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viernes 23 de octubre de 2020
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Adelanto de «Víctimas de Tangalanga», de Diego Recalde

El Doctor Tangalanga, antes conocido como Tarufetti, fue el seudónimo del más grande bromista del mundo telefónico. Su verdadero nombre era Julio Victorio De Rissio. Fue el primero en hacer originales bromas por teléfono, grabarlas en casete y luego hacerlas circular. Esos audios atravesaron todas las capas sociales y se convirtieron en un fenómeno.

Nuestro líder era un bálsamo en nuestra adolescencia: se burlaba de todos y todas. En aquel entonces, cuando escuchaba esos casetes, como todos, quería conocerlo. Pero también como muchos, quería conocer a los seres anónimos que lo habían sufrido: las víctimas. Quería saber quiénes eran, dónde vivían, cómo vivían…

No me animé a rastrearlas. Después de casi treinta años, acorralado por la asignatura pendiente, salí a buscarlas. Fueron cinco años de búsquedas demenciales y bizarras, en una investigación que puso a prueba mi voluntad. Al final, el azar y la constancia estuvieron de mi lado y localicé a todas las víctimas que me propuse encontrar. Estas treinta personas, a juicio de los fans y también mío, representan las víctimas más emblemáticas del Doctor.
Diego Recalde

A continuación un fragmento, a modo de adelanto:

Víctima: Locutor animador

En el caso del locutor animador la cosa estaba bastante servida. En el casete original aparece su nombre y apellido: Oscar Lombas. Así que hice lo que había que hacer: meterme en las «páginas blancas» y buscar su teléfono.

Lo llamé una mañana y me atendió el hijo, Diego, que me pasó con él. Le conté muy sintéticamente el motivo por el cual lo estaba llamando, algo que lo sorprendió y mucho.

Me contó que él estaba enojado con Tangalanga, pero por un motivo que me sorprendió. Porque lo había llamado intempestivamente, utilizó la grabación de manera comercial sin avisarle, porque en definitiva se trataba de una pieza artística, y encima nunca había sido resarcido económicamente.

Ahí comprendí algo en lo que nunca había pensado. Que esos casetes habían sido hecho de a dos. Y si alguien tenía un mayor derecho sobre esas cintas, hoy eran las víctimas, que habían sido «humilladas» y jamás habían visto dinero alguno, una vez que los casetes se comercializaron. Ahí entendí definitivamente que, para que exista Tangalanga, se necesita una víctima. El delirio del Doctor expresado en una suerte de monólogo sin que del otro lado nadie lo esté escuchando, tiene escaso o nulo valor. Para la creación de esa obra tan genial y única, se requiere de un puching ball. No hay otra forma de llevar adelante esta empresa que viene con daños colaterales.

A lo largo de la charla telefónica Oscar Lombas profundiza lo que piensa:

—Lo que hicimos con Tangalanga fue una creación en conjunto. Ojo, yo no sabía nada. Entré como un caballo. Pero convengamos que, para que Tangalanga se luciera, yo tuve que darle los pies. Fui el clown del Tony. El que recibió los cachetazos.

Le pregunto qué edad tiene. Me dice que setenta y un años. Me cuenta que hace muchos años que se recibió de locutor, que trabajó en «Imagen de radio» con Juan Alberto Badía, que era la voz oficial de canal trece en los años ochenta, y que trabajó con Rolo Villar, cuando no era el inmenso cómico que es hoy.

De Rolo llegó a ser muy amigo, me cuenta. Con él, tenía un idioma en común: el humor.

—Como a Rolo, a mí me encantaba hacer personajes y chistes. Mi problema es que nunca me animé a pegar el salto. Siempre tuve la dicotomía entre ser serio o cómico. Al final opté por la seriedad. Pero hacer reír era lo que más me gustaba. Siempre admiré mucho a Les Luthiers.

Por como lo dice, sospecho que formar parte de ese mítico grupo hubiese sido cumplir el sueño del pibe. Del pibe que él llevaba adentro.

También me cuenta que fue integrante del grupo vocal Buenos Aires 8, donde tocaba la guitarra y cantaba. Más argumentos a mi favor.

Me señala que nació en Palermo, cuando era un barrio de casas bajas cortadas por cuchilleros. Que vivía en la calle Pacheco de Melo 2864, y paraba con la barra de su hermano en el pasaje Bollini.

También me cuenta que hoy, pobre, anda con problemas de salud, porque tuvo un ACV que por suerte no le dejó secuelas.

—Eso me pasa por comer con mucha sal —se reprocha—. Yo siempre tuve la presión alta y nunca le di bola al tema. Al final, lo pagué. Por suerte no me salió caro.

