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“Un mundo sin adultos”, de Mariano Narodowski

UnMundoSinAdultos


¿Qué tienen en común fenómenos actuales como las adolescencias eternas, los alumnos que saben más que sus docentes, o los padres que ya no conciben el esfuerzo por sus hijos como una virtud socialmente reconocida?

Vivimos un tiempo en el que los adultos queremos parecer jóvenes y los más chicos no quieren crecer.Un tiempo de cambios tan vertiginosos que hacen que temamos ser obsoletos, inservibles. Un tiempo en el que hacerse viejo no tiene perdón.

En este libro, Mariano Narodowski recurre a fuentes tan variadas como avisos comerciales, letras de rock, películas, series, textos literarios y trabajos académicos para reflexionar profunda y provocativamente sobre realidades contemporáneas que parecen disímiles -como el bullying y el divorcio exprés-, y para poner en evidencia el desvalor que hoy representa la adultez.

A continuación, un fragmento a modo de adelanto:

 

Es difícil ser adulto

La debacle de la autoridad adulta
El problema que se presenta en la actualidad consiste en el cuestionamiento a la autoridad adulta y por ende se presenta una crisis de legitimidad que trastoca nuestra vieja cultura posfigurativa.

Como hemos explicado antes, esta solo se reproducía en contextos de cambios relativamente espaciados entre sí: en la medida en que los paradigmas dominantes de una determinada sociedad permanecieran durante períodos muy prolongados, solo el formato de experiencias que es propio del paradigma es el que va a poder comprender en forma e ficaz los diferentes fenómenos que se van sucediendo. Más todavía, quienes transcurrieron más tiempo de su propia vida en el seno de esos paradigmas son los que podrán con más éxito avizorar cambios y asimilarlos en forma cabal: los adultos, incluso los mayores.

Como lo ha explicado Margaret Mead, el elemento propio de lo pos figurativo es la posibilidad de convivencia armónica de tres o más generaciones que —durante un mismo tiempo y en un mismo lugar— aceptan en su práctica cotidiana la matriz cultural vigente consiguiendo que las generaciones más jóvenes vayan incorporando los patrones culturales de las maduras. Si esto funciona habitualmente, la impugnación al canon cultural vigente tenderá al  final a reforzarlo y solo será eficaz en sus pretensiones con dos condiciones: si la sociedad necesita desplazarse (y por ende está abierta al desafío de lo desconocido e incluso de lo indeterminado) o si la sociedad es influida (“contaminada”) por otra cultura, si es invadida. Mientras no ocurra ninguno de estos fenómenos y los cambios tecnológicos sigan siendo lentos, las culturas se sostendrán sobre la base del respeto y la devoción por los viejos.

Por el contrario, cuando las sociedades mudan constantemente sus paradigmas —como en nuestra actualidad— la acumulación lineal de experiencia y la continuidad y antigüedad en la ejecución de una determinada práctica dejan de ser una herramienta útil para saber y poder en el mundo, como en la cultura pos figurativa. Por el contrario, la formación experiencial en un determinado paradigma suele transformarse en una pesada carga cuando ese paradigma tecnológico desaparece, decae o es apenas socialmente cuestionado. En esos casos son los que no tienen su experiencia cimentada en los paradigmas deteriorados o decadentes quienes están en mejores condiciones para resolver los nuevos problemas que se van presentando. Paradójicamente la inexperiencia resulta en estas ocasiones la mejor experiencia posible. La  figura canónica de nuestra época es sin dudas el experto sin experiencia.

Esto es lo que sucede en lo que Mead denomina culturas prefigurativas. Al contrario de las culturas pos figurativas que hemos descripto en los capítulos precedentes, los cambios vertiginosos en un determinado escenario social son los que establecen una forma diferente en el intercambio intergeneracional: serán ahora los niños y los jóvenes los portadores de bienes culturales valiosos, ya que su dominio de acciones y discursos fue con figurado en la nueva situación; son portadores de lo nuevo porque no participaron de lo viejo.

En estas culturas pre figurativas a los niños y jóvenes se los considera innovadores por default: aunque no sepan, muchas veces su ignorancia es más valiosa que la experiencia caduca, anquilosada o ineficaz de los mayores, dado que el no saber bien puede convertirse en un saber eficaz, mientras que reconvertir la experiencia acumulada de los mayores se considera una inversión ineficiente para un presente y un futuro que llegan cambiantes, inestables, flexibles; difíciles de ser adecuadamente interpretados por medio de antiguos paradigmas epistémicos preexistentes.

