domingo 16 de diciembre
Interesante

“Los Buitres”, de Carlos Burgueño

los buitres


En el libro “Los Buitres. Historia oculta de la mayor operación financiera contra la Argentina”, Carlos Burgueño se adentra en los pormenores de las compras de bonos de deuda argentina por parte de los llamados “fondos buitre”. ¿Quiénes son? ¿Cómo lograron poner en jaque el sistema financiero? ¿De qué forma el fallo del juez Thomas Griesa impacta en la economía mundial? Burgueño nos acerca los detalles de, en sus palabras, “una batalla legal, económica, política y social por medio mundo, cuya resolución quedará en la historia internacional de las finanzas”.

Los marginales del negocio

Vulture culture
never lend a loser a hand.
Vulture culture
living off the fat of the land.
Everyone on Wall Street
shakes you by the hand.

La cultura del buitre
nunca le dará una mano al perdedor.
La cultura del buitre
vive de la abundancia de la tierra.
A todo el mundo en Wall Street
le tiembla la mano.
(Alan Parsons, “Vulture Culture”)

¡Son buitres!

Es un jueves de noviembre de 2001 cálido y soleado. Cristian Serantes Lezica no da más. Son las 17 horas y se siente agotado. Está trabajando desde las 8:30 frente a su pantalla y con el incómodo teléfono de la mesa de dinero atornillado a la oreja izquierda. Antes había sucumbido la derecha. Nunca entendió cómo, manejando millones de dólares, los altos ejecutivos que se dedicaban a comprar y vender bonos, acciones y cualquier otro instrumento por el mundo desde un escritorio, conservaban la tradición de usar esos teléfonos cuadrados tan molestos. Lo consolaba saber que sus pares de Wall Street, Londres o París, se quejaban de lo mismo. Cristian ya no tiene argumentos para explicar qué es lo que está sucediendo en la Argentina y por qué. Siempre reconoció que mentir es parte de su trabajo, se sabía bueno en eso, pero esto era demasiado. La primavera que les había augurado a sus clientes unos meses antes se derrumbaba a la par de la caída de los precios de los títulos públicos de la deuda argentina.

Los argumentos que encontró alguna vez en las enseñanzas de la facultad de Economía de la Universidad de Buenos Aires primero y en su master en Princeton después, más sus sólidos contactos con algún que otro compañero de estudios en el Ministerio de Economía, ya no le sirven. Sus conocimientos le permitieron vivir un último veranito en el año 2000 con la venta a los inversores de un megacanje fallido, y otro, más breve, hacía dos meses cuando Domingo Cavallo ya en el Ministerio de Economía había lanzado el novedoso impuesto al cheque (técnicamente a los débitos y créditos bancarios); una novedad que en teoría duraría sólo un tiempo y luego se iría eliminando gradualmente cuando el país volviera a crecer tapándole la boca a “los miopes de Wall Street”, según la promesa del Ministro. Cristian les explicaba a sus clientes que ese impuesto garantizaba todo, y que sólo faltaba una simple firma de confianza desde el Fondo Monetario Internacional (FMI) para que la Argentina de los cuatro climas volviera a ser una potencia.

Todo era inútil. Ya nada los convencía. Sólo recibía insultos cada vez más vehementes contra su persona, que ya empezaban a rozar a sus familiares. Una sola palabra atormentaba su cada vez más débil, casi raquítica, cartera de clientes: “Vendé, al precio que sea, pero vendé; ya me hiciste perder demasiado”. “¿Esto es lo que me habías prometido?, vendé ya.” “No quiero oírte más, al costo que sea, pero vendé.”

Las frases retumbaban en la oreja izquierda de Cristian, y en las oficinas del microcentro porteño del banco internacional, que lo trajo como estrella desde Wall Street pocos años atrás, sólo se percibía el desasosiego generalizado. Hacía días que su jefe había sido expulsado de la compañía por no haber logrado los resultados prometidos; y él anticipaba para sí mismo un final similar. Ya estaba separado de su mujer, que no le perdonó ni el regreso de Estados Unidos ni sus infidelidades de yuppie porteño. Tiene dos hijos que sólo ve cuando el abogado puede negociar con los colegas de su ex. La promesa fallida de una vida de ejecutivo VIPen una Buenos Aires floreciente al ritmo del uno a uno era ya un recuerdo lejano y triste, Cristian ya no creía en un futuro venturoso con las elecciones personales que había hecho hasta ese momento. Se veía en poco tiempo buscando alguna oportunidad fuera del país, quizá de nuevo en Nueva York, en solitario. Quizá en España, donde todo parecía que iba viento en popa.

