viernes 22 de junio
Interesante

Adelanto de “La historia argentina contada por mujeres”, Gabriela Margall y Gilda Manso


Este libro surge de una necesidad: restituir a las mujeres su papel protagónico en la historia. En estas páginas son ellas las que la cuentan. Este primer tomo analiza documentos de la época que expresan voces femeninas de todos los estratos sociales y de todas las regiones del país: la mujer indígena que vivía en el monte y la que ofrecía el salón de su casa a los revolucionarios de Mayo; la que se enclaustraba en un convento y la que criaba mulas; la beata que desafió al Virreinato y la esclava africana que solicitó su libertad al general San Martín. Todas protagonistas y, como tales, parte de este libro.
 
A continuación un fragmento, a modo de adelanto:

10 – “Te he hecho esto por puta”

Violencia de género

Si consideramos que a finales del siglo XVIII y comienzos del XIX las mujeres estaban destinadas a una vida de puertas adentro, que las decisiones sobre su presente y su futuro recaían en el padre para las solteras y en el esposo para las casadas, y que ellos definían los parámetros de la decencia y el honor familiar que sus mujeres debían encarnar, no sorprende que la violencia fuera corriente, uso y costumbre de la época como método de aleccionamiento y disciplina. Por todo esto, fue un elemento presente y muchas veces preponderante en la vida cotidiana, en sus diversas manifestaciones: violencia física, verbal, emocional y privación de derechos.

Sería un error interpretar ese dominio patriarcal como una garantía de docilidad o de absoluta sumisión por parte de las mujeres. No todas eran ajenas a la oposición y a la transgresión del poder. En los archivos judiciales de la época colonial han sobrevivido casos de mujeres que se rebelaron ante la violencia sufrida e hicieron todo lo posible para conseguir justicia o, al menos, para que esa violencia no pasara inadvertida.

En los cuatro casos que presentamos a continuación, las mujeres tuvieron acceso a la palabra mediante la denuncia formal, la única manera que tenían de ser, al menos, escuchadas y registradas.

La presa solidaria

En 1791 Córdoba era una de las ciudades más importantes del Virreinato del Río de la Plata debido a su gran producción de mulas y ovejas destinadas a la ciudad de Potosí. Esta y todas las actividades comerciales de la pujante ciudad estaban, por supuesto, preponderantemente en manos de los hombres.

Una mujer, María Ochoa, se encontraba presa en esa ciudad por haber matado a su marido. Durante su encarcelamiento, María Ochoa intentó apuñalar al alcalde de la prisión, Vicente Crespillo, que había tratado de violar a una de sus compañeras.

La información nos llega a través de la testigo Margarita Montiel, que declara después del hecho:

…estando acostada en su cama fue a la hora de la siesta a cerrar la puerta entrándose a la vivienda enderezó donde estaba, con lo que se levantó, sentándose [el Alcaide] en la cama y agarrándola empezó a jugar con ella excediéndose hasta meterle la mano por debajo de las rodillas hasta llegar a la rodilla y entonces llamó a la dicha María Isabel Alanis a efecto de que la socorriera, lo que ocurrió inmediatamente y a ambas dos las tendió en la cama con empellones y principió con ésta a los tirones, escapándose la declarante en este intermedio de que resultó se diese un golpe en el ojo impensadamente por estar como ciega y aunque no vio a la referida Alanis con las polleras alzadas, se lo ha dicho María Ochoa que se levantó a taparla según que así lo ejecutó y puesta ya de pie la citada Alanis, sosegado el Alcaide hablando con la declarante profirió la proposición de tengamos acto aunque la palabra con que se explicó fue obscena e impropia que todas eran unas putas y que de esto nada ignoraban a cuyo tiempo hizo la acción y ademán de echar el cuerpo para atrás, poniendo la mano sobre la bragueta y a este tiempo la mencionada Ochoa practicó la de querer incarle con unas tijeritas, que no sabe si lo alcanzó o no, pero incontinenti le descargó varios vergajazos de que le hirió en la cabeza y le lastimó un brazo por querer atajarse…

Gracias a este testimonio llegamos a la conclusión de que no solo había mujeres que sabían defenderse ante un claro caso de abuso de poder, sino que además estaban dispuestas a arriesgar su integridad física en defensa de una compañera.

La reclusa Margarita Montiel dice:

…estando acostada en su cama fue a la hora de la siesta a cerrar la puerta entrándose a la vivienda enderezó donde estaba, con lo que se levantó, sentándose[el Alcaide] en la cama y agarrándola empezó a jugar con ella excediéndose hasta meterle la mano por debajo de las rodillas hasta llegar a la rodilla y entonces llamó a la dicha María Isabel Alanis a efecto de que la socorriera, lo que ocurrió inmediatamente y a ambas dos las tendió en la cama con empellones y principió con esta a los tirones, escapándose la declarante en este intermedio de que resultó se diese un golpe en el ojo impensadamente por estar como ciega…

Su relato nos muestra el lugar del hombre y de la mujer en la sociedad patriarcal de 1791 en general y, más específicamente, en un lugar donde no había escapatoria: una cárcel. En esa circunstancia, el abusador se encontraba en una posición de poder por el mero hecho de ser hombre, un poder que aumentaba por ser el alcalde de la prisión.

