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Cabrón: arqueología de mi padre

Los anteojos que mi padre llevaba sobre su imponente nariz están guardados en un estuche negro en un cajón de mi escritorio. Algo me impulsa a sacarlos de su encierro. Los cristales son gruesos y el armazón de metal, delgado como un alambre, apenas parece capaz de sostenerlos. Los vidrios pesan más que la estructura que los contiene, como si hubiera en ese objeto un desajuste, una tensión. Cuando lo miraba fijo, me parecía que sus ojos estaban perdidos en un remolino. Todavía puedo verlos: sus hermosos ojos claros, de un celeste tenue.

Llevaba los anteojos puestos la mañana en que murió. La lente izquierda tiene una muesca en la parte inferior.

¿Habrá escuchado el ruido seco provocado por el golpe de sus lentes contra el piso cuando lo sorprendió el ataque cerebral? ¿Intentó asirlos en el aire, como un arquero, y no pudo?

Hoy, es más fácil disimular la miopía. Además de la opción de las lentes de contacto, de las que soy devoto porque heredé su enorme deficiencia visual, los vidrios reciben un tratamiento que los hace más delgados. Existían las lentes bifocales, pero él las rechazaba.

¿Qué habrá pensado en el instante fatal?

Para leer de cerca se los quitaba y pegaba los ojos al papel. Me resultaba muy gracioso verlo hacer crucigramas con el diario rozando su nariz. Lo hacía en cualquier sitio, en la cocina de casa o en el bar a donde iba a tomar café. Dejaba los anteojos sobre la mesa, con una mano sostenía el papel contra la cara y con la otra, la lapicera.

¿Logró saber qué le estaba pasando o el rayo que le partió el cerebro interrumpió cualquier pensamiento?

Se sentía desnudo sin sus anteojos. Cuando se los olvidaba en la mesa de luz, hacía el trayecto del dormitorio al cuarto de baño como si estuviese a oscuras, estirando los brazos para tocar las paredes al caminar. Era un superhéroe privado de sus habilidades especiales. Por eso no se metía en piscinas y si entraba en el río, lo hacía hasta donde el agua no amenazara su cabeza.

Desde un estuche negro, en un cajón de mi escritorio, sus anteojos me miran cuando los miro.

 

Es destino de las cosas no morir con el dueño, aunque lo necesiten y hasta se le parezcan. Desde que mi padre murió, el 29 de julio de 2004, conservo muchos de sus objetos personales, pero nunca los había buscado para que me hablasen.

El reloj de ajedrez con el que disputó miles de partidas a cinco minutos y por plata, una de sus adicciones, descansa en un estante de mi biblioteca. Un reloj que puede parar el tiempo y disparar el del oponente. El tiempo que corre descontrolado y en su vértigo puede propiciar el error, que precipita la derrota, y la inevitable muerte del rey.

Cerca está la radio Hitachi, con carcaza de cuero, que llevaba al estadio de Rosario Central en Arroyito.

Guardo un cinturón, distinto al que amenazaba con convertir en látigo en mi insurrecta niñez. Distinto, pero igual.

El rifle de aire a comprimido con el que lucía su buena puntería en kermeses y torneos. También les disparaba a los gatos que vagaban a distancia por las terrazas vecinas. Se justificaba en que podían atacar a los pájaros de mi madre que dormían en las jaulas del patio.

Un saco de cuero negro que no me decido a regalar. Lo mantengo colgado entre mis prendas, se luce como una anomalía por su corte antiguo.

Sus libros mezclados con los míos.

Me quedó una docena de botellas de vino Caballero de la Cepa, un malbec de la bodega Finca Flichman, cosecha 1992. Muchas en mal estado por el paso del tiempo, pero que sigo descorchando con enorme expectativa. Suelo convocar a algún amigo que comprenda el rito, lo que se está jugando en ese momento, y acepte el riesgo de la decepción. Algunas se pueden beber todavía, otras parecen un licor antiguo y de mal sabor. Las etiquetas tienen una frase del poeta y filósofo persa Omar Khayyam con data del siglo XII: “Oigo decir que los amantes del vino serán condenados. No hay verdades comprobadas, pero hay mentiras evidentes. Si los amantes del vino y del amor se van al infierno, vacío debe estar el paraíso”.

Tengo una parte importante de su colección de vinilos, con preeminencia de jazz y música clásica, desde Louis Armstrong hasta Mozart. Y registros variados de tango y folclore. También comencé a recopilar sus intangibles: frases, amores, enemigos, los modos autoritarios, la generosidad, el machismo y sus consecuencias, el viaje que hicimos juntos a Sicilia.

Me surgió una sed insaciable y me dispuse a revolverlo todo.

 

La poesía me acompaña desde adolescente y hace veinticinco años que escribo narrativa de ficción. Me encontraba presentando La Rey, mi última novela, una historia oscura protagonizada por una mujer paraguaya, cuando surgió la idea de escribir sobre mi padre. Al principio me resistí, las historias con violencia y crímenes son mi territorio. Tenía pendiente definir mi próximo proyecto, sin duda un nuevo thriller.

¿Por qué detenerme a contar a mi padre?

 

Su guitarra era de un marrón delicado como de caramelo y tenía una pequeña muesca en la parte inferior de la boca, producto de un rasguño o un golpe que demandó reparación. Podía escuchar sus cuerdas sonando nítidas en mi cabeza, aunque no me pasaba lo mismo con su voz. Todos los intentos por evocarla fueron en vano, se había esfumado. Fui a buscar una de las pocas grabaciones en las que mi padre aparece hablando ante una cámara.

El video es del momento en el que está comprando una Panasonic en 1992 y el vendedor lo filma para explicarle las bondades del equipo. Podría confundirse con un casting para un filme del neorrealismo italiano, la escena es entrañable y desopilante a la vez. “¿Seguro que esta cosa filma?”, pregunta en un momento. En aquellos años no era común que alguien estuviese preocupado por dejar registro audiovisual.

Mi padre compró la cámara y, gracias a esa decisión, puedo verlo y escucharlo. Pienso que ese gesto fue su involuntaria “botella al mar”. Sólo es posible perdurar si alguien nos recuerda.

La guitarra, la cámara, los anteojos. El anhelo por contarlo reapareció con la tenacidad de un perro que le exige a su dueño el paseo puntual y obligatorio.

Finalmente le abrí la puerta.

Tenía tres piezas sueltas que no lograban calzar, pero que dialogaban. Seguramente existían más. Comencé a buscar los objetos de mi padre con la intención de valorizarlos. Tenía más cosas en mi poder de las que me había imaginado. Me surgió un inexplicable fervor por sus pertenencias, las necesitaba para intentar armar el rompecabezas completo.

Emprendí así una suerte de arqueología familiar.

Nota del editor: Así comienza Cabrón (Alfaguara) el nuevo libro de Reynaldo Sietecase. Este anticipo exclusivo se publica por gentileza de Penguin Random House.