Él sabía casi como nadie, ya que su función era analizar bonos de la deuda argentina, que la situación no daba para mucho más y que el final era inevitable. No podía terminar de conformar en su mente cuál sería la decisión última de ese Ministerio de Economía donde tenía amigos que le brindaban información calificada, pero sí que su objeto de venta, los títulos de la deuda, serían el objetivo de esa medida. Más concretamente, sabía que esos bonos del alguna vez fantástico Megacanje no serían pagados y que de forma inevitable caerían en default. Cristian, aún con algo de ética en su curriculum mental, cada día sufría más al intentar frenar las ventas como hemorragias de los bonos que hasta hacía poco tiempo ofrecía como maná.

“¿Como te mantuviste comprando?, vendé hijo de puta.” “Si a las tres no vendiste al precio que te dije, voy personalmente y te recagoa trompadas, desgraciado.” Las órdenes eran cada vez más complicadas y subidas de tono hasta los insultos directos.

En un momento, su teléfono negro, siempre incómodo, volvió a sonar. Resignado, atendió resoplando para sus adentros nuevas argumentaciones para defenderse de las órdenes de ventas y de los insultos, pero algo le hacía pensar que se trataba de un llamado distinto. Era su impresión obviamente, pero la experiencia lo había convencido de que había logrado desarrollar el extraño don de diferenciar las noticias buenas de las malas según el timbre de ese teléfono negro.

Una voz latina, que le hablaba desde el otro lado en nombre de una firma de nombre inentendible y, curiosamente para él, desconocida, le dio la mayor sorpresa del año. “Somos del Fondo Elliott. Queremos hacer una compra por U$S 50 millones de dólares de títulos de deuda argentina al precio de mercado y de manera urgente. La operación puede repetirse mañana. ¿Está en condiciones de aceptar la propuesta?”

Cristian no lo podía creer. Semejante operación no estaba en sus planes en esa terrible tarde de jueves de primavera porteña. Sospechó que algo no funcionaba del todo bien. Pensó que se trataba de una de esas bromas que de adolescente hacía desde el teléfono del departamento de un amigo para distenderse mientras estudiaban Costos 1 para rendir en la UBA. Sin embargo, sabía que por ese incómodo teléfono negro sólo llegaban llamadas calificadas. Pidió referencias y la voz latina le explicó que se trataba de un fondo de inversión con sede en las islas Caimán (nada extraño para la Argentina de los noventa, donde los argentinos que confiaban en el país lo hacían generalmente desde paraísos fiscales), que podía ver en Internet la página oficial de ese fondo y que pidiera referencias en la Casa Reinhold, un pequeño bufete de inversiones en Wall Street con el que Cristian habitualmente operaba. La voz latina no tuvo problemas en aceptar la propuesta del agente financiero de Buenos Aires y esperar a que éste llamara a su amigo John Antire de la casa Reinhold para verificar antes la operación. Era una venta sin riesgos: bonos argentinos en venta a cualquier precio sobraban.

Antire lo atendió inmediatamente. Escuchó a su entusiasmado pero alarmado colega porteño hablar de la operación y pedir referencias del nuevo cliente. En definitiva, y en porteño, quería saber si era en serio o parte de una joda de mal gusto.

Sin dejarlo terminar el relato, y sólo al escuchar el nombre del inversor, el neoyorquino dio su respuesta: “¡Son buitres!”.

Luego vino una serie de explicaciones de Antire sobre lo que había pasado en otros mercados como Perú, Turkmenistán, Rusia o la República Centroafricana, y le comentó que podía convertirse en pocas horas en un especialista en vender deuda casi defenestrada a este tipo de clientes, que además pagaban comisiones a menos de 24 horas, en dólares o en las monedas que él eligiera y en cuentas en el exterior.

Cristian tomó la operación, obviamente. No era momento de descartar nada, y más si había comisiones en el medio. En realidad tampoco sabía mucho sobre qué quería decir exactamente un fondo buitre, pero tenía en claro una de las máximas de la actividad financiera de alto riesgo: ¿puedo ir preso por esto?, ¿no?, entonces adelante.

Tal como le había prometido su colega neoyorquino se convirtió por unas semanas (exactamente tres) en una especie de agente financiero privado de fondos que compraban sin mayores pedidos de explicaciones todo tipo de deuda pública como si fueran frutas y verduras del Mercado Central: no importaba la calidad sino el precio. En ese tiempo Cristian recuperó algo de la autoestima a base de la liquidación casi inmediata de comisiones. Veía un mundo derrumbarse a su alrededor, pero era inevitable que una muesca de sonrisa le apareciera cada vez que comprobaba que su cuenta personal, en un banco poco conocido de Miami, crecía al mismo ritmo que la llegada de inversores desconocidos para la Argentina con nombres casi de fantasía como Dart, Elliott, Gramercy, Olifant, Aurelius, etc.

