jueves 18 de agosto de 2022
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Adelanto de «La gentrificación es inevitable y otras mentiras», de Leslie Kern

La gentrificación se ve facilitada por fuerzas mucho más poderosas que la del propietario promedio de clase media: están los gobiernos de las ciudades, los desarrolladores, los inversores, los especuladores y las plataformas digitales que desde lejos crean nuevas maneras de lucrar con el espacio urbano. La gentrificación de la vieja escuela de los años sesenta casi que parece pintoresca en comparación con los monstruosos procesos que ejercen presión sobre nuestros barrios.

 La manera en que la gentrificación afecta a las personas no solo varía de lugar en lugar, sino también de grupo en grupo. Probablemente no haga falta decir que algunas personas obtienen grandes beneficios de la gentrificación, aunque en este libro no nos preocuparemos demasiado por sus sentimientos. Cuando nos referimos a aquellos que sufren desplazamiento, pérdida, exclusión y violencia, debemos prestar atención a ciertas diferencias que pueden pasarse por alto con términos como “clase trabajadora” o “minorías”. Las consecuencias específicas de la gentrificación dependen de la manera en que las personas se ubican en relación con sistemas de poder como el género, la raza, la sexualidad, la edad y la capacidad. Por ejemplo, la posición de las mujeres en cuanto cuidadoras, así como la mayor probabilidad que tienen de ser madres solteras, de tener una esperanza de vida más alta y de sufrir las consecuencias de la brecha salarial en función del género, se refleja en los modos en que viven las consecuencias de la gentrificación.

A continuación, un fragmento a modo de adelanto:

La gentrificación es…

Solía vivir en un barrio en el extremo oeste de Toronto llamado Junction o “El Cruce”, partido al medio y separado por “el cruce” de la intersección de las vías del tren. La historia de sus industrias se palpaba en los sonidos y los olores que salían flotando de las fábricas de caucho y pintura, y de los frigoríficos. Todavía hoy, en una tarde calurosa, es posible que algunos de esos olores se deslicen en el aire, aunque compiten con la esencia que emanan los cafés de especialidad y las panaderías veganas. Es un lugar común hablar de lo peligroso que antes era tu barrio, pero existe un motivo por el cual todos nos cansamos de este relato: están rehaciendo muchos de nuestros barrios ante nuestros propios ojos.

Lo que presencié en el Junction forma parte de un conjunto de cambios sobre los lugares y las comunidades que, históricamente, volvían a las ciudades especiales e interesantes, las hacían sitios de protesta y progreso. Esos cambios fueron llamados “gentrificación”, y este es un libro sobre la lucha por evitar que la gentrificación se lleve por delante todo lo que a muchos de nosotros nos gusta sobre la vida en la ciudad.

A pesar de haber vivido en Toronto y sus alrededores desde hace unos veinte años, nunca había oído hablar del Junction antes de mudarme en el año 2000. Era un lugar extraño: entre 1904 y 1998 fue un barrio “seco” (no se vendía alcohol), y su ubicación junto a los antiguos corrales de Toronto atrajo a inmigrantes de Malta, Italia y Polonia que se dedicaron a trabajar en la industria de la carne. Los sitios industriales activos y los frigoríficos se instalaron junto a fábricas abandonadas y terrenos baldíos, a pocas cuadras de los productos, innegablemente utilitarios, que se ofrecían a lo largo de la principal calle comercial. Un local de Blockbuster, un almacén de ofertas y la oficina de correos eran de los pocos espacios de venta minorista a los que podía acceder como recién graduada y madre primeriza. Las casas de empeño y la peculiar sobreabundancia de tapicerías resultaban destinos bastante menos atractivos.

Lo que sí teníamos eran tasas de polución del aire más altas que el promedio, parques con jeringas descartadas y una población de inmigrantes, habitantes de clase trabajadora y personas de escasos recursos, en buena parte olvidados. Digo en buena parte porque, a diferencia de otros barrios de Toronto, estigmatizados por el uso de drogas, la indigencia, el trabajo sexual o el crimen, el Junction casi nunca aparecía en las noticias. No era pensado como un lugar “otro” o amenazante; quienes vivían por fuera del triángulo ferroviario no lo pensaban en absoluto. Cuando buscaba departamentos que estuvieran dentro de mi presupuesto, todos los avisos le decían “High Park North” al Junction, evocando al distinguido barrio y al hermoso parque que estaban al sur. Era una forma de nomenclatura creativa, diseñada para ocultar el hecho de que no, no era High Park.

