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Adelanto de «Brasil caníbal», de Florencia Garramuño


Nuestro hermano latinoamericano es un país multifacético y lo que sucede en sus ciudades no es, como imaginamos, tan lejano de lo que sucede en las nuestras. Brasil no es solo samba, carnaval, Bahía, Río, las favelas, Sérgio Buarque de Hollanda, Lula da Silva o sus playas.

En Brasil caníbal. Entre la bossa nova y la extrema derecha, Florencia Garramuño repasa, con el cuidado y el apego de quien ama el Brasil, la historia y la cultura brasileña. Desde las interpretaciones sobre su “fundación” hasta hoy, atraviesa las artes, las letras y la música, las ciudades históricas, recorre los momentos de la independencia hasta la modernidad y la inserción internacional. No deja afuera el Partido de los Trabajadores, su primer presidente obrero y el presente, el giro inesperado a la derecha que dio su política con Jair Bolsonaro a la cabeza.

A continuación un fragmento, a modo de adelanto:

 

Capítulo 4 – El partido de los trabajdores  y el primer presidente obrero: Lula Da Silva. Del “despegue” de  la economía al impeachment

En 1980, en el contexto de una creciente oposición a la dictadura, organizaciones de trabajadores, sindicatos, miembros de la izquierda organizada, sectores de la Iglesia católica y movimientos sociales urbanos, junto con intelectuales (entre ellos, Sérgio Buarque de Holanda y Antônio Cândido) y políticos del Movimiento Democrático Brasileño (MDB), fundaron el Partido de los Trabajadores (PT), para contribuir a la transición desde el gobierno militar hacia la democracia. Con sus orígenes afincados en la izquierda sindical independiente no estalinista, el partido significó un importante desafío a los patrones elitistas de la política brasileña. A lo largo de su historia fue incorporando nuevos movimientos populares —feministas, ambientalistas— y se definió por una estructura interna única, más elaborada y democrática que la del resto de los partidos brasileños. En 1989, su candidato —el mismo Luiz Inácio Lula da Silva que ganaría en 2002— perdió las elecciones por apenas 6% de los votos.

Cuando finalmente ganó, su gobierno y el Brasil con él lograron captar la atención del mundo. Entre 2004 y 2010, el país tuvo las mayores tasas de crecimiento, una reducción de la desigualdad social y regional inusitadas, el aumento sostenido de los salarios y la elevación del empleo, mientras mantenía la inflación bajo control. Entre veinticinco y treinta millones de personas salieron de la pobreza, la inversión creció un promedio de 6,7% anual durante ese período y el Brasil se convirtió en una de las potencias emergentes del mundo. Se trató de un crecimiento producido en el marco de un contexto internacional fundamentalmente beneficioso para las economías latinoamericanas, cuando las altas tasas de crecimiento de la economía china hicieron crecer con fuerza su demanda por los commodities (petróleo, minerales y productos agrícolas). La visión de un Brasil que finalmente había llegado a ese futuro prometido comenzó a hacerse evidente no solo para los brasileños, sino para el mundo entero. Un cambio profundo en la composición de la sociedad brasileña se hizo manifiesto gracias a los programas gubernamentales de transferencia de renta, inclusión social y erradicación de la pobreza.

La influyente revista The Economist publicó en 2009 en su portada una imagen del Cristo Redentor de Río de Janeiro que, como si se tratara de una nave espacial, despegaba desde el Corcovado, con el título “Brazil Takes Off” [Brasil despega]. Imagen y título condensaban la potencia de un país que lograba abandonar los lastres del pasado. La misma ilustración, pero ahora con un Cristo-nave espacial a punto de estrellarse, fue publicada, en esa revista, en un artículo de 2013 con la leyenda: “Has Brazil blown it?” [¿Ha explotado Brasil?], en referencia a la crisis que comenzaba a acentuarse durante el primer gobierno de Dilma Rouseff, sucesora del segundo gobierno de Lula da Silva.

Durante el primer gobierno de Dilma Rousseff, en junio de 2013, en un movimiento comparable a otros semejantes surgidos en diferentes partes del mundo, como el 15M en Madrid y las protestas turcas, griegas, chilenas y egipcias, enormes manifestaciones tomaron las calles de las ciudades brasileñas en protesta por el costo del transporte y la precarización. Un aviso más, una muestra de un Brasil no como excepción, sino como parte de un mundo sublevado. En San Pablo, en Río, en Belo Horizonte y otras ciudades, esas marchas exhibieron la emergencia de nuevos sujetos y demandas —muchas de ellas relacionadas con la orientación sexual y con el género— que hasta entonces no habían sido tan visibles en el Brasil y que no se veían representadas por las políticas públicas. Posteriormente comenzaron a sumarse demandas diferentes, con gritos en contra de la corrupción y expresiones de indignación contra los políticos y la política en general. Según Ivana Bentes:

Their demands were progressive demands. So much so that at the start president Dilma tried to respond to these demands by proposing a constituent process and was savaged by the media. At that point the tide might have turned in the other direction, to the left. But Dilma’s own government began to engage in a discourse of demonization and repression of the social movements, and the Right took the demands of these demonstrations forwards. It was the construction of a narrative that in reality fed on a diffuse indignation aimed at everything and everyone, at representative bodies and at the government. And there you do see financing and a homogenization of discourse.