“¡Son Buitres!”, le había explicado Antire desde Wall Street, pero a Cristian no le importaba. Hacía mucho tiempo que por deformación profesional y por el bombardeo de los diarios, la radio y la televisión, y problemas personales también, poco le importaba el país donde había nacido, estudiado y logrado cierta fortuna. Total, ya lo tenía decidido, su futuro no estaría en esa oficina alguna vez prometedora de Buenos Aires. Con dinero en el bolsillo nuevamente, ya diseñaba desde qué capital financiera mundial vería el derrumbe de su país. Quizá les pediría trabajo a esos curiosos “fondos buitres” que por algún motivo compraban compulsivamente unos bonos que, a esa altura, eran objeto de bromas entre sus colegas sobre qué ambiente de qué casa se podría empapelar con ellos.

El juicio del siglo

“Será el Fallo del Siglo en el Juicio del Siglo.” El Financial Times, quizá el diario especializado en economía y finanzas más importante del mundo, no tuvo problemas en definir de ese modo la disputa judicial entre la Argentina y los fondos buitres en los tribunales de Nueva York. Fue el 11 de diciembre de 2012, en Alphaville, el blog de dicho medio dedicado al movimiento de los mercados. Al día siguiente la misma definición aparecería en la edición en papel publicada en Londres. El diario británico, de posición intermedia entre las dos partes durante toda la historia de los casi 10 años de juicios y más de 13 de conflicto, basó su conclusión en las “repercusiones mundiales que puede tener la aplicación del fallo del juez Thomas Poole Griesa primero y la definición que tome la Cámara de Apelaciones de Nueva York en febrero de 2013”. Para el Financial Times, el fallo final del 27 de febrero será “el juicio del siglo en la reestructuración de la deuda soberana”. Para el diario, la Argentina “dará la gran batalla final ese día” para saber si se les gana o no a los fondos buitres, situación que si se diera “terminaría con esta actividad marginal del capitalismo”. No se privaba de mencionar igualmente que se trataba de un juicio entre dos de los malos del sistema financiero mundial. La Argentina, porque insistía en criticar, desde que llegaron al poder sus dos presidentes de la década Néstor Kirchner y Cristina Fernández de Kirchner, cualquier acción capitalista internacional. Los otros, porque se los consideraba los marginales del negocio, los carroñeros, los que le daban mala fama al maravilloso y lucrativo mundo de las compras y ventas de títulos públicos soberanos de países en desarrollo.

Quizá sea necesario aclarar que la batalla entre la Argentina y los fondos buitres excede cualquier análisis económico. Como esas películas de espionaje donde los buenos y los malos se persiguen y combaten por medio mundo, por capitales sofisticadas y subdesarrolladas del globo, la pelea económica y legal entre la Argentina y los fondos pasa, desde hace más de doce años, por medio mundo y cuatro continentes. De Buenos Aires a Nueva York y Washington; se traslada luego a París, Berlín, Madrid y Boulogne sur Mer, regresa a una central científica de la Nasa, aterriza en Ghana, sube a Hamburgo, y regresa a los tribunales de Nueva York. En el medio hay presidentes, ministros, secretarios, abogados de toda clase, diplomáticos, financistas, opinadores, opositores, más abogados, más funcionarios, jueces internacionales, jueces locales, responsables de Reservas Federales, banqueros, más abogados y todo un mundo económico y financiero que quiere y necesita saber cómo terminará este “Juicio del Siglo”. De la resolución final, se sabrá si al menos se puede derrotar de manera definitiva (esto es, perdiendo una cantidad de dinero lo suficientemente importante como para replantear una actividad) a estos, llamados así desde la década del ochenta, fondos buitres. Le tocó a la Argentina, pero podría haber sido un rol de cualquier país en desarrollo en el mundo. El hecho de tener dos gobiernos de polémico espíritu combativo como los de Néstor Kirchner y Cristina Fernández de Kirchner, que siempre cerraron la puerta a cualquier negociación con estos fondos, tal vez haya sido la condición para que la pelea sea tan larga, y por medio planeta. Quizá cualquiera de los otros potenciales presidentes que pudiera haber tenido el país en estos últimos doce años habría enfrentado igual la batalla. Lo cierto es que el mundo espera la resolución de este “Juicio del Siglo”.

No es un eufemismo. Del tema hablaron, durante todos estos años, Barack Obama, George W. Bush, Christine Lagarde, Ban Ki-moon, Nicolas Sarkozy, Anne Krueger, Nelson Mandela, Paul Krugman, los papas Francisco y Benedicto XVI, Hugo Chávez, Françoise Hollande, Angela Merkel, Mariano Rajoy, Luiz Inácio Lula da Silva, José Luis Rodríguez Zapatero, Dilma Rousseff y Vladimir Putin, entre muchos otros. Todos dieron su opinión y esperan ahora el resultado final del “Juicio de Siglo”.

