lunes 10 de diciembre
Interesante

“Guía (inutil) para madres primerizas 3” de Ingrid Beck y Paula Rodríguez

Guia 3 TAPA OLas periodistas Ingrid Beck y Paula Rodríguez publican el tercer volumen de la Guía (inutil) para madres primerizas. En este nuevo libro las autoras abordan los temas relacionados con la educación escolar. Con un humor, Beck y Rodríguez ofrecen un recorrido por datos inútiles sobre la educación pero también por experiencias personales e información relevante y chequeada.


Capítulo número 1

Las grietas

Primera grieta: ¿pública o privada?

Esta diferencia es de las más facilongas de explicar y de entender: la “escuela pública” es aquella que forma parte del sistema escolar del Estado. Es esa escuela a la que fuimos la mayoría de nosotras y que ya no es lo que era. Esa que quiso revivir posdictadura y que el menemismo terminó de hundir. Esa que todavía sobrevive, por suerte, y a la que los niños acuden con guardapolvo blanco, porque así lo dispuso el padre del aula, Sarmiento, inmortal. Este prócer, además de traer el flagelo de las palomas al país, impuso la escuela gratuita y, a partir de la descentralización, cada jurisdicción la sostiene mediante sus impuestos.

Hasta acá, vamos bien. Pero atención porque todo puede complicarse. Las “privadas”, se sabe, son aquellas escuelas cuya educación está a cargo de uno que no es el Estado. Y el menú es desplegable, porque incluye desde el plato del día hasta degustaciones de cinco pasos con bodega Alto Mundo Mundial: desde particulares y cooperativas hasta congregaciones y sociedades anónimas.

El financiamiento también ofrece varias opciones y allí radicará luego el nivel de ataque de nervios cuando llega la factura: 1) que sea completamente privado; 2) que tenga subvención total del Estado, y 3) que sea mixto. Recomendamos, en estos casos, leer la letra chica, esa que nos dio fiaca mirar cuando compramos el televisor Smart HD. Por ejemplo, vale la pena saber si la institución persigue o no fines de lucro o, en el caso de que tengan subsidio estatal, adónde va a parar ese dinero (por lo general, a los sueldos docentes). Las que están íntegramente bancadas con nuestros impuestos son, en general, las confesionales. De allí que la mayoría tenga cuotas bastante accesibles. Eso sí: hay que bancarse la misa y la catequesis sin protestar.

Pero que quede claro, por las dudas: así los dueños se llamen Lázaro Báez o Sor Teresa de Calcuta, así hagan rezar a las criaturas el Corán entero todas las mañanas o les adviertan el primer día que Papá Noel no existe, todas, pero todas, son reguladas por el Estado. Eso es lo que tienen en común. En relación con las diferencias entre públicas y privadas, algunas son obvias, otras no tanto, y tienen que ver con cosas que detallamos a continuación y en otros capítulos.

El sistema de inscripción, como venimos anticipando, es bien distinto: las públicas aceptan a los alumnos según el domicilio y abren las inscripciones a fin de año mientras que las privadas matriculan a partir de mitad de año (y reservan vacantes desde el Evatest, como advertimos) y jamás preguntarán dónde vivís, salvo para mandarte la factura.

Segunda grieta: ¿tradicional o progre?

Ya dimos cuenta de algunos de nuestros prejuicios en la Guía Inútil 2 y en los párrafos anteriores, lo cual revela, al menos, nuestra constancia ideológica. Para sintetizar y que lo entendamos todas: la escuela tradicional pone más énfasis en los contenidos y la progre en los métodos y las herramientas. Ahora que aclaramos esto, vamos a oscurecerlo, con más información y prejuicios.

La institución a la que denominamos “progre”, es menos homogeneizadora. O sea que trabaja a partir del nivel de desarrollo de cada alumno y promueve la construcción del aprendizaje por sí mismo. Algo a lo que comúnmente se denomina CONSTRUCTIVISMO. Nuestro mayor anhelo en este párrafo sería que más o menos entendamos qué es el constructivismo, cosa de percatarnos si nos están diciendo la verdad o nos están vendiendo un buzón en la entrevista con la escuela. Si te dicen “somos constructivistas” para justificar que los niños tienen horrores de ortografía en séptimo grado o si realmente confían en la construcción del conocimiento como ya lo dijeron Piaget y varios más.

