martes 12 de diciembre
Interesante

Adelanto de “¡Ciudadanos, a las urnas!”, de Thomas Piketty


¡Ciudadanos, a las urnas!, el más reciente libro del economista más influyente de los últimos tiempos, asume el desafío de ayudarnos a entender un mundo atravesado por contradicciones: los proyectos de integración regional europea chocan con el Brexit, las promesas de regulación financiera no hacen mella en los paraísos fiscales, un avance tecnológico que habilita un progreso social sin precedentes convive con formas extremas de sacralizar la propiedad privada y estigmatizar a los perdedores. En crónicas ágiles, polémicas y ricas en hipótesis originales, Thomas Piketty se nutre de su formidable corpus de datos pero también de sus conversaciones con estudiantes, militantes, lectores, autores, actores de la sociedad civil y del mundo económico, cultural y político, y confirma su talento como uno de los intérpretes más lúcidos del mundo actual.

Decidido a interrogar acontecimientos que reconfiguran el mapa de Europa, los Estados Unidos, América Latina y Oriente, Piketty considera alternativas y luchas posibles allí donde parecería que los caminos están cerrados. Así, discute en términos precisos y llanos cómo pensar el mundo del trabajo, las instituciones políticas, las reglas electorales, los sistemas sociales y fiscales, las infraestructuras públicas y educativas. Contra la idea de que determinados países deben priorizar el pago de sus deudas públicas resignando su crecimiento y su futuro con recetas de ajuste y austeridad, aconseja revisar qué sucedió en la Europa de la segunda posguerra, cuando naciones como Francia y Alemania se beneficiaron de una reconstrucción que anulaba las deudas del pasado. Rompe con la nostalgia por los “Treinta Gloriosos”, ese mundo legendario que transcurre entre mediados de los años cuarenta y los setenta del siglo XX, porque constata que el Estado de Bienestar iba acompañado por discriminaciones y desigualdades, y no se trata de un proceso históricamente cerrado.

A continuación un fragmento, a modo de adelanto:

Salvar los medios de comunicación  en la era digital
23 de febrero de 2015

¿Se puede sacar el mejor partido de la revolución digital para refundar los medios y la democracia sobre nuevas bases? A esto nos invita Julia Cagé en un pequeño libro estimulante y optimista. Relata la secuencia histórica de la crisis actual y muestra que es posible desarrollar un nuevo modelo para los medios en la era digital, basado en compartir el poder y en el refinanciamiento participativo.37 Ciertamente conocemos el aspecto sombrío de las recientes evoluciones. Debilitados por la caída de ventas y auspiciantes, los medios poco a poco quedan bajo la órbita de multimillonarios, a menudo a costa de calidad e independencia. Desde hace mucho se sabe que el canal televisivo TF1 pertenece al grupo Bouygues y  Le Figaro a la familia Dassault, esta última también muy ávida de poder público y tenazmente involucrada en política.

El primer diario económico, Les Échos, es propiedad desde 2007 de la primera fortuna de Francia, Bernard Arnault, titular del holding LVMH (Moët Hennessy + Louis Vuitton). En fecha más reciente, Le Monde fue comprado por el trío BergéNiel-Pigasse y Libération por el dúo Ledoux-Drahi. En los sectores de bienes suntuarios, telecomunicaciones, finanzas,  inmuebles: allí donde se construyen las fortunas, salen a relucir generosos accionistas dispuestos a “salvar” los diarios. El problema, nos dice Julia Cagé, es que esto lleva a una concentración del poder en pocas manos, no siempre competentes ni especialmente desinteresadas. Estos “salvadores” suelen hacer recortes de personal y tienen la enojosa costumbre de abusar de su poder.

