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Adelanto de «El Imperio de la vigilancia», de Ignacio Ramonet

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«Hoy día los ciudadanos del mundo estamos siendo vigilados y , por tanto, controlados. Internet ha revolucionado totalmente los campos de la información y de la vigilancia, que ahora es omnipresente y totalmente inmaterial. De ello se benefician las cinco megaempresas privadas que dominan la Red: Google, Apple, Facebook, Amazon y Microsoft, las cuales se enriquecen con la explotación de nuestros datos personales, que transfieren continuamente a la NSA, la más secreta y potente de las agencias estadounidenses de Información.

Ramonet describe en este libro la alianza sin precedentes entre el Estado, el aparato militar de seguridad y las grandes industrias de Internet que han originado este Imperio de la vigilancia; Noam Chomsky y Julian Assange completan con sus opiniones esta tesis.»

A continuación un fragmento, a modo de adelanto:

Capítulo 4

¡Tened espías en todas partes!
Sun Tzu, El arte de la guerra

Una guerra de cuarta generación
Todas estas leyes del tipo Patriot Act, que pisotean el derecho al anonimato y a la vida privada de millones de personas, y que han sido calificadas de “liberticidas” por numerosas organizaciones de defensa de los derechos humanos, son consecuencia también de una nueva doctrina militar: la de la “guerra permanente y sin límites”. Para las autoridades estadounidenses en primer lugar, pero también, y poco a poco, para los gobiernos de otros países, Francia y España entre ellos, el peso de la amenaza de terroristas o de movimientos insurgentes no estatales, camuflados en el seno de la población urbana, obliga a alcanzar un nivel más sofisticado de información mediante tecnologías de punta. “En nuestra lucha contra el terrorismo –ha declarado, por ejemplo, el presidente Obama– necesitamos disponer de todos los instrumentos eficaces.”

Según esta doctrina, la guerra asimétrica contemporánea, sobre todo contra el fenómeno yihadista (tanto el de Al Qaeda como, más recientemente, el de Estado Islámico), y muy especialmente contra sus “células dormidas” y, sobre todo, contra la figura del “lobo solitario”, refuerza drásticamente el recurso permanente a técnicas militarizadas de rastreo y de selección de objetivos en los espacios de la vida cotidiana.

Efectivamente, como explica el geógrafo británico Stephen Graham, esta “guerra de cuarta generación” se desarrolla cada vez más en espacios urbanos: terminales de transporte, estadios, teatros, supermercados, oficinas, edificios, shoppings, pasillos del subte, suburbios industriales, aeropuertos… “De este modo, la ciudad se encuentra en el centro de las preocupaciones de los responsables militares y de seguridad, a la vez como espacio donde los poderes occidentales son vulnerables y como campo de las batallas que hay que librar contra los enemigos de Occidente.”

 

Insectos voladores robotizados
En consecuencia, la respuesta de las autoridades ha consistido en multiplicar las estrategias de vigilancia y de control recurriendo a nuevas herramientas de espionaje, en gran parte accionadas a distancia: perfil de los individuos, vigilancia de los lugares, comprobación de los comportamientos, etc.; empleando todas las tecnologías de seguimiento disponibles: video, escáner biométrico, satélites, drones (5), cámaras infrarrojas, y todas las técnicas de captación de datos: huellas digitales o de la palma de la mano, lectura del iris, cotejo del ADN, reconocimiento de la voz, del rostro y del peso, medición de la temperatura por láser, análisis comparado del olor y de la forma de andar, insectos voladores robotizados (o “dronizados”) que penetran en el interior de los edificios para observar al enemigo y su armamento…

Todo esto supone una auténtica invasión de la vida privada de los ciudadanos por una serie de detectores, generalmente invisibles y conectados unos con otros, con capacidad para escudriñar todos los actos y gestos. Chris Anderson, antiguo redactor jefe de la revista Wired, y fundador de 3Drobotics, una empresa de fabricación de robots, cree que esta tendencia continuará y se acelerará. Prevé que, en un futuro próximo, con la proliferación de drones, “habrá millones de cámaras volando por encima de nuestras cabezas”. Estos drones se basarán en el pattern of life: si una persona presenta unas “pautas de vida” semejantes “visualmente” a las de una persona considerada “peligrosa”, será señalada y eliminada. Nunca se conocerá su nombre; la identidad importa menos que la eliminación física de alguien que se parece a un “terrorista peligroso”. Nos dirigimos así hacia un mundo semejante al que imaginó, en 1987, el novelista británico Arthur C. Clarke en su relato de ciencia ficción 2061: Odisea tres. La acción se desarrolla en la “era de la transparencia”, en un mundo donde la paz y el orden están garantizados por una permanente vigilancia universal mediante enjambres de satélites.