Un poco más seriamente (buoh, como si eso fuera posible de nuestra parte): el conocimiento no es una copia de la realidad, sino una construcción del ser humano. Esto, sumado al concepto de Jean Piaget de que “todo lo que se le enseña al niño se le impide de descubrirlo” es muy útil para que los maestros copados guíen a los educandos a fortalecerse como personas y construir a su ritmo el conocimiento y a los maestros vagonetas a dejarlos hacer lo que se les canta.

Lo cierto es que hoy, tanto en la escuela tradicional (no en las más tradicionales, eufemismo por “medio fachas”) como en la progresista se trabaja a partir de una Teoría Constructivista del Aprendizaje, pero las formas de trabajo en cada una son diferentes. Atención, madre principista: la escuela estatal forma parte de lo que llamamos “tradicional”, en cuanto a método se refiere. Insistimos en que no estamos diciendo, por esto, que sea conservadora, antigua o menos copada. O que el cuerpo docente jamás haya leído a Piaget y que su mayor deseo sea comprar bijouterie, comer bizcochitos y jubilarse. No. En las progres se tiende a trabajar más por proyectos (de ciencia, de arte, de cocina, de exploración de la sarasa…), investigando, dándole un papel más activo al alumno.

En la tradicional, se construye en los primeros grados, pero ya en los últimos se insiste con la transmisión de contenidos y el que no aprendió a poner un ladrillo sobre otro se jode.

Y hay más cosas que nos van a decir en las entrevistas y que no vamos a entender. Porque además de la Teoría del Constructivismo, están las “Inteligencias múltiples” y la “Enseñanza para la comprensión”. ¿Nunca escuchaste hablar de esto? Bueno, si te seduce la escuela que se vende como progre, mejor empezar a tocar de oído, aunque sea. Para decidir, mejor saber. A veces. No siempre. El matrimonio es un caso… perdón,eso va para otro libro.

La Teoría de las Inteligencias Múltiples es fruto de la mente afiebrada de un tal Howard Gardner, que define la inteligencia como la “capacidad de resolver problemas o crear productos que sean valiosos en una o más culturas” y a partir de diversas evidencias sostiene que la mente humana tiene, por lo menos, siete formas distintas de inteligencia. Después descubrió que eran ocho

y agregó la naturalista, porque consideró que el mundo natural no estaba lo suficientemente cubierto en las siete inteligencias originales. En total son, a saber: Musical, Kinestésica, Lógica Matemática, Espacial, Lingüística, Interpersonal, Intrapersonal y Naturalista.

O sea que si la escuela propone enseñar con la Teoría de las Inteligencias Múltiples nos está diciendo que le va a dar la oportunidad a nuestro chico de demostrar sus inteligencias y potenciarlas. Siempre y cuando lo consideren inteligente, claro. Aunque todo esto y lo que sigue te suene a verso, la experiencia indica que los pibes aprenden, aun a pesar de los nombres rimbombantes de estas teorías. Si, por el contrario, comprás la propuesta salticando de satisfacción por su amplitud, no olvides que el sistema —educativo, social, capitalista, mundial— todavía pone el acento en algunas inteligencias más que en otras.

Y queda una opción más: la “Enseñanza para la Comprensión” que, en sí, suena obvia, pero que es más complicada que eso a lo que suena. La desarrollaron en la Universidad de Harvard y utiliza cuatro preguntas básicas para su marco teórico:

  1. ¿Qué temas valen la pena comprenderse?
  2. ¿Qué de estos temas debe ser comprendido?
  3. ¿Cómo podemos fomentar la comprensión?
  4. ¿Cómo podemos saber lo que los estudiantes comprenden?

Después, desarrolla cuatro ideas claves basadas en las cuatro preguntas, que ya sería un plomazo contar aquí y que bien pueden guglearse. Lo central es que una escuela que diga que trabaja a partir de esta teoría, debería buscar que sus alumnos integren sus conocimientos y experiencias con sus nuevos descubrimientos y aprendizajes.

