Interesante

Adelanto de “Miguel de Cervantes – La conquista de la ironía”, de Jordi Gracia

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Esta biografía aspira a despojar a Cervantes de los 400 años de historia que le han caído encima para acercarnos a su dimensión humana y sentimental, a su condición de firme hombre de armas e inagotable hombre de letras, al escritor único y a su vitalidad arrebatada, a su defensa de la mujer y a su afán por entender la existencia como nadie la había entendido hasta entonces: en la encrucijada moderna de la ironía. Esa ha acabado siendo su mejor intimidad.

Ni desvalido ni predestinado, Cervantes logró escapar de su tiempo para plantarse en el centro del nuestro porque solo los clásicos viven como auténticos modernos. Pero ninguno lo es tanto como Cervantes en el Quijote, cuando ya la edad le encorva la espalda, sigue entera la alegría y nada le amarga el ánimo. La ironía y el ideal se dan la mano por primera vez en una novela imposible en su tiempo y tan genial hoy como entonces. Algunas de las razones para ese sortilegio están en esta biografía escrita con impulso narrativo, a pie de calle, fidedigna y renovadora.

A continuación un fragmento, a modo de adelanto:


Mesa de trucos para once novelas 

Las dudas sobre qué hacer con las novelas habían durado mucho y en el fondo sigue sin haberlas resuelto, o las ha resuelto a regañadientes. Ha inventado muchas y siguen gustándole las más emocionantes y las que son solo escenas dialogadas con diálogos en los que no pasa nada. No han llegado tampoco la fortuna ni el respeto que esperaba, y el éxito popular del Quijote no ha llegado al reconocimiento de las élites. Pero todo puede resolverlo esta novedad absoluta en que está pensando entre 1611 y 1612. Con Francisco de Robles se ve a menudo en el taller, han colaborado ya y Cervantes ayuda en este o en aquel encargo concreto. Se entretienen de más modos porque es prácticamente seguro que Francisco de Robles se dedica en cuerpo y alma a perder dinero a espuertas como jugador. Y de Cervantes sabemos que tiene deudas relevantes con él y tampoco hay la menor duda de que sabe todo lo que puede saberse sobre juegos, trileros, tahúres, trucos de mesa, tugurios, jugadas, jerga y naipes porque usa su lenguaje, sus comparaciones, sus imágenes una y otra vez en el teatro, en las novelas o en los entremeses.

Cuando esté ya a la venta en la librería de Robles el conjunto de novelas del que han hablado y que ahora Cervantes remata y cierra, las cosas cambiarán. O, cuando menos, Cervantes hará lo posible para que cambien y entiendan todos que el humor de su libro de 1604 no desmiente el valor de su autor ni rebaja su inteligencia y buen hacer, como no la desmienten ni Boiardo ni Ariosto ni Boccaccio, a pesar de las embestidas de la envidia, la miopía del didactismo instrumental y la soez práctica de la sátira con nombre y apellidos. Necesita tiempo y algo de calma, aunque ha tenido que pasar una temporada en Esquivias con Catalina porque entre fin de año y principios de 1612 Catalina quiere ceder parte de sus propiedades a su hermano Francisco.

De vuelta a casa, muchas veces revisa papeles con sus novelas y comedias, y les echa un vistazo resignado, al menos si encuentra las gafas que no encuentra. O las ha perdido o se las ha quedado Lope porque se las ha prestado esta tarde de marzo de 1612 para leer unos versos en casa de Saldaña. Lope está ahora tan averiado como el propio Cervantes porque se ha hecho daño en un brazo. El cirujano le ha dicho «que con esta última cura tendré salud, porque el hueso no está fuera de su lugar», aunque bien sabe Lope «que Dios castiga ahora en mis huesos los pecados de mi carne». Y además no está todavía el brazo para escribir y mientras se ponía las gafas sobre las narices, ingenioso y rapidísimo como siempre, le ha dicho a Cervantes que «parecían huevos estrellados mal hechos» (porque son gruesas y están hechas una calamidad), o al menos así se las describe Lope al jocoso y revoltoso Sesa.