[Sus demandas eran progresistas. Tanto que al comienzo la presidenta Dilma intentó responder a esas demandas proponiendo un proceso constituyente y fue atacada por los medios. En ese punto la marea pudo haber girado hacia otra dirección, a la izquierda. Pero el propio gobierno de Dilma comenzó a comprometerse en un discurso de demonización y de represión de los movimientos sociales y la derecha llevó adelante las demandas de estas protestas. Fue la construcción de una narrativa que en realidad se alimentó de una indignación contra todos y todo, contra cuerpos representativos y contra el gobierno. Y ahí se ve el financiamiento y homogeneización de ese discurso.]

Esas manifestaciones fueron brutalmente reprimidas. Especialmente durante la manifestación del 13 de junio en San Pablo, la policía militar montó un aparato feroz de represión. Centenas de personas fueron encarceladas, golpeadas, atacadas con balas de gomas y criminalizadas.

Laura Carvalho (2018) señala que Rousseff —elegida con un margen muy pequeño en su segundo gobierno, apenas el 51,6%— implementó, a la defensiva, una política económica favorable a las demandas de los sectores industriales y empresariales, y abandonó algunos de los pilares que habían contribuido al boom de la economía brasileña durante los gobiernos de Lula da Silva.

El “futuro” vuelve a hacer su aparición: ahora, en el plan del Partido del Movimiento Democrático Brasileño (PMDB) —aliado del gobierno y del cual procedía el vicepresidente Michel Temer—, “un puente hacia el futuro”, presentado ante empresarios paulistas, un plan que, según la misma Carvalho,

en vez de imaginar estrategias para sanear los problemas fiscales por la vía del crecimiento económico, la preservación de empleos y la reducción de los intereses […] comenzaba por la flexibilización de las leyes de los trabajadores, el fin de obligatoriedad de los gastos en salud y educación y la desindexación de beneficios de los jubilados al salario mínimo (Carvalho, 2018: 109).

Con el agravamiento de la crisis económica y un PBI negativo para el país (-3,8%), la situación se hizo cada vez más complicada para el gobierno de Dilma. Esa crisis, junto con otros factores como la caída del precio de los commodities en 2014 y el descubrimiento de la gran trama de corrupción y lavado de dinero conocida como “Lava-jato” que involucró a Petrobrás y a varios funcionarios del gobierno, complicaron fuertemente el clima político.

El procedimiento del impeachment, previsto en la Constitución brasileña para la remoción de presidentes que cometan crímenes contra el Estado, fue implementado por opositores de Dilma Rousseff con Eduardo Cunha, el presidente de la Cámara, a la cabeza. Para gran parte de la población y para analistas nacionales e internacionales, el impeachment tuvo vicios evidentes que autorizan a denominarlo, más que impeachment, golpe. Lo que se esgrimió para justificarlo, las pedaladas fiscais (o “bicicletas financieras”), “no pasan de maniobras fiscales que por más que sean anomalías, no están previstas en la Constitución como pasibles de crimen de responsabilidad” (Gomes, 2016, posición 613). El mismo Eduardo Cunha, que aceptó iniciar el proceso del impeachment y lo condujo a su final, fue condenado por la justicia —en su caso, con pruebas— poco después del impeachment por su participación en la corrupción. Michel Temer, que asumió como presidente luego del alejamiento de Dilma, instauró un gobierno interino repleto de denunciados, investigados y condenados por la justicia por la trama del Lava-jato.

Durante la votación en el Parlamento, la mayoría de los diputados que votaron a favor del impeachment demostraron una absoluta falta de argumentos políticos. Sus razones se sostuvieron en convicciones personales, y se sucedieron votos del tipo de “por mi esposa”, “por la hija que va a nacer”, “por el nieto”, sin mencionar fundamentos legales que sostuvieran sus posturas; en cambio, exhibieron un discurso comprometido con la defensa de la familia tradicional y de su moral conservadora. Renan Quinalha observó que en ese discurso se diseñaba un nuevo estatus:

No es sorprendente que un golpe conservador, apoyado por sectores de derecha y por parte de la clase media que hace de la moral su mayor bandera política, acunado por el discurso de la defensa de la familia y de los valores religiosos, elija como amenaza las formas de sexualidad y de deseo que desafían la heteronormatividad y la cisgeneridad (Quinalha, 2016, pos. 2246).

El 10 de abril de 2016, antes de la votación del impeachment, se construyó un muro en la Esplanada dos Ministerios de Brasilia para separar a los manifestantes a favor y en contra. Ese muro auguraba una división del pueblo brasileño que se profundizaría con posterioridad al impeachment y alcanzaría proporciones desmesuradas en las elecciones presidenciales: el muro, imagen reveladora del protagonismo del odio como afecto político, clave del presente que, como señaló Gabriel Giorgi, “lo vuelve un punto de imantación de lenguaje, de formas expresivas y de lugares de subjetivación decisivos” (Giorgi, 2018: 56).

Brasil caníbal
Florencia Garramuño repasa la historia y la cultura brasileña.
Publicada por: Planeta
Fecha de publicación: 05/01/2019
Edición: 1a
ISBN: 978-950-12-9813-0
Disponible en:Libro de bolsillo