Algunas escuelas combinarán marcos teóricos y otras dirán que son constructivistas o que trabajan con las inteligencias múltiples y, en realidad, harán lo que más o menos les vaya pareciendo a los maestros. Saber de qué se trata, tal vez, nos ayude a estar un poco más presentes en el proceso de aprendizaje del educando que nos pertenece. Bueno, que ya no nos pertenece pero que queremos que nos siga perteneciendo.

Tercera grieta: ¿laica o religiosa?

 Esta división nos da otra gran oportunidad de demostrar nuestros prejuicios. Empecemos aclarando —por si fuera necesario— que las escuelas públicas de la Ciudad y de la Provincia de Buenos Aires son laicas, como en la mayor parte del país salvo excepciones como la república separatista de Salta, en donde el Estado y la Iglesia no están escindidos y se imparte educación religiosa en las escuelas estatales. Y que algunas escuelas privadas se dicen laicas pero tienen Religión como opción extracurricular.

Entre las religiosas, hay dos variantes:

  1. a) La confesional, que mantiene una relación con una congregación o una institución religiosa.
  2. b) La laica con orientación religiosa, que es la privada cuyos dueños deciden darle una orientación religiosa sin relación formal con una orden

Entre las b), también existen diferencias: algunas tienen Religión como materia obligatoria durante el horario escolar y rezan todos, y otras dan Religión en horario escolar para algunos (que, en general, son la mayoría). Al resto no religioso se le ofrecen alternativas muy tentadoras como quedarse callados en la Biblioteca, resolver dificilísimos problemas matemáticos o ir a realizar trabajos forzados a Siberia en invierno. Existe una tercera alternativa que son las escuelas privadas (supuestamente) laicas que ofrecen (una) religión como opción extracurricular. O sea que de laicas, poco.

En muchos casos, las escuelas religiosas aceptan a chicos de otros credos, inclusive a ateos (no confesos, claro) siempre y cuando acepten ser educados bajo las normas de la fe escolar. Y ahí cabe preguntarse por qué un adulto obligaría a un niño a ir a una escuela en donde debe rezar a un Dios que no le es amigable y seguir preceptos en los que no cree, pero bueno, otra vez, son nuestros prejuicios.

Hay una última posibilidad, inmanejable, como casi todo lo que ocurrirá una vez que una toma una decisión basada en la teoría y se mete de lleno en la práctica, y es la de la “escuela laica en el contexto de esta sociedad supersticiosa que nos alberga”, donde las maestras se cuelgan cruces, las madres de otros chicos te preguntan dónde toma la comunión el tuyo —dando por sentado que lo hará— y la comunidad toda celebra tener un Papa argentino como si fuera un avance en la lucha contra algo. Es necesario que sepas esto porque pagar por laicismo o aferrarse al guardapolvo blanco por la misma razón no garantizan que la evolución humana haya llegado a tu barrio.

Cuarta grieta: ¿mixta o no?

 Las escuelas mixtas son, claramente, las que juntan mujeres y varones. En esta línea están las escuelas públicas (aunque no siempre fue así, pero para qué recordar aquellos malos viejos tiempos en los que algunas íbamos al normal de señoritas y gritábamos hasta asustarlo cada vez que un varoncito se acercaba al edificio).

Sin embargo, sorpresa, no es tan sencillo como decir “jamón y queso”. Porque mixto puede ser con más jamón o con más queso o con el queso entre dos fetas de jamón… y así. Es que en esta categoría existe una variante: la coeducación, que es como estar un poquito embarazada, más o menos. Porque si bien en las escuelas con esta idea dejan entrar a varones y mujeres, los separan en las aulas. El argumento (no es sexista, no) es que varones y mujeres tienen tiempos de aprendizaje diferentes y que conviene respetar estos tiempos. Podría pensarse en que son escuelas conservadoras porque estos muros imaginarios entre géneros parecen algo de la era del hielo. Sin embargo, la tesis de la coeducación es que en las escuelas mixtas la igualdad es una apariencia y que las aulas reproducen el modelo patriarcal de la sociedad, con sus prejuicios. Y que las mujeres se ven obligadas a adaptarse. Los defensores de este tipo de escolaridad creen que cuando las mujeres están solas, mejoran su rendimiento y su potencial. En fin, parece que las chicas somos seres superiores y ahí nos preparan para triunfar. Lástima que cuando salimos de esas escuelas, la realidad nos muestra su cara de desigualdad y de falta de oportunidades. Y que las aulas sin varones son aburridas.

