Raúl González Tuñón fue un autor tan valorado por sus contemporáneos como por sucesivas generaciones de poetas. Cultor de barrios, pueblos y ciudades que conoció y de singulares personajes funambulescos. Su poesía encarna la calle sin perder el horizonte de la revolución.
Estas páginas ofrecen una faceta menos estudiada: relevan y profundizan la convivencia entre el poeta que blindó la rosa y la condición de cronista de su tiempo. Basado en el rescate y análisis de un sinnúmero de trabajos periodísticos dispersos en publicaciones nacionales y extranjeras, Germán Ferrari propone –una vez más– un riguroso trabajo arqueológico de reconstrucción histórica, cultural y política a través de quien vivió medio siglo entre máquinas de escribir y lunas con gatillo.
Cuando presentó la primera versión de este libro, hace más de quince años, Osvaldo Bayer dijo: “A lo mejor, no sé, me hubiera gustado escribirlo a mí…”. Esta edición corregida y ampliada ofrece la profundización de aquel trabajo a partir del hallazgo de nuevos documentos y el recorrido por otras polémicas. Novedades, pero también confirmaciones de los potentes cruces que el creador de Juancito Caminador produjo entre sus crónicas periodísticas y su poesía.
A continuación, un fragmento a modo de adelanto:
El muro, la columna y el escritorio
Por esa época, Osvaldo Bayer es el jefe de las secciones Política y Fuerzas Armadas de Clarín, donde ingresa en 1959, luego de una experiencia periodística en Esquel. Se va expulsado porque el periódico que editaba, La Chispa, desagradaba a la Gendarmería de esa ciudad patagónica. En 1963, permanece preso dos meses en la ex cárcel de mujeres de la calle Riobamba, luego de proponer que el partido bonaerense de Rauch cambiara su nombre por el de Arbolito, el aborigen que mató, en 1829, al general prusiano Friedrich Rauch, traído por Bernardino Rivadavia para exterminar malones. El ministro del Interior del presidente José María Guido, general Enrique Rauch, bisnieto del militar homenajeado, había dispuesto detenciones masivas de sindicalistas, políticos e intelectuales vinculados con distintos sectores de izquierda, peronistas y frondicistas.
Bayer se desempeña aún como cronista y, a la vez, es secretario general del Sindicato de Prensa. Cuando regresa al diario, no le dan trabajo durante la primera semana:
Entendía que era una manera de decirme que era una persona non grata. De ahí mi enorme sorpresa en el encuentro con el director del diario. Sí, Noble tenía la costumbre de pasearse los lunes, a eso del atardecer, por la redacción. Tenía la pose de un estanciero paternalista. De pronto se paraba ante un escritorio y conversaba con algún periodista. Le hacía preguntas profesionales o también sobre su familia. Esa vez, oh sorpresa, se paró frente a mí, el recién salido de la cárcel. Me señaló con el dedo y, seguro de sí mismo, me dijo: “Osvaldo Bayer”. En ese momento, cuando le respondí “sí, señor” pensé que me iba a dar el despido. Pero no. Continuó: “Usted va a ir ascendido a la mesa de redacción, donde están los jefes”. Creí que era un chiste y le respondí: “No, doctor, usted sabe que yo soy de izquierda”. “Por eso mismo”, me respondió rápidamente, “porque por ahí están diciendo que este diario tiene una mesa de redacción de derecha, y desde ahora voy a poder decir, no, si ahí está Osvaldo Bayer”.
Y me hizo acompañarlo hasta la mesa donde dio la nueva a los secretarios de redacción, quienes no podían creer la noticia.
¿Y cómo recuerda Bayer a González Tuñón?
Fue uno de los compañeros que más aprecié en aquella redacción. Tenía una enorme bondad… Era un hombre sabio, pero absolutamente sencillo y humilde. Él tenía un horario que iba de las tres de la tarde a las ocho de la noche, no era nocturno como nosotros, pero de cualquier manera había tres horas donde estábamos juntos en la redacción. Él hacía Artes Plásticas y lo hacía muy bien. Cuando había grandes despelotes en el país, un golpe militar o la renuncia de un presidente, la redacción hervía. Entonces, el secretario de Redacción, que era Luis Clur, despachaba a toda la redacción a los diversos lugares, Casa de Gobierno, cuartel tal… Ahí teníamos que ponernos todos [a trabajar]. También la gente que hacía otras cosas. Entonces, cuando él veía ese quilombo, que lo iban a mandar a algún lado, se escondía –la redacción de Clarín tiene columnas gruesas– se colocaba detrás de una columna gruesa y, sonriente, nos guiñaba el ojo. Para que no lo viera Clur y no tener que salir. Era muy pícaro. Siempre hacía chistes […] En las redacciones hay que esconderse porque si no te vuelven loco, por lo menos en las redacciones de antes, no sé ahora cómo será.