El objetivo básico de estos fondos buitres es la compra de títulos públicos de países en desarrollo al borde o ya en default o acciones de empresas industriales o financieras importantes que puedan ser divididas en partes y vendidas atomizadamente. A la Argentina alcanza la primera operación. Los buitres compraron títulos públicos en el país en dos momentos, entre noviembre y diciembre de 2001, pagando un máximo de 30% del valor de los bonos emitidos, y luego de la declaración del default, hasta aproximadamente enero de 2003, a 20% del precio de emisión de esos papeles. No sólo los fondos buitres realizaron estas operaciones, también lo hicieron fondos de inversión de riesgo de todo el mundo. La diferencia entre ambos es que estos últimos esperaban el llamado a un canje de deuda, sabiendo que entre la compra y el reconocimiento de esa deuda luego de la reestructuración pos default habría una ganancia de alrededor del 20 o 30% en dólares, una ganancia considerablemente positiva.

Los buitres buscan más. Buscan el 100%, y si se puede incluso un poco más por los daños que le ocasionó la inevitable espera, y sin importar la oferta de reestructuración de deudas. Su objetivo es llevar al país deudor a los tribunales y que los jueces sean los que obliguen a reconocer la totalidad de la emisión original de esos títulos públicos o que por cuestiones políticas o económicas estén obligados a negociar. Para eso cuentan con un factor a favor que los inversores normales y racionales no consideran: el tiempo. Los fondos buitres tienen todo el tiempo a favor. La batalla puede durar décadas. Esta cualidad lleva a una nueva conclusión: los fondos buitres necesitan más especialistas en leyes financieras internacionales que en grandes operaciones de los centros de inversión mundial. En otras palabras, necesitan abogados. Y de los buenos.

Argentina al borde del default técnico

Los buitres tuvieron altibajos en su pelea con la Argentina a través del mundo. Pero hubo un momento clave donde parecía que lograrían su objetivo. Fue en noviembre de 2012, cuando un fallo del juez Thomas Griesa les dio la razón, obligando al país a pagarles, antes del 15 de diciembre de ese año, 1.440 millones de dólares, reconociéndoles los derechos del 100% de la deuda en su poder más los intereses y punitorios. La verdad y la consecuencia potencial del fallo no fueron enunciadas en su momento ni se hicieron públicas. Sólo se lo mencionaba en secreto y en estricto off en reuniones privadísimas; pero de haberse mantenido firme esa decisión a la Argentina se le abrían las puertas por reclamos de más de U$S 43.000 millones, los que sumados a otros pasivos existentes y potenciales (deuda con el Club de París y demandas desde el Centro Internacional de Diferencias Relativas a Inversiones, CIADI), llevarían la deuda total a unos U$S 72.000 millones. Para tener una referencia, a fines de 2012, las reservas en el Banco Central llegaban cansadamente a los U$S 40.000 millones. No hace falta ser experto en finanzas para definir que ese escenario era insostenible. La Argentina hubiera estado entonces a las puertas de una nueva crisis de deuda, luego de haber sudado durante 12 años para sostenerse como un país creíble y que mantenía, más allá de las embestidas dialécticas del kirchnerismo contra el mundo financiero internacional, una imagen de buen pagador.

El fallo de Griesa se dio en medio de las negociaciones para eventuales reestructuraciones de deudas en otros estados en desarrollo, especialmente Grecia, que en esos meses batallaba con la Unión Europea, el Fondo Monetario Internacional y el Banco Europeo con la intención de lanzar al mercado un canje de deuda lo suficientemente provechoso como para volver a poner en carrera al castigado país del Mediterráneo. Si el fallo de Griesa sobre la Argentina hubiera quedado en firme, y las dos quitas de deudas de las reestructuraciones hubieran caído, cualquier otra propuesta en el mundo quedaría desvirtuada y en problemas serios de endeudamiento; así, Grecia, y quizá Italia, España y Portugal hubieran sido devastados por los mercados. Las puertas para cualquier negociación de deuda se habrían cerrado, más allá de cualquier cláusula que se le quiera incluir a esas reestructuraciones, como seguros contra las embestidas de los buitres.

Los Buitres
En el libro “Los Buitres. Historia oculta de la mayor operación financiera contra la Argentina”, Carlos Burgueño se adentra en los pormenores de las compras de bonos de deuda argentina por parte de los llamados “fondos buitre”. ¿Quiénes son? ¿Cómo lograron poner en jaque el sistema financiero? ¿De qué forma el fallo del juez Thomas Griesa impacta en la economía mundial? Burgueño nos acerca los detalles de, en sus palabras, “una batalla legal, económica, política y social por medio mundo, cuya resolución quedará en la historia internacional de las finanzas”.
Publicada por: Edhasa
Fecha de publicación: 11/27/2013
Edición: Primera Edición
ISBN: 9789876282857

 

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