La opción para un solo género está en decadencia, por suerte para los que creemos que lo mejor es el intercambio. En general, los que todavía sostienen que lo ideal es que los nenes con los nenes y las nenas con las nenas (la que no entiende esta “metáfora” es muy

jovencita y no merece nuestra atención) son los colegios confesionales. Suponen, aún hoy, que es mejor que no se encuentren. Como si pudieran evitar que se crucen a la salida. En fin.

Quinta grieta: ¿jornada simple, doble o extendida?

 Estas opciones son simplísimas y, en general, seamos sinceras, la elección depende un poco de la propuesta (ver capítulo V “La propuesta”) y un mucho de lo que necesitemos que permanezcan los chicos en la institución.

Digamos que hay tres grandes grupos:

Los de jornada simple. El nene pasa unas cuatro horas diarias en la escuela. Y después pasa otras cuatro o cinco horas en diferentes talleres y extracosas que completen su formación y nosotras nos transformamos en remiseras. Gran plan. Pero corto.

Los de doble jornada. El chiquito pasa entre siete y ocho horas diarias en las aulas y en el patio. Cada colegio resuelve cómo organiza el tiempo. En algunos, tienen la tarde de idiomas, en otros las materias se desparraman más mezcladitas a lo largo de todo ese tiempo. Lo importante: el pibe entra a la mañana y sale a la tarde. No creemos en el colegio como depósito o guardería pero está bien que sea una de sus funciones. Porque las mamis también tenemos una vida. O media.

Los de jornada extendida. Sirven para confundirnos. Tienen menos horas que los de doble jornada y más que los de jornada simple. Por ejemplo, el nene va martes y jueves a la mañana y a la tarde y los otros tres días sólo a la mañana. O alguna otra opción que deberemos retener para no ir a buscarlos equívocamente más temprano o dejarlos sin almuerzo porque no recordamos que se quedaba en la escuela a la tarde. Otra utilidad de la jornada extendida es que calma todas las culpas: si te da nosequé dejarlo tanto tiempo en la escuela desde tan chiquito, genial; pero si también te da nosequé darle sólo cuatro horitas de educación formal en un mundo tan complejo, tan competitivo y tan de mierda, bueno, también genial. La perversión de la jornada extendida consiste en programar un señuelo por día —teatro los lunes, natación los martes, arte los miércoles, bombo legüero los jueves, gastronomía molecular los viernes—, así caés en la trampa y lo anotás para todos los días con la ilusión de que “cualquier cosita, si es mucho para él, lo borro de bombo legüero”.

Sexta grieta: el idioma

 Esto sí que se pone complicado. No hay ni una, ni dos, ni tres variantes. Hay decenas. Y se cruzan con todas las variables anteriores. Porque hoy si no sabés un idioma no llegás a nada, entonces todas las escuelas,bien o mal, con más horas o menos horas, con mayor o menor dedicación, ofrecen uno, dos, o más idiomas.

Casi todas las mamis (y algunos papis, o casi todos, pero no los vamos a consultar para este capítulo, al menos) creemos que el idioma más necesario para el futuro de nuestro nene es el inglés. En realidad, no es una cuestión de fe, sino que siglos de capitalismo y, por ende, del imperio de las leyes de oferta y demanda, lo confirman.

Intentaremos, a continuación, describir este espectro que ofrece desde preparar a tu vástago para futuro doctorado en Harvard hasta formarlo para que pueda pronunciar con cierta vehemencia “Dis is e péncil”:

Idioma como materia: en la mayoría de las escuelas, los chicos aprenden un poco de inglés. Y si quieren más y sus padres pueden pagarlo, van a una academia o a una profesora particular.