Por otra parte, Margarita Montiel dice que:

…el Alcaide hablando con la declarante profirió la proposición de tengamos acto aunque la palabra con que se explicó fue obscena e impropia que todas eran unas putas y que de esto nada ignoraban a cuyo tiempo hizo la acción y ademán de echar el cuerpo para atrás, poniendo la mano sobre la bragueta…

Esta declaración avala la afirmación de que la violencia ejercida hacia las mujeres abarcaba la agresión física, verbal, emocional y la privación de derechos. Cuando Vicente Crespillo se abalanzó sobre estas mujeres, también dejó en claro que lo hacía porque “eran todas unas putas y de esto nada ignoraban”. Con esta frase, Crespillo, el victimario, pone la responsabilidad de la violación en las víctimas.

En defensa de las agredidas aparece en escena María Ochoa:

…y a este tiempo la mencionada Ochoa practicó la de querer incarle con unas tijeritas, que no sabe si lo alcanzó o no, pero incontinenti le descargó varios vergajazos de que le hirió en la cabeza y le lastimó un brazo por querer atajarse…

El testimonio de Margarita Montiel da cuenta de una situación de violencia y subordinación. Pero también nos permite ver atisbos de solidaridad entre las reclusas, más allá del peligro para la propia seguridad y la propia vida. Al salir en defensa de una compañera, María Ochoa se niega a subordinarse a la sociedad patriarcal, y lo logra, aunque más no sea por un instante.

 

No como a una señora sino como a una vil esclava

En 1796 Santiago del Estero era, dentro del Virreinato del Río de la Plata, una ciudad en decadencia, alejada de la importancia comercial, social y política de la que gozaban provincias como Buenos Aires o Córdoba. Si las mujeres de Córdoba y Buenos Aires sufrían la violencia propia de una sociedad patriarcal, ¿qué podía esperarse para las mujeres de una provincia pobre y de escasa influencia política? Que se encontraran aún más marginadas.

También las santiagueñas tuvieron acceso a la palabra mediante la denuncia de la violencia sufrida, su único modo de dar a conocer lo que vivían.

A fines del siglo XVIII existían en algunas ciudades las llamadas Casas de Recogimiento, donde se pretendía corregir la conducta de mujeres que se habían dejado llevar por el vicio y la mala vida, y encauzarlas dentro del orden social establecido.

En 1796 Juana María Pinto se encontraba viviendo en la casa de don Ramón Antonio Taboada, cuando su tía, Margarita Díaz, presenta una denuncia por violencia contra este hombre y su yerno. La víctima era su sobrina.

… la castigó y ultrajó a mi dicha sobrina, don Ramón Antonio Taboada y su yerno, no como a señora sino como a una vil esclava, pasando más de cincuenta azotes (…) asiéndola por los cabellos la llevaron por las calles públicas como si fuera alguna facinerosa y sin la menor facultad de mi (…) la tiraron a la fuerza por todo el patio de la casa amarrada de las manos.

La denunciante solicitó para su sobrina un reconocimiento médico, que confirmó que la víctima tenía “toda la espalda hasta las nalgas llena de cardenales y en los dos talones del pie dos llagas”.

Margarita Díaz incluye en su testimonio esta observación:

…la castigó y ultrajó a mi dicha sobrina, don Ramón Antonio Taboada y su yerno, no como a señora sino como a una vil esclava…

La frase pone en evidencia las diferencias entre las mujeres blancas y de buena familia, y las esclavas: Margarita Díaz considera que se trató a su sobrina de un modo que no respondía a su jerarquía social, de lo que podemos concluir que consideraba correcto y previsible azotar a una esclava.

Por su parte, Juana María Pinto declara en su testimonio que se hallaba en la casa de los acusados ya que trabajaba allí:

…la infelicidad de mi suerte, la falta de mi destino, quiso que me hallase empleada, para Subvenir a mis precisas indigencias.

Sin embargo, según la versión de los acusados Juana María llevaba una vida licenciosa, signada por el libertinaje, y por esa razón se hallaba en esa casa, donde se esforzaban por llevar a la oveja descarriada a la buena senda. En el juicio, don Ramón Antonio Taboada declaró que en su casa desde hacía catorce años se dedicaba a tratar con mujeres que se habían desviado del camino del orden moral.

