Interesante

Adelanto de “¿Qué hace una chica como yo en una edad como ésta?”, de Gabriela Acher

portada_que-hace-una-chica-como-yo-en-una-edad-como-esta_gabriela-acher_201604261441


“¿Por qué no?”, dice Gabriela Acher en ¿Qué hace una chica como yo en una edad como ésta?. “A los 60, si además de yoga  hacen ejercicio aeróbico y una dieta estricta, tienen un buen osteópata, un oftalmólogo piola, un neurólogo fuera de serie, un gerontólogo consciente, un kinesiólogo aggiornado, una ortopedia maravillosa, una masajista canchera y, sobre todo, un psiquiatra de confianza ¡pueden estar mejor que nunca!”

Vocera multigeneracional de las mujeres, desterradora de mitos por vocación, en este libro Gabriela Acher pone la lupa en el paso del tiempo, las relaciones con los hombres, la menopausia, la familia, la tecnología, las cirugías y la importancia de la amistad. Con su mirada hilarante y lúcida, vuelve a hablar de temas serios (y hasta tabú) del mejor modo posible: con humor. “El más favorecido de los mortales es aquel que aprendió a reírse de sí mismo, porque siempre tendrá algo de qué reír”, asegura. Y tiene razón.

A continuación un fragmento, a modo de adelanto:

¿Hubo vida antes de Google?

Laura sonaba preocupada en el teléfono.

—Estoy harta de la tecnología. Es demasiada exposición y ya me está dando miedo.

—¿Miedo? Por qué?

—Le tengo miedo a los mails. A veces no me animo a prender la compu por el miedo a la cantidad de mails que tengo que contestar y no quiero. Y ni te cuento del Messenger… Cada vez lo abro menos porque no tengo tiempo para contestarle a todos y me da culpa ver que alguien está tratando de comunicarse conmigo y yo no contesto. Estoy como escondida detrás de la compu y me parece que todos saben que estoy ahí pero que no quiero contestar.

—Entonces lo tuyo no es miedo: es culpa.

—Es miedo también porque además estamos poniendo toda la información en estos aparatos, mientras nosotros nos vamos vaciando.

—¡Cierto! Pensar que antes yo sabía de memoria los teléfonos de todas mis amigas, los de mi familia, los de todas las casas donde viví… Me sabía casi toda la guía telefónica. ¿Te acordás de la guía telefónica? ¿Hubo vida antes de Google?

—¡Te lo digo!

—Ahora no sé el teléfono de nadie, he donado mi memoria a los aparatos.

—¡Y esto recién empieza! Ahora le donamos nuestra memoria, pero después les vamos a ir donando todas nuestras capacidades.

—¡Es verdad! Ya tenemos heladeras inteligentes, que hacen la compra por nosotras, hornos que cocinan solos nuestra comida… Mientras no me la coman, yo feliz con eso. Acordate de que soy actriz y solo entro a una cocina si me ponen marcas en el piso.

—Vas a ver lo que te digo: en un futuro cercano va a haber muy pocas cosas que hagamos personalmente.

—¡No estaría mal! Pensalo: tendremos aparatos que hagan footing por nosotras, que hagan gimnasia por nosotras. Los más ricos van a tener aparatos que esquíen por ellos; los actores, máquinas que firmen autógrafos por ellos…

—¡Vos reíte! Pero ¿no te das cuenta de que ya pronto nuestra mente no nos va a servir para nada?

Cuando cortamos, me quedé pensando en las palabras de Laura. Y tuve que reconocer que es verdad: tenemos una dependencia espantosa con las máquinas. Ya casi no podemos vivir sin el celular. ¿Hubo vida antes de Internet?

Se supone que las máquinas fueron inventadas para hacernos más fácil la vida y para hacernos ganar tiempo. Mentira. No recuerdo nada en este mundo —salvo algunos hombres— que me hayan hecho perder más tiempo que las máquinas.