La idea de continuidad profesional en el campo intrafamiliar, por ejemplo, se torna prácticamente inviable. Las tradiciones gremiales desaparecen por el peso radical de lo actual y del cambio tecnológico y no hay manera de predecir el futuro, ni tan siquiera —a veces— el futuro inmediato, para no pocos campos del saber. De tal modo la vieja continuidad gremial sin  fisuras entre una generación y la siguiente se reserva a unos escasos ámbitos muy tradicionales que subsisten a duras penas en la nueva posmodernidad pre figurativa.

Es más, no solo los hijos “no obedecen” la tradición laboral o profesional de los padres; en muchos casos ni siquiera hay algo para obedecer, ya que los viejos oficios han directamente desaparecido y el trabajo futuro es virtualmente una incógnita, por lo que el padre no tiene ya mucho como para guiar a un hijo quizás menos desorientado que su progenitor. Algunos autores van más allá y predicen que el trabajo futuro deberá ser “inventado” a partir de unas pocas e imprecisas pistas que brinda el presente. En otras palabras, no se respetan tradiciones, porque de hacerlo se caería en la más absoluta inoperancia, irrelevancia y obsolescencia.

Esta es la característica generacional de los tiempos actuales, como lo han señalado diferentes autores adscriptos a diversas posturas teóricas. 94 Nosotros mismos hace ya muchos años hemos advertido que en el campo de la pedagogía y sus disciplinas conexas es necesario revisar el significado moderno de “infancia”,95 ya que su emergencia y desarrollo —tal como los hemos concebido— parecen más bien propios de culturas posfigurativas y se requiere de su reconceptualización (si acaso esto fuera posible) en el contexto de las nuevas culturas prefigurativas.

En otras palabras, estos cambios hacen que las infancias/adolescencias ya no sean las mismas.96 La idea de niño dependiente, obediente y heterónomo construida pacientemente a lo largo de varios siglos es cuestionada por la valorización de la infancia, de lo joven, de la inexperiencia de las generaciones jóvenes. Ser joven (incluso ser niño o adolescente) ya no supone una carencia que va a ser saldada por la correcta acción formativa adulta a través del paso del tiempo sino, al contrario, constituye una serie de atributos positivos no solo en ellos, sino —y esto muy especialmente— en los adultos que ahora intentan lograr una  fisonomía exterior, un lenguaje y unos gustos estéticos asimilables a los de los más jóvenes.

Es por eso por lo que esta cultura prefigurativa que habitamos edifica un progresivo desdén hacia la adultez. Esta situación fue magistralmente sintetizada por la producción hollywoodense de  fines de la década de los ochenta: Big, conocida en Latinoamérica como Quisiera ser grande.

Como se recordará, en esta comedia el niño Josh Baskin, cansado de los infortunios infantiles y de los términos que se le imponen a su corta edad, desea “ser grande” y el genio de un viejo juego de un parque de diversiones le otorga su deseo. Josh, el niño adultojoven interpretado por Tom Hanks, mantiene en su cuerpo de adulto su misma cognición y afectividad infantiles y solo con ellas logra triunfar en los negocios y seducir a una bella —y no poco competitiva— compañera de trabajo: su insolencia, su candor, su simplicidad y en especial su inexperiencia son muy valoradas en el nuevo mundo adulto, en contraposición a las posturas tradicionalistas y rígidas de los “viejos” adultos a los que se enfrenta en su nuevo trabajo.

Por supuesto que no todos los mayores son descartables: el dueño de la empresa en la que Josh se desempeña comprende rápido los atributos de la nueva época y es eficaz adaptándose él personalmente a los cambios, incluso utilizando a Josh para que su empresa aproveche su frescura y gane más dinero. Por el contrario, quienes no pudieron adaptarse aparecen en la trama como retrógrados, superados y viejos, aunque sean jóvenes.

Los problemas para Josh se inician cuando se toma demasiado seriamente su nuevo rol adulto. Por un lado, sus acciones y sus ideas comienzan a perder preeminencia porque ante tanto contacto con adultos reales empieza a comportarse como uno más entre ellos y a opinar como un adulto. Por lo tanto, sus comentarios ya no son tan frescos e innovadores…, tienden a oler a viejo y por ende importan menos, valen menos. Por otro lado, Josh se da cuenta de que el mundo adulto no es realmente tan encantador como él había imaginado cuando niño: mucho más interesante lo es su infancia perdida y por eso decide retrotraer el hechizo y volver a ser un niño.

