miércoles 14 de noviembre
Medios

Murió Jorge Álvarez, editor, productor, revolucionario cultural

El editor y productor musical argentino Jórge Álvarez murió este domingo en la Ciudad de Buenos Aires. Es considerado uno de los principales promotores de la cultura argentina de los años 1960 y 1970, aunque en realidad dedicó toda su vida a la música, la literatura, el arte y los medios.
En la larguísima lista de autores que publicó se cuentan Rodolfo Walsh, Quino, Felix Luna, Manuel Puig, Ricardo Piglia, Dalmiro Sánez y traducciones al español de Sartre, Barthes y otros. En su faceta de productor musical editó los discos de Manal, Vox Dei, Moris, Pappo’s Blues, Sui Generis, Luis Alberto Spinetta, Invisible y en España Javier Krahe, Joaquín Sabina, Mecano y Olé Olé.


En esta nota, su amigo Daniel Ripoll, también editor y productor en la misma época que Álvarez, lo recuerda con cariño y admiración. (*)

JORGE ALVAREZ QUIERE HACERNOS CREEER QUE SE HA MUERTO…

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Jorge, querido…. Uno nunca quiere escribir las despedidas. Pero voy a hacerlo, para tratar de contarles a otros amigos, quién fuiste en el mundo de la literatura y de la música. O en realidad, explicar, desde mi visón, quién sos, dado que los creadores de raza, y sus obras, nunca se van.
Jorge fue hijo de inmigrantes españoles. Tenía, quizás por eso, la voracidad de hacer la América, de hacer la Argentina, de hacer cultura de nuevo cuño y de nuevo mundo. Todo en su camino fue fundacional. Montó editoriales y compañías grabadoras, reinventó los recitales y la forma de comunicar, traspasó fronteras, descubrió escritores y músicos, inauguró estilos, modos y revolucionó muchas cabezas desde los sesenta hasta nuestros días. Muchos conocen su historia de tantas biografías y entrevistas, de tantas notas y leyendas. Y, seguramente, por estos días todos vamos a poder leer en muchos medios historias sobre su historia.
Pero yo quiero decirles, porque fue mi gran amigo y compañero de rutas, como vi la vida y la obra, de este inigualable talento de la historia de la cultura argentina. Fue el editor de libros más irreverente y perspicaz de los años sesenta. Un provocador intelectual y un descubridor de opciones, espacios y demandas en la confusa, talentosa y floreciente camada de escritores argentinos y latinoamericanos de los años previos al fuego.
Ya era un intelectual emergente, cuando decepcionado por el mundo de las letras y las presiones de los rivales, dio un giro copernicano y, desde su propia pequeña librería editorial de la calle Talcahuano, decide apostar por los jóvenes, capturado por el rock, las nuevas tendencias y aquella modernidad irrefrenable que estábamos amasando un puñado de muchachos ilusos. Jorge siempre fue el mayor de esa manga de hippones, el referente y el intelectual de todos nosotros. Así nació Mandioca, el gran sello desde el que produjo los primeros grandes discos del rock naciente y de sus bandas señeras que, finalmente se constituirían en patricios (como él) de una nueva cultura.
Jorge fue un desmedido soñador, pero también un desmedido económico. Primero inventaba, producía, revolucionaba todo, y luego pensaba en cómo pagar la fiesta… Sus cuentas siempre fueron un desastre. Probablemente a cada santo le deba una vela, pero seguramente TODA la cultura argentina le debe velas a él. Tuvo éxito en Buenos Aires, en Miami y en Madrid. Donde hizo mucho dinero. Vivió generosamente, a veces holgadamente, pero murió muy pobre, aunque con el cariño y el halago de sus amigos de varias generaciones, de los intelectuales y de los estrados académicos. Como queda demostrado con su larga maratón intelectual y hacedora, probablemente la vida no se trate de tener éxito económico, como las reglas de estos tiempos imponen, sino de HACER, aunque sea como en su caso, de cualquier modo y a cualquier costo.
En los años de fuego se tuvo que exiliar. La mano venía muy pesada para nosotros, los agitadores culturales, soñadores empedernidos que no estábamos con ninguno de los varios bandos en pugna, unos con razones y otros con violencia. Al poco tiempo, después de haber sufrido en carne propia la bota del terror, me tuve que exiliar yo mismo. ¿Quién me esperó en la soledad anónima del exilio en Nueva York? Jorge Álvarez (Te estaré agradecido, eternamente, por ese mero gesto…, amigo) Luego, como muchos otros músicos y artistas de nuestra camada, cada uno se esparció por el mundo. Jorge recaló en Madrid, allí volvió a sacudir las estanterías, pero esta vez con la música pop, para convertirse en un productor de referencia, lo que le permitió hacer mucho dinero, disfrutando de una vida holgada y generosa para sí mismo y para su tribu de amigos. Cuando, cinco años atrás, se encontró grande y solo, volvió. Al menos aquí estaban sus viejos amigos y sus enemigos queridos. Por fortuna, la “inteligentzía” porteña lo reconoció, lo homenajeó (en parte) y lo cobijó (en parte).
Con todo, este Jorge querido, admirable y a veces detestado y odiado, tenía sus matices, poblado de leyendas, anécdotas, cuentas, reclamos, elogios y versiones increíbles. Nunca se bajaba de ninguna discusión. Su punto de vista siempre era tan original, que solía despertar enconos. Fue una mente sagaz, envolvente, fabuladora e ilusionista. Inventaba castillos en el aire. A veces los bajaba a la tierra y se convertían en hechos y logros materiales: discos, libros, grabaciones, producciones, giras, recitales. Era un chamuyero genial, pero sin oquedad: todo en él era contenido, ideas, percepciones, brillo.
Quizás por las diversas sumatorias había (y quizás aun haya) personas que no lo han querido. Casi todos tenían algo para reclamarle. Pero nunca escuché a nadie que dudara de su talento, de su poder de anticipación, de sus ganas de avanzar más allá… Sus anécdotas con el dinero, con el azar, con los caballos de carrera, con los compañías discográficas, con los estudios de grabación, son legendarias e integran recurrentemente las sobremesas y tenidas de músicos, escritores, periodistas y editores.
Jorge fue un talibán de la cultura, una raya en la creación editorial (letras y música) y, sobre todo, de los nuevos modos de comunicación. Su cauce marcó una frontera. Por todo eso, y para siempre será uno de los fundadores del Rock Nacional. Desde su minúscula factoría, Mandioca, la madre de sus chicos, alentó a varias generaciones de artistas argentinos, pero, antes que nada, a buenos oyentes, generando un público ilustrado que, gracias a sus visiones anticipatorias, entendieron su planteo para que la cultura sirviera para romper con los mandatos de la tradición.
Así que Jorge querido, pensándomelo bien, por más que acabo de recibir una comunicación que me asegura que te has muerto, ante la evidencia de tu obra, de tu mente y de tu genio, me voy a resistir a creerlo. Los magos como vos son capaces de inventar cualquier cosa…

Daniel Ripoll
PD: En la foto, Jorge Álvarez (Junto a Gustavo Montesano) me recibe en el exilio de Nueva York

 

(*) Nota publicada en el muro de Facebook de Daniel Ripoll

 

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