Las revisa y relee, es verdad, y a menudo busca un orden para sus novelas y no lo halla. También algunas de las historias se siente obligado a retocarlas y alterarlas porque pueden no pasar la aprobación de la censura eclesiástica, pero también porque ha pasado el tiempo. Por si las moscas, Cervantes altera en varios lugares la historia ya antigua de El celoso extremeño porque tal como la escribió hace seis o siete años le parece que fue demasiado explícito sobre el adulterio de ella —ya «no estaba tan llorosa» en los brazos de su amante Loaysa, decía—. Quizá incluso puede ser más cruel la novela si el celoso es víctima de su turbia imaginación, sospechando el sexo que no ha existido. La ha revisado con cuidado y ha preferido difuminar si hubo o no hubo encuentro carnal, de manera que el celoso vive su ataque de cólera y su pacificación con ensañamiento adicional de Cervantes.

Lo que importa no es reprobar al viejo egoísta e incorregible, que es obvio y todo el mundo lo hace, sino educar a los padres y estimular el bien de «la voluntad libre» de Leonora (le acaba de cambiar el nombre a ella también porque se llama Isabela la protagonista de otra de las novelas que está revisando, La española  inglesa). Lo que importa es protegerla de las malditas dueñas solteras sin someterse a la egoísta voluntad económica de los padres y los viejos obtusos. Ha podado también de lecciones y sermones la versión anterior y ha quitado lo que había de moraleja directa, y casi celebra, como en el entremés sobre el «viejo podrido», que tiemblen las paredes mientras la muchacha de 15 años (afortunadamente adúltera) descubre a puerta cerrada lo que la impotencia de su viejo esposo le ha ocultado, «viejo maldito, que hasta aquí he vivido engañada contigo». Hoy en cambio la salvó el consuelo de conocer, como mínimo, a «un frailecico pequeñito», «vivo, vivo, chiquito, como unas perlas», aunque lo que hace temblar las paredes con ella dentro es más bien un «mozo bien dispuesto, pelinegro y que le huele la boca a mil azahares», mientras el público femenino, y yo con él, jalea atronador mientras se troncha de risa con el viejo, «viejo y reviejo», que buscaba compañía, sin dientes para nada, como no le quedan ya dientes a Cervantes, porque «la vejez es la total destruición de la dentadura», como mínimo.

Lo malo de estas podas lo sabe también Cervantes y es que ha tachado de un plumazo en la versión antigua su ajuste de cuentas contra la gente de barrio de Sevilla, prepotente y acosadora, fisgona y valentona. Le daba una vitalidad originalísima al texto y ahora no hay rastro ya de mozos solteros —o muy recién casados, que se comportan igual— vagando de barrio en barrio. Tras llevarse por delante las dos cuartillas, ahora asegura que hay «mucho que decir, pero por buenos respetos se deja» sin contar (porque lo acaba de tachar). Quizá la razón consiste en protegerse o no buscarse más problemas de los que ya ha tenido en Sevilla con los hijos de gente rica y muy puesta, con su toga hasta los pies y sus mangas abultadas. Esa página la escribió allí y debía llevar dentro alusiones que se nos escapan hoy sobre «los más ricos» de entre esa «gente ociosa y holgazana» que controla los barrios, «baldía, atildada y meliflua». En realidad, ha dejado solo esto porque la página originaria era un ataque a una capa social que conocía bien y a la que juzga muy mal, como hijos de padres atareados en hacer dinero en sus «tratos y contratos» mientras la ansiedad por exhibirse «revienta por sus hijos, y así los tratan y autorizan como si fuesen hijos de algún príncipe», como cree Cipión.