Aun así, existían un montón de familias jóvenes, buenas escuelas y espacios verdes —pequeños pero decentes— diseminados por las áreas residenciales. Después de todo, estamos hablando de una ciudad en Canadá, donde los niveles de inversión pública en la infraestructura urbana rara vez se desplomaron tanto como para que se crearan lugares verdaderamente inhabitables. Aunque el sótano infectado de ratones donde estaba mi departamento dejaba mucho que desear, enseguida conocí a otras madres con hijos de la edad de mi hija y me encontré con una comunidad solidaria. Durante los primeros años, hubo algún que otro signo de cambio: un nuevo negocio interesante, un evento en el barrio; pero solo algunos se mantuvieron. El barrio tenía una onda algo artística, pero estaba lejos de las modas.

Esto comenzó a cambiar a mediados de la década del 2000, cuando una cantidad considerable de nuevos comercios y restaurantes desafió las tendencias y atrajo una amplia atención hacia el barrio. De repente, el Junction “se estaba poniendo”. Era el polo más nuevo y atrayente de Toronto; tenía estilo, mezclaba lo nuevo y lo viejo. Era un lugar adonde había que ir. Los medios de Toronto empezaron a destacar los eventos, los bares, los negocios y los restaurantes del Junction en las secciones semanales sobre “qué hacer” y “dónde comer”. La hipérbole alcanzó nuevos picos en 2009, cuando la sección de viajes de The New York Times online publicó una nota titulada “Skid Row to Hip in Toronto” [“En Toronto, de marginal a moderno”].

El artículo condensaba una narrativa como la de Cenicienta que, al igual que en ese cuento de hadas, depende del contraste entre un antes y un después. En este y otros artículos similares, el “viejo” Junction era caracterizado como un lugar marchito, un arrabal sucio y tóxico, en ruinas; tan de mierda que no valía la pena arreglarlo, atrapado en el pasado, en decadencia. Sin dudas, estos adjetivos obligaron al cronista a narrar una conmovedora historia de metamorfosis. También colaboraron con otro objetivo. Al retratar el barrio como un lugar arruinado, abandonado y sucio, los cambios que traía la gentrificación parecían necesarios, buenos y bienvenidos. Describir el barrio como un lugar que necesitaba ser salvado hizo de la gentrificación una heroína.

El cronista de la sección de viajes de The New York Times cuenta a sus lectores que “los jóvenes y los artistas están aprovechando los inmuebles, que todavía son económicos, para meterse con disimulo en las vidrieras vacías y las casas bajas”. Parece que estos héroes hacen un buen trabajo: “Cuadra a cuadra, están transformando el tramo de Dundas Street West del arrabal sucio que era a un enclave radiante, lleno de librerías poco convencionales, restaurantes veganos y cafés orgánicos […] En lugar de sex shop, Dundas Street West se llenó de una oferta de saludable comida orgánica”. Los rayos de sol, los libros, los cafés veganos y la comida orgánica disipan las sombras de la mugre, la pobreza y la pornografía.

En medio de los festejos por la redención del Junction, solo unos pocos se preocuparon por la suerte de aquellos que dejarían de ser bienvenidos, o que serían expulsados de su comunidad por los aumentos de precios. Un vistazo por la sección de comentarios de los portales locales reveló que existía poca simpatía por estos vecinos. De hecho, los que comentaban parecían estar seguros de que una vez que desaparecieran las cucharas grasosas, las tiendas de donas mugrientas y los baldíos, el “desfile de freaks” se iría del barrio, como dijo una persona respecto de la presencia de gente en situación de calle, con enfermedades mentales odiscapacidad.

Que el Junction pasara de ser un área industrial y de clase trabajadora a un buen barrio moderno ¿era solo una fase natural del ciclo del desarrollo urbano? ¿Acaso se trata de un asunto de economía básica que determina que luego de años de decadencia haya inevitablemente un giro ascendente? ¿Había algo culturalmente deseable que atraía a los jóvenes hipsters al Junction de forma irremediable? Y a medida que la gentrificación avanza sin cesar, ¿cuáles son los daños que causa, si es que causa algún daño? Las respuestas a estas y otras preguntas sobre barrios como el Junction pasan a formar parte de los relatos que contamos sobre cómo y por qué ocurre la gentrificación. Esos relatos son el tema de este libro, cada uno de ellos con su reparto de héroes y villanos, de conflictos y vueltas, de vacíos argumentales y personajes poco desarrollados.