Idioma intensivo: “intensivo” es un término que da para el equívoco, siempre. Dieta “intensiva”, por ejemplo, puede significar desde abstinencia de harinas e hidratos por un mes sin permitidos hasta iniciar un régimen estricto el lunes a la mañana y abandonarlo al mediodía. Con el idioma es similar: lo “intensivo” puede incluir mayor carga horaria, un comienzo más temprano, más años en total, más niveles o más diversificación de idiomas. No, no es claro. Lo mejor es preguntar y resolver de acuerdo con las necesidades familiares y, no olvidar, las aptitudes del pibe (puede ser este un buen momento para recordar que estamos hablando del que alguna vez fue nuestro bebé y que hoy estamos pensando en largar a las fieras y al aprendizaje intensivo de muchas cosas).

La “intensividad” de la enseñanza de idiomas no excluye el sistema público. De hecho, en la Ciudad de Buenos Aires, por ejemplo, hay propuestas de intensificación del idioma como la del Lenguas Vivas y otras escuelas inspiradas en ese modelo. Y ya que estamos, hablemos de la existencia de las “plurilingües”, también públicas, que enseñan inglés como segunda lengua y, además, francés, italiano o portugués, con menos carga horaria. Una verdadera maravilla sólo a cambio del pago de nuestros impuestos.

Bilingüe: decir “colegio bilingüe” no da más de tilingo. Pero deshagámonos por un segundo (más no pidan) de nuestros prejuicios. El problema más serio no es su conchetez sino la posibilidad de que sea un engaña pichanga. Es que detrás de muchos de estos Saint Algo o High Cosa, a veces se esconden propuestas que incluyen la enseñanza de un idioma pero que de ninguna manera garantizan el egreso de niños bilingües. Por eso, si el deseo de mamá y papá es que el niño no sólo mienta en el curriculum donde dice “idioma” sino que sea capaz de aspirar a un posdoctorado en Cambridge, es importante que se ahonde en este asunto a la hora de visitar la escuela. Así que por más tentador que resulte el nombre de la institución y por más rubios que sean los futuros compañeritos del nene, the real colegio bilingüe no sólo tiene mucha carga horaria de una lengua extranjera sino que se diferencian del “intensivo” porque enseña contenidos curriculares en ese otro idioma. Para decirlo en difícil: el proyecto institucional incluye la enseñanza de la lengua extranjera como contenido transversal. Y para decirlo en fácil: algunas materias —a veces, todas— se dictan en castellano y en la lengua elegida para completar el “bi”.

Bicultural: son bilingües y con pretenciones. Es que aparte de enseñar una lengua, estos colegios están en contacto con habitantes nativos, utilizan materiales de la comunidad de origen, incluyen festividades extranjeras (el Día de la Reunificación alemana, la Revolución Francesa, etc.). Algunas de estas escuelas, además, tienen apoyo estatal de los países cuya lengua se enseña allí.

Séptima grieta: pedagogías “alternativas”

 Como si no nos hubiese alcanzado con tratar de entender el constructivismo, las inteligencias múltiples y esas cositas, resulta que hay escuelas, digamos, ezpeziales. De esas en las que no se toman pruebas ni se entregan boletines ni se separa a los niños por edades… en fin, que están a la izquierda de las escuelas progresistas. O arriba. O abajo. Acá van opciones de estas pedagogías ezpeziales. Sin prejuicios. Je.

 Waldorf. Si ya hicieron todos los chistes sobre la ensalada, pasamos a tratar de resumir de qué se trata este método creado por Rudolf Steiner. Está basado en la Antroposofía (sabiduría del hombre), una corriente filosófica que se propone transitar un camino de conocimiento que permita al hombre percibir la realidad no sensible (la tentación de escribir zenzible es altísima). Las escuelas Waldorf plantean la educación como un desarrollo hacia la libertad individual, incorporando la expresión artística como medio de aprendizaje en las materias curriculares. En estos colegios, el apio, la manzana y la nuez son el canto, la música y la pintura, por ejemplo. Y la ensalada se hace porque no hay un espacio para cada una sino que están mezcladas (un fanático diría “integradas”) en, por ejemplo, matemática, lengua o ciencias sociales. Además, los chicos tienen talleres de oficios como carpintería, cocina, tejido o jardinería. Otro detalle: tienen el mismo docente desde primero hasta séptimo grado.