Pero no era el sitio ni era el hábito de Cervantes, que nunca actúa quijotescamente en literatura como debelador de errores, sino como transgresor irónico y tangencial de la realidad, mientras cuenta sus apariencias y gestos y voces. Por eso, ahora, también ha quitado la moraleja mecánica que había en la versión originaria de la historia y por suerte también borra la coletilla rutinaria sobre un cuento que «parece fingido y fabuloso» pero «fue verdadero». Yo, desde luego, le creo, aunque lo haya suprimido ahora, mientras revisa el manuscrito y quita y pone en las escenas y los diálogos. Ha decidido revisar otro cuento antiguo también, Rinconete y Cortadillo, y quita la justicia que imparte Monipodio contra el «bellaco desalmado, facinoroso e incorregible» que dejó a la Cariharta harta de moratones y cardenales por las piernas y brazos, golpeada con la correa sin quitarle la hebilla: «no ha de entrar por estas puertas el cobarde envesado si primero no hace una manifiesta penitencia del delito cometido». También retoca el texto aquí, antes de darlo por bueno, y entre otros detalles elimina del final la sobreactuación ejemplarizante y matiza precavido la condena de aquella que ya es solo «descuidada justicia» de Sevilla y solo desatenta a «gente tan perniciosa».

Como suele suceder con Cervantes, lo que siente y medita, lo que le pasa en ese o aquel momento, llega filtrado como ficción en el relato o en la comedia que tiene entre manos, y en el Quijo- te sucede muchas veces. Esas dudas llegan de forma transparente cuando pone por escrito las razones que en algún momento le decidieron a hacer lo contrario que había hecho en la primera parte y en La Galatea, quizá porque al mismo tiempo saltaba el chispazo o la oportunidad de publicar las novelas reunidas, como nadie había hecho aún tampoco. Rompe ahora el hábito aprendido en La Galatea y sofisticado en el Quijote, mientras echa el último vistazo al mazo de papeles antes de llevárselos a Robles para que encargue el original en limpio sobre la primavera de 1612.

Irán juntas sus historias tanto si caben en otros libros como si no, y tanto si sospecha que algunos lectores tienen razón como si no. Yo creo que a regañadientes, Cervantes no ha querido ahora, para la continuación del Quijote en el capítulo 44, «injerir novelas sueltas ni pegadizas sino algunos episodios que lo pareciesen, nacidos de los mismos sucesos que la verdad ofrece», sin extenderse en exceso, «pues se contienen y cierran en los estrechos límites de la narración». Tienen vida propia y autonomía porque pueden ser tan dispares como el sabihondísimo Cipión del Coloquio de los  perros sabe, y es que «los cuentos unos encierran y tienen la gracia en ellos mismos» y otros «en el modo de contarlos». Algunos «hay que aunque se cuenten sin preámbulos y ornamentos de palabras, dan contento», otros es preciso «vestirlos de palabras» y hasta representarlos con «demostraciones del rostro y de las manos» para que dejen de estar «+ojos y desmayados» y se hagan «agudos y gustosos ». En la práctica, esos cuentos tienen «habilidad, suficiencia y entendimiento para tratar del universo todo», y por eso en son de pura burla y en confianza casi confidencial, pide Cervantes ya en el Quijote que «no se desprecie su trabajo y se le den alabanzas, no por lo que escribe sino por lo que ha dejado de escribir» al excluir los cuentos de esta segunda parte de la historia: irán a otro sitio y tendrán libro propio tanto si las ha llamado ya Novelas ejemplares como si no.

Cervantes claudica y se ciñe a una sola historia central, como si se resignase a depender solo y contra su criterio de «una historia tan seca y tan limitada como esta», «sin osar extenderse a otras digresiones y episodios más graves y más entretenidos» porque eso de hablar solo del mismo sujeto es «un trabajo incomportable» y por tanto arriesgadísimo. Precisamente por huir de esa pesadez «había usado en la primera parte del artificio de algunas novelas», la del curioso impertinente y la del capitán cautivo, «que están como separadas de la historia», aunque las otras que «se cuentan son casos sucedidos al mismo don Quijote, que no podían dejar de escribirse», de modo que la crítica vale solo para esas dos y no para el resto. Así Cervantes evita que la gente las pase «con prisa o con enfado» y «sin advertir la gala y artificio que en sí contienen». Quedará todo «bien al descubierto» y a la vista cuando «salieran a luz» porque ya sabe que van a salir, aunque no exactamente cuándo.