 

¡Nuestro televisor nos escucha!
Sin esperar a 2061, en nuestra vida cotidiana dejamos constantemente rastros que entregan nuestra identidad, dejan ver nuestras relaciones, reconstruyen nuestros desplazamientos, identifican nuestras ideas, desvelan nuestros gustos, nuestras elecciones y nuestras pasiones, incluso las más secretas. A lo largo del planeta múltiples redes de control masivo no paran de vigilarnos. En todas partes, alguien nos observa a través de nuevas cerraduras digitales. El desarrollo de la Internet de las cosas (Internet of Things) y la proliferación de aparatos conectados, multiplican la cantidad de dispositivos de todo tipo que nos cercan. En Estados Unidos, por ejemplo, la empresa de electrónica Vizio, instalada en Irvine (California), principal fabricante de televisores inteligentes conectados a Internet, ha revelado recientemente que sus televisores espiaban a los usuarios por medio de tecnologías incorporadas en el aparato.

Los televisores graban todo lo que los espectadores consumen en materia de programas audiovisuales, tanto los programas de las cadenas por cable, como los DVD, los paquetes de acceso a Internet o las consolas de videojuegos… Por lo tanto, Vizio puede saberlo todo sobre las selecciones que sus clientes prefieren en materia de ocio audiovisual. Y, consecuentemente, puede vender esta información a empresas publicitarias que, gracias al análisis de los datos acopiados, conocerán con precisión los gustos de los usuarios y estarán en mejor situación para tenerlos en el punto de mira.

Esta no es, en sí misma, una estrategia diferente de la que, por ejemplo, Facebook y Google utilizan habitualmente para conocer a los internautas y ofrecerles publicidad adaptada a sus supuestos gustos. Recordemos que, en la novela de Orwell 1984, los televisores –obligatorios en cada domicilio–, “ven” a través de la pantalla lo que hace la gente (“¡Ahora podemos verlos!”). Y la pregunta relevante que plantea hoy la existencia de aparatos tipo Vizio es saber si estamos dispuestos a aceptar que nuestro televisor nos espíe.

Si lo juzgamos por la denuncia interpuesta, en agosto de 2015, por el representante californiano Mike Gatto contra la empresa surcoreana Samsung, parece que no. La empresa era acusada de equipar sus nuevos televisores también con un micrófono oculto, capaz de grabar las conversaciones de los telespectadores, sin que éstos lo supieran, y transmitirlas a terceros… Mike Gatto, que preside la Comisión de Protección del Consumidor y de la Vida Privada en el Congreso de California, presentó incluso una proposición de ley para prohibir que los televisores pudieran espiar a la gente.

Por el contrario, Jim Dempsey, director del centro Derecho y Tecnologías, de la Universidad de California, en Berkeley, piensa que los televisores “pinchados” van a proliferar: “La tecnología permitirá analizar los comportamientos de la gente. Y esto no sólo interesará a los anunciantes. También podría permitir la realización de evaluaciones psicológicas o culturales, que, por ejemplo, interesarán también a las compañías de seguros”. Sobre todo teniendo en cuenta que las empresas de recursos humanos y de trabajo temporal ya utilizan sistemas de análisis de voz para establecer un diagnóstico psicológico inmediato de las personas que los llaman por teléfono en busca de empleo…

 

Nunca más solos
Repartidos un poco por todas partes, los detectores de nuestros actos y gestos abundan alrededor de nosotros, incluso, como acabamos de ver, en nuestro televisor: sensores que registran la velocidad de nuestros desplazamientos o nuestros itinerarios; tecnologías de reconocimiento facial que memorizan la impronta de nuestro rostro y crean, sin que lo sepamos, bases de datos biométricos de cada uno de nosotros … Por no hablar de los nuevos chips de identificación por radiofrecuencia (RFID) (14), que descubren automáticamente nuestro perfil de consumidor, como hacen ya las “tarjetas de fidelidad” que generosamente ofrece la mayoría de los grandes supermercados (Carrefour, Casino, Alcampo, Erozki) y las grandes marcas (FNAC, el Corte Inglés, Galeries Lafayette, Printemps).

