Interesante

«Lo que no dije en ‘Recuerdo de la muerte'», de Miguel Bonasso

Lo que no dije


Luego de 30 años de la publicación de Recuerdo de la muerte, el libro que inició las investigaciones sobre los setenta y el primero en relatar los horrores vividos por los presos en la ESMA, Miguel Bonasso pone al descubierto algunas relaciones entre gobernantes y referentes de los derechos humanos con la represión y sus agentes antes, durante y después de la última dictadura. A continuación un capítulo de adelanto de este nuevo libro.

IX
Editorial Atlántida,
cómplice de la ESMA

La foto es de 1994, cuando portaba el famoso gato o quincho que aumentaba su cabeza a proporciones duhaldistas. La sonrisa está a mitad de camino. La banda presidencial cruza el cuerpo escueto, ligeramente deforme, enfundado en un traje negro de dos mil dólares. La dedicatoria reza: “A mi amigo y compañero Héctor Febres, un abrazo con afecto”. Y la firma “Menem. 5/9/94”.

La imagen descansa en el expediente por la muerte indefinida de Selva y tiene un sello al calce: “Nadia Samaha secretaria federal”. O sea la secretaria de la Cámara Federal de Casación Penal, sala número 4.

Demuestra varias cosas: en primer lugar, que el poder político siguió usando asesinos de la dictadura en plena democracia. Todos los presidentes constitucionales lo hicieron. Sin excepción. El Alfonsín del Juicio a las Juntas tuvo en su custodia personal a Raúl Guglielminetti (a) Mayor Guastavino, uno de los más notorios agentes de la SIDE, el 601 y la CIA, famoso secuestrador de empresarios judíos y, de yapa, narcotraficante. Algunos consideraron que fue un error; especialmente, los partidarios de Alfonsín. El error se convirtió en contumacia con el famoso Grupo Alem, que hacía inteligencia paralela durante el primer gobierno constitucional. Pero hay más: durante la gestión del hombre que hablaba de la democracia como el elixir que cura todos los males, el capitán de corbeta Adolfo Miguel Donda Tigel (a) Palito o Gerónimo, fue agregado naval en Brasil. En México, el carnicero de “El Vesubio”, coronel Pedro Alberto Durán Sáenz, fue sostenido por el gobierno en su puesto de agregado militar, a pesar de la protesta generalizada del exilio argentino que, finalmente, logró sacarlo, durante la correcta embajada de Facundo Suárez.

Adicionalmente, las leyes de Punto Final y Obediencia Debida borraron con el codo lo que se había escrito con la mano en el trascendente Juicio a las Juntas.

Carlos Saúl Menem llevó la impunidad de los asesinos al paroxismo con el indulto a los genocidas. Además, nutrió con ellos los organismos del Estado. El caso más notorio, aunque no el único, fue el del teniente coronel Pascual Guerrieri (a) Señor Jorge, que sentó plaza en la SIDE con el Tata Yofre y se quedó diez años.

Fernando de la Rúa, cuando fue jefe de Gobierno de Buenos Aires, empleó al coronel retirado Arístides Braccamonte, uno de sus antiguos condiscípulos en el Liceo Militar, como su asesor castrense. Tuvo que hacerlo renunciar, cuando se revelaron los antecedentes de Braccamonte en la dictadura, junto a genocidas del tamaño de los generales Jorge Olivera Rovere y Carlos Guillermo Suárez Mason. Pero el pecado de Braccamonte también había sido perpetrado en secreto por el propio De la Rúa, cuando conspiraba con Suárez Mason para derribar al gobierno de María Estela Martínez de Perón.

Eduardo Duhalde también tuvo lo suyo. Empezando por el ex agente de la SIDE Juan José Álvarez, cuya labor al frente de la Secretaría de Seguridad fue apoyada reiteradamente por el periodista Horacio Verbitsky y siguiendo por los autores intelectuales y materiales de la masacre de Avellaneda, entre los que destacó por su saña un chacal de la Bonaerense, el comisario Alfredo Fanchiotti, que asesinó personalmente a Maximiliano Kosteki.

Aun Néstor Kirchner, que fue el presidente más comprometido en el juicio y castigo a los culpables del genocidio, cobijó bajo el ala personajes vinculados con el espionaje de la dictadura, como el capo real de la SIDE, Antonio Stiusso (a) Stiles, más conocido en el gobierno K como “Jaime”.

Cristina Fernández de Kirchner ha ido mucho más lejos, al nombrar a un represor, como es el general César Santos Gerardo del Corazón de Jesús Milani, al frente del Ejército.