Las recuenta todas en este mayo de 1612, siguen saliéndole doce, como doce son las comedias que editan a Lope en cada una de las Partes aparecidas desde 1604. Podría acabar siendo verdad, como tantos dicen, que su verdadero talento está en el cuento y no en la comedia ni desde luego en el verso. En todo caso, a Cervantes este libro de novelas se le antoja crucial para cambiar la visión que los demás han ido haciendo de él, atropellada, tontorrona, equivocada y a menudo simplemente absurda, como si de la cabeza de un loco pudiera salir la historia cómica de un loco cuando hace falta una altísima cordura para fabricar a un loco que es, a la vez, más cuerdo que la inmensa mayoría de sus propios lectores.

Es irritante la confusión y es irritante también el olvido de todo lo demás que Cervantes lleva hecho en esta vida, aunque no se le oculta la precaria cortedad de la mayoría de colegas. Son tan zotes como los que pastorea en el manuscrito en verso que tiene parado, incluidos los graves eclesiásticos que hablan de literatura sin haber vivido nada, atreviéndose a juzgar lo que ni entienden ni han sabido apreciar, fuera de la vida real y metidos entre saberes estériles. Sería completamente absurdo, además, ensombrecer las Novelas ejemplares publicando a la vez libro tan burlón y bullicioso como el Viaje, como sería poco inteligente regalarles a tantos bocazas un viaje donde salen todos los autores vivos habidos y por haber. En nada ayudaría a dar el relieve que Cervantes busca para sus Novelas para corregir su estimación pública, seguro de la calidad y la novedad de su invento, e impaciente por hacerles entender que su libro de chistes y humoradas tiene más cosas que chistes y humoradas. No es escritor por debajo de los niveles de exigencia de los cultos e informados aunque les haya confundido y desconcertado la extravagancia de su libro. El Viaje del Parnaso sería ahora un estorbo, aunque no deje de escribir en él.

Cervantes se prohíbe seguir retocando ya más las novelas, ninguna se parece entre sí y cada una intenta ser una cosa nueva, provocativa y hasta ligeramente retadora. Tampoco cede ya a la tentación de acabar las que están inacabadas cuando toma otra decisión, impulsiva y genial, como es fundir dos de ellas, una corta y una más larga, de modo que no se sabe bien si el Coloquio de  los perros va engastada en El casamiento engañoso, si es al revés, o si pertenecen a un libro mayor que pudiera contener la historia no solo de uno de los perros sino también del otro. El relato mismo de Rinconete y Cortadillo llevaba dentro otras muchas historias tomadas de las vidas altivas y desastradas de la golfería sevillana de Monipodio. La última debería ser esa misma del Coloquio de los perros, que ha escrito hace poco y que además deja abierta la puerta de una continuación, ya casi en la otra vida, es verdad, porque están tocándole las sesenta y cinco campanadas (cuando un Quevedo se siente acabado y casi moribundo apenas a sus 41 y a Lope le asalta la conciencia de la decrepitud sobre la misma edad: por eso Cervantes se llama a sí mismo «semidifunto» en el Viaje).

Al final decide provocadoramente abrir el libro con otra de las últimas que ha escrito, La gitanilla, porque a nadie se le ocurriría dedicar un cuento a la vida de una gitana. Nada tiene de común y sí mucho de extravagante decidir que la protagonista de un cuento vaya a ser una gitanilla que baila y piensa con la gracia que tiene la suya, tanto si se parece como si no se parece a la medio gitana Martina, su prima, o a Luisa de Montoya, que vivía con él en la casa de Valladolid. Algunos han creído leer esa remota historia de la familia en la historia de La gitanilla y el compromiso del caballero y poeta de casarse con ella tras su noviciado de gitano durante dos años. Está, sin duda, con guiños tan obvios como nacer a la niña Preciosa el día de San Miguel, pero es lo de menos sin más datos. Lo de más es la celebración contagiosa del ingenio, la agudeza y el temple vital de una marginalidad con su ley interior y su código privado, mezcla de repudio de la norma social del honor y las condiciones de la legalidad, mezcla de instinto insumiso y rechazo del orden burgués esclavo de los tres destinos, iglesia, mar o casa real, netamente más coherente y noble en todo caso que la cicatería vergonzante de las casas donde cantan gitanas como Preciosa, ante el embotamiento erótico de los señores que además no pagan el baile.