Ya no estamos solos frente a la pantalla de nuestra computadora. ¿Quién ignora a estas alturas que son examinados y filtrados los mensajes electrónicos, las consultas en la Red, los intercambios en las redes sociales? Cada clic, cada uso del teléfono, cada utilización de la tarjeta de crédito y cada navegación en Internet suministra excelentes informaciones sobre cada uno de nosotros, que se apresura a analizar un imperio en la sombra al servicio de corporaciones comerciales, de empresas publicitarias, de entidades financieras, de partidos políticos o de autoridades gubernamentales.

El necesario equilibrio entre libertad y seguridad corre, por tanto, el peligro de romperse. En la película de Michael Radford, 1984, basada en la novela de George Orwell, el presidente supremo, llamado Big Brother, define así su doctrina: “La guerra no tiene por objetivo ser ganada, su objetivo es continuar”, y: “La guerra la hacen los dirigentes contra sus propios ciudadanos, y tiene por objeto mantener intacta la estructura misma de la sociedad”. Dos principios que, extrañamente, hoy están a la orden del día (16) en nuestras sociedades contemporáneas. Con el pretexto de tratar de proteger al conjunto de la sociedad, las autoridades ven en cada ciudadano a un potencial delincuente. La guerra permanente contra el terrorismo les proporciona una coartada moral impecable, y favorece la acumulación de un impresionante arsenal de leyes y dispositivos para proceder al control social integral.

Esta política de expansión del control securitario no reconoce límites. Y más teniendo en cuenta que la crisis económica que hoy se vive en buena parte del mundo aviva el descontento social que, acá o allá, podría adoptar la forma de motines ciudadanos, levantamientos campesinos o revueltas en los suburbios. Sin duda mucho más sofisticadas que los bastones y los camiones hidrantes de las fuerzas del orden, las nuevas armas de vigilancia permiten identificar mejor a los líderes y ponerlos anticipadamente fuera de juego.

 

Sociedades de control
“Habrá menos intimidad, menos respeto a la vida privada, pero más seguridad”, nos dicen, pragmáticas, las autoridades. En nombre de ese imperativo se instala así, a hurtadillas, un régimen securitario al que podemos calificar de “sociedad de control” (17). En la actualidad, el principio del “panóptico” se aplica a toda la sociedad. En su esclarecedor libro Surveiller et punir (Vigilar y castigar), el filósofo francés Michel Foucault explica cómo el  “panopticon” (18) (“el ojo que todo lo ve”) es un dispositivo arquitectónico que crea una “sensación de omnisciencia invisible”, y que permite a los guardianes ver sin ser vistos dentro del recinto de una prisión. Los detenidos, expuestos permanentemente a la mirada oculta de los “vigilantes”, viven con el temor de ser pillados en falta. Lo cual los lleva a autodisciplinarse… De donde podemos deducir que el principio organizador de una sociedad disciplinaria es el siguiente: bajo la presión de una vigilancia ininterrumpida, la gente acaba por modificar su comportamiento. Como afirma Glenn Greenwald:

Las experiencias históricas demuestran que la simple existencia de un sistema de vigilancia a gran escala, sea cual sea la manera en que se utilice, es suficiente por sí misma para reprimir a los disidentes. Una sociedad consciente de estar permanentemente vigilada se vuelve enseguida dócil y timorata.

Hoy en día, el sistema panóptico se ha reforzado con una particularidad nueva en relación a las anteriores sociedades de control que confinaban a las personas consideradas antisociales, marginales, rebeldes o enemigas en lugares de privación de libertad cerrados: prisiones, penales, correccionales, hospitales psiquiátricos, asilos, campos de concentración… Sin embargo, nuestras contemporáneas sociedades de control dejan en libertad aparente a los sospechosos (es decir, a todos los ciudadanos), aunque los mantienen bajo vigilancia electrónica permanente. De este modo, podemos ver cómo la novedosa contención digital ha sucedido a la secular contención física.

 