La charla se vuelve más íntima y me confiesa que últimamente está triste porque su esposa murió. Que le cuesta vivir sin ella…

Quedamos en que hablábamos a la semana y a los siete días exactos, cuando lo llamo de nuevo, sucedió algo que aún hoy sigue pareciendo surrealista. Me atendió alguien que no era el hijo, y cuando pedí con Oscar, me informó de manera lacónica que Oscar Lombas había muerto. Me quedé de una pieza. Por suerte se sumó a la charla Diego, el hijo, y me termino de enterar de los pormenores. Falleció no tan inesperadamente el 22 de octubre de 2014.

En ese momento no supe qué hacer. Di por finalizado el tema, pero con el tiempo sentí que la nota no debía quedar inconclusa. Que Oscar no debía irse de esta vida sin que nosotros, los fanáticos de Tangalanga, supiéramos quién era. A fin de cuentas esta obsesión por conocer a las víctimas había derivado en una suerte de homenaje. Al Doctor y a las víctimas.

Al mes convine con su hijo Diego y su hermana María hacerles una nota para que me hablaran de su papá, me mostraran fotos para ver cómo era, y así reconstruir el llamado. Gracias a ellos, pude conocerlo más a Oscar Lombas.

Los Lombas viven en Bella Vista. Apenas llego, me cuentan que ahí mismo fue que llamó Tangalanga. La casa es sencilla y a la vez hermosa. Un chalet de piedra marplatense con un pequeño jardín perimetral, y un caminito de lajas que te lleva directo a la puerta. Tanto María como Diego seguían conmocionados con la noticia. En dos años, murieron sus padres. El 22 de octubre, el día del cumpleaños de Oscar, falleció, hacía dos años, su mamá, de un cáncer de ovarios. Y también un 22 de octubre, el día de su cumpleaños, que ahora amargamente coincidía con el aniversario de la muerte de su esposa, falleció su papá, a los setenta y dos años.

—Murió de tristeza —agrega Diego.

Algo que su papá Oscar, en la larga charla telefónica que había tenido con él, me había anticipado que podía llegar a suceder. La extrañaba mucho. Muchísimo. Y eso que no se llevaban como Caroline y Charles Ingalls. Bueno, ese tipo de vínculos sólo era posible encontrarlos en las ficciones de los años setenta. Nunca en la vida real.

Diego Lombas me cuenta que tiene una productora y trabaja en medios.

—Eso sí —me aclara—, siempre estoy detrás de cámara porque no me gusta exponerme…

De hecho, en la casa de sus padres, hoy funciona su productora y también una escuela de música dirigida por su hermana María. Evidentemente, los dos heredaron el gen del espectáculo. Diego se dedica al género audiovisual y María a cantar.

—Papá tenía mucho oído y yo lo heredé —dice María.

Teniendo en cuenta que Oscar cantaba y tocaba la guitarra, en el caso de ella fue un copy paste, porque el gen es exactamente el mismo.

Repasamos la carrera de su viejo y ambos me cuentan que Oscar se recibió de locutor en el ISER. Que tuvo de profesor al papá de Juan Alberto Badía, que era muy exigente.

Fue compañero de Fernando Bravo y Juan Alberto Mateyko. Pero en ese momento de su vida a Oscar lo asaltan las dudas y en el fondo no sabe si ser locutor o dedicarse al humor. Entonces deja. Retoma la carrera tiempo más tarde, ya con más seguridad, y ahí tuvo a otros compañeros: Jorge Rossi y Macu Mazzuca.

Se recibe y enseguida empieza a laburar en radio y televisión. En radio Excelsior como locutor y en Canal 13 como locutor de cabina. Para quienes no lo saben, el locutor de cabina, en aquel entonces, se encargaba de avisar, sobre una placa fría, qué programa continuaba.

Cuántas veces hemos escuchado: «Quédese en el trece para ver… MacGyver». Bueno, eso por ejemplo, lo decía Oscar Lombas.

Con el tiempo, Oscar se fue convirtiendo en la voz promocional del canal, junto con Daniel Ruiz y Luis Fuxan.

—A partir de ahí su carrera despega y empieza a hacer mucha publicidad —me cuenta Diego con orgullo.

Fue la voz oficial de la revista Noticias y de la cadena de electrodomésticos Frávega, donde además hacía la voz del oso de Frávega.

Por ser un elegante puteador, hizo la voz del llavero sónico, un llavero al que le apretabas un botón y te decía: ¡No jodás!, ¡Sos un goma!, un adjetivo descalificativo que supo poner de moda el conductor Marcelo Tinelli, ¡Acá están las putas llaves!, y otros improperios.