Lo de más es también que vuelve a tocar Cervantes teclas inéditas porque la gitanería no es el peldaño que conduce a la escalera de la consagración celestial sino más bien el estigma que repudia, sin decirlo expresamente. No hay tara insalvable alguna en unas gentes que injustamente parece que «nacieron en el mundo para ser ladrones». Y sin embargo a sus quince años esta Preciosa sabe de la precocidad que la experiencia les da porque «el sustentar su vida consiste en ser agudos, astutos y embusteros» y jamás el ingenio «les cría moho en ninguna manera», como le sucede a ella, algo más desenvuelta de lo aconsejable pero nunca recitadora de cantares lascivos (ni los canta nadie delante de ella, puntualiza Cervantes, decoroso), y sí en cambio en «libertad desenfadada, sin que la ahogue ni la turbe la enfermedad de los celos». Esta gitana valiente que no es gitana, sino noble camuflada, vuelve a ser una de las poderosas mujeres de Cervantes, menuda y ágil, lista y valiente como lo son tantas en este libro que he perdido ya la cuenta.

Pero puede ir la primera también en su libro de novelas porque Cervantes sabe que le ha salido una cosa rara por otra razón más y es desde luego una conquista más de la ironía como método e irrenunciable naturaleza de lo humano. Y es que en ella ha logrado fundir muy bien, como ha hecho también en algunas otras (entre ellas, desde luego, el Quijote), el tirón de la calle y el tirón de la fantasía, el tirón del humor y el tirón de la magia, la redención del final feliz pero anclado en la realidad de los campamentos y las muchachas pidiendo por las casas. De hecho son los cuentos y las novelas que definitivamente está colonizando en los últimos años de su vida porque son en sí mismos la expresión plena de su madurez humana, fundidos los contrarios en combinaciones armónicas: también ese cuento de La gitanilla ha sido un laboratorio más de mezclas para conciliar novelas inconciliables, entre historias de altos caballeros e historias de bajas criaturas, y llevan dentro el placer de lo real fundido con el placer de lo fantástico.

La fusión irónica de lo que no es y es a la vez está tan viva en el Coloquio que disfruta Cervantes muy a la vista con sucesos «que exceden a toda imaginación, pues van fuera de todos los términos de naturaleza». No hay otro remedio que acatarlos, «sin hacerse cruces, ni alegar imposibles ni dificultades» para que cada cual «se acomode a creerlo», prestándole al lector algún apoyo, algún auxilio que encaje en lo posible lo imposible. Hasta «yo mismo —cuenta el alférez Campuzano de El casamiento engañoso— no he querido dar crédito a mí mismo, y he querido tener por cosa soñada lo que realmente estando despierto con todos mis cinco sentidos» llegó a escuchar y después a escribir, «de donde se puede tomar indicio bastante que mueva y persuada a creer esta verdad que digo». En el centro del relato hay esa bomba de calor irónica que destila en cada réplica de los perros y que son a la vez y no son lo que son. Los perros Cipión y Berganza hablaron, y hablaron de verdad, porque las cosas que dijeron el alférez no las pudo «inventar de mío, a mi pesar y contra mi opinión». Y no soñaba pero desde luego parece un sueño, y es verdad que «tenía delicado el juicio, delicado, sotil y desocupada la memoria». Por eso, con unas pasas y unas almendras que tan bien van para la retentiva, transcribió de memoria lo que oyó «y casi por las mismas palabras que había oído lo escribí otro día».