Descontento con el reciente tratamiento que los periodistas de Le Monde dieron a los exiliados fiscales del escándalo SwissLeaks, Bergé explicaba con toda tranquilidad que no fue para eso que les “permitió adquirir su independencia”  (Beuve-Méry y las asociaciones de redactores, que no esperaron a Bergé para ser independientes, se están revolviendo en sus tumbas).38 En Libération, todavía recuerdan las palabras desdeñosas del accionista Ledoux respecto de los periodistas: “Quiero tomar de testigos a todos los franceses que de su bolsillo pagan a estos tipos”. Y, al mismo tiempo, todos estarán de acuerdo en que un diario vivo y maltratado vale más que uno muerto y prestigioso. Entonces, ¿qué hacer, además de lamentarnos? Primero, encuadrar la crisis actual en una perspectiva en el largo plazo. No es la primera vez que los medios deben renovarse, siempre lo lograron en el pasado: nos lo recuerda Julia Cagé, que advierte que los ingresos por publicidades en los diarios estadounidenses (expresados en porcentaje del PBI) vienen bajando desde la década de 1950.

Además, desde hace mucho tiempo existen otros modelos que permiten evitar el control de grandes accionistas sobre los diarios, con innegable éxito, como el caso de The Guardian (uno de los diarios más leídos del mundo, propiedad de una fundación) o el Ouest-France (primer diario francés en manos de una asociación sin fines de lucro). El desafío actual es volver a pensar estos modelos y adaptarlos a la era digital. La ventaja de las fundaciones y asociaciones es que los generosos donantes no pueden recuperar sus aportes (el capital es perenne) y que estos aportes no les otorgan derecho a voto. Beuve-Méry lo advertía en 1956: “Así, la ganancia consiste en poner de manifiesto la pureza de sus intenciones y quedar libres de cualquier sospecha”.

El límite de este modelo es cierta rigidez: los primeros fundadores forman el directorio, luego se cooptan y se reproducen hasta el infinito. De ahí la idea de proponer un nuevo estatus: la sociedad de medios de comunicación sin fines de lucro (o el neologismo “fundacción”), intermedio entre la fundación y la sociedad por acciones. Los aportes en capital estarían congelados y no proporcionarían dividendos (como en las sociedades por acciones). Simplemente estos derechos de voto aumentarían más que en forma proporcional para los pequeños aportes en capital y, por el contrario, tendrían severas limitaciones para los principales accionistas (por ejemplo, podemos imaginar que sólo un tercio de los aportes superiores al 10% del capital daría el derecho a voto). Esto alentaría el financiamiento participativo [crowdfunding], superando al mismo tiempo cierta ilusión igualitarista que minó muchas asociaciones de redactores y estructuras cooperativas en el pasado. En efecto, es esperable que la persona que aporta diez mil euros tenga más poder que la que aporta mil, y quien financia con cien mil tenga más que quien pone diez mil. Lo que hay que evitar es que las personas que aportan decenas o centenas de millones de euros tengan la concentración del poder. De paso, los medios se beneficiarían con la reducción fiscal dispuesta para las donaciones, lo que reemplazaría el sistema opaco de ayudas a la prensa mediante un apoyo neutral y transparente.

Más allá del caso de los medios, este nuevo modelo invita a volver a pensar la noción misma de propiedad privada y la posibilidad de una superación democrática del capitalismo.

 

Frente al terrorismo, no basta con medidas excepcionales de seguridad
22-23 de noviembre de 2015

Es una evidencia: el terrorismo se nutre del polvorín desigualitario de Medio Oriente que en amplia medida hemos contribuido a crear. Daech, o “Estado Islámico de Irak  y el Levante”,42 es directo emergente de la descomposición del régimen iraquí y, de modo más general, del derrumbe del sistema de fronteras que se estableció en la región en 1920.

Luego de la anexión de Kuwait por Irak, en el bienio 19901991, las potencias aliadas habían enviado sus tropas para devolver el petróleo a los emires –y a las compañías occidentales–. De paso, se inauguró un nuevo ciclo de guerras tecnológicas y asimétricas –algunas centenas de muertos en la coalición para “liberar” Kuwait frente a varias decenas de miles del lado iraquí–. Esta lógica se llevó al paroxismo durante la segunda guerra de Irak, entre 2003 y 2011: alrededor de 500 000 bajas iraquíes frente a algo más de 4000 soldados estadounidenses que perdieron la vida, todo para vengar las 3000 muertes del 11 de septiembre, que, sin embargo, nada tenían que ver con Irak. Esta realidad, amplificada por la asimetría extrema de las pérdidas humanas y la ausencia de salida política en el conflicto Israel-Palestina, sirve para justificar todos los abusos perpetrados por los yihadistas. Esperemos que Francia y Rusia, al mando luego del fiasco estadounidense, hagan menos destrozos y despierten menos vocaciones.