Bayer afirma que González Tuñón “nunca se sintió superior” y lo describe como
un hombre absolutamente humilde con todos, un tipo muy apreciado, muy querido. Casi no existía, no se hacía ver, ni era charlatán, ni gritón, ni nada, un hombre silencioso, absolutamente humilde. Vestía no pobremente, pero… como un empleado de correo, digamos. Aunque tenía un escritorito ahí, no de los más importantes, siempre estaba ocupado, recibiendo a gente, jóvenes poetas.
La Guerra Civil Española es un tema de conversación. Para Bayer “tenía una gran atracción, porque comenzó cuando yo tenía nueve años y repercutió muchísimo en la Argentina”. De esas charlas recuerda “la tristeza” de su interlocutor porque “no podía aguantar esa gran injusticia, el triunfo de Franco”.
Bayer, anarquista; González Tuñón, comunista. Diferencias insalvables que, sin embargo, no impedían que ellos coincidieran “frente a muchos hechos de nuestro alborotado tiempo”, como alguna vez le escribió González Tuñón al dedicarle un ejemplar de su libro La veleta y la antena:
Nunca hablamos de su comunismo, no hablaba él de eso. Pero por lo que sé era realmente un hombre muy disciplinado dentro del partido, tanto es así que creo que nunca abjuró de Stalin. Sorprendente, porque era un hombre de sentimientos muy cariñosos, que tiene que haberle jorobado el estalinismo.
Era un típico intelectual de izquierda de antes. Yo diría –sin querer meterme con los comunistas que tienen sus cualidades también, había de todo, en las redacciones había siempre– que tenía como una extracción anarquista por su forma de hablar, lo mismo que José Portogalo. Creo que tuvieron un origen anarquista. Por lo menos cuando hablaba conmigo me trataba con mucha simpatía, discutíamos a veces, sin meternos en la política profunda, sobre algunas costumbres, de los sindicatos…
Bayer conoce a González Tuñón, en realidad, antes de entrar a Clarín. Lo había visto en alguna de las reuniones habituales de periodistas: “Yo trabajaba en el diario Noticias Gráficas. Antes los periodistas se visitaban en los diarios y en Noticias Gráficas estaba parte de la que había sido la gloriosa redacción de Crítica. [González Tuñón] Venía a verse con el novelista Bernardo Verbitsky, que también fue muy amigo mío”.
Cuando Bayer habla de González Tuñón, la conversación se puebla de otros poetas periodistas, como Portogalo y José González Carbalho, y también aparece Enrique González Tuñón, a quien no conoció personalmente, pero aprendió a apreciarlo por sus notas, en especial por la crónica que publica en Crítica cuando ejecutan al anarquista Severino di Giovanni, en 1931. “Él [Raúl] se entusiasmó mucho cuando leyó [mi libro] Severino. Quería saber todo, la investigación, cómo fue, porque el hermano estuvo en el fusilamiento. Es muy buena la crónica del hermano, pero para mí la mejor es la de Roberto Arlt”, que publica en El Mundo.
Bayer y Portogalo comparten la redacción de Noticias Gráficas por la mañana y de Clarín por la tarde: “Antes se trabajaba en dos diarios porque con lo que se ganaba en un diario no se podía vivir. Los periodistas de antes eran todos intelectuales, escritores –porque no había escuela de periodismo– o se formaron en las redacciones como los dos hermanos Tuñón”.
En los años ‘60, Bayer vive en la localidad bonaerense de Martínez y tiene que tomar dos colectivos –uno local y el 60– para llegar al diario, que ya estaba instalado en Piedras 1743, a pocas cuadras de Plaza Constitución. González Tuñón parte desde su casa en el barrio de Colegiales, se sube a la Línea D del subte en Palermo, hace combinación con la C y llega a Constitución. En ocasiones se encuentran allí y caminan juntos hacia la redacción, como un padre con su hijo. Los casi 22 años de diferencia son sólo un capricho del tiempo. También ambos se encuentran en las luchas por reclamos gremiales.
En cierta oportunidad, un joven periodista que hacía poco estaba en el diario se acerca a Bayer y le dice: “Discúlpeme, yo me voy a casar el sábado y quisiera que usted y Raúl fueran los testigos de la boda”. Ambos, sorprendidos, aceptan y van al Registro Civil, por primera y única vez en sus vidas cumpliendo con ese tipo de formalidades. González Tuñón le regala La veleta y la antena y Bayer, Severino di Giovanni, el idealista de la violencia.