Si, como me pasa a mí, los relatos sobre la gentrificación les hacen sentir una mezcla de frustración, impotencia, confusión, indignación, ira y empatía, entonces este libro es el indicado para ustedes. Hasta hace no mucho, el término “gentrificación” era parte de la jerga académica y rara vez se oía por fuera de los debates dentro de este ámbito. Hoy en día, nunca hubo tanta gente buscando entender qué es lo que ocurre en sus barrios y cuál es su relación con la gentrificación; pero justo cuando se piensa haberlo entendido, la gentrificación se manifiesta de una forma nueva y aterradora. Este libro ofrece los fundamentos para comprender el pasado de la gentrificación, pero, sobre todo, proporciona un marco para entender cómo, dónde y por qué la gentrificación está sucediendo ahora.

Ahonda en cuestiones controvertidas acerca de la responsabilidad, las obligaciones y el poder. También coloca en un primer plano problemas que, por lo general, son dejados de lado en los debates sobre la gentrificación, como la raza, el colonialismo, el género y la sexualidad. Es aún más valioso, no obstante, que el libro nos recuerde que existen muchos ejemplos exitosos de resistencia a la gentrificación. No importa la posición que cada quien tenga con la gentrificación; siempre hay maneras de actuar aquí y ahora, en solidaridad con estas luchas.

Cada capítulo se aproxima al fenómeno de la gentrificación desde una mirada diferente y con una manera distinta de entender el problema; distintos relatos, si se quiere, que ofrecen perspectivas parciales sobre un tema difícil de abordar. Indago en lo que estos relatos revelan y ocultan, lo que incluyen y excluyen, lo que observan e ignoran. Utilizo este enfoque porque creo que los relatos importan: encuadran nuestros modos de percibir el pasado y el presente, modelan nuestra capacidad de empatizar con los otros y, lo que es más importante aún, dan forma a los desenlaces potenciales que podemos desear e imaginar. En especial, me interesa saber si los relatos que inventamos sobre la gentrificación nos ofrecen una visión o, aunque sea, un atisbo de posibilidad de una ciudad donde la gentrificación no parezca inevitable.

ORÍGENES

A fines de la década de 1990, vivía y trabajaba al norte de Londres, sin saber que me encontraba al lado del distrito que originariamente inspirara el término “gentrificación”. Islington, según recuerdo, estaba lleno de las emblemáticas casas de estilo georgiano y tenía una calle principal ajetreada, con negocios, pubs llenos de hinchas del Arsenal Football Club, y muchos cafés y restaurantes. Los barrios municipales, un tipo de vivienda social en alquiler que cuenta con subvención estatal, y la prisión de Pentonville formaban parte de la mezcla de lo que para mí era un barrio típico del norte de Londres.

Hasta ese momento, no solo no había oído hablar de la gentrificación, sino que tampoco tenía idea de que Islington alguna vez había sido una zona insalubre, golpeada por la sobrepoblación y la pobreza. A mediados del siglo xix, muchos habitantes pobres del interior de Londres se vieron desplazados por proyectos masivos de obra pública, como la construcción de la red de subterráneos. Una vez que fueron empujados hacia el norte, se amontonaron en pequeños departamentos dentro de lo que habían sido casas burguesas distinguidas. Hacia mediados del siglo xx, Islington, junto con otras áreas, era considerada una zona profundamente afectada por la pobreza urbana. La destrucción provocada por los bombardeos enemigos durante la Segunda Guerra Mundial llevó a que se reemplazaran extensas áreas de casas adosadas en ruinas por barrios municipales, lo cual implicó una leve mejora de las condiciones de vida.

Hacia 1960, sin embargo, las casas georgianas que quedaban, venidas a menos, pero lo suficientemente sólidas como para haber sobrevivido a la guerra, poco a poco fueron atrayendo habitantes de clase media. Ruth Glass, socióloga afincada en Londres, reparó en el lento influjo de estas familias que se mudaban a “casas mews y casas de campo modestas y en deterioro”. Las familias fueron reformando y restaurando las casas a través de la igualdad del sudor: con su propio trabajo físico. Con el tiempo, estas casas aumentaron su valor de forma significativa. En 1964, Glass acuñó el término “gentrificación” para describir este cambio económico y demográfico. La propia palabra indica lo que para ella era el aspecto más importante del proceso: un cambio de clase. La alta burguesía no cesaba de rehacer el barrio a su imagen y semejanza, en consonancia con sus propios gustos y preferencias.