La idea original de Steiner es que se trabaja por períodos de siete años (Steiner supuso que los niños estarían en el mismo esquema escolar desde recién nacidos hasta los veintiún años. Steiner no era argentino). 1) El primero, abarca desde la concepción hasta los siete años y la

enseñanza es por imitación (una ideíta que nos comimos en la Guía 1 y en la Guía 2 pero que estamos remediando ahora mismo). 2) El segundo es la infancia media, que va desde los siete hasta los catorce años y el aprendizaje se realiza a través de la imaginación  a-tra-vés-de-la-i-ma-gina-ción). 3) El último período, desde los catorce hasta los veintiuno, es lo que se llama “la adolescencia”, la etapa en la que se termina de desarrollar la actividad intelectual. O sea que, cuando el papá introduce la semillita en la mamá, el cigoto ya está imitando todo. Y ya sabemos a qué escuela va a ir, que es lo más importante. Después,

el asunto es ir asimilando los conocimientos sin presiones: no hay divisiones por edad, no hay calificaciones y las evaluaciones dependen del contacto cotidiano del pibe con el docente.

El pensamiento abstracto, los libros de texto y los profesores por materia aparecen recién en el tercer período. Igual que la tele y la computadora. ¿Podemos llamar a esto socializar? Sí, en el caso de que todo quede entre las familias amish progre que mandan a sus hijos a estos colegios, más parecidos a comunidades hippies que a instituciones escolares. El problema, posiblemente, se dé cuando el chico salga de ahí y quiera parecerse al Lobo de Wall Street en lugar de irse a vivir al Bolsón a cultivar gnomos.

Pedagogía Montessori. La difusión de este método “no convencional” creado por la médica italiana María Montessori hace cien años recién está llegando a la Argentina. Como el Aperol. La idea, bienintencionada, es que los niños desarrollen la autonomía, la independencia para elegir qué hacer y cómo aprender, la iniciativa y la curiosidad, el amor por el orden, la concentración, la autodisciplina y el autoconocimiento. Hasta acá, estamos todos de acuerdo. El cómo es lo más complicado. Montessori imaginó un medio en el que todos los muebles y los materiales están adaptados a la estructura del educando (un sustantivo que no se condice con esta pedagogía pero es muy nuestro). La pedagogía de la italiana sostiene que el intelecto se desarrolla a través del movimiento y de la actividad constante. Cuando la pedagogía Montessori esté más afincada en el país, podremos precisar mejor de qué se trata. Mientras tanto, nos quedamos con el concepto de que le dan al pibe muchas maderas de colores y que juegue.

Guía (inútil) para madres primerizas 3
Los chicos siguen creciendo. Pasaron cinco años desde la última Guía (inútil) para madres primerizas. A lo largo de este período, las autoras estuvieron sometidas al vejamen diario de preparar una o dos viandas, a relacionarse con gente con la que jamás se habrían relacionado, a tratar con maestras, profesores y directivos, a preparar cartulinas sobre las constelaciones, a conseguir campanitas, a responder si Rosas fue bueno o malo, y a actuar de princesitas, lavanderas, sirenas y otros monstruos. Este libro, como los dos anteriores, está plagado de datos inútiles y de experiencias personales, pero también de información chequeada y conversada con especialistas. Con una alta dosis de humor ácido, Ingrid Beck y Paula Rodríguez nos pasean por la trepidante aventura de elegir escuela. Intentan, sin éxito, dar respuestas a un abanico de preocupaciones que va desde los tips para lidiar con las mamis del grado hasta el bullying y las malas notas. Este anti-manual de autoayuda no ofrece soluciones mágicas pero nos ayuda a no sentirnos tan solas en la batalla escolar y a reírnos a carcajadas de ese deporte extremo que es la maternidad.
Publicada por: Sudamericana
Fecha de publicación: 10/21/2014
Edición: Primera Edición
ISBN: 9789500749688
Disponible en:Libro de bolsillo

 

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