Google lo sabe todo de vos
A veces, esta vigilancia constante también se lleva a cabo con ayuda de dispositivos tecnológicos que la gente adquiere libremente: computadoras, teléfonos móviles, tabletas, abonos de transporte, tarjetas bancarias inteligentes, tarjetas comerciales de fidelidad, localizadores GPS, etc. Por ejemplo, el portal Yahoo!, que consultan regular y voluntariamente unos 800 millones de personas, captura una media de 2.500 rutinas al mes de cada uno de sus usuarios. En cuanto a Google, cuyo número de usuarios supera los mil millones, dispone de un impresionante número de sensores para espiar el comportamiento de cada usuario (20): el motor Google Search, por ejemplo, le permite saber dónde se encuentra el internauta, lo que busca y en qué momento. El navegador Google Chrome, un megadispositivo, envía directamente a Alphabet (la empresa matriz de Google) todo lo que hace el usuario en materia de navegación. Google Analytics elabora estadísticas muy precisas de las consultas de los internautas en la Red. Google Plus recoge información complementaria y la mezcla. Gmail analiza la correspondencia intercambiada, lo cual revela mucho sobre el emisor y sus contactos. El servicio DNS (Domain Name System, o Sistema de nombres de dominio) de Google analiza los sitios visitados. YouTube, el servicio de videos más consultado del mundo, que pertenece también a Google y, por tanto, a Alphabet, registra todo lo que hacemos en él. Google Maps identifica el lugar en el que nos encontramos, adónde vamos, cuándo y por cuál itinerario… AdWords sabe lo que queremos vender o promocionar. Y desde el momento en que encendemos un smartphone con Android, Google sabe inmediatamente dónde estamos y qué estamos haciendo. Nadie nos obliga a recurrir a Google, pero cuando lo hacemos, Google sabe todo de nosotros.  Y, según Julian Assange, inmediatamente informa de ello a las autoridades estadounidenses…

En otras ocasiones, los que espían y rastrean nuestros movimientos son sistemas disimulados o camuflados, semejantes a los radares de carretera, los drones o las cámaras de vigilancia (llamadas también de “videoprotección”). Este tipo de cámaras ha proliferado tanto que, por ejemplo, en el Reino Unido, donde hay más de cuatro millones de ellas (una por cada quince habitantes), un peatón puede ser filmado en Londres hasta 300 veces cada día. Y las cámaras de última generación, como la Gigapan, de altísima definición –más de mil millones de píxeles—, permiten obtener, con una sola fotografía y mediante un vertiginoso zoom dentro de la propia imagen, la ficha biométrica del rostro de cada una de las miles de personas presentes en un estadio, una manifestación o un mitin político.

A pesar de que hay estudios serios que han demostrado la débil eficacia de la videovigilancia en materia de seguridad, esta técnica sigue siendo refrendada por los grandes medios de comunicación. Incluso una parte de la opinión pública ha terminado por aceptar la restricción de sus propias libertades: el 63% de los franceses se declara dispuesto a una “limitación de las libertades individuales en Internet en razón de la lucha contra el terrorismo”. Lo cual demuestra que el margen de progreso en materia de sumisión es todavía considerable.

Una nueva concepción de la identidad parece emerger. Muchas personas no tienen ningún inconveniente en responder a encuestas en la Red sobre su intimidad y sus gustos en materia de lecturas, moda, cine, gastronomía, sexualidad, viajes, etc. Les gusta que Internet los conozca mejor para poder recibir propuestas personalizadas, adaptadas a su perfil…

 

Sociedades exhibicionistas
Hay que reconocer que muchas personas se burlan de la protección de la vida privada, y reclaman, por el contrario, el derecho a mostrar y exhibir su intimidad. Esto puede sorprender, pero si se reflexiona sobre ello, un manojo de señales y síntomas anunciaba, desde hace algún tiempo, la ineluctable llegada de este tipo de comportamientos, que mezcla inextricablemente voyeurismo y exhibicionismo, vigilancia y sumisión.

Su matriz lejana se encuentra, quizás, en una célebre película de Alfred Hitchcock, Rear Window (La ventana indiscreta, 1954), en la que un reportero gráfico (James Stewart), convaleciente en su casa, con una pierna enyesada, observa por ociosidad el comportamiento de sus vecinos de enfrente. En un diálogo con François Truffaut, Hitchcock explicaba: “Sí, el personaje era un voyeur, pero ¿no somos todos voyeurs?”. Truffaut lo admitía: “Todos somos voyeurs, aunque sólo sea cuando vemos una película intimista. Por otro lado, James Stewart se encuentra, en su ventana, en la misma situación de un espectador que ve una película”. Entonces, Hitchcock observaba: “Apuesto a que si alguien, al otro lado del patio, ve a una mujer que se desnuda antes de acostarse, o simplemente a un hombre que está ordenando su habitación, nueve de cada diez personas no podrán dejar de mirar. Podrían mirar para otro lado y decirse: ‘Esto no va conmigo’, podrían cerrar las persianas… Pero ¡no lo harán!, se quedarán mirando”.

El Imperio de la vigilancia
Ramonet describe en este libro la alianza sin precedentes entre el Estado, el aparato militar de seguridad y las grandes industrias de Internet que han originado este Imperio de la vigilancia.
Publicada por: Capital Intelectual
Fecha de publicación: 04/01/2016
Edición: 1a
ISBN: 9788494433825
Disponible en:Libro de bolsillo