Pero la enumeración es corta y pálida, la podredumbre que bulle bajo la costra es mucho más amplia y esconde bichos como Zarattini o Rubén Osvaldo Bufano, el espía de la Barrick Gold, protegido durante años por el gobernador de San Juan, José Luis Gioja, y su policía provincial.

La cariñosa dedicatoria de Menem a un asesino y violador serial, como era el prefecto Febres, demuestra otra cosa que no me voy a molestar en probar, porque llenaría páginas con nombres: la inmensa mayoría de los represores militares y policiales que utilizó la dictadura procede de la derecha peronista.

 

El médico del represor Febres, Víctor Hugo Giuliani, volvió a declarar recientemente en la causa y aportó un dato revelador. Dijo que Selva le mostró una carpeta “que lo ayudaría a deslindar responsabilidades”, agregó que la iba a “usar en el juicio”. “Vas a ver —enfatizó— va a ser una bomba.” Giuliani le preguntó por qué no había hablado antes, permitiendo que lo colocasen en el nivel “de un Massera o un Acosta” cuando era un subalterno. Febres respondió que no había hablado antes porque suponía que “los juicios se iban a cerrar”, “que no se llegaría tan lejos”, y afirmó rotundamente: “Por eso yo voy a declarar en el juicio. Voy a deslindar mi responsabilidad. Voy a decir todo lo que sé y voy a comprometer a más de uno”.

Recordando las múltiples amenazas que había sufrido, el Gordo Selva le dijo al médico: “Es un seguro de vida”. Giuliani no entendió la metáfora y preguntó: “¿Te vas a asegurar ahora?”. Febres tuvo que explicarle: “No, no, es un seguro de vida, porque si yo hablo…”. Y completó la confesión pasándose el canto de la mano por el cuello.

 

La nota publicada en la revista Para Ti, el 10 de septiembre de 1979, titulada “Habla la madre de un subversivo muerto”, fue un golpe muy duro para todos los que luchábamos, dentro y fuera del país, tratando de mostrar al mundo la índole genocida de la dictadura argentina. Antes de la operación conducida por Sérpico, las teletipos hervían con noticias sobre la desaparición de Thelma Jara de Cabezas; su hijo Daniel había lanzado una campaña muy efectiva denunciando el secuestro. Julio Cortázar había escrito un artículo muy emotivo, que se publicó en El País de Madrid, y Sean McBride, el fundador de Amnesty International, destacó el caso en la asamblea anual del organismo que conducía. Ahora, sorpresivamente, la secuestrada por la dictadura reaparecía para denunciar que se había escapado al Uruguay, huyendo de las “amenazas de muerte de Montoneros”.

Recuerdo la angustia de su hijo Daniel, a quien encontré en México. No podía creer que su madre fuera “una traidora”, pero estaba sacudido por la contundencia de la “confesión”, un obvio montaje de los milicos. “Estoy seguro de que los va a cagar”, me dijo en una de las oficinas del MPM en Alabama 17. “No sé cómo, pero los va a cagar.” Tal vez estaba tan seguro por un dato clave, que no aquilaté debidamente en aquel momento: Thelma sólo habla en la nota de su hijo Gustavo Alejandro, a quien da por muerto —por primera vez— “en un enfrentamiento con fuerzas de seguridad”, pero no menciona nunca al primogénito Daniel. Aunque la revelación de la muerte de Gustavo iba en contra de la doctrina de Madres y Familiares (“con vida los llevaron, con vida los queremos”), no haber mencionado a Daniel es muy significativo y así se lo hizo sentir Sérpico cuando el periodista y el fotógrafo de Para Ti acabaron su repugnante faena. El marino intuyó el porqué de semejante olvido: era un mensaje en clave para el hijo mayor que permanecía en México: “No creas nada de lo que puedan hacerme decir en esta revista. Estoy en manos del enemigo”.

El artículo, firmado por un desconocido Américo Cerriti, que no figuraba en el staff de Para Ti, parecía redactado por el cabo Gorosito, y así lo señaló el Buenos Aires Herald, el único diario que se atrevía —de vez en cuando— a deslizar comentarios desagradables para los censores de la dictadura.

Algunos tramos confirman la sospecha del Herald:

—¿Qué fue lo que dijo McBride?

—Expuso mi caso como el de una “madre secuestrada por el gobierno argentino”. Me indigné. Pude ver con mayor claridad cuáles eran los objetivos de todos estos grupos. Me sentí mal. Usada. Como si jugaran con mis sentimientos.