Para la sociedad de 1796 una cosa era que Juana María Pinto trabajara en las tareas domésticas de una casa como doméstica y otra muy diferente que se encontrara allí por su mala conducta, con el fin de corregirla, y que huyera para juntarse “con los jóvenes de su clase”.

El fallo del alcalde encargado del juicio respondió a las costumbres de la sociedad patriarcal: encontró culpables a los hombres y los obligó a pagar los costos del juicio, pero advirtió a doña Margarita Díaz que los castigos físicos infligidos por los acusados, aunque fueron excesivos, no fueron “una infamia” debido a “el honor cuestionable de Juana María Pinto”.

En otras palabras: ella se lo buscó.

 

El padrastro de Felipa

En 1771 Felipa Josefa Riberola, de catorce años, denuncia a su padrastro Juan Antonio Sebas, de profesión labrador, por la violación de sus dos entenadas: ella misma y su hermana Gerónima, de once años.

[Felipa] dijo ser española, natural de esta ciudad hija de Margarita Reyes quien está casada en segundas nupcias con Juan Antonio Sebas (…) estando la declarante en la estancia de su madre, se le ofreció a ésta ir a ver una parienta enferma que estaba en otra estancia, y la dejó a la declarante con sus hermanastros y el dicho su padrastro; y a puestas de sol. El susso dicho llamo a la declarante, para dentro de la cassa, y pensando que fuese para mandarle algo, fue ynmediatamente y lo que dentro la agarró y sentándola con ella en una silla, la cogió por dentro de sus piernas, y aunque la declarante se resistía, gritando le decía que no gritara, que la avia de matar (…) y no lo quería admitir hasta que logró su intento como lleva dicho, lo que le contó a su madre, quien no pensando tal, de algún modo lo quiso hacer a la declarante cargo que no sería forzado sino de su voluntad, por lo que persuadió que creyere que avia pasado como se lo decía; fue ahora 3 meses estando su madre en la estancia con su marido; y la declarante en el pueblo, en cassa de una hermana, casada con Alberto Fello, habiendo salido su hermana fuera de casa y quedando la declarante sola, llego su padrastro Juan Antonio Sebas a la estancia y lo que encontró sola, la cogió y en el suelo la volvió a gozar, segunda vez por fuerza sin que los gritos que dicho, le hubiesen bastado para quitarle de aquel hecho, porque también la amenazaba que la mataría (…) fue a una hermanita de la declarante nombrada Gerónima que tendrá como 11 años le ha oído decir, que dicho su padrastro le avia logrado en el campo, al tiempo que su madre la avia enviado a coger leñitas y que en un cuero de carnera (…) la avia echado y gozado que esta habrá cuatro meses, que le pasó a su hermana, que su hermanito Leandro estuvo con ella y lo envió su padrastro a arrear unos caballos ínterin que lo ejecutó que dicho padrastro continuamente la ha perseguido y a sus hermanas (…) y que el mes pasado queriendo hacer lo mismo, estando ya la declarante echada en su cama fue su dicho padrastro y levantándole la frazada, quería porfiar con sus torpezas y sintiéndolo porque estaba despierta gritó y dio boses que la oyó su madre y su cuñado Silvestre y diciéndole algunas razones, que porque la andaba registrando le dijo a putilla que he de degollar: al otro día por esto y lo demás que le avia pasado con su padrastro al término ver su majestad y darle parte de ello para que le pusiese enseguida su vida…

De la declaración se desprende que Felipa Riberola y su hermana Gerónima vivían con su madre, Margarita Reyes, en la casa de su padrastro, Juan Antonio Sebas. Un día, Margarita Reyes fue a visitar a una pariente enferma, y ahí tuvo lugar la primera violación:

El susso dicho llamó a la declarante, para dentro de la cassa, y pensando que fuese para mandarle algo, fue inmediatamente y lo que dentro la agarró y sentándola con ella en una silla, la cogió por dentro de sus piernas, y aunque la declarante se resistía, gritando le decía que no gritara, que la avia de matar…

Felipa acudió al llamado de su padrastro pensando que la mandaría a hacer algo. Una vez dentro de la casa, Sebas violó a Felipa, ordenándole que no gritara porque la mataría.

[Felipa] le contó a su madre, quien no pensando tal, de algún modo lo quiso hacer ala declarante cargo que no sería forzado sino de su voluntad…

Y cuando Felipa le contó a su madre que su padrastro la había violado, Margarita Reyes no creyó lo que su hija decía y en cambio concluyó que “no sería forzado sino su voluntad”. Es decir, que Felipa había consentido la relación sexual con su marido.

No fue la única vez que Sebas violó a su hijastra.