Con la media sonrisa habitual, Cervantes aplaza la decisión de si contar o no contar la historia de Cipión hasta saber si los lectores se creen la de Berganza «o, a lo menos, no se desprecie», porque oír a los perros, los oyó. Es el Cervantes puro de este final de su vida, diciendo que sí y que no a la vez, dejando el rastro confuso de una intrigante incertidumbre sin solución, como no sé tampoco si le inquieta mucho el orden de las demás historias, pero creo que poco o no demasiado. Le inquieta sobre todo que despierten en el lector la sensación de estar ante un puñado de cuentos que uno lee por donde quiere y como quiere, con el humor de leer esta y después aquella historia. Y si ahora va El amante liberal antes de Rinconete y Cortadillo es porque La española inglesa contrasta del todo con la de los muchachos y, desde luego, El licenciado Vidriera tiene bien poco que ver con La fuerza de la sangre mientras la siguiente, El celoso extremeño, vuelve a meter al lector en una ficción de barrio y artificio ingenioso al modo de la comedia, más cerca de La ilustre fregona que de las aventuras italianas y emocionantes de Las dos doncellas, que vuelven a irse a la fantasía geográfica y sentimental, como La señora Cornelia (seguro que estas tres las jaleaban a dos manos las mujeres de casa cuando las leía Cervantes).

Las dos finales y fundidas dejarían al lector otra vez con los pies completamente en el suelo y en el aire a la vez de si sí o si no, con la historia de un alférez Campuzano embaucador, embaucado y sifilítico, con la fiebre seguramente alta para soñar cosas sorprendentes en las horas de reposo, y como si el lector estuviese viendo lo que dice el título de la novela sobre dos «perros del hospital de la Resurrección, que está en la ciudad de Valladolid, fuera de la puerta del Campo, a quien comúnmente llaman los perros de Mahúdes». En la ciudad todos sabían que este Luis de Mahúdes había fundado un primer hospital de desamparados y había muerto ya, pero no sus perros, que custodiaban ahora el nuevo hospital construido a las afueras de Valladolid, poco antes de que Cervantes se instalase junto a él en el Rastro de los Carneros. Casi parece haber visto Cervantes las mismas «esteras viejas» que tenía delante Campuzano y que tiene debajo el perro Cipión en el mismo principio de su Coloquio para «gozar sin ser sentidos de esta no vista merced que el cielo» le ha dado a él y a su colega Berganza. Había avisado Cervantes ya, porque en otra de sus novelas no hay duda de que el perro va a empezar a hablar.

Las ganas de rumiar en voz alta llenan ese cuento de retratos y censuras de gitanos, de jueces, alguaciles y brujas, de poetas idiotas y matemáticos tronados, de arbitristas y «hombrecillos que a la sombra de sus amos se atreven a ser insolentes». Ahora los perros «filosofan» y meditan sobre casi todo lo habido y por haber, contra murmuradores y figurones, contra la ridiculez de los pedantes y los quejumbrosos de sus desventuras (falsas), los «testigos falsos» y la «ley del encaje», contra las trolas y artificios de las brujas hechiceras como las famosas de Montilla. Cervantes parece encontrar en las voces del Coloquio la distancia autobiográfica óptima de una ficción que sienta sus verdades sin atalaya, echado él como los perros sobre la estera, sin prepotencia pero con ganas de dejar de morderse la lengua, «quedándome tantas cosas por decir que no sé cómo ni cuándo podré acabarlas». Lo que ha asumido sin duda es lo mismo que su licenciado Vidriera, tan escarmentado como el propio Berganza mientras «la sabiduría en el pobre está asombrada» porque vive en sombra, inaudible y desatendida, y si «acaso se descubre» y habla en voz alta, «la juzgan por tontedad y la tratan con menosprecio». No parecen saber que en la «realidad verdadera» y a pesar de la nunca fiable «estimación de las gentes», «la virtud y el buen entendimiento» pueden estar en el loco, en el escudero o en el hidalgo sabio y pobre porque «siempre es una» la virtud, y «siempre es uno» el entendimiento, «desnudo o vestido, solo o acompañado».

