobre el duelo en Argentina, Sandra Gayol dice que los más predispuestos eran los abogados y los militares, y luego venían los periodistas.

Incluso hubo duelos entre redacciones, como la que describe el historiador Miguel Ángel De Marco entre La Pampa, de Ezequiel N. Paz, y La Tribuna, que apoyaba a Sarmiento, o cuando varios periodistas de la redacción del anarquista La Protesta viajaron a La Pampa a balear la redacción del diario anarquista local, Pampa Libre.15 Los periodistas y las armas convivieron durante mucho tiempo. Durante las elecciones de 1874, los redactores tenían que ir armados para hacer frente a los simpatizantes más belicosos del partido contrario.16 Ese año, nada menos que La Nación suspendió sus editoriales para que ahora hablaran las armas. De la misma forma, el 24 de septiembre de 1874 La Prensa publico un editorial, “El último recurso”:

Razonar, denunciar, protestar es golpear en hierro frío. Entretanto el abuso avanza y la opresión sigue hollando todos los derechos del pueblo. ¿Qué hacer en este caso? El periodismo honrado y patriota no conoce más temperamento que trocar la pluma por la espada. Y bien, ¡ese momento supremo ha llegado ya! […] Cerramos desde hoy la sección editorial para ponernos al servicio del pueblo en el terreno de los hechos.

Los periodistas Paz y Estanislao Zeballos, luego canciller, suspendieron la escritura de editoriales para tomar las armas. Eran periodistas militantes. Cuando las voces callan, las armas hablan, y viceversa. La guerra era la continuación del periodismo por otros medios, y el periodismo es la continuación de la guerra.

De la misma forma, el rosista Nicolás Mariño, el primero rosista y luego antirrosista Rivera Indarte, el montonero Dardo Cabo o el lopezreguista Felipe Romeo fueron mitad periodistas mitad soldados. Tenían la misma dedicación a la pluma que a la violencia. Cuando Nicolás Kasanzew, cronista enviado del canal estatal de televisión en la guerra de Malvinas, le pidió al entonces jefe artillero Martín Balza que le dejara disparar el cañón, pretendió cruzar esa barrera desde la palabra a la acción física. Además, en dos casos al menos hubo una notable fusión entre periodistas y policías: la Mazorca rosista y la Triple A lopezreguista.

Es habitual escuchar afirmaciones sobre el enorme poder que han alcanzado los medios de comunicación en estos últimos años. Pero es más acertado analizar este poder mediático como una constante en la historia de la construcción democrática moderna y no como una novedad reciente. Es sorprendente leer los testimonios directos de los protagonistas de muy distintas épocas de la historia de los últimos doscientos años y comprobar que siempre se les ha dado una enorme importancia a los medios, al menos tanto como muchos les dan ahora.

La prensa ha sido percibida como una llave mágica. La historiadora Mirta Lobato cita al periódico obrero El Pintor, que decía eufórico el 1 de octubre de 1912: “¡Bandera de combate, foco de  luz que irradia cerebros, ala amparadora de todo dolor! Eso es nuestro periódico”.

En todo momento los medios han sido percibidos como po-seedores de una enorme capacidad de producir efectos y transformaciones profundas —tanto positivas como negativas— en la sociedad y en el escenario político.

Hasta el presidente Domingo Faustino Sarmiento, que fue periodista toda su vida, protestaba porque las decisiones de su gobierno son un “proyecto de decreto que debe pasar a la comisión de los diarios a ser vetado por este Ejecutivo de los tipos”.17

Quizás la más célebre dinastía de guerreros mediáticos hayan sido los Varela. Juan Cruz Varela fue escudero mediático de Rivadavia. Su hermano menor, Florencio, fue el organizador de la oposición mediática a Rosas hasta que fue asesinado. Y los hijos de Florencio —Héctor, Rufino y Mariano— desde el poderoso La Tribuna fueron actores decisivos de la política argentina desde Urquiza hasta Roca.