Siguió creciendo profesionalmente y llegaron a ofrecerle ser la voz institucional de Cablevisión. Pero, por el contrato de exclusividad que tenía firmado con Canal 13, no pudo hacerlo. Con el tiempo se arrepintió…

—Tendría que haber renunciado.

Diego me cuenta que en la casa hacía todo el tiempo personajes. De repente te hablaba en gallego, te hablaba en cordobés, en italiano… Eso me da el pie para hablar del llamado de Tangalanga.

Me cuenta que ni a él ni a su papá les gusta el humor de Tangalanga. Tal vez porque lo sufrieron.

—Nunca me gustó reírme de otro, que encima no sabe. Por eso nunca me enganché con las cámaras ocultas. Papá las detestaba —se explaya—. Ojo, Tangalanga en lo suyo era talentoso. Eso no se puede negar, pero no me gusta reírme de alguien que sufre.

Le digo algo que no sabía. Que para Tangalanga la broma que le hizo a Oscar fue el mejor de todos los llamados, porque cuando Oscar corta, fue un segundo antes de que el Doctor le dijera «Usted imita como el orto». El clic final, según Tangalanga, fue el cierre perfecto para un gran paso de comedia. Pero así como le cuento esto, le explico también que para Tangalanga era el único llamado del que de verdad estaba arrepentido, porque después alguien le contó que Oscar estaba buscando laburo y obviamente le pareció muy hijo de puta burlarse de alguien que estaba tratando de conseguir trabajo.

Diego acaba con este mito que circula:

—Papá no estaba buscando trabajo. Al contrario. Tenía mucho trabajo. Vos prendías la televisión y, no te exagero, de diez comerciales ocho eran de él. Pasa que él siempre quiso hacer reír. Y cuando Tangalanga le ofreció actuar en una obra de teatro, se metió con su deseo. Y no pudo resistirse. Por eso se puso a hacer todos esos personajes.

Me cuenta que el llamado no le jodió la carrera. Sí la familia estuvo atenta porque, por debajo, algunos empezaron a llamarlo maliciosamente «Oye, conejo», en alusión al momento en que, en el llamado, Oscar imita a Bugs Bunny.

Para apaciguar su bronca, Diego le decía a su papá que, en esta sociedad, la exposición atrae la burla. Ese es el precio que hay que pagar cuando te empezás a mostrar. Es así. Al que le gusta el durazno que se banque la pelusa. El problema es que el durazno, cuando te metés muy adentro, tiene corazón y sangra.

Cambio ridículamente de tema y les pregunto por Galanti, un apellido que menciona Oscar en el llamado. Diego me cuenta que Galanti es un conductor entrerriano llamado Raúl, muy conocido por su papá.

Terminamos la entrevista abrazándonos. Hablar de Oscar les hizo bien a ellos, a mí, a la película y a este libro.

 

Víctima: De la Rúa

Al ex presidente fue muy fácil ubicarlo. Yo en ese momento estaba trabajando en Vorterix y alguien de la producción me pasó su teléfono. Lo llamé y me atendió él, algo que me asombró. No me filtró, como supuse que iba a suceder. De hecho, me sorprendió encontrar del otro lado una voz amable y predispuesta. La verdad, no esperaba un trato tan afable. Le conté por qué lo llamaba y nos encontramos en su estudio de la calle Callao.

De ese encuentro rescato dos cosas. Una es cómo se presentó Fernando «Chupete» de la Rúa a cámara. Yo a todas las víctimas las hago presentarse a cámara como quieran. El doctor De la Rúa eligió una forma aparatosa, pero sospecho a qué motivos obedece. Dijo de manera solemne:

—Soy Fernando de la Rúa. He sido presidente de un tiempo difícil, pido disculpas por no haber terminado mi mandato. Y aquí vengo a contestar las preguntas. Es un deber de quien ocupó tan alto cargo aportar su experiencia, contar lo que pasó y participar del pensamiento del futuro.

La ampulosidad se debe, estimo yo, a que la broma que le hizo el Doctor Tangalanga está en paralelo, no sé si al mismo nivel, de la despiadada y genial imitación de Fredy Villarreal. Y De la Rúa siente interiormente, y por momentos con fundamento, que ambas bromas fueron intentos destituyentes. Aunque lo de Tangalanga fue una vez que no era presidente. Bueno, quien se quema con leche, ve una vaca y llora… Pensemos que, cuando lo llama Tangalanga, si no lo hubiesen destituido, estaría sentado en el sillón de Rivadavia terminando su mandato.

Ojo, si es que no se presentaba para una segunda vez. La soja ya estaba a quinientos dólares la tonelada y, como me dijo Fernando, con ese dinero, los compraba a todos y todas y había «Chupete» y «Chupeta» para rato.