Se perdió ese muchacho, completamente –continúa–. Era un tipo magnífico y después lo vi que colaboraba con la dictadura. Vaya a saber qué le pasó. Y terminó la dictadura y se perdió. Se ve que se ha ido al extranjero. Pero qué dolor, porque realmente un tipo así que tanto creyó en nosotros que quiso que fuéramos testigos de su boda…
Cuando González Tuñón muere, es velado en la sede de la SADE, Uruguay 1371. Bayer rememora su despedida:
Yo voy, pero ya estaba perseguido por las Tres A. Entonces –esas cosas que hacía uno–, me digo “voy a ir a las tres de la mañana que ahí se duermen hasta los alcahuetes”. Y me fui. La familia se había ido a tomar algún refresco, estaba solo, el cajón en ese momento a las tres de la mañana estaba solo. Y estuve con él ahí, solo, conversando con él. Fue una gran tristeza porque uno veía que ya se venía la persecución. Y dije “bueno, dentro de todo tal vez hizo bien en morirse ahora y no sufrir todo lo de la dictadura”. Bah, uno no sabía todavía lo de la dictadura, pero era tan brutal la cosa de López Rega y todo eso, era tan bestial, capaz que le hubiera tocado a él.
El 30 de octubre de 1983, día de las elecciones que marcan el retorno a la democracia, Bayer vuelve a la redacción de Clarín, pero esa vez no para trabajar, sino en una visita evocativa de aquellos años de periodista para el documental de la televisión alemana Cuarentena. Exilio y regreso, de Carlos Echeverría:
Me arrastraba toda la nostalgia. Quería ver esas paredes, esos escritorios, esos sonidos. Pero en el film se ve: todo fue decepción. Me recibió el vacío. Nadie se paró para el abrazo. Pasé como un forastero. Me quedé parado ante el escritorio que había sido de Raúl González Tuñón. Se hallaba sentado allí alguien que escribía noticias de la Bolsa. Era suficiente para dar el adiós.
Su “oficina” en Clarín
En diciembre de 1950, un muchacho cordobés llega a Buenos Aires con algunos poemas. Acaba de terminar el servicio militar. Una de las primeras cosas que hace es buscar en las librerías Canciones del Tercer Frente. En su niñez había leído aquellos poemas de Juancito Caminador dedicados a las “señoritas”. Su padre, un comunista que “tenía una moral de cuáquero”, hizo desaparecer el libro de la casa. Aquellos versos –“las señoritas tan putitas / cuando termine la función / se acostarán con los soldados / en sucios lechos alquilados / de turbias casas de pensión”– no eran aconsejables para un chico. Por eso, cuando pisa la capital, ese veinteañero se propone conseguir el libro. Y lo logra. Héctor Yánover lo logra. Poco tiempo después va a Clarín y se atreve a dejarle algunos de sus poemas a González Tuñón:
Él me contesta con una carta donde me dice que yo escribo con faltas de ortografía y bueno… me hace una serie de críticas. Y yo lo fui a ver, porque yo no lo conocía. Fuimos a tomar un café en la esquina de Clarín y terminamos muy amigos, porque yo era un admirador furibundo, me sabía todos sus poemas de memoria. Él estaba asombrado, no aguantaba mucho el elogio. Yo después lo descubrí: es mucho más fácil aguantar la crítica que el elogio. La crítica te enriquece, mientras que el elogio te aplasta. Y cuando uno empezaba a elogiarlo, cambiaba de tema.
Al encuentro del café, González Tuñón “llegó sonriendo. Me dijo –él es bueno– que ahora sí le gustaban; que yo los había modificado. Negué. Después asentí y los dos –mintiendo ingenuamente– quedamos contentos”.
Yánover es uno de los primeros poetas en acercarse hasta su escritorio en la redacción para llevarle sus versos iniciales en busca de una palabra de aliento. Pero también las tareas profesionales provocan encuentros. En 1959, Norberto Vilar trabaja en Democracia y tiene que
Resolver el tema de una nota de una conferencia de prensa que se había hecho y a la que no había llegado a tiempo, porque me zarandeaban como simple cronista. Y me pegué una corrida hasta Clarín, en el turno de la mañana, a ver quiénes estaban en la mesa de noticias, y estaba este muchacho don Raúl González Tuñón. Cuando me lo crucé lo que menos hice fue preguntar si la habían cubierto y me puse a hablar con él. Me contó la historia del buen corazón de don Roberto Noble, al tirarle un cable a un hombre marginado políticamente […].
“¿Quién de la generación del ’60 no pasó por su escritorio en Clarín con los versitos iniciales para pedir su consejo? Juana Bignozzi, Héctor Negro, Julio Huasi, Juan Gelman y tantos otros que nos deslumbrábamos con sus vivencias de la Guerra Civil española”, recuerda Mangieri, a treinta años de la muerte de González Tuñón.