Desde el comienzo, Glass colocó el desplazamiento en un primer plano, como el rasgo distintivo de la gentrificación, debatido en muchas ocasiones. En sus palabras: “Una vez que el proceso de ‘gentrificación’ comienza en un distrito, avanza con rapidez hasta que toda o la mayor parte de la población original de clase obrera ha sido desplazada, de modo que el carácter social del distrito cambia por completo”. Glass nombró a este proceso como una “invasión” y señaló que ya había transformado sectores de Notting Hill, al oeste de Londres, una poblada comunidad de inmigrantes del Caribe. La importancia del desplazamiento y la idea de que “el carácter social” de un barrio puede ser transformado por completo continúan siendo centrales cuando hablamos de gentrificación.

Probablemente, las personas de clase media y alta siempre han tomado espacios y los han reconstruido de acuerdo a sus necesidades y deseos. Según señaló Glass, lo que parecía ser digno de atención en Islington era que se trataba de un área densa, urbanizada y de clase trabajadora, de viviendas donde había una relación inversa entre el estatus social actual, por un lado, y su valor y tamaño. En otras palabras, el estatus social era elevado, mientras que el valor era bajo y el tamaño, pequeño. Estas personas de clase media no estaban mudándose fuera de la ciudad, ni buscaban viviendas más grandes y nuevas. En cambio, se trataba de la decisión de quedarse en la ciudad o de volver a ella; buscaban algo que no era un espacio moderno ni la calma de los suburbios, algo que continúa siendo un asunto de debate. Pero a diferencia de otras tendencias como la suburbanización, la gentrificación parece haber sido motivada por un conjunto distinto de esperanzas y temores.

En aquel momento, el desplazamiento de comunidades inmigrantes, racializadas y de clase trabajadora que provenían de barrios urbanos no era un fenómeno nuevo en Inglaterra ni en otros países. Los gobiernos ya habían identificado a las denominadas zonas “en deterioro” y a los “barrios precarios” como objeto de proyectos de renovación urbana, diseñados para barrer con estas comunidades y reemplazarlas por otras completamente distintas o destinar la tierra para otros usos como, por ejemplo, autopistas, centros comerciales. No obstante, a diferencia del proceso de renovación urbana, el de gentrificación —por lo menos según observó Glass en aquel momento— no consistía en un emprendimiento verticalista financiado por el Estado; ni tampoco involucraba la demolición de los barrios previos.

En cambio, se trataba de habitantes blancos y de clase media que llegaban por voluntad propia a lo que parecían zonas menos atractivas y realizaban cambios graduales en el entorno físico a través de proyectos de renovación y paisajismo. Aunque no existen dudas de que la renovación urbana y la gentrificación están conectadas, como exploraremos más adelante en el libro, esta última parecía ser lo bastante diferente como para merecer un mote propio.

Desde 1964, sin embargo, la gentrificación, según fue definida por Glass, ha tomado distintas formas y trayectorias. En algunos casos, existen procesos de gentrificación que no se parecen en nada al escenario observado en Islington varias décadas atrás.

NO ES LA GENTRIFICACIÓN DE TUS PADRES

Después de un año y algo en el norte de Londres, regresé a Toronto a fines de 1999, acompañada por una persona en cochecito. Transitar las calles ajetreadas de la ciudad es lo suficientemente difícil; aun así, a medida que las construcciones devoraban el espacio de la vereda por todo el centro de la ciudad, terminaba atrapada en embotellamientos cerrados. Maniobraba el cochecito como si estuviera en un circuito de slalom, sorteando carteles sándwich que anunciaban la llegada inminente de una luminosa torre de condominios que sería “lo último para la vida moderna”. Estaba molesta, pero confieso que también intrigada por esta moda de la construcción que durante un tiempo transformó a mi ciudad en la capital mundial de la grúa torre.

Aunque todavía no sabía nada acerca de la gentrificación, no necesitaba ser investigadora en estudios urbanos para darme cuenta de a quiénes estaban dirigidos los condominios. Después de todo, tenía que esquivar sus caras blancas, jóvenes y sonrientes al menos una vez por cuadra. Eran rostros de personas que, en apariencia, no tenían ningún problema en pagar cientos de miles de dólares para vivir en monoambientes: cubos en el cielo que daban a una autopista. Faltaban un par de años más para tener los conocimientos que me permitieran establecer el vínculo yo misma, pero algo en mí relacionó las casas mews de Islington con estos mastodontes de vidrio y acero que ahora se cernían sobre mi ciudad.