Y cuando los Varela se estaban despidiendo de la vida pública se hacía fuerte La Nación, el diario fundado por Bartolomé Mitre, que es el medio de comunicación argentino que ha peleado más batallas. Fue protagonista de todas las contiendas desde Sarmiento hasta Néstor y Cristina Kirchner, aunque nunca fue el contrincante principal. Ningún otro medio argentino tiene ese historial, ni de pelea ni de supervivencia. Ricardo Sidicaro, en su estudio sobre ocho décadas de ese diario, dice: “Es claro que en muchos momentos de intolerancia oficial los responsables del matutino debieron optar entre preservar la tribuna o ser totalmente fieles a la doctrina”.matices a veces inesperados, a veces provenientes de la fragua incesante para las eficacias tácticas que no pocas veces practicó el fundador”.

En la medida en que el periodismo se convirtió en una industria fue creciendo su potencial de autonomía frente a los poderes establecidos y se constituyó en una fuente de poder político para sus editores y periodistas. Fueron a veces un partido más poderoso que los propios partidos, un legislador más potente que los legisladores, un juez más influyente que los propios jueces, e incluso la columna vertebral de la llamada sociedad civil.

Es evidente entonces que no se han convertido en megapode-res en la era de la televisión o de los grandes grupos mediáticos, sino que siempre han sido centrales. Ya lo eran en la época de los llamados “papeles públicos”, en el origen de las repúblicas latinoamericanas de principios del siglo XIX.

Desde el virrey Cisneros hasta los Kirchner, y desde Manuel Belgrano hasta Carlos Menem, los gobiernos nunca fueron indiferentes al poder del periodismo. Y los generales de cada guerra mediática han aprendido algo de la guerra anterior. Rosas tenía en mente la guerra de periodistas que asoló la década rivadaviana. Sarmiento le temía a la restauración de una dictadura que monopolizara la palabra como hizo Rosas. Juan Domingo Perón quería evitar que los medios pudiesen acosarlo y derribarlo como hicieron con Hipólito Yrigoyen. Arturo Illia no quería excitar los fervores populares a través de los medios como hicieron los derrocados Perón y Arturo Frondizi. Y los Kirchner no querían ver jaqueada su gobernabilidad por la crítica mediática constante que se generalizó durante el gobierno de Carlos Saúl Menem y Fernando de la Rúa.

La siguiente es una historia de las guerras mediáticas que he considerado más relevantes. Durante su elaboración me he convencido de que nunca dejarán de existir. Son un ciclo natural del devenir colectivo. El odio se recicla, se combate, se apacigua, pero no desaparece. Es parte de la vida. Y por eso el periodismo no puede evitar servirlo.

Guerras mediáticas en la Historia Argentina
La emergencia de medios y de comunicadores como soldados de la pelea política no es una novedad. Desde Mariano Moreno hasta los Kirchner, la prensa fue el escenario de verdaderas guerras mediáticas. Siempre las principales víctimas han sido los periodistas e inmediatamente, como en toda conflagración, los ciudadanos comunes. El periodismo -entendido como el interés honesto de comprender a los otros, de expresar las diferencias y debatirlas- se convierte en propalador de una única mirada que profundiza la fractura social y enerva los ánimos. Fernando Ruiz, experto en historia de los medios en el país, investiga esos ciclos de odio e intolerancia que se han registrado bajo Rivadavia, Sarmiento, Rosas, Perón y las dictaduras del siglo pasado, expresándose también en los sectores radicalizados de izquierda y derecha. Guerras mediáticas es una investigación rigurosa que releva la poco explorada historia del cuarto poder en la Argentina y describe con claridad cómo exilios, atentados, censura y corrupción constituyen también el sustrato de nuestra democracia.
Publicada por: Sudamericana
Fecha de publicación: 02/13/2014
Edición: Primera edición
ISBN: 9789500746922
Disponible en:Libro de bolsillo