Aunque sea verdad que «a las cosas que tienen de imposibles / siempre mi pluma se ha mostrado esquiva», la invasiva sensación de libertad que la ironía le otorga ha roto ese principio sin descartarlo. Convive junto con la convicción de que son las cosas «que tienen vislumbre de posibles, / de dulces, de suaves y de ciertas» las que «explican mis borrones apacibles», más propenso siempre a la consonancia y la armonía que a la «disparidad». Como sabe desde los tiempos remotos de Argel y no ha dejado de creer, no puede «agradar un desatino, / si no es que de propósito se hace, / mostrándole el donaire su camino», y entonces la ficción funciona sin límite porque «la mentira satisface / cuando verdad parece y está escrita / con gracia que al discreto siempre aplace».

Por supuesto, estas novelas llevan ya el título, exagerado y preventivo, de Novelas ejemplares de honestísimo entretenimiento, para descartar de inmediato la sospecha sobre la inmoralidad habitual de las novelas y los cuentos. Título y prólogo servirán para proteger las leves heterodoxias de varias de ellas, pero sobre todo importa escapar a la expectativa del bromista sin otra virtud. Es énfasis impropio de Cervantes pero no del ánimo que ahora lleva Cervantes con el libro, tanto si sabe como si no sabe que uno de los censores será un buen amigo y que, sin duda, ofrecerá una entusiasta aprobación diría yo que después de haber leído su prólogo. Casi lo cita y lo sigue en su propia aprobación. Cervantes se ha tomado ese prólogo tan en serio que no renuncia a la gasa irónica de su madurez pero desde luego tampoco oculta, tras tanto tiempo sin publicar nada, el revuelo que había causado el prólogo de 1604 al Quijote y su soliviantadora decisión de burlarse de los afanes de tantos con un prólogo que no parece prólogo y los versos atribuidos a Rocinante, a Urganda y los demás.

Y entre la zumba sobre lo mal que le fue con el prólogo del Quijote coloca a la vez la verdad imperiosa de que «yo soy el primero que ha novelado en lengua castellana», sin hacer lo que hacen todos, que es traducir y adaptar del francés y, sobre todo, del italiano novelas de otros. Estas «son mías propias, no imitadas ni hurtadas; mi ingenio las engendró y las parió mi pluma, y van creciendo ya en los brazos de la estampa». Y por si alguno ha creído de veras que no tiene amigos que le pongan poemas a sus libros como en el Quijote, encontraría sin duda «dos docenas de testimonios » que bien aleccionados «en secreto» hablarían de sus virtudes, porque «pensar que dicen puntualmente la verdad los tales elogios es disparate». Y para asomar ya del todo y de cara se autorretrata ahora este hombre que se «atreve a salir con tantas invenciones en la plaza del mundo» con su «rostro aguileño» y alargado, «de cabello castaño, frente lisa y desembarazada», «nariz corva» pero «bien proporcionada». A mí me sigue recordando invenciblemente al caballero de cincuenta años del Verde Gabán, aunque este Cervantes tiene ya algunos más, con los ojos igual de alegres que siempre, pero las barbas que fueron rubias son ahora «barbas de plata» con bigotes grandes, boca pequeña y pocos dientes, «tan mal acondicionados» como «peor puestos porque no tienen correspondencia los unos con los otros». Este es el autor de La Galatea y el Quijote, y también «del que hizo el Viaje del Parnaso a imitación del de César Caporali», aunque no esté impreso y no esté acabado del todo, además de otras obras «que andan por ahí descarriadas y quizá sin el nombre de su dueño».

Cervantes ni se acuerda en esta primavera de 1612 de su teatro, como le ha pasado alguna otra vez, pero sí por supuesto de que ha sido soldado muchos años y cautivo «cinco y medio» (aunque añade el medio), «donde aprendió a tener paciencia en las adversidades » tras haber perdido en Lepanto «la mano izquierda de un arcabuzazo» para lección de poetines y poetones que lamentablemente ignoran la íntima solidaridad de armas y letras ni saben nada de lo que es una vida integral y completa. Puede que no sepan que Lepanto fue para él, y para quienes tienen la edad que tiene él, un antes y un después, un parteaguas de la cristiandad contra el infiel musulmán, y vivida como «la más memorable y alta ocasión que vieron los pasados siglos, ni esperan ver los venideros, militando debajo de las vencedoras banderas» del hijo de Carlos V, tanto si a la muchachada le parece una herida fea como si la respetan por tan hermosa como la siente él.