Aunque la clase de gentrificación casa por casa caracterizada por Glass continúa ocurriendo, ha sido eclipsada por otros tipos de cambios que también producen transformaciones sociales. Estos no se limitan a las prácticas de compra de vivienda por parte de hogares individuales, ni tampoco al ámbito residencial. Son más grandes, rápidos y presumiblemente más peligrosos. Después de todo, diez edificios de condominios de trescientas unidades cada uno se parecen más a un asteroide que al lento cambio climático provocado por unas pocas familias, que poco a poco van renovando las casas viejas del barrio.

La gentrificación se ve facilitada por fuerzas mucho más poderosas que la del propietario promedio de clase media: están los gobiernos de las ciudades, los desarrolladores, los inversores, los especuladores y las plataformas digitales que desde lejos crean nuevas maneras de lucrar con el espacio urbano. La gentrificación de la vieja escuela de los años sesenta parece casi pintoresca en comparación con los monstruosos procesos que ejercen presión sobre nuestros barrios.

Hoy en día, estamos acostumbrados a que la gentrificación tenga símbolos distintos a los que Glass señaló en 1964. Por ejemplo, vemos que las cajas donde se guardan las llaves están cerradas y que afuera de los edificios de departamentos hay vallas desordenadas, que posiblemente indican la presencia de unidades de alquiler temporario. El sonido de valijas traqueteando sobre el empedrado es un rastro auditivo generado por la gentrificación de base turística, un signo que los habitantes de un barrio histórico de Ámsterdam identifican como un cambio bastante molesto. Los edificios de las viejas fábricas ya no son indicadores de decadencia urbana, sino una posible residencia renovada para cualquiera, desde artistas hasta corredores de bolsa. Inclusive los proyectos de vivienda social en proceso de reformas pueden representar una advertencia sobre la gentrificación, ya que esta “regeneración” suele incluir espacio para unidades a valor de mercado que están por fuera de las posibilidades de los habitantes de esas viviendas.

Todo esto sugiere que existen muchas maneras en que se desarrolla la gentrificación actual. No basta con prestar atención a las decisiones de los compradores de vivienda individuales, aunque la cuestión del gusto y las preferencias de la clase media sigue siendo relevante. Parece más urgente enfocarse en el rol cada vez más activo que tienen gobiernos y empresas, tanto para facilitar la gentrificación como para lucrar con ella. Hoy en día, en las ciudades se fomenta la reinversión de las clases media y alta, e incluso de la clase inversora, de un modo bastante deliberado, mientras se promueven políticas que allanan el camino para un tipo particular de desarrollo inmobiliario y comercial.

Algunos ingredientes de esta receta son tan predecibles que los vemos en ciudades que van de San Francisco a Shanghái. Desde proyectos de revalorización de zonas costeras hasta distritos de compra peatonales, o nuevos espacios verdes para proyectos de arte y cultura, en la actualidad las ciudades siguen programas notablemente similares sobre el tipo de servicios con los que pretenden atraer a las personas que cuentan con la combinación necesaria de recursos financieros y culturales. Aunque no todos estos esfuerzos pueden ser caracterizados como gentrificación, en general forman parte de un conjunto de intervenciones y cambios espaciales que permiten que las ciudades y los barrios sea comercializados de nuevas maneras, para una nueva demografía.

Al mismo tiempo, los gobiernos locales han encontrado formas de asociarse con el sector privado para acelerar el ritmo de los cambios dentro y fuera de los centros urbanos. Es el caso de los incentivos para los desarrolladores, como la exención de impuestos, que ayudan a fomentar nuevos proyectos residenciales masivos, al igual que sucede con las oportunidades que se les brinda a los desarrolladores privados para “renovar” las viviendas sociales en malas condiciones, a cambio de otorgarles un sector en la misma zona que pueden destinar al mercado inmobiliario. En algunos casos, es el propio Estado el que se embarca en proyectos de reurbanización que buscan disgregar a los pobres y destruir las viviendas informales con el objetivo de dar paso a la clase de propiedades que atraen a inversores con dinero y a una nueva clase media.

La gentrificación es inevitable y otras mentiras
La gentrificación se ve facilitada por fuerzas mucho más poderosas que la del propietario promedio de clase media: están los gobiernos de las ciudades, los desarrolladores, los inversores, los especuladores y las plataformas digitales que desde lejos crean nuevas maneras de lucrar con el espacio urbano. La gentrificación de la vieja escuela de los años sesenta casi que parece pintoresca en comparación con los monstruosos procesos que ejercen presión sobre nuestros barrios.
Publicada por: Godot
Fecha de publicación: 07/01/2022
Edición: Tapa blanda
ISBN: 9789878928173
Disponible en: Libro de bolsillo

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