Más allá de los enfrentamientos religiosos, el sistema político y social de la región está sobredeterminado y debilitado por la concentración de los recursos petroleros en pequeños territorios despoblados. Sin embargo, como vimos, no sólo la concentración del PBI hace de esa región una de las más desiguales del planeta, sino que la desigualdad en el seno de las monarquías petroleras alcanza su punto máximo.

¿Cómo imaginar que las lecciones de democracia y justicia social dictadas por democracias que sostienen militar y políticamente estos regímenes podrían influir de algún modo en la juventud de Medio Oriente? Para ganar credibilidad, habría que demostrar a las distintas poblaciones que nos preocupamos más por el desarrollo social y la integración política de la región que por nuestros intereses financieros y las relaciones con las familias reinantes.

En concreto, el dinero del petróleo debe destinarse de modo prioritario al desarrollo regional. En 2015, el presupuesto total del sistema educativo egipcio sigue siendo inferior a los 10 000 millones de dólares (9400 millones de euros), cuando la cantidad de habitantes es de 90 millones. Y mientras tanto, los 30 millones de habitantes de Arabia Saudí reciben 100  000  millones de dólares, y los 300  000 qataríes, más de 100 000 millones de dólares de ingresos por el petróleo. Un modelo de desarrollo tan desigual sólo puede desembocar en catástrofe. Avalarlo es criminal.

En cuanto a los grandes discursos sobre la democracia y las elecciones, no habría que sostenerlos sólo en las ocasiones en que los resultados nos favorecen. En 2012, en Egipto, Mohamed Morsi fue elegido presidente en el marco de una votación en regla, lo que no suele suceder en la historia electoral del mundo árabe. En 2013, lo expulsaron del poder unos militares que enseguida fueron ejecutados por la organización islámica Hermanos Musulmanes, cuya acción social, sin embargo, permitió paliar las carencias del Estado egipcio. Algunos meses más tarde, Francia hizo borrón y cuenta nueva para vender sus fragatas y acaparar una parte de los magros recursos públicos del país. Esperemos que esta denegación de democracia no tenga las mismas consecuencias trágicas que tuvo la interrupción del proceso electoral en Argelia en 1992.

Queda la pregunta: ¿cómo es posible que jóvenes que crecieron en Francia confundan Bagdad con las barriadas parisinas y busquen importar aquí conflictos que ocurren allá? Nada sirve de excusa para esta deriva sanguinaria, machista y patética. A lo sumo, puede observarse que el desempleo y la discriminación profesional a la hora de contratar a nuevos empleados (llamativamente mayoritaria en el caso de las personas que tildaron las casillas correspondientes a títulos obtenidos, experiencia, etc., tal como quedó demostrado en investigaciones recientes)44 no deben ayudar demasiado. Europa, que antes de la crisis financiera podía recibir un flujo migratorio neto anual de un millón de personas, con un desempleo en baja, debe volver a diseñar su modelo de integración y creación de empleos. La austeridad es lo que condujo a la escalada de egoísmos nacionales y tensiones identitarias. El desarrollo social y equitativo será lo que venza al odio.

 

Los que contaminan el mundo  deben pagar
28 de noviembre de 2015

Luego de los ataques terroristas,45 lamentablemente hay serios riesgos de que los dirigentes franceses y occidentales tengan la cabeza en cualquier parte y no realicen los esfuerzos necesarios para que la conferencia de París sobre el clima sea un éxito. Sería dramático para el planeta. En principio, es hora de que los países ricos tomen verdadera noción del alcance de sus responsabilidades históricas frente al calentamiento global y a los estragos que ya han causado en los países pobres. A continuación, las tensiones en ciernes acerca del clima y la energía están cargadas de amenazas para la paz mundial. No se prepara el futuro dejando que los terroristas impongan su voluntad.