—¿Cuál es exactamente su situación ahora?

—Pienso que deberé estar mucho tiempo más en el Uruguay. No puedo negar que tengo miedo. Mi objetivo más mportante es que estas declaraciones sirvan para que otras madres no se vean expuestas a los mismos errores.

—¿Cuál es el balance que usted hace de todo lo vivido?

—Es un balance bastante doloroso. Todo lo que me ha pasado es triste, y pienso en todos los chicos, como Gustavo, que fueron utilizados por la violencia.

—Pero los que utilizaron a jóvenes como su hijo fueron los mismos a los que usted recurrió para pedir ayuda.

—Yo estaba desesperada. Quería saber dónde estaba mi hijo. Aceptaba cualquier cosa y ayuda que me ofrecieran. Pensé que se me veía como madre, como a un ser humano necesitado de consuelo y aliento. Luego, la realidad fue muy distinta. Nosotras, las madres, y nuestros hijos fuimos utilizados miserablemente. Cuando nos dimos cuenta, fue demasiado tarde.

—¿Qué encontró al final de su búsqueda?

—La decepción.

—Ahora, ¿qué le diría usted a los jóvenes como Gustavo?

—Les diría que este ejemplo tan doloroso que tengo para mostrar les sirva. Que no se dejen llevar por las influencias políticas de los extremismos que prometen utopías.

—¿Volvió a tener contacto con Amnesty o la Liga?

—No. Mi objetivo era conocer el paradero de mi hijo. Ahora que lo sé, no tengo nada más que hacer allí.

—¿Cómo se enteró de la suerte corrida por su hijo?

—Eso no puedo contestárselo. Sólo puedo decirle que me llegó a través de las Fuerzas Armadas.

—Por último, ¿qué les diría a las madres argentinas?

—Que estén alertas. Que vigilen de cerca a sus hijos. Es la única forma de no tener que pagar el gran precio de la culpa, como yo estoy pagando por haber sido tan ciega, tan torpe.

—¿En quién confía hoy?

—En Dios.

—¿Qué le pide hoy a Dios?

—Que no haya más madres desesperadas ni chicos equivocados.

No pude llegar al revés de la trama hasta septiembre de 2000, cuando me encontré en Buenos Aires con Thelma Jara de Cabezas y su hijo Daniel.

Thelma seguía recordando la mirada metálica de Sérpico Cavallo, cuando le susurraba:

—Yo sólo te lo propongo. Vos lo hacés si querés. Acá no se obliga a nadie a hacer lo que no quiere. Pero, si no querés, puntos suspensivos.

Fue una noche en la pecera de la ESMA, donde los peces atrapados por el Grupo de Tareas 3-3/2 cumplían su trabajo esclavo en cubículos transparentes, que habían suscitado la cruel metáfora del acuario.

—Bueno —musitó.

A partir de ese momento ascendió del sótano a la pecera. Un pequeño avance hacia una hipotética supervivencia. Allí convivió con otros dieciséis prisioneros que recortaban diarios, clasificaban las informaciones y las microfilmaban. Tuvo su cubículo junto a ellos y realizó tareas similares, hasta que empezaron los preparativos para la operación. En esos días, uno de los tipos de Inteligencia le dijo que su esposo había muerto el 23 de mayo.

Juan, el teniente de navío Juan Carlos Rolón, que ya había trabajado con periodistas extranjeros en el Mundial, la obligó a recitar y perfeccionar su “verso”: ella era una madre que se había desengañado de la actitud perversa de los montoneros y los organismos que defendían los derechos humanos. Perseguida por los terroristas, se había refugiado en el Uruguay, donde la ayudaban unos familiares. Allí se había contactado con la Armada, que la protegía.

Para el ensayo general, Rolón armó una entrevista con una periodista desconocida en una oficina de Entel, en pleno centro. Cuando la llevaba al ensayo, el prefecto Febres, le advirtió: “Si te da por correr, te mato”.

La periodista sería lo que fuese y no ignoraba para qué estaba allí, pero el drama personal de esa mujer la superó. Cuando le preguntó qué hacía ahora, y Thelma le contestó que había hecho “un voto de pobreza para solidarizarse con los pobres”, apagó el grabador y se largó a llorar.

Cuando salieron del edificio de Corrientes y Maipú y caminaron unos metros entre miles de anónimos ciudadanos que no repararon en su presencia, la señora de Cabezas miró los ojos saltones del torturador Rolón y se asomó a su propio abismo: “¿Qué hago aquí junto a estos tipos que asesinaron a mi hijo?”, se dijo.