…habiendo salido su hermana fuera de casa y quedando la declarante sola, llegó su padrastro Juan Antonio Sebas a la estancia y lo que encontró sola, la cogió y en el suelo la volvió a gozar, segunda vez por fuerza sin que los gritos que dicho, le hubiesen bastado para quitarle de aquel hecho, porque también la amenazaba que la mataría…

Felipa estaba sola en la casa cuando llegó Juan Antonio Sebas, la tiró al suelo y la violó otra vez entre amenazas de muerte.

El abuso de poder y la violencia de ese hombre no se limitaba a Felipa, de catorce años, sino que continuaba en la otra niña que estaba a su cargo:

… fue a una hermanita de la declarante nombrada Gerónima que tendrá como 11 años le ha oído decir, que dicho su padrastro le avia logrado en el campo, a tiempo que su madre la había enviado a coger leñitas y que en un cuero de carnera (…) la avia echado y gozado que esta habrá cuatro meses, que le pasó a su hermana, que su hermanito Leandro estuvo con ella y lo envió su padrastro a arrear unos caballos ínterin que lo ejecutó que dicho padrastro continuamente la ha perseguido y a sus hermanas…

Gerónima, de once años, también fue violada por Juan Antonio Sebas: su madre la había enviado a buscar leña cuando su padrastro la arrojó sobre “un cuero de carnera” y la “gozó”. Previamente, Sebas envió a Leandro, hermanito de Gerónima, a arrear unos caballos, con la presumible intención de quedar a solas con su hijastra.

El testimonio revela que Sebas había tomado por costumbre violar a Felipa y Gerónima:

…el mes pasado queriendo hacer lo mismo, estando ya la declarante echada en su cama fue su dicho padrastro y levantándole la frazada, quería porfiar con sus torpezas y sintiéndolo porque estaba despierta gritó y dio boses que la oyó su madre y su cuñado Silvestre y diciéndole algunas razones, que porque la andaba registrando le dijo a putilla que he de degollar.

Pero en esta ocasión estaban presentes su madre y el marido de otra hermana, Silvestre Zello, el que finalmente denunció a Juan Antonio Sebas. Debido a esta denuncia fue interrogada la madre, Margarita Reyes, que declaró:

…no se atrevía a dar parte a la justicia por conocerle su genio tan violento y altivo, ni aun decirle más del aunque lo veía diferentes veces anidándoles las cobijas a sus hijas: con las que de noche al acostarse se tapaban y quererlas tocar, no obstante venidos aquellos excesos feos con repugnancia de su genio y aunque contemos le haría cargo de aquellos hechos y le respondió su marido que estaba en ello engañada y eran setas del demonio y engaño del Diablo.

La declaración de Margarita Reyes es sumamente interesante: afirma que ella no se atrevió a denunciar a su marido debido a su carácter “violento y altivo”, pero que una vez, sin embargo, confrontó a Sebas luego de haberlo visto “anidándole las cobijas” y tocando a sus hijas. La respuesta de Sebas a esta acusación es aún más interesante:

…le respondió su marido que estaba en ello engañada y [Felipa y Gerónima] eran setas del demonio y engaño del Diablo.

Una vez más, el fallo de la justicia fue acorde con la sociedad patriarcal de la ciudad capital del Virreinato del Río de la Plata. Los vecinos de Juan Antonio Sebas a los que se les tomó declaración (todos hombres) fueron fundamentales para que el fallo fuera favorable al patriarca: argumentaron que Sebas no solo daba buen ejemplo en su casa y que cuidaba a las hijas de su esposa, sino que también era creyente y muy trabajador.

Fue suficiente para que en agosto de 1772 se absolviera a Sebas del delito del que fuera acusado. Pero se lo obligó a tres meses de alejamiento de la ciudad o el lugar donde vivían sus entenadas (es decir, las denunciantes) y se dispuso que cuando estuviera con ellas, se hallara en compañía de otras personas, a fin de evitar recelos que alteraran la paz del matrimonio.

Si gritás, te mato

Terminamos este capítulo con un fragmento tan breve como contundente.

En el año 1800, María Cardozo se acercó a la justicia y declaró que Antonio Hernández la había violado. En las actas judiciales consta la descripción de la violación y su palabra:

…me echó en la cama y apretándome el pescuezo me dijo: me la has de hagar gran puta, si gritás te mato, y amenazándome con un cuchillo y forcejeándome me disfrutó y después me dijo te he hecho esto por puta.

La historia argentina contada por mujeres
Marginadas y subordinadas en todos los ámbitos, también lo fueron a la hora de escribir la historia de los acontecimientos que dieron forma a la actual Argentina. Sin embargo, siempre 'estuvieron ahí'. Y dejaron su testimonio.
Publicada por: EDICIONES B
Fecha de publicación: 03/01/2018
Edición: 1a
ISBN: 9789876273664
Disponible en:Libro de bolsillo

 

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