¿En qué estado está la discusión? Si nos atenemos a los objetivos de reducción de las emisiones presentadas por los Estados, los números no cierran. Estamos en una trayectoria que nos lleva a un calentamiento superior a los 3 ºC, y tal vez más, con consecuencias potencialmente catastróficas, en particular en África, más el sur y sudeste asiáticos. Incluso en el caso de un acuerdo ambicioso sobre las medidas de mitigación de las emisiones, ya es seguro que la suba de las aguas y el aumento de temperaturas causarán importantes desastres en muchos de estos países. Se estima que habrá que destinar un fondo mundial que ronda los 150 000 millones de euros anuales para financiar las inversiones mínimas necesarias a fin de adaptarse al cambio climático (diques, relocalización de viviendas y actividades, etc.). Si los países ricos no son capaces de reunir esta suma (apenas el 0,2% del PBI mundial), resulta iluso procurar convencer a los países pobres y emergentes de que realicen esfuerzos adicionales para reducir sus emisiones futuras. Sin embargo, por ahora, las sumas prometidas para la adaptación son inferiores a los 10 000 millones. Es tanto más desalentador aunque no esté en juego una ayuda: se trata simplemente de reparar una parte de los desastres que ocasionamos en el pasado y que seguimos ocasionando.

Este último factor es importante, ya que en Europa y los Estados Unidos suele oírse que China se volvió el primer país contaminador, y que ahora a ella y a los otros países emergentes les corresponde esforzarse.

Al hacer esto, olvidamos varias cosas. En principio, deben relacionarse los volúmenes de emisión con la cantidad de habitantes de cada país: con más de 1400 millones de habitantes, China triplica en población a Europa (500 millones) y cuadriplica a los Estados Unidos (350 millones). Luego, las escasas emisiones europeas se explican en parte por el hecho de que hacemos enormes subcontrataciones en el exterior, sobre todo en China, para producir los bienes industriales y contaminantes que nos gusta consumir. Si tenemos en cuenta el contenido en carbono de los flujos de importaciones y exportaciones entre las distintas regiones del mundo, las emisiones europeas aumentan abruptamente en un 40% (y las de los  Estados Unidos en un 13%), mientras que las emisiones chinas bajan en un 25%. Sin embargo, se justifica mucho más examinar la distribución de las emisiones en función del país de consumo final (y no de la producción).

Se constata entonces que en la actualidad los chinos emiten el equivalente a 6 toneladas de CO2 por año y por habitante (es decir, alrededor de la media mundial), contra las 13 toneladas europeas y veintidós toneladas estadounidenses. En otras palabras, el problema no es sólo que contaminamos desde mucho antes que el resto del mundo: el hecho es que seguimos arrogándonos un derecho individual de contaminar dos veces más que el promedio mundial.

Para superar los meros enfrentamientos entre países, e intentar encontrar soluciones comunes, además es fundamental traer a colación el hecho de que en cada país existen inmensas desigualdades de consumo energético, directas e indirectas (por intermedio de los bienes y servicios consumidos). Según el tamaño de las reservas, la vivienda, la billetera, según la cantidad de bienes adquiridos, de viajes aéreos realizados, etc., se observa una gran diversidad de situaciones. E incluso si los distintos modos de vida individuales desempeñan un papel importante, se constata sin ambigüedad que los niveles medios de consumo y emisiones aumentan marcadamente con el nivel de ingreso (con una elasticidad apenas inferior a 1).

Al recolectar datos sistemáticos sobre, por un lado, las emisiones directas e indirectas por país y, por otro, sobre la distribución de consumo e ingreso dentro de cada país, con Lucas Chancel hemos analizado la evolución de la distribución de las emisiones mundiales por individuo durante el transcurso de los últimos quince años.46 Las conclusiones obtenidas son claras. Con el ascenso de los países emergentes, ahora hay contaminadores importantes en todos los continentes, y es legítimo entonces que todos los países aporten para el financiamiento del fondo mundial de adaptación. Pero los países ricos siguen siendo la inmensa mayoría entre los mayores contaminadores del mundo y, por lo tanto, no pueden pedirles a China y a los países emergentes que se hagan cargo de más de lo que corresponde.