Le cuesta ya poco «decir verdades, que dichas por señas suelen ser entendidas», y para empezar que nadie podrá hacer con este libro nuevo nada semejante a lo que algunos han hecho con el Quijote, desmenuzándolo y criticando aquí y allí minucias y nimiedades, porque estas novelas «no tienen pies, ni cabeza, ni entrañas ni cosa que les parezca». Mal podrán hacer con él «pepitoria» ni escabechina alguna, ni podrán tampoco sacar conclusiones precipitadas ni confundir al autor con el protagonista, ni siquiera ridiculizar la invención de un libro que trata de un loco porque aquí ofrece «una mesa de trucos, donde cada uno pueda llegar a entretenerse sin daño de barras», ni del «alma ni del cuerpo». Van destinadas a quienes tienen el tiempo a su favor y de cara, a quienes acierten a cuidar el tiempo propio para la ficción, sin rendirse a todas horas a la solemnidad de los templos y los oratorios y ni siquiera a los negocios, «por calificados que sean», porque «horas hay de recreación, donde el afligido espíritu descanse» —lo llama santo Tomás eutrapelia, como le dirá al oído fray Juan Bautista—, como descansa el hombre en los jardines, los paseos y las fuentes. A los más enclenques de ánimo, y menos viajados y vividos, como algunos clérigos con mando, les pueden parecer algunas de sus historias atrevidas o procaces, demasiado inventivas y raras. Pero pone por testigo irónico su avanzada edad para que sepan que a estas alturas, «no está ya para burlarse con la otra vida, que al cincuenta y cinco de los años gano por nueve más y por la mano» (o sea, casi 65 años), echando mano del argot de tahúr que no habría de alarmar a lector alguno pero sí hacerle sonreír.

Apenas ha tenido tiempo de retomar otros papeles porque ha habido buena suerte, y al menos uno de los lectores asignados para su libro en el Consejo a primeros de julio de 1612 es poco menos que vecino suyo. Reside en el convento de la Santísima Trinidad, en la calle Atocha, cerca de donde vive Cervantes ahora, en la calle Huertas, o quizá al final, en la plazuela de Matute. Acude allí a menudo y a veces tiene encuentros desapacibles con sujetos «sotiles y almidonados», como los que evoca en el prólogo de las Novelas, o muchachos (o chachos) con ese cuello de valona que le carga tanto, «tan grande y tan almidonado». Pero el fraile Juan Bautista es todo lo contrario, lo tiene por hombre santo y lo ha descrito ya en los versos del inédito Viaje del Parnaso «de amarillez marchita», «descalzo y pobre, pero bien vestido / con el adorno de la fama». Desde luego la aprobación del fraile, por encargo del cardenal Bernardo de Sandoval, juzga sus novelas de «entretenimiento honesto» y sobre todo entiende que «entretienen con su novedad, enseñan con sus ejemplos a huir vicios y seguir virtudes». Pero en particular añade que «el autor cumple con su intento, con que da honra a nuestra lengua castellana», además de los avisos que difunde «de los daños que de algunos vicios se siguen». Ha leído bien el prólogo de Cervantes y evoca la virtud del ocio reparador y el «entretenimiento honesto» que sentencia santo Tomás porque «la verdadera eutrapelia está en estas novelas », impecablemente blindadas por «la sentencia llana del angélico doctor santo Tomás».

Miguel de Cervantes
Se cumplen 400 años del fallecimiento de Cervantes, conmemoración clave de 2016 en España. Después del aniversario, en 2005, de la publicación de El Quijote, en 2016 las celebraciones se centrarán en torno a la figura del escritor. Es el momento idóneo para esta biografía renovadora, que realmente se centra en retratar a Cervantes como hombre y como escritor.
Publicada por: Taurus
Fecha de publicación: 05/01/2016
Edición: 1a
ISBN: 9788430618064
Disponible en:Libro de bolsillo