Y cuando digo máquinas me refiero al celular, a la Laptop, al Ipad, al conversor, al reproductor de DVD, al MP3 y a la computadora que la parió.

Para empezar, hay que estar en contacto con electricidad todo el tiempo: enchufes diferentes, plugs, cables blancos, rojos y amarillos, distintas corrientes (110 y 220). Yo vivo tan electrificada que la gente me toca y le doy un electroshock.

El primero que me hizo sufrir fue el MP3 (y ya quedó antediluviano) al que cuando aprendí a hacerlo andar, ya había gastado como diez pilas. ¡Y todavía no había escuchado nada! Eso no fue lo peor. Lo peor fue que cuando aprendí a usarlo, ¡ya había desaparecido y había sido reemplazado por algo infinitamente más sofisticado e infinitamente más difícil de aprender!

¡Pensar que yo era tan feliz con el VHS! Y cuando ya tenía grabados un montón de programas interesantísimos, desapareció sin dejar rastros para ser reemplazado por el DVD, que será, a su vez, rápidamente reemplazado por otro, al que habrá que aprender a manejar antes de desecharlo por obsoleto. Y así ad infinitum.

La tecnología es un vértigo constante. Y una de las características de la edad es que te volvés más lenta. Encima de que tenés poco tiempo, ¡no podés apurarte!

 

Claves: ¡socorro!

Otra pesadilla sin retorno son las claves. Hay que tener una para el celular, otra para la compu, otra para el Ipad, otra para el mail, otra para el cajero automático (y no dejes pasar mucho tiempo sin usarlo porque te la bloquean y hay que cambiarla), otra para llamar al banco, otra para el home banking, otra para la tarjeta (y ni te cuento si tenés más de una), otra para la prepaga, otra para Netflix, otra para el supermercado, otra para llamar a tu tía Gregoria y…¡socorro!

¿Quien puede retener a los 60 años tantos números distintos, algunos mezclados con letras mayúsculas y minúsculas a las que hay que ir cambiando constantemente? ¡Es una confabulación!

Aunque la computadora es la peor. Porque apenas la prendo, cada dos microsegundos me pone alguna maldita advertencia: tengo que ponerme al día con el último update (y parece haber millones de ellos) so pena de arriesgarme a que explote la máquina la siguiente vez que la abra.

O que mi computadora no está bien protegida, y que para eso tengo que comprar el nuevo antivirus, que venden ellos casualmente, y que se puede comprar online a un módico  precio con su tarjeta de crédito. Y si no lo hago, los virus me van a morfar todo el disco rígido.

O que han descubierto un asunto importante al que debo prestarle atención inmediatamente y para eso tengo que clickear aquí y después me entran listas interminables de tareas a hacer, incluidos contratos infinitos que hay que leer y con los que hay que acordar antes de poder arribar a lo que sea que estabas buscando en primer lugar y que para ese entonces lo más seguro es que ya lo haya olvidado.

 

Yo les pago la entrada

Hace un par de años largos, estábamos reunidas en casa con mi amiga Lucy y yo había alquilado el DVD de una película que ambas moríamos por ver. Hacía tiempo que no nos reuníamos y mientras nos preparábamos para verla, recordamos entre risas que la última vez que nos habíamos visto fue también en mi casa para ver una película.

Solo que en aquella oportunidad no pudimos hacer andar el flamante reproductor de DVD que yo estaba estrenando, y para la hora en la que llegó mi hijo a casa, nos encontró viendo la película en blanco y negro y sin sonido. Eran como las dos de la mañana y habíamos estado horas tratando de hacer funcionar el maldito DVD sin saber dónde iba cada maldito enchufe.

La cuestión es que después de enchufar en todos los orificios sin ningún éxito, y en un acto de desesperación, llamamos por teléfono al videoclub, donde el pobre empleado no podía hacernos entender que estaba solo y le era imposible venir a hacer andar la maldita máquina.