—Porque después de mí venía la Pertiné, con quien iba a alternar en el poder —me dijo entre risas, burlándose de lo que hicieron los Kirchner.

Por eso, a la cargada de Tangalanga, De la Rúa la relaciona con el ejercicio del poder pero, sobre todo, con no haber podido terminar su mandato. Podríamos decir, exagerando desde luego, que algo de razón tiene. El humor, cuando se aleja de lo naíf, provoca corrosión y es más dañino que el editorial de un periodista «serio». La humorada de Fredy Villarreal acabó con la poca credibilidad que Chupete tenía. Aunque en realidad no fue la parodia lo que acabó con su gobierno. Esa es una mirada corta. Fue un empujoncito más. No olvidemos que Chupete ya venía muy desgastado por un plan económico muerto, que había heredado de su antecesor peronista, y que no lograba reanimar.

Por eso, cuando asume Néstor Kirchner, sin saber si íbamos a salir de la crisis y advirtiendo la corrosión que provoca el humor, por las dudas salió con los tapones de punta cuando Fredy Villarreal cambió de disfraz y empezó a parodiarlo. Dicen que dio la orden de que no saliera más al aire. Y la orden, como no podía ser de otra manera, se cumplió. Néstor no quería que la historia se repitiera en forma de imitación. Bueno, algo parecido le volvió a pasar a Fredy con el presidente actual, Mauricio Macri, que no lo censuró pero pidió una ridiculización querible.

Volviendo a De la Rúa, lo segundo que me llamó la atención de la charla que tuve con Fernando es que Chupete esbozó la posibilidad de que en realidad la broma de Tangalanga fue armada y que, quien estuvo del otro lado, no fue él sino Fredy Villarreal haciéndose pasar otra vez por De la Rúa.

Si bien su argumento a esta altura no es creíble, porque es él, no hay dudas, por si las moscas decidí consultar a quienes conducían el programa de televisión desde donde le hicieron la chanza.

El programa se llamaba SPA, iba por Canal 7 todas las tardes y lo conducían los hermanos Korol. Ahí Tangalanga tenía un micro donde llamaba por teléfono a famosos para hacerles cargadas telefónicas.

Adrián y Alejandro Korol terminaron con cualquier atisbo de duda. Efectivamente, me confirmaron que llamaron a De la Rúa, y que les pasó lo mismo que a mí, que los atendió él mismo.

Acto seguido, agrega algo que yo no sabía: que cuando la broma terminó, Aníbal Fernández, un fanático del Doctor, que en ese momento era ministro del Interior, maravillado por la gastada al ex presidente, lo invitó a la Casa Rosada para conocerlo. Aníbal es un fanático del Doctor desde cuando era Tarufetti y le pareció una buena oportunidad para estrecharle las manos.

A la Casa Rosada no fue solo. Lo acompañaron los hermanos Korol. Y en el despacho del otrora ministro del Interior, Aníbal Fernández y el Doctor Tangalanga tuvieron este diálogo delirante:

Aníbal: —Qué placer conocerlo.
Tangalanga: —Lamento no poder decir lo mismo.
Aníbal: —¿Un cafecito?
Tangalanga: —¿Canelones no tenés?
Aníbal: —¿Quiere quedarse a cenar?
Tangalanga: —No, mejor como en casa, que como mejor.

Entre risas, acto seguido, Aníbal le pide que le grabe el contestador telefónico de su celular. Tangalanga acepta gustoso. Y le graba esto:

Te comunicaste con el ministro del Interior Aníbal Fernández. En este momento no está. No sé a dónde mierda fue. Dejá tu mensaje. Si no, ¿para qué mierda llamaste?

Aníbal, feliz, se lo hizo escuchar incluso hasta a Néstor Kirchner.

Lo curioso fue lo que pasó el fin de semana siguiente, cuando el Doctor Tangalanga se presentó en La Trastienda. Finalizado el show, un comisario se presentó con carnet y todo, diciéndole que venía de parte de Fernando de la Rúa. De manera intimidante le pidió que no hiciera circular esa llamada. Caso contrario, iba a tener problemas…

Fue la primera vez, en su larga carrera telefónica, que al Doctor Tangalanga le temblaron las piernas.

Víctimas de Tangalanga
El Doctor Tangalanga, antes conocido como Tarufetti, fue el seudónimo del más grande bromista del mundo telefónico.
Publicada por: Planeta
Fecha de publicación: 06/01/2017
Edición: 1a
ISBN: 978-950-49-5783-6
Disponible en: Libro de bolsillo

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