El músico Juan “Tata” Cedrón recorre el mismo camino
Yo lo conocí cuando quise hacerle escuchar dos canciones sobre poemas suyos, “Las fogatas de San Juan” y “Los ladrones”. Lo fui a ver a la redacción de Clarín, donde estaba por la mañana. Yo tenía 25 o 26 años y ahí estaba Tuñón en la oficina vacía, en medio de esos enormes armarios grises de metal.
El “Tata” Cedrón amplía esa semblanza de aquel hombre que “tenía esa cosa del buen porteño de una época, era un atorrante delicado. Un tipo que deslumbraba, porque había estado en tenidas fuleras en su juventud, recorriendo el mundo, trenzándose en lugares sórdidos”:
Él había laburado en el diario como crítico de arte pero ya estaba jubilado y le prestaban una oficina. Me citó ahí y estaba emocionado con “Los ladrones”, me dijo que el tango había perdido su frescura en las letras, que antes era alegre, juguetón. En el disco Cuarteto Cedrón canta a Raúl González Tuñón cuenta unas historias fantásticas.
El poeta Hugo Ditaranto, integrante del grupo El Pan Duro, se remonta a su juventud:
Ya en esos años yo andaba a la búsqueda de libros que me probaran que Dios no existía, había dejado de creer, pero quería justificarlo, y ahí me agarró el sarampión Maiakovski, y empecé a ver el problema de la injusticia desde otro ángulo, hasta que conocí a Raúl González Tuñón. Yo lo iba a buscar a Clarín, en la calle Piedras, lo esperaba, él daba el presente y nos íbamos a un café, él se tomaba un mate cocido y yo también. Lo había conocido en mi casa cuando tenía catorce, quince años. Nunca lo pude tutear. Yo le leía mis poemas que eran sectarios, aburridos.
–Huguito, ¿tenés novia?
–Sí, la Baby, vive al lado de casa.
–¿Y por qué no le escribís un poema a tu novia?
Ditaranto intentó justificar el tono de sus poemas y cuando empezaba a argumentar su postura en torno a la “injusticia”, González Tuñón le recordó que “siempre iba a haber rosas”. “Con los años me fui dando cuenta de que efectivamente lo que me dijo Raúl era una premisa para llevar y ejecutar toda la vida”, reflexiona.
La sucesión de anécdotas es inevitable. Cada una encierra una historia de lazos de amistad, compromisos éticos y favores pedidos. En este último caso se inscribe el relato del español Arturo Cuadrado, fundador de la editorial Botella al Mar:
La redacción de Clarín era durante el día su casa propia. Casa en la que colaboraba desde su fundación. Allí tenía establecida su oficina. Allí recibía y dialogaba con la gente. Fui a verte con un nuevo poeta; un poeta desconocido español, Eladio López Ferro. Pedíamos que te encargases de su presentación. Aceptaste con esa generosidad proverbial en ti y nos invitaste a almorzar. Fuimos a un pequeño bar que está en la esquina frente al periódico.
El poeta Rubén Derlis, jefe de Correctores de Clarín y editor del poemario El rumbo de las islas perdidas con su sello Ediciones del Alto Sol, reflexiona sobre los vínculos entre González Tuñón y la juventud:
La relación de Raúl con los jóvenes siempre fue abierta. Él sabía que estos nuevos y por el momento poetas con futuro incierto, ya que casi todos estaban haciendo sus primeras armas, lo admiraban y respetaban. Era frecuente que repitiera lo mismo que decía Darío –citándolo, no plagiándolo– que no imitaran a nadie, y menos a él. Cada uno tiene su propia voz y hay que trabajar hasta encontrarla. Y no se equivocó. Muchos, con tanteos y grandes esfuerzos la encontraron; su poesía puede gustar o no, pero no puede negarse que imprimen a su poesía su personal manera de decir; otros, menos laboriosos, creyeron equivocadamente que la forma de poetizar de Gelman no revestía dificultades, que era “fácil de hacer”, lo imitaron burdamente. Otras de las características de Raúl era su buena predisposición para leer a los jóvenes que borroneaban sus primeros papeles, y había que estar dotado de una paciencia muy especial, pues eran muchos los que se llegaban con sus originales a su humilde departamento de la calle Amenábar para que él les diera su opinión. Tanto la del ‘60 como la de la primera “horneada” de los ‘70 fueron las que tuvieron en R.G.T. un indicador válido a la vez que intransigente del camino a seguir, si de poesía hecha de lirismo, verdad y comunión con los iguales se trata.







