Periodismo Justo

¿El ocaso de la furia?

“La grieta sirve para ganar una elección pero no sirve para gobernar”. La frase le pertence al gobernador Juan Schiaretti y fue pronunciada minutos después de confirmar su amplio triunfo en las elecciones de Córdoba. Tenían por lo menos dos destinatarios evidentes: Cristina Kirchner y Mauricio Macri. El reelecto gobernador soñaba todavía con la llamada “tercera vía” electoral y la descripción sonó con la solidez del acero.


La decisión de la ex presidenta de ceder el primer lugar de la fórmula de Unidad Ciudadana a su ex Jefe de Gabinete, Alberto Fernández, uno de los dirigentes que con más entusiasmo la cuestionó durante los últimos años, revela que la sentencia del cordobés empezó a perder consistencia. Tal vez, la grieta tampoco sirva para ganar elecciones. Si es así, estamos ante una gran noticia. La negación del otro genera mística popular y, ciertamente, atrae votos pero infecta cualquier gestión. Sin consensos básicos no se puede gobernar un país dividido y en profunda crisis económica y social.

Cristina Kirchner cedió su lugar por razones de estrategia electoral, cuestiones políticas y motivos personales. Hubo en esa decisión tanto pragmatismo como necesidad. La razón electoral es la más sencilla de explicar: su candidatura no aseguraba el triunfo de su fuerza política en una eventual segunda vuelta. La cuestión política es evidente: en caso de ganar, no lograría garantizar la gobernabilidad. ¿Es difícil imaginar a CFK discutiendo el Mercosur con Jair Bolsonaro, negociando con el FMI, haciendo algunos ajustes inevitables o, incluso, convocando con la oposición? Los motivos personales están relacionados con la salud de su hija, Florencia. Es una jugada de alto voltaje político.

Dicen sus íntimos que no declinó su lugar en la fórmula porque nadie garantiza como ella la adhesión del kirchnerismo puro y duro. Una minoría intensa e imprescindible para competir con chances. El elegido fue la gran sorpresa y es producto de lo expuesto. Fernández es el menos kirchnerista de los kirchneristas. Se fue del gobierno en 2008 y fue un crítico tenaz del segundo mandato de Cristina Kirchner. Desde el 2017, post derrota electoral con Esteban Bullrich, la ex presidenta comprendió la inefable debilidad de su fortaleza. Antes volvió a pecar de soberbia al negarle las primarias a Florencia Randazzo.

Lo cierto es que a instancias de Juan Cabandié llamó a su ex Jefe de Gabinete, quien la había enfrentado junto a Sergio Massa en 2015 y junto a Randazzo después. Quería conversar. Estaba dispuesta a escuchar. Un ejercicio que la ex Presidenta fue perdiendo con el paso de los años. Alberto: “el traidor”, “el agente de Clarín”, “el blanco predilecto de 678” la convenció de reconvertirse no sólo para intentar derrotar a Mauricio Macri sino para “encontrar otro lugar en la historia, distinto al que se estaba conformando a fuerza de causas judiciales”.  De allí la idea de escribir un libro para dar “su versión”. Lo que no esperaba Fernández es que un año y medio después no sólo le agradecería públicamente la sugerencia sino que le ofrecería encabezar la fórmula presidencial.

Para el oficialismo se trata de una maniobra oscura destinada a buscar impunidad. “Gobernará ella”, “Alberto será un títere”, “lo hará renunciar”. En el peronismo, dónde comprenden claramente que quien se coloca la banda presidencial es quien de verdad mandará en el país, valoraron el gesto. “Podría no haberlo hecho”, dicen. “Es una decisión valiosa, nadie con votos se baja”, explicaron. La movida hirió de muerte a Alternativa Federal. Sergio Massa hizo el resto. Las dudas que subsisten ahora, ante un eventual triunfo, pasan por la supervivencia y el modo en que funcionará la sociedad de los Fernández. Más allá del resultado de los comicios, ya nada será como era.

Mauricio Macri encabeza el pelotón de dirigentes que desconfía del cambio. Es gatopardismo puro, piensan. Para sostener esa idea necesitan a CFK en la cancha. Ante la imposibilidad de hablar del presente, el pasado se hace imprescindible. La pelea es “asfalto y cloacas contra la corrupción”, insisten. En palabras de Durán Barba, entre decepción y miedo. En la misma entrevista dónde expresó esta memorable opción, el inefable asesor ecuatoriano dejó abierta la posibilidad de que el Presidente decline su candidatura.

Sería una suerte de “quiero retruco”. Pero parece remoto. Según dicen sus colaboradores Mauricio Macri no quiere pasar a la historia como un presidente que fracasó. Cree que puso al país en el rumbo correcto –por eso tanto apoyo internacional– y quiere la revancha. Por lo pronto, ya se ganó el aplazo en dos de los tres objetivos que el mismo se planteó apenas asumió el poder: unir a los argentinos y bajar la pobreza. Para una nueva oportunidad necesita de la grieta como un pez el agua. “Ganaremos en segunda vuelta, la gente no quiere volver al pasado”, repiten en su entorno como un mantra. Pronto lo sabremos.

La grieta funcionó para políticos y periodistas como un negocio muy rentable durante muchos años. Es lógico que su defensa se transforme en la gran cruzada de los próximos meses.