En concreto, actualmente los casi 7000 millones de habitantes del planeta emiten el equivalente a 6 toneladas anuales de CO2 por persona. El 50% de quienes menos contaminan, esto es, 3500 millones de personas, situados sobre todo en África, en el sur y sudeste de Asia (que son también las principales zonas afectadas por el calentamiento), emiten menos de dos toneladas por persona y son responsables de apenas el 15% de las emisiones totales. En el otro extremo de la escala, el 1% más contaminador del mundo, unos 70 millones de personas, generan emisiones promedio que rondan las 100 toneladas de CO2 por individuo, por lo que ellos solos producen alrededor del 15% de las emisiones totales; es decir, contaminan lo mismo que el  50% de la franja inferior. Son cincuenta veces menos cuantiosos, pero, como emiten cincuenta veces más, los dos efectos se compensan. Sin embargo, la franja inferior del 50% es aquella que va a padecer las consecuencias del cambio climático; es decir, el aumento del nivel de las aguas y de las temperaturas. Estos 3500 millones de habitantes emiten 2 toneladas de CO2 por persona, y van a pagar por aquellos que emiten 100.

¿Y dónde se encuentra ese 1%, el de los mayores contaminadores del mundo? Según nuestros cálculos, el 57% de ellos vive en América del Norte, el 16% en Europa y apenas más del 5% en China (menos que en Rusia y Medio Oriente: alrededor del 6% en los dos casos). Nos parece que esto puede dar una clave de distribución bastante legítima para repartir el financiamiento del fondo mundial de adaptación de US$ 150 000 millones por año. América del Norte deberá pagar US$ 85 000  millones (un 0,5% de su PBI) y Europa 24 000 millones (0,2%). La conclusión indudablemente disgustará a Donald Trump y a otros. Ellos podrán reproducir nuestros cálculos y mejorarlos: todos nuestros datos y aplicaciones están disponibles en el sitio web de la École d’Économie de Paris. Hemos revisado varias series de hipótesis sobre la distribución de los consumos y las emisiones individuales sin que se modifiquen sustancialmente nuestros resultados principales.

También podemos imaginar otras claves de distribución; por ejemplo, al hacer recaer los esfuerzos sobre el 10% de los mayores emisores del mundo (700 millones de personas que emiten en promedio 27 toneladas), que son responsables de alrededor del 45% de las emisiones totales –tres veces más que las emisiones acumuladas de la franja del 50% inferior–. En ese caso, el financiamiento recaería en el 40% en los Estados Unidos, el 19% en Europa y el 10% en China.

Lo seguro es que llegó la hora de reflexionar sobre un sistema de distribución fundado sobre la idea de un impuesto progresivo sobre el carbono: no puede pedirse el mismo esfuerzo a las personas que emiten 2 toneladas por año que a las que emiten 100. Esa es la gran falla de las tasas proporcionales sobre el carbono que suelen debatirse (así como los sistemas de precio del carbono y de mercados de los derechos de contaminación que, por otro lado, plantean problemas distintos), si se las aplica sin corrección ni compensación.

Algunos objetarán que los países ricos jamás aceptarán tales criterios de distribución, en especial los Estados Unidos. Y, de hecho, las soluciones que se adoptarán –en París este año, y en los años venideros– para financiar la adaptación al cambio climático serán sin dudas mucho menos ambiciosas y transparentes. Pero habrá que encontrar soluciones: nada se hará si los países ricos no se deciden a abrir los bolsillos, y las consecuencias concretas del calentamiento climático se harán sentir cada vez con mayor intensidad, incluso en los Estados Unidos.

De una manera u otra, urge establecer un diagnóstico compartido sobre las responsabilidades de unos y otros, un lenguaje común que permita encarar una resolución pacífica de este desafío mundial sin precedentes.

¡Ciudadanos, a las urnas!
En tiempos de conflictos vertiginosos y preocupantes, Piketty propone una lista de prioridades y convoca a construir “otra globalización”, poniendo el acento en el poder de las sociedades para decidir, inventar y organizar mejores versiones de democracia participativa.
Publicada por: Siglo XXI
Fecha de publicación: 10/01/2017
Edición: 1a
ISBN: 978-987-629-762-2
Disponible en:Libro de bolsillo

 

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