Un día la sacaron a la Panamericana y le tomaron fotos “producidas”, con un background de carteles comerciales uruguayos para fingir que estaba en Montevideo. Luego “la producción” incrementaría el verismo y la llevarían al Uruguay.

Cavallo, que en aquel momento había cambiado el apodo de “Sérpico” por el menos obvio de “Marcelo”, la llevó dos veces a la capital uruguaya. Apenas decolaba el avión, el represor se dormía. Tal vez para no tener que enfrentar un incómodo diálogo con su prisionera. Después, se ocupaba de todos los trámites. Ella no sabía lo que era el Plan Cóndor, pero en Carrasco los esperó dos veces un misterioso sujeto vestido de civil que hizo pasar los controles al marino y a la mujer de pañoleta y anteojos oscuros, que viajaba con un pasaporte a nombre de Magdalena Manuela Blanco, confeccionado en el sótano de la ESMA. Las dos veces fueron y regresaron en el día, pero se alojaron en un hotel relativamente bueno que la señora de Cabezas ubicó “cerca de la 18 de Julio y la Municipalidad”. En la primera ocasión debían encontrarse con unos periodistas extranjeros que, finalmente, no llegaron. En el segundo viaje se reunieron, en un departamento provisto por el misterioso uruguayo, con dos marinos del Centro Piloto de París y un periodista del News World, el periódico de la Secta Moon, la organización mafiosa que conducía el reverendo coreano Sun Myung Moon (fallecido en 2012) y que hizo del inticomunismo profesional un negocio internacional, no pocas veces al margen de la ley.

El News World publicaría un reportaje, que rebotarían después la agencia Télam y la propia nota en Para Ti.

Así llegó el Día D. La prisionera salió de la ESMA en un auto manejado por el Ruso, un “chupado” que simulaba ser pariente de Thelma. Otros dos vehículos, cargados de represores y armas, los escoltaban para impedir una impensable venganza de los montoneros. Allí iban el capitán Luis D’Imperio (alias Abdala), ex jefe del SIN y en ese momento a cargo del Grupo de Tareas; Marcelo, Rolón y Julia Sarmiento, una colaboradora de la Marina a la que Thelma temía, porque suponía que había sido su entregadora.

La caravana enfiló por Avenida del Libertador hacia La Pampa y Figueroa Alcorta, donde había una confitería que se llamaba Selquet. El local estaba vacío. La señora de Cabezas y el Ruso se ubicaron en una mesa preestablecida, donde un productor del terror había colocado un micrófono. A espaldas de la prisionera, caía un oportuno cortinado detrás del cual Marcelo se escondería a escuchar, como un villano del teatro isabelino.

Cuando ya estaban todos ubicados en sus puestos, hicieron su aparición un fotógrafo y un periodista de Para Ti. Los dos jóvenes y nerviosos.

Al periodista no lo conozco. Al fotógrafo, sí. En los setenta integró el equipo de fotógrafos del diario Noticias, que yo dirigí y que clausuró el comisario Alberto Villar en persona.

En 1993, yo proseguía en Londres un destierro que ya se había vuelto voluntario; en una corta visita al país para buscar data sobre Héctor Cámpora (el real, no el ficticio), me encontré con el fotógrafo en Corrientes y Talcahuano. Al comienzo no lo reconocí, pero cuando me recordó que había estado en Noticias le di un gran abrazo.

Cuando el tema Thelma Jara de Cabezas llegó a la justicia, gracias a la tenacidad de Alejandrina Barry y su abogada Myriam Bregman, lamenté aquel abrazo: el fotógrafo de Noticias, Alberto “Tito” La Penna se había convertido en el fotógrafo de Para Ti y de la Escuela de Mecánica de la Armada.

 

En este libro hay un escalofriante relato sobre los peligros que acechan en los sótanos de la democracia: traficantes de niños que mueren a horas de ser llevados a Tribunales; nietos recuperados que eligen quedarse con sus apropiadores; pistoleros nazis devenidos empresarios K; financistas del genocidio en Centroamérica protagonistas del relanzamiento de YPF; huérfanos de la ESMA que celebran asados donde sus padres fueron martirizados; la Madre que se abraza con el General represor; servicios que pelean a los tiros; cuerpos policiales secretos que continúan operando sin control bajo democracia.
Publicada por: Sudamericana
Fecha de publicación: 12/01/2014
Edición: Primer Edición
ISBN: 9789500750318
Disponible en:Libro de bolsillo