Es que el cuerpo socialmente anhelado ya no es —como antes— el cuerpo del adulto por parte de niños y especialmente de adolescentes conflictuados que quieren crecer. Ahora son los adultos los que se angustian porque su cuerpo pierde todo lo joven que alguna vez hubo en él y el ideal estético de los adultos parece ser la ropa, los gustos, la música y el argot de los adolescentes. ¿Quién porta hoy con la dignidad pos figurativa de antaño las canas, arrugas y otros hitos corporales que ya no son más que sintomatologías virtualmente patogénicas que producen “las vueltas de la vida”?

Para las arrugas, las cremas antiedad o la cirugía estética. Para las canas, millones de personas simulan por la vía de tinturas y colorantes capilares una extraordinaria mutación genética que parece haber dejado de emblanquecer definitivamente el cabello de los humanos mayores. Si antes la poesía del tango ostentaba con orgullo:

Las nieves del tiempo platearon mi sien…

Hoy debería corregir ese orgullo y mutar tal vez a la vergüenza de no haber dado con una tintura capilar atinada.

Así —y siguiendo con la referencia teórica de Margaret Mead respecto de las nuevas culturas pre figurativas— la infancia, la adolescencia y la minoría de edad ya no suponen una discapacidad, sino un punto de referencia que debe ser valorado y considerado: la infancia cuanto mucho es ahora una “capacidad especial”. Un período de la vida al cual incluso se le asignan un conjunto de derechos especiales que deben ser respetados a rajatabla: el niño pasó en los últimos cuarenta años de ser el lado vulnerable de una relación asimétrica —y por ende susceptible de cariño y severidad, como se vio antes— a constituirse en un sujeto de derecho no equiparable aún al adulto, aunque la disposición mundial a la baja en la delimitación de la edad legal de la mayoría de edad tienda a la equiparación. Y así como hemos citado previamente la tendencia a la baja de la imputabilidad penal, también puede señalarse la baja de la edad mínima necesaria para obtener el derecho al voto.

Ahora los niños y adolescentes hablan, dicen, expresan. No porque se les otorgue la expresión, sino porque nuestra cultura lo que les brinda es el derecho a expresarse. Y el niño “callado”, el niño “no-participativo”, el niño “pasivo” pasaron de ser un atributo encomiable de una infancia obediente a ser el síntoma del ejercicio del autoritarismo adulto, de la dominación de los más grandes, de la interdicción del pleno ejercicio de los derechos del niño.

El éxito de la historieta Mafalda en la Argentina y en todo el mundo hacia  fines de los años sesenta (la época en la que Margaret Mead se preguntaba por los cambios en la tradición intergeneracional) en gran medida se debió —muy probablemente— a la aparición del personaje infantil, quien conservando su infantilidad (los juegos, los paseos, los amigos) era capaz de perder parte de su inocencia para decirle al mundo adulto lo que los chicos pensaban y lo que muchas veces los adultos no estaban dispuestos a oír. Mafalda logra hablar del mundo adulto sin adultizarse, sin perder su esencia infantil: un típico modelo pre figurativo que pone en cuestión al viejo mundo adulto de guerras, políticas, familias y escuelas. Mafalda torna equivalentes el mundo adulto y el mundo infantil:

Mafalda. —¿Por qué tengo que hacerlo?
Su mamá. —Porque te lo ordeno yo, que soy tu madre.
Mafalda. —Si es cuestión de títulos, yo soy tu hija. Y nos graduamos el mismo día. ¿O no?

La mamá de Mafalda intenta hacer valer una posición pos figurativa en la que el adulto naturalmente manda y el niño naturalmente obedece. Mafalda pulveriza esa posibilidad haciendo equivaler los respectivos estatus: ambos tienen la misma antigüedad y experiencia.

Además Mafalda les grita a sus padres, se enoja con ellos y les habla con el dedo índice levantado: les advierte, les da consejos, los sanciona. El hijo ya no desobedece ni intenta eludir el mandato adulto por medio de mentiras y picardías. Se enfrenta a ese mandato no desde un capricho “infantil”, sino desde una racionalidad profundamente reflexiva que muchas veces se tiñe de ironía:

La maestra (frente al pizarrón). —Mi mamá me mima. Mi mamá me ama.
Mafalda. —La felicito, señorita, veo que usted tiene una mamá excelente. Y ahora por favor enséñenos cosas realmente importantes.

Asimismo estos nuevos niños pre figurativos parecen no anhelar con desesperación formar parte del mundo de los adultos y la adolescencia ya no semeja una edad conflictiva de la que hay que huir rápidamente ni el momento máximo de rebeldía en el que se desafiaba de manera invariable la autoridad adulta. Por el contrario, son los adultos los que quieren parecerse a los más chicos: el ideal de nuestra cultura próxima es poseer un cuerpo virgen de paso del tiempo y libre de aquellos elementos que otrora identificaban el poder adulto, quienes prefieren usar ropas que los identifiquen con la minoría de edad, hablar en su jerga, imitar sus rasgos y simular su onda.