Entonces empezó a dirigirnos por teléfono y estuvimos durante horas manipulando los cables con un cuchillo, a falta de destornillador, para únicamente lograr ver la película en blanco y negro y completamente muda.

Cuando llegó mi hijo, ya habíamos visto la mitad y entendido la cuarta parte. Entonces la criatura nos indicó con compasión infinita:

—Les explico esto y traten de memorizarlo para la próxima vez: el cable amarillo va en el agujero amarillo. El blanco, en el agujero blanco. Y el rojo, en el agujero rojo.

—¡Qué boludas que éramos! —dice ahora Lucy canchera—. Igual menos mal que ya tenés bien enchufado el DVD.

Nos acomodamos los almohadones y nos dispusimos a ver la película. Eran las 9 de la noche. Pero cuando intento encender el reproductor, no se enciende.

—Debe ser el enchufe —Lucy seguía canchereando—. Fijate si está enchufado.

Estaba. Tratamos de encenderlo nuevamente: no prende.

Cambiamos el enchufe de lugar en la zapatilla. No enciende.

Llamamos a mi hijo que está en su cuarto con sus amigos, escuchando música a todo lo que da.

No viene. Le pego un grito.

Manda al amigo.

El amigo repite todo lo que Lucy y yo habíamos hecho.

No enciende.

Viene mi hijo bajo amenaza de muerte.

Repite el procedimiento. No enciende.

—Está quemado —sentencia.

—¿Cómo quemado? Si es nuevo…

—Bueno… Nuevo no es. Ya tiene como dos años.

—¿Y eso te parece viejo? —me deprimí—. ¿Qué queda para mí?

—Se debe haber quemado durante una baja de tensión, porque estuvo enchufado y hubo muchos cortes de luz. ¿Por qué no lo miran en la laptop que tiene reproductor de DVD?

—Pero ¿lo podés pasar por la tele así lo vemos en pantalla grande?

—¿Ahora? —bufa—. Eso me va a llevar mucho tiempo y estoy con mis amigos…

—¡No me importa! ¡Yo también estoy con una amiga y queremos ver una película y para eso necesito que me hagas andar estos malditos aparatos!

—¡No me empujes, mamá!

—Si yo no hubiera empujado, vos todavía estarías en el útero.

—Bueno —se resigna—. Pero entonces véanlo abajo y se los paso por el proyector, que ya está todo instalado y va a ser más sencillo. Traigan la laptop y el cable.

—Gracias, hijo. Sos mi salvación.

—Y vos sos mi desgracia —masculló.

Lucy y yo trasladamos todos los petates y nos fuimos para abajo a ver la película en el living. Para esto ya eran las diez de la noche.

—¡Qué suerte! —dice Lucy—. Yo prefiero verla en pantalla grande así no me tengo que poner los lentes.

Esperamos hasta que mi hijo instaló toda la parafernalia.

No se ve nada.

—¿Qué pasa? —me desespero.

—No sé, mamá, no quiere agarrar. Y yo no lo puedo arreglar ahora… ¿Por qué no la ven en la laptop y se dejan de…?

—¡Ojo con lo que vas a decir! —lo interrumpí antes de que dijera algo sin retorno, en semejante momento en el que ni siquiera me puedo enojar con él porque lo necesito para ver ¡una maldita película en DVD!

De vuelta con los petates para mi cuarto, ya descompuestas de la risa, pensando que algún espíritu maligno nos estaba jugando otra vez esta mala pasada.

—Pero decime la verdad —reflexionaba Lucy—. ¿No te parece demasiado que se descomponga tu reproductor de DVD y que tampoco se pueda ver con el proyector?

—Para mí que es nuestra energía conjunta la que quema los aparatos.

—Sabés que soy agnóstica.

—Sí, pero aún para los agnósticos existe la electricidad.