En la década de 1930, el genial pensador argentino Aníbal Ponce —en los albores de la psicología vernácula— había determinado que la adolescencia se motorizaba mediante una articulación contradictoria y dolorosa entre ambición y angustia. En la lectura de biografías adolescentes, Ponce vuelve sobre la caracterización del adolescente melancólico y torturado por el peso de la realidad, cuya salida privilegiada era la crítica radical, el desafío al mundo adulto. “Para los adolescentes, la vida tiene sabor cuando se la vive en la tempestad y en la osadía”, argumentaba, mostrando cómo en esa contraposición al ser-adulto hallaba socialmente su identidad.

Casi un siglo después las cosas han cambiado lo suficiente para comprender que la ambición y la angustia eran sobre todo emergentes del lugar pos figurativo que los adolescentes ocupaban en el momento en que Ponce investigaba y publicaba sus escritos, y que “osadía” y “tempestad” ya no son necesariamente ni las actitudes ni los climas sociales típicos de las adolescencias de nuestra posmodernidad pre figurativa.

Los vínculos de los más jóvenes con los adultos ya no son netamente asimétricos como antaño, sino que van haciéndose más y más equivalentes toda vez que el saber y el poder de niños y adolescentes se identifica en forma creciente (aunque no definitiva) con el de los mayores. Incluso en algunas áreas de la vida social y cultural son los mayores los que se subordinan a las pautas instaladas por los menores, produciéndose situaciones en las que corresponde inquirir acerca de quién ocupa el lugar de la discapacidad.

Esta visión de la infancia posterior a la discapacidad implica una creciente horizontalización del vínculo entre grandes y chicos, lo que presupone —como en toda relación social entre equivalentes— la intercambiabilidad de los roles. La lógica jerárquica propia de la etapa premoderna dio lugar a una jerarquía pasajera propia del concepto de asimetría de la modernidad aplicada a la relación niño-adulto: la minoría de edad que lleva ineluctablemente a la mayoría de edad.

Pero el declive de toda noción jerárquica arrastra también la vieja asimetría kantiana y rousseauniana y convierte sus polos en elementos más cercanos, continuos unos con otros, intercambiables. El concepto de distancia social que le permitía a Julia Varela102 explicar las diferencias asimétricas entre grandes y chicos ha sido virtualmente pulverizado por la televisión, las pantallas e Internet: ya casi no hay misterios en el mundo adulto que no sean conocidos por el mundo infantil/adolescente.

Si la vieja cultura pos figurativa respaldaba jerarquías y veneraba ejemplos, instando a los mayores a proveer a los menores (cuidados, protección, cariño, manutención y hasta la ley), la actual cultura pre figurativa sobrentiende una suerte de equivalencia entre las partes que hace que cualquiera pueda ocupar cualquier lugar: la provisión ya no es un rol  fijo y la metáfora del mercado explica posiblemente como ninguna otra que los lugares de portación de valor simbólico por parte de adultos y niños/adolescentes son crecientemente intercambiables.

Por eso las dificultades para instalar discursos legitimantes respecto de la subalternidad moral de los niños y los adolescentes hacen que la ley adulta más que obedecida sea constantemente cuestionada y revisada, aunque sobre todo vilipendiada con sornas y burlas. El límite moral ya no se obedece, sino que se busca “entre todos”. Se consensua, dado que el lugar del adulto no merece (al menos a priori) ni con fianza ni respeto, sino paso por el tamiz y el visto bueno de su ex contraparte asimétrica. No es que la autoridad adulta haya desaparecido, pero su legitimidad de origen —propia de las viejas culturas pre figurativas— hoy es cuestionada y hasta satíricamente degradada. La única autoridad adulta que vale es la que es capaz de relegitimar en forma contingente ciertos vestigios de la otredad asimétrica, aunque la tarea es ciclópea y debe ser recomenzada a cada momento.

Un mundo sin adultos
Familia, escuela y medios frente a la desaparición de la autoridad de los mayores. La debacle de la autoridad adulta y fenómenos como las adolescencias interminables en un mundo en el que el compromiso y el sacrificio de los mayores son obsoletos y en el que los adultos queremos parecer jóvenes y los más chicos no quieren crecer.
Publicada por: Debate
Fecha de publicación: 02/01/2016
Edición: 1a
ISBN: 9789873752407
Disponible en:Libro de bolsillo