Para todo esto, ya eran las doce de la noche cuando nos instalamos en mi cuarto para ver la película en la laptop. Se cuelga. No se ve nada. «Windows vista is not responding».

No nos podíamos resignar. Tocamos todo lo que había.

Reseteamos la máquina. Sacamos y pusimos el DVD unas 300 veces. «Not responding».

—Debe ser la copia —aventuro al borde de un ataque de nervios—. Ya me pasó otra vez con otra copia que no pudo leer.

—¡Esto no está sucediendo! —exclama Lucy—. Es peor que la vez pasada: ahora son tres los aparatos que no quieren mostrarnos la peli… ¿No te das cuenta de que esto no es normal? Llamá a tu hijo.

—¿Otra vez? No me animo, me va a sacar cagando.

—Pero ¿vos te pasaste treinta años ocupándote de él y ahora él no puede venir a arreglarte la computadora? Los próximos 30 años le corresponden a él. Andá diciéndoselo.

—Tiene 24.

—Me da lo mismo. Llamalo.

Lo llamo. Viene mi hijo bufando.

—¿No quieren ir a verla al cine? Yo les pago la entrada —pregunta sarcástico.

—No anda la laptop, no quiere reproducir la película.

—¡Quiero ser libre! —sobreactúa mientras repite todo el procedimiento.

A él tampoco le anda.

—Es la copia. Debe ser trucha y por eso no la reproduce.

Prueben con otra película. Si la pasa, es que era la copia.

—¿Y si no?

—Si no, empezá a rezar porque se te cagó la laptop.

—Pero ¿será posible? Yo necesito a un culpable, necesito echarle la culpa a alguien.

—Bueno, empezá —sugiere Lucy—. Tenés al videoclub, a la tormenta, a la zapatilla…

—A vuestra ineptitud —agrega mi hijo.

—Hijo, ¿te acordás de cuándo eras chiquito y yo te gustaba?

No llegó a contestar porque sonó el teléfono.

—Hola, Gabriela, una amiga me dio tu número y quería preguntarte si no hacías shows para mujeres de 80.

—No —le contesté—. Todavía no llegué hasta ahí. Lo más lejos que he llegado es a un show que habla de los 50 y se ve que todavía no me he repuesto de ese shock. Y el próximo libro, que será sobre los 60, todavía está muy verde.

—¡Qué lástima! —respondió—. Porque somos varias mujeres de 80 que estamos todavía muy activas y con ganas de divertirnos.

—No sabés cómo te comprendo… Pero no te puedo mentir: no tengo nada para los 80.

Cuando terminé de hablar, Lucy no podía aguantar la risa.

—¿Se puede saber qué es lo que te causa tanta gracia?

—Pero ¡la gente piensa que sos el Mesías! —me cargaba—.

Si seguimos así, que la gente va a vivir cada vez más años, vas a tener que entretener a gente cada vez más grande y con el tiempo vas a ver que te van a proponer que prepares una Resucitation Party para actuar en los cruceros que cruzan el Mar Rojo.

—Si para ese entonces no estoy yo en silla de ruedas.

—¡Y qué te importa! Para ese entonces, la silla de ruedas te la va a diseñar Mercedes Benz.

Esa noche tuve una pesadilla. Soñé que me llamaban para animar una Reencarnation Party. En esa me encontraba a una chica muy joven que me decía: «Vos estuviste animando la fiesta de mi tatarabuela. Ella se reía mucho contigo».

¿Qué hace una chica como yo en una edad como ésta?
¿Los 60 son los nuevos 40? ¿De verdad las mujeres habremos logrado correr el almanaque veinte años a fuerza de voluntad y hormonas suplementarias? Con su mirada hilarante y lúcida, Gabriela Acher vuelve a hablar de temas serios (y hasta tabú) del mejor modo posible: con humor.
Publicada por: Planeta
Fecha de publicación: 05/01/2016
Edición: 1a
ISBN: 978-950-04-3819-3
